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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005. Primera despedida e instrucción7 Claro está que el día de la despedida ... mejor dicho la jornada anterior la pasé con los amigos y algunos nuevos familiares, esas cosas que tanto me gustan... cuando realmente estaba en la estación de “Sans” para la auténtica separación sólo estaban mis Padres y Carolina, tampoco necesitaba nada ni a nadie más. Fue dura pero que muy dura, hasta ese momento, en el andén de la estación, no había reflexionado sobre mi partida y mucho menos hacia dónde me dirigía y no me refiero ni al nombre del pueblo ni del “C.I.R.” como se conocía al centro de instrucción de reclutas, si no precisamente en el tiempo que pasaría hasta que los volviese ver y que realmente estaba en filas estaba incorporado al ejército. Cuando partió el tren , las lágrimas nos invadieron y las palabras se ahogaron en un tenso silencio entre miradas tristes... Fue duro muy duro. Desaparecidos de vista cuando una vez ya sentados y casi acomodados comenzaron a venirme imágenes del anden y sobre todo de la cara de Carolina quien tampoco pudo mantener el llanto. Sólo la veía a ella llorando, hasta que mis párpados venidos a bajo me proporcionaron el descanso que en esos momentos necesitaba. Un par de horas de siesta fueron suficientes para relajarme y conseguir pensar en el trayecto tanto del tren, como de mi futura vida como militar. Como todas las madres la mía para no ser menos, preparó una bolsa con comida, con abundante comida y hasta una botellita con vino y otra de agua para poder pasar las viandas. De todas formas había coche bar, eso significaba que para estirar los pies tenías la excusa perfecta para caminar hasta allá. Entre paseo y paseo pasábamos el tiempo, los compañeros de viaje que también iban a Camposoto –Cádiz, y claro yo. Después de unas veinte horas de ferrocarril incluído un transbordo en Sevilla, llegamos a Cádiz y después al campamento de instrucción. Nos había venido a recibir dos soldados, éstos al menos eran simpáticos, subimos al camión y nos dejaron en la entrada del cuerpo de guardia. Un suboficial nos acompañó a nuestras respectivas compañías. Los de Ceuta a unos barracones de ladrillo nuevos y bien acondicionados, para los de Melilla grupo en el que me encontraba, nos reservaban unos muy encalados y con techo de “uralita”. Empecé a pensar que todo lo del ejército era viejo, además de alto. Unas grandes vigas de madera servían de corredores para que las ratas pudieran desplazarse con inmune libertad. Como no llegué con mi reemplazo que ya había marchado a su destino final y antes del reemplazo siguiente, no hacía nada durante todo el día pues en mi compañía estaba sólo, bueno con unos seis soldados que ejercían de instructores, cuando habían reclutas claro. Una semana pasé vestido de paisano, matando el tiempo como podía. Hablaba con los soldados y en realidad me vino muy bien esa semana, pues cuando llegó el reemplazo con el que tenía que hacer la instrucción tuve algunas prioridades a la hora de hacer trabajos tales como limpieza de cocina o barrer cualquier cosa, tenían mucha manía con eso de que se barriese, aunque no de un corte de pelo al uno. Normalmente el cabo furrier me reclamaba como ayudante y pasaba el rato con él, jugando a las cartas o simplemente hablando y tomando algún que otro refresco. Los viernes a la hora del paseo salíamos de fin de semana, unas veces íbamos a Cádiz, otras al Puerto de Santa Maria donde por cierto tenían unos cocederos de marisco que quitaban el sueño bueno y el dinero, pero no se podía resistir. Pasó el mes y medio de instrucción con muchos sudores y menos agua, pues estaba racionada. La noche anterior a la jura de bandera, me costó mucho coger el sueño pensando que por la mañana me reuniría con mi mujer y también con mis padres. Según mis cálculos estarían en algún hotel de Cádiz o rodalías. Y yo sobre un colchón lleno de chinches esperando la actuación del día siguiente. Al toque de diana la estampida fue general: lavarte, pasar lista y corriendo a preparar los petates y a desayunar que haría falta pues nos quedaba una mañana agotadora, además de un suculento desayuno que nos habían prometido por la noche durante la retreta . No nos mintieron croïsans de verdad y café con leche también autentico .Después de dos horas de estar formados en pleno mes de agosto con una temperatura ciertamente elevada. Los reclutas caían como moscas a causa de lipotimias, eran recogidos por los mismos soldados que nos dieron la instrucción y llevados a una tienda convertida en hospital de campaña, allí jurarían bandera y dejaban de sufrir. Después de una larguísima misa militar con el arma para arriba luego de rodillas después otra vez de pie y el sol que no dejaba de calentar y deshidratar. Pensaba sólo en tres cosas, la primera localizar a mi familia fue imposible y desistí, la segunda en que yo también me desmayase y así solidarizarme con mis compañeros, pero tampoco hubo suerte, y la tercera en una fuente, que tuviera agua pues no todas tenían. Acabó la misa , los discursos de los altos mandos a los que no habíamos visto en la vida. Desfilamos jurando bandera nos volvimos a reagrupar y a la voz del capitán, ya conocía los galones, salimos a paso ligero hasta el fondo de la pista donde debíamos desfilar delante de la bandera, después de un corto sermón dio la orden del desfile, la pista era más larga de lo que creía y además las ganas de salir eran infinitas y no sólo por la familia era porque teníamos catorce días de permiso y eso si que importaba. Un mal díaEn estos primeros días de primavera, en los que la vida se renueva... Mi corazón está afligido a causa de "los fantasmas del pasado" y como si de una nube negra se tratara mi mente se nubla hasta adquirir la oscuridad total. Esta tormenta que desencadeno en mi interior aún enturbia mi vida. Y ... aunque intento cambiar el rumbo para salir de la tormenta, los mandos no responden y mi corazón acusa que acusa ya la falta de combustible, va perdiendo altura. Espero que el tiempo amáine y otra vez el sol caliente mis sentimientos. Anna la mayor Hace algunos años nació una rosa en mi jardín (como dijo Antonio Flores).La rosa se convirtió en mujer. Te quiero Anna. Quien me entieda que me compreAyer tenía un día realmente funerario. Pero....... hoy me he levantado no con más ganas que ayer. Como cada mañana siguiendo el ritual después del toque del despertador he levantado la persiana y la luz del día hoy me ha resultado especial, no sé explicarlo pero hoy me parecía especial. Luego he abierto el correo, también como cada mañana y unas simples palabras escritas todavía han levantado más esa sensación de "felicidad" que ya sentía. " Gracias Joana". Hay veces que soy muy fácil de contentar y hoy es el día. La formula Sol y unas frases apropiadas De Cádiz a Gerona y luego...8 Acabó, acabó el desfile, yo no había visto a mi familia, pero ellos sí por lo cual en vez de buscarlos yo, me encontraron ellos a mí. La alegría fue la misma muchos besos muchos llantos esta vez mi madre se llevó la palma. Yo sólo pensaba en salir de aquel campamento y como todo pasa, también salimos a una corta libertad de catorce días todo un lujo después de esas seis semanas fatídicas. Una vez en el coche les llevé hasta El Puerto, como no para despedirme de la señora que nos daba cama por un precio realmente barato y además cocinaba muy bien. Me aproveché de su hospitalidad para cambiarme de ropa y ducharme pues la jura nos había calado de polvo. Después de la ducha con ajax pues no encontré otro jabón, como apenas tenía pelo después del corte que nos dieron no tenía mucho que perder, nos dirigimos hasta los cocederos, también para despedirme de esos percebes gambas y en general de aquel surtido extenso de ácido úrico que esta de muerte. Como a todos nos gustaban esas "porquerías" disfrutamos de lo lindo; no paraba de hablar de los grandes sacrificios que estaba haciendo por la patria y si lo hacia era para seguir comiendo y no perder bocado mientras ellos me hablaban cada uno de su tema, mi mujer que si me había echado de menos, que si estaba muy bien con mis padres, que si el trabajo estupendo, mi madre un tanto de lo mismo y mi padre pues hablándome del trabajo, como siempre acabábamos hablando los dos de lo mismo: del trabajo, de hecho nos atraía y así tampoco discutíamos. Después de tan suculentos manjares contrastó con el hostal de carretera de Córdoba en el cual pernoctamos, no sólo por la diferencia de comida si no también por las habitaciones que daban pena, pero, fue lo único que pudimos encontrar dadas horas que eran y el cansancio que arrastrábamos todos, ellos por el viaje, ya unos 1700km. y yo por ese duro mes de entrenamiento y por supuesto una mañana crematoria y agotadora. No recuerdo si llegamos directamente a Rubí o a Palamós, pero era igual estaba en casa fuere donde fuere, al fin y al cabo estaba con mi mujer que en aquellos momentos era lo que más me importaba. Recuerdo que la sensación que recorría mi cuerpo solo con mirarla o simplemente notar su presencia, hacía que todo aquel mes y pico hubiese valido la pena. La miraba constantemente como si de una película se tratase, intentaba memorizar fotograma a fotograma cada segundo que estábamos juntos, para luego cuando no estuviese ella durante los ocho o nueve meses que estaríamos separados pudiera proyectarla mentalmente. Diez o catorce días no dan para mucho y pasaron con exagerada rapidez. Cuando quise darme cuenta estaba otra vez dispuesto para el viaje. Que no para la separación. Tortuoso camino de Melilla9 Con veinte años, recién casado, con muchas ganas de vivir pero claro, en casa, y otra vez la incertidumbre del destino. Esta vez era un autobús y no un tren, el que lentamente abandonaba su parada, en él también mi lenta salida y con él, yo con mis dudas, con mi añoranza, con mis lágrimas del adiós y con mis primeras heridas en mi corazón, quizás mis primeras heridas de amor. Algo me pasó durante ese permiso que realmente hiciese que me preocupase de algo, en este caso alguien, que no era yo mismo. Ahora me preocupaba de mi familia, pero en el exilio, con una paga de unas mil trescientas pesetas, unos ocho euros de los de ahora. Y eso porque iba a Melilla que se cobraba un poco más por peligrosidad o una cosa parecida... Tiene gracia... ahora que lo pienso debo de estar en deuda con el estado por pagarme más que en la península. Pues no! no tiene gracia y... qué narices... no les debo nada! Como en el primer viaje, entre tribulaciones caí en manos de Morfeo, pero en esta ocasión demasiado profundamente lo que ocasionó que en un cambio de autobús que tenían que efectuar los viajeros que se dirigían a Málaga, pasó totalmente desapercibido para mí, bueno y a otro soldado que como yo se quedó dormido en los laureles. En nuestra ignorancia el viaje fue extraordinariamente tranquillo hasta Almería. Bajó todo el mundo menos los dos despistados soldados, que con cara de extraño ridículo y con la cabeza por encima de los asientos, como si de repente nos tuviésemos que esconder de algo. Serían las siete de la mañana el chofer estaba descargando los equipajes de los pasajeros, cuado quedó solo subió al autobús con aspecto preocupado, al vernos allá inmóviles y en un absoluto silencio. “¿que hacéis aún en el auto?", nos preguntó, más con tono de prever posibles problemas, que de extrañarse de nuestra presencia. Nos comentó que al poco de salir de Cornellá habían notificado el cambio de coche para los que dirigían para Málaga. Pues nosotros no lo hemos oído y si había traslado de autobús debían haberlo notificado en la agencia donde habíamos pagado los billetes de viaje. El chofer tenía que ir a Motril y de ahí a un pueblo cerca de Málaga. Después nos acercaría a Málaga pues dejaba el auto en un hangar cerca del puerto, que era nuestro primer destino. Legamos a Motril y viendo la hora que era y la hora que zarpaba el barco decidimos que no llegábamos a tiempo y podíamos tener problemas, pedimos permiso al conductor para acercarnos a la guardia civil y que desde allá se pusiesen en contacto con nuestros respectivos cuarteles. El conductor asentó con la cabeza advirtiendo que en unos treinta y cinco minutos el se iría. Con unas simples señas corrimos en busca del cuartel de la benemérita. Sólo hicimos una manzana que, en una plaza de la cual tengo un vago recuerdo, posiblemente modificado. Entramos en el cuartel con aspecto cansado pero serios, formales e impecablemente limpios y arreglados. Nos atendió el Número que estaba de guardia. Le explicamos todo lo sucedido con infinita preocupación de que el estado se enfadase con nosotros y pudiera ejercer cualquier forma de represalias. "Eran otros tiempos" como ya he mencionado. El guardia adentró en una oficina después de haber pedido el obligatorio permiso. Salió después de unos dos o tres minutos, tiempo justo para comentar nuestro problema, nos dijo que esperásemos un momento. El tiempo se nos echaba en encima y nosotros seguíamos esperando a alguien que nos justificase. Por fin salió un sargento con aspecto semblante a todos los sargentos que pasean por España; bajo gordo y con bigote, además de cara de pocos amigos. Bueno chicos no os preocupéis, nos dijo, os haré un comprobante y si perdéis el barco cogéis el próximo barco, ya lo sabrán pues les telefonearé para que sepan lo sucedido. Por fin redactó con grandes dificultades, como todos los sargentos por entonces, dos reseñas para exculparnos de nuestro retraso. Cogimos el autocar por escasos segundos, ya que se disponía a poner el motor en marcha, aunque con las puertas aún abiertas. Dadas las prisas hasta es posible que llegásemos dentro de la hora establecida, o también que el pobre señor se apiadase de nosotros y nos esperase más de lo debido. Algo más relajados emprendimos camino a ese pueblo donde terminaría la tercera parte del trayecto. De aquel pueblo si que no me acuerdo de nada, como tampoco de la cochera donde nos apeamos definitivamente en Málaga. Ciertamente estaba cerca del puerto. Con una breve indicación nuestro “nuevo amigo” se despidió de nosotros deseando que no tuviésemos problema alguno... Y corrimos otra vez pero en este caso en la búsqueda desesperada de un bar, no precisamente por sed aunque apeteciese, no, en este caso era una urgencia que no podíamos retener casi ya. Con la cantidad de bares que hay en España resulta que en plena zona portuaria no había ninguno visible, o es que tanta urgencia producía una ceguera que no nos permitía ver la palabra bar? En 1981 Dios apretaba pero no ahogaba, “ con el tiempo Él también cambiaría”. Milagro! pensé, un bar en la esquina, no pedimos más que donde estaba la puerta del lavabo, eso sí “por favor”, después de un intenso dolor y sin echar gota, sí, una primera presión hace que mi cara y mis sudores faciales se tornasen en un placer indescriptible pues creo que huelga hacerlo. Con enorme sonrisa y gran amabilidad pedimos una consumición, no en vano nos había salvado la vida, o casi. Después de pagar, que por cierto no era caro, pues aprovechamos a comer algo ya que creíamos que habíamos perdido el barco y a lo peor era nuestra última comida hasta quien sabe dónde o cuándo volveríamos a probar bocado. Sin grandes prisas nos dirigimos a preguntar a unos policías militares qué debíamos hacer. El barco no había salido aún pero no teníamos billete y sería el sobrecargo el encargado de aconsejarnos sobre los procedimientos de la compañía con el ejército. Subí el último cargado de un pesado petate cargado de cantidad de cosas inútiles, como la ropa de civil y otros objetos que no servirían para nada. Nos abordó es sobrecargo y muy amablemente nos cobró el trayecto y nos dio un billete que se suponía que nuestro cuartel nos abonaría. Bueno al fin y al cabo estábamos a bordo rumbo a Melilla, y además a la hora y como empezaba a ser costumbre por los pelos..." Loco autorizadoLas ventas de ser un "loco" reconocido" aunque sea temporalmente, como todo en esta vida tiene sus ventajas e inconvenientes. Por ejemplo: Estás reunidos con los amigos y el tema es mortalmente aburrido, o bien no te interesa para nada, en el momento que te preguntan cualquier cosa, sólo he de poner cara de sorpresa y como si acabase de llegar contesto. Perdón pero no estaba aquí, y no pasa absolutamente nada y además te indultan de la conversación y a veces hasta la cambian. Por otro lado cuando la conversación está interesante y soy yo quien realmente me he dedicado a viajar con mi mente fuera de esta nuestra querida tierra, la cosa cambia pues... no me entero de nada y eso ya no es tan bueno. Otra ventaja es que si una cosa no te apetece, por ejemplo ir a ver una determinada película, pues... con decir, "es que no me encuentro muy fino" y sin ningún tipo de insistencia o cambian los planes o bien puedo hacer yo los míos sin que nadie se moleste o piense que quiero arrastrar al grupo a hacer otra cosa que a mi me apetezca. Lo confieso "aunque algún amigo que siga este blog me matará lentamente, para su regocijo" Yo no estoy loco, aunque si sigo un tratamiento, para el "estres" y sí, he empleado esos truquillos alguna vez. Y si alguen tiene alguna duda sobre mi cordura... Que venga y le enseñaré mi colección de instrumentos de tortura. Dice un refrán: "Cuando el diablo no sabe qué hacer, mata moscas con el rabo"." De Málaga a Melilla10 Bien, nos habíamos librado de formar tanto en el muelle, para pasar lista y luego en cubierta, para un poco más de lo mismo, hasta que rompieron filas y llegamos nosotros apunto de quitar la pasarela. El trayecto cruzando el estrecho duró unas ocho horas aproximadamente. La mar estaba razonablemente tranquila y el sol apretaba con ganas, para no perder la fama de esas tierras, en este caso, mar. Los delfines nos acompañaron las últimas millas de la travesía relajándonos y disfrutando con sus saltos y cabriolas. Dicen que salvan a los náufragos, me lo creo pues durante el tiempo que estuve observándolos, mi mente se alejó de los recuerdos que durante toda la noche y todo el ajetreado día. Viéndolos saltaba y jugaba con ellos y sobre todo los admiraba y envidiaba. Eran realmente libres, si no disimulaban muy bien. Alcé la vista y pude avistar tierra, África, Donde estaría Melilla me preguntaba, como era pregunta sin respuesta aparté de mi mente la posible ubicación para admirar o mejor dicho para comparar el paisaje y sobretodo el color de la tierra, Rojiza y anaranjada. Era bonita mi primera impresión, igual el viaje vale la pena aunque fura solo por el paisaje. El crepúsculo también se pavoneaba con su extensa cantidad de colores y formas aumentado la belleza de aquellos acantilados que nos recibían e indicaba nuestra próxima parada. Anochecía cuando surgió ante nosotros la bocana del puerto de Melilla, las caras de los soldados fue cambiando con expresiones de desconcierto e incertidumbre. Después de realizar todas las maniobra por los técnicos portuarios desembarcamos no muy ligeros , de echo no teníamos prisa alguna por saber que pasaría ahora o después. Del puerto al cuartel11 Los camiones militares nos esperaban a todos, fueron llamando por orden de cuarteles y formándolos delante de cada camión encargados de trasladarlos. Un cabo de artillería vociferó dos nombres; el de un gallego y el mío. A nosotros no nos esperaba un camión si no un "mil trescientos" como más tarde me enteré que se llamaba. Total para cuatro personas tampoco hacía falta más. El cabo enlace y el soldado conductor, sentados delante hablaban como confabulándose de algo, por dentro ya pensaba, seguro que nos hacen la primera novatada. Pararon el coche delante de un bar que venía de camino. Vamos a parar y así nos libramos de retreta y a vosotros no os molestarán tanto pues enseguida tocarán silencio e igual os salváis de algún revolcón o putada. Entramos al bar tomamos unas cañas y charlamos sobre la vida en Melilla y sobre todo la vida en el cuartel, pasado un buen rato volvimos al coche directos al cuartel que sería nuestra residencia durante los próximos nueve meses. El soldado enlace nos presentó en el cuerpo de guardia, salió el suboficial de guardia un sargento a recibirnos. Dió órdenes al cabo enlace que nos llevase a cocina para reponer fuerzas y después nos acompañasen a la batería nombre que se le da al barracón, en otros regimientos son compañías. Cenamos bien, además estábamos solos, bueno y un ranchero, “cocinero”, que nos acompañó durante la cena, después nos acompañó a la batería imaginaria y nos dijo dónde estaban nuestras camaretas. Una vez en la cama intentando conciliar el sueño cuando unos soldados vinieron a darnos la bienvenida, o sólo a matar el aburrimiento o simplemente hacer algo que saliese de lo normal. El hecho es que se acercaron a mí con las bromas que luego serían típicas con todos los reemplazos que vendrían por detrás, ej: “te vendo un camello" o bien "¿saben tus padres que estas en África?" etc., estas tonterías a las tres de la madrugada después de un día movido y sin dormir aseguro que es una faena de las gordas aunque suave. Luego me ofrecieron tomar brandy quisiera o no. Vosotros mismos les contesté. Desde los quince años en que cogí una borrachera con brandy y anís no puedo ni olerlo, pero si queréis no hay problema. Me hicieron beber y acto seguido un soldado quedó impregnado de mis vómitos que con aguda puntería no fallé, todo lo contrario acerté de pleno, después de unas palabras mal sonantes, nunca más me volvieron a molestar. Por lo menos en la plana mayor de mando donde me habían trasladado. Esperando una buena noticia12 Todos los días comenzaron a ser iguales durante el primer mes, osea muy aburrido pues estábamos rebajados de servicios y personalmente mi trabajo para todo el día era barrer la batería y limpiar las letrinas, (si estaban muy sucios los arrestaba, y después venían los de mantenimiento y los limpiaban), trabajo muy agotador y de mucha dificultad y responsabilidad. También acompañaba al cabo enlace para ayudarle en las compras para los oficiales, coger el correo, llevar documentos de uno a otro cuartel etc. . Esos días me lo pasaba bien pues veía una Melilla diferente a la que veíamos durante el paseo, eso cambiaba la rutina y acortaba el día que era lo que más importaba, pasar el tiempo lo más rápido fuera como fuera. Pasado un mes, más o menos, en la plana mayor necesitaban alguien con conocimientos de delineante y qué mala suerte! me trasladaron a la décima batería. Allí las cosas eran diferentes, me hicieron trabajar de jardinero y tampoco hacía nada, miento ya tenia guardias, retenes y poca cosa más. Conforme pasaron los días me destituyeron pues ni habían plantas que cuidar ni que plantar, por lo cual era ilógico tener un jardinero sin jardín, así que como el resto... hacer instrucción, gimnasia y a mover "los rusos", que eran unos cañones muy grandes y pesaban mucho, aunque el teniente decía que durante la segunda guerra mundial (je, me parezco a Forest, Forest Gump), los cuales habían participado y sobrevivido, los manejaban entre diez soldados. Pues nosotros éramos quince y si encontrábamos una pequeña piedra no habían narices a moverlo. Un día un compañero fue atrapado por una de las dos ruedas y le partió el empeine del pie y casi ni lo tocó. Sería en octubre o noviembre cuando se jubiló un reemplazo y quedó libre un puesto de ranchero, me apunté con la ventaja que estaba casado y el puesto de ranchero estaba rebajado de rancho y se cobraban unas seis mil pesetas, unos treinta y seis euros. En cocina se trabajaba más pero quedabas rebajado de todos los servicios y por otro lado el dinero venía muy bien. Fui elegido, por mi situación, y comenzó mi época de cocinero en la mili. Así, me levantaba cuándo me correspondía para preparar el desayuno una media hora antes que los demás, si no me levantaba sobre las diez, que no estaba mal, comíamos antes que los demás por si acaso no había la suficiente comida para todos, y como estábamos rebajados nos podíamos quedar sin probar bocado. Así llegué hasta finales de noviembre cuando Carolina salía de cuentas, no paraba de acercarme a “teléfonos” para preguntar si me habían llamado o no, ya me llamaban pesado, era igual yo pasaba cada hora y desde dentro me señalaban negativamente y así casi dos semanas. Hasta un domingo que además libraba de cocina, después del desayuno y antes del paseo de las doce, o iba a misa o bien tocaba limpiar la batería o bien la calle del regimiento, es curioso pero en esa época casi todos éramos católicos y practicantes, pues para limpiar no quedaba nadie. Aquella mañana cuando salí de misa uno de la cantina corriendo me gritaba como loco. !!!que eres padre, que eres padre!!!... Apenas lo oía, pero sentí un aire caliente, un tembleque y un nerviosismo parecido al que tiene un niño cuando espera los Reyes Magos. Cuando estuvo a mi alcance pudo comunicarme con respiración entre cortada, pues venía corriendo, la buena noticia. En ese momento no sabía qué hacer ni qué decir, hasta que por megafonía escuché “ el artillero Moreno que venga que llevan una hora llamando”; sólo faltaba que dijesen “! Imbécil que te están llamando!". El patio de armas comenzó a gritar y silbar pues creo que a todos les había dicho que me avisasen, no faltaron ni las palmas. Hablé con mi padre, “todo ha salido estupendamente, tienes una niña preciosa”. ¡Niña! Exclamé, ¿no había dicho el ginecólogo que sería un niño, que le había visto los testículos y no tenía duda alguna?. Pues no, era una niña que tendría por nombre Anna. Ya lo teníamos pensado, e hicimos bien, pues como para fiarse. Junto a muchos amigos nos fuímos todos a la cantina, hasta que me desperté al día siguiente en la cama y no me pregunté nadie cómo llegué hasta allá. Nació el veintinueve de noviembre de mil novecientos ochenta y uno. Yo cogía el permiso de un mes al cabo de cinco días. De Málaga a casa. Vacaciones14 Compré billetes de avión hasta Málaga, creyendo que si iba en avión llegaría antes que en barco, pero me equivoqué, cuando mis compañeros salieron el día tres de diciembre en barco, yo dormí en mi camareta, no pasé diana, desayuné y después un conocido de Melilla (su hijo era guardia civil en Begur y además cliente nuestro pues compró los muebles de toda su casa) me esperaba en el cuerpo de guardia hablando con el coronel que según parece eran buenos amigos. Cuando me acerqué pensé ¡¿habrá algún problema?!. Me presenté como buen militar rápidamente el coronel hizo que bajase la mano y descansase, después de un breve diálogo de cómo me iba por el cuartel, si había algún problema, etc. , a lo que yo contestaba lo que él quería oír, al fin y al cabo no era amigo mío y los militares eran los militares. Me dejó en el aeropuerto, otro soldado que como yo había optado por el avión estaba mirando los vuelos con destino Málaga, nos pusimos a hablar al menos para pasar el rato de espera hasta la partida. El avión salió a la hora, dirección a la península, "entre amigos" "la Peni", el vuelo muy movido y más con esas avionetas que parecen de papel e incluso dudas que eso vuele, al menos con relativa seguridad. Pero llegamos que era lo único que me importaba. Otra vez en Málaga después de tres meses. Tres meses llenos de innovaciones en todos los aspectos. Mi compañero de viaje se lo montó mejor que yo, pues él hacía trasbordo dirección Barcelona. Como no podía permitirme ese lujo, salí del aeropuerto hasta la estación de tren, por si encontraba a algún compañero para hacer más entretenido el viaje a casa. Una vez en la estación de trenes no fue difícil encontrar colegas, sólo tuve que acercarme a la cantina y donde más jaleo se oía allá estaban, etílicamente felices, desahogándose de lo que supone la vida militar. Después de unos cinco meses sin tener prácticamente noticias de la familia y amigos, pues las cartas tardaban días y además desaparecían con facilidad, pues muchas se abrían “accidentalmente” por si casualidad contenían dinero. El teléfono salía caro, la economía de un soldado estaba normalmente bajo mínimos, pero muy bajos, todas esas cosa además de recibir órdenes, muchas estúpidas y sin ningún sentido e incluso contradictorias . Pero eso era el ejército catorce meses ilógicos y contradictorios que solo servían para alimentar el corazón patriótico en una gran farsa y una cruel pérdida de tiempo. Esa era la causa de aquel simpático y desordenado albedrío. Mis objetivos hasta las cinco de la tarde en que tenía que tomar el tren, no eran otros que primero comer algo, para lo cual salí de la estación pues los precios son más baratos y se come algo mejor, y yo estaba harto de comer rancho cada puñetero día así que me di un capricho junto con dos soldados que tenían más hambre que “sed” y buscamos una casa de comidas baratas. ¡pero cómo comimos!. Comer un plato casero fue el mayor placer que sentía en muchos meses y que esperaba que durase al menos todo el mes de permiso. Después de una tranquila sobremesa con un café de los de verdad, fuimos paseando por esa ciudad tan bonita hasta llegar nuevamente a la estación. Seguimos la misma táctica nos acercamos a la cantina y claro aún estaban, algo más cansados y ebrios, pero aguantando hasta que el cuerpo dijese no, o bien que llegase la hora de marchar, entre cervezas y más cervezas pasó el tiempo muy rápido, nos acomodamos como pudimos y no era por falta de sitio, si no por el estado lamentable que teníamos. Una vez instalados salió el tren, poco a poco y uno a uno fuimos quedándonos dormidos, acompañados por el continuo movimiento del tren y su penetrante sonido. Con la borrachera y el cansancio, la tensión retenida durante esos meses... ni una bomba nos hubiese despertado. Después de unas tres o cuatro horas alguien que encontró la lucidez comentó que el vagón bar se cerraba en media hora y como si tocasen diana, nos levantamos a toda prisa dirección al vagón bar so pena de quedarnos sin algo para comer ni beber durante toda la noche y eso podía ser catastrófico pues si no logras dormir por la noche el trayecto se hace eterno, al menos si tienes algo para ir picando y poder echar un trago el tiempo no queda parado o eso es lo que perece. Sería media noche cuando acabé con el bocadillo que había reservado y después intenté coger una postura que no me proporcionase dolores típicos de malas posiciones. Más menos que más encontré la forma de no amanecer como un ocho y dormí hasta las siete aproximadamente. Aún quedaban unas horas para llegar a la estación de Sants. Por fin conoceré a Anna!15 En esos momentos el paisaje me invitaba a pensar que dentro de unas horas podía ver a mi mujer y claro al sueño que durante muchos meses quería conocer: Mi hija Anna. Estaba tranquilo y al mismo tiempo impaciente, no sabía casi nada de Anna sólo lo poco que cuatro días antes mi padre me había contado. En mi mente tenía una concepción de cómo podía ser, aunque sabía que la verdadera imagen solo la conseguiría cuando la viese, mientras jugaba a las adivinazas, con las diferentes caras. El parto no había sido nada fácil, debido al ginecólogo que le hizo tomar unas pastillas para adelantar el parto, según parece estuvo una veinte horas con dolores y contracciones, hasta que mi hija decidió salir a esta su nueva vida. Cuando llegué a Rubí fui directo a casa de mi hermano para que me diese la dirección en el hospital donde estaba ingresada Carolina. Aproveché para comer, contar mi batallitas de mili, bueno y mi hermano las suyas. Después de un rato de tranquilidad familiar, que pasó en un suspiro me dirigí a la estación de cercanías para trasladarme a Terrassa una pequeña ciudad donde se concentraban las parturientas de aquella zona. Es curioso cómo pasa el tiempo, hace dos horas estaba sentado, comiendo con “mis hermanos” y cuando me fijé en la hora era tarde y sin embargo ahora en un trayectoria de unos veintes minutos, que separan Rubí de Terrassa, el reloj no cambiaba los minutos. Aproveché para recordar la cantidad de viajes que había hecho hasta la escuela donde estudiaba antes de ponerme a trabajar. El paisaje era el mismo, igual que las estaciones de Les Fonts o Terrassa. Todo era igual alguna tienda nueva pero en el fondo no había cambiado. ¿Cómo podía ser posible?, yo sólo en cuatro meses había cambiado la forma de ver la vida e incluso las personas, sin embargo esa ciudad era la misma, de hecho hacía unos tres años que no había estado por allá y parecía que no me hubiese ido a otra época. Recordando las calles y pensando en mi familia, alternándose los unos a los otro llegué hasta la puerta del hospital y más concretamente en la puerta de partos. Tenía el corazón a punto de exiliarse a otro sitio, las piernas bailaban sin música. Con un profundo suspiro, para tomar fuerzas y enfrentarme a la realidad, conocer a mi hija; siempre había pensado con la palabra hija pero no reflexionado sobre su verdadero significado y no me refiero a la real academia de la lengua. En un improvisado mostrador, pues estaban de obras, un conserje me indicó el camino, el ascensor y la planta donde se encontraban las dos. En el ascensor volví a sentir esa responsabilidad nueva que se llamaba Anna y que era mi hija y pensaba que si no la conocía aún ¿cómo podía ya quererla?, quizás a mi manera pero ya la quería. Se abrió la puerta me fijé en qué dirección del pasillo debía dirigirme. Seguí las flechas y los números de cuartos hasta que di con él, empujé con suavidad la puerta y adentrando sólo la cabeza como si pudiera estar equivocado y allí estaban las dos, Carmen y mi suegra. Después de los besos característicos cuando me dejaron dije, “¿alguien me puede decir donde esta la niña?”. En ese momento entró una enfermera con un bebé en los brazos, lo dejó justo en la cuna que estaba al lado de la cama de Carolina. Me quedé mudo no sabía qué hacer, si llorar, desmayarme, hablar o gritar, pues nada de eso sólo la observaba y la admiraba, en plena satisfacción una voz hizo que regresase a la tierra, era mi suegra. Que ¿qué te parece tu hija?. Pues -no con seguridad la contesté- es un poco fea ¿no?. Grave error cometí yo creía que saldría divorciado y esposado, me refiero a grilletes. Hasta la enfermera comentó que era un bebé de los más bonitos que había visto y eso que ella había visto muchos. Rápidamente rectifiqué antes de correr peligro y con mucha sutilidad expliqué que si el pelo la piel aún arrugadita, no esperaba o sabía que naciesen así, y en cierta forma no engañaba a nadie. Se calmaron las cosas y comenzaron a contarme muchas cosas sobre el parto y lo que Carolina había sufrido y entre lástimas y penas pasaron las horas, que la niña había nacido con cincuenta y un centímetros, que según parece era una buena altura para una niña y que pesó cerca de tres kilos. Inscribí legalmente a Anna y le comenté a mi suegra que se podía ir pues faltaba poco para el último tren para Rubí, que yo me quedaría con ellas por la noche. Pues fue que no. Entre la madre que decía que ella la estaba cuidando a las dos muy bien, y la hija que no decía lo contrario. Me despedí de nuevo con la esperanza que al día siguiente diesen el alta hospitalaria a madre e hija. Entre las vacaciones y el hospital16 No me hubiese importado que se quedasen con la suegra pero esta vez la suerte no me acompañó. Y es que, quién era el valiente que la aguantase aparte del de mi suegro que bastante pena tenía. Regresé al pueblo, como le solemos llamar, busqué por los bares de costumbre a mis amigos y tuve suerte pues encontré a bastantes. Las vacaciones hizo que nos reuniésemos unos cuantos, o sea que se lió la cosa un poco... Hasta que totalmente ebrio y cansado de todo el día llegué a casa de memoria, o por instinto, la cuestión es que cuando cogí la cama, una de verdad, no tuve tiempo ni de quitarme la ropa.. aquella noche dormí “rápido” más de lo normal aprovechando cada segundo de una cama cómoda, aprovechando cada minuto para mantenerlo en la memoria y rescatarlo cuando de nuevo estuviese allá. Aprovechando cada hora para descansar y descubrir que realmente estaba en casa y que ciertamente tenía no solo una mujer si no también una hija, que milésima a milésima, iba apoderándose de mi cariño y me alzaba al estatus de niño, “niño privilegiado”. Desperté tal y como me acosté vestido y de bruces, pero realmente descansado. Cuando pude abrir los ojos legañosos a causa del alcohol de la noche anterior, mi mente trataba de reconocer el cuarto, aunque más que el cuarto quería reconocer que no fuese un sueño traicionero y que lo que estaba pasando fuese una broma del subconsciente. Aliviado al comprobar que era real, que estaba en Rubí y que no era un sueño estaba pasando de verdad y eso llenaba de alegría mi corazón, triste por la separación forzosa, lleno de añoranza y de ilusiones rotas por el ejército. Pero todo eso quedaba atrás y tenía que aprovechar la buena ventura que en esos momentos llenaba mi vida. Me sentía superior, orgulloso, en definitiva pletórico. Después de un café con leche en forma de desayuno llamé al hospital para hablar con Carolina para saber cómo estaba. Me dijo que fuese sobre las cinco ya que las darían el alta y así llevaba a las tres a Rubí. Como vi que mi presencia pasaba a un cuarto lugar en esos momentos, o sea Anna, la suegra y Carolina. Yo tenía la función de chofer y poco más, me recordé a mi suegro, que siempre que podía se escapaba al huerto que tenía para no aguantar al sargento “chusquero” que era mi suegra. Al contrario de sentarme mal, lo tomé con filosofía vacacional y en vez de pensar si yo tenía que estar en el hospital o aquí en Rubí, cogí el abrigo y fui a hacer la ronda por los bares que en esa hora se reunían los amigos y conocidos para tomar su vermouth, como se llamaba antes. Como eran épocas de permisos, por la navidad, me encontré con muchos amigos que exceptuando el estado civil estaban en la misma situación que yo, de vacaciones y en previsión de que fuese el último vermouth en libertad “condicional”, pero en libertad, sin oficiales ni suboficiales ni mujer ni suegra. Aproveché bien el ratito de unas tres horas, hablando, riendo, contando historias de la “puta mili” aunque más que historias eran películas, la cuestión es que nos reímos con ganas y todos estábamos insultantemente contentos y felices, estábamos de vacaciones aunque fuese diciembre. Después de una corta siesta para borrar las huellas de tanta felicidad, otra vez para Terrassa, otra vez al hospital, pero esta vez con el coche que me había dejado mi hermano pues el mío estaba en Gerona. Y esta vez esperaba que volviese con mi familia. Después de las formalidades de costumbre pudimos abandonar el hospital, sitio que me causa fobia, "sólo con respirar los olores que en aquella época desprendían todos”. Era superior a mí, me entraban sudores y mareos, por eso la tarde anterior no discutí mucho, pues no es que no me apeteciese era pura y simplemente fobia. Después de las mil y una peripecias para colocar en el coche todas las cosa que estaban en la habitación, cosa que no comprendía, ”coño” que solo iba a dar a luz no de vacaciones. Pues como decía, al fin cupo todo en el coche, lástima podía haber dejado a la suegra en tierra, que quede constancia que no tenía nada en contra de mi suegra, era sólo que como no paraba de hablar, contar chismorreos, criticar a todo el mundo y sobre todo ordenar y disponer de todo y de todos, no me caía bien. Imagínense todo un trayecto de ocho o diez kilómetros por carretera, unos veinte minutos dado el tráfico, sin parar de escuchar a la ya comentada en alianza con mi mujer, y yo sin terciar palabra, es que era muy inteligente en aquella época, así salvé el cuello y me hacía mejor marido, no sé por qué, o eso creí. Llegamos a Rubí sanos y salvos, directamente me dirigí a descargar a mi suegra para luego los tres ir a casa de mi hermano donde teníamos una habitación con cama grande y espacio suficiente para la cuna, bueno y aparcar un “seiscientos” si hacía falta. Pero... ¡cual fue mi nueva sorpresa, que resultó que madre e hija estaban de acuerdo en que esa noche dormiría, me estaba acostumbrando a las sorpresas, en casa de mis suegros y en ese piso no había sitio para mí! o sea que otra vez “libre” y como no, después de cenar y de un rato de charla, entre madre e hija, después de unas miradas de resignación entre mi suegro y yo, excusando cansancio atrasado me retiré sobre las once de la noche... A ver a mis amigos, que allí si podía hablar y ser escuchado. De hecho físicamente no llevaba ni un mes de casado es más no sabía ni que era eso, como lo de ser padre. No lo tenía totalmente asumido y no por amor, que si que lo estaba, era el cambio de vida que supondría cuando realmente acabase la mili. Así que como tampoco podía hacer mucho hasta el término, me dejé llevar según las circunstancias y creo que las aproveché bien. Unas cañas, unos cubatas, unas partidas de chinos o dardos o cartas, ajedrez lo que fuese, se trataba de pasar el rato y sobre todo reír y divertirte lo máximo posible. No como la noche anterior pero bastante parecido me recogí en casa y otra vez, más si cabe, me deleité con aquella cama cómoda hasta el placer, y esta vez cambiado, apagué la luz y me dejé llevar por los duendes del sueño y la tranquilidad, amigos donde los hay cuando los necesitas, esos...duendes diablillos, me acompañaron y velaron mis sueños, confusos entre militares y civiles pero con buen término. Al menos esa fue la sensación que tuve al despertarme ya de día y no muy tarde, serían sobre las nueve. Como las expectativas para ese día era encerrarme en casa de los padres de Carolina, cosa que no me hacía gracia alguna, pues yo lo que quería era moverme no en vano había estado cuatro meses sin moverme y mucho menos en libertad, la cuestión es que lo tomé con suma calma regocijándome con todo lo que veía y oía, apurando los segundos, intentándolos disfrutar pues no es lo mismo leer una novela en la mili que hacerlo cómodamente sentado en un buen sillón con sepulcral silencio y sin esperar que el soldado de cuartel avise que un mando ha entrado en la batería y todo el mundo en pie en posición de firmes, etc... Primeras navidades en familia y con Anna17 Sería mediodía cuando dando un paseo me dirigí a casa de los suegros para comer, así lo hicimos. Por fin Carolina dijo que esa noche ya la pasaríamos en mi casa. La alegría me invadió pues era la primera noche que pasaría en familia y esta vez mi familia al completo, Carolina, Anna que cada vez la veía más y más guapa y yo. En esos momentos no le podía pedir nada más a la vida, estaba feliz, completamente feliz, dichoso y orgulloso de mí. Pasé toda la tarde mirando a mi hija, qué guapa era ya, ¡Cómo! podía haber cambiado tanto en tan pocas horas. Poco a poco me atreví a reposarla en mis brazos con la delicadeza con la que manipularías una cristalería de Murano única en su estilo. Poco a poco con las dos manos, pero siempre con infinito cuidado y suavidad. A veces me parecía que hasta reía y mi ego se regocijaba de alegría y vanidad justificada. Cada mueca cada expresión cada movimiento era supervisado por mí, con gran admiración y cierta preocupación por si... Me imagino a los indígenas americanos cuando descubrieron el espejo, algo así me pasó a mí, no dejaba de sorprenderme de lo enorme que es la naturaleza. Primero tienes un ser en la cabeza y de repente te encuentras una niña guapísima en tus brazos. Qué hermoso era! Si tuviese que definir felicidad, eso era auténtica felicidad elevada a la máxima potencia. Aquella noche ayudé por primera vez a lavarla, y digo ayudé porque Carolina no se fiaba de mí y con razón pues a esa niña la tenía miedo pero miedo de romperla o de se escapase con el jabón. Como digo ayudé y disfruté, después cambié mi primer pañal a mi hija, pues a Merixell, mi sobrina y ahijada, cinco meses mayor que Anna, y en el permiso de verano aprendí con mi resignada sobrina. También aquella misma noche aprendí como un padre y una madre se despiertan a las tres porque un ”mico de tres kilos” se desgarganta llorando y reclamando su sustento nocturno. Mientras Carolina preparaba el pecho yo preparaba la esponja los polvos y cremas que tendría que ponerle después de haberla aseado y antes de ponerle los pañales. Una vez satisfecho su voraz apetito con los ojos cerrados, bueno no creo ni que los abriese en algún momento, sólo se limitó a berrear que no era poco para llamar la atención y además de su perverso propósito, quedó dulcemente dormida, como un ángel (con mucha mala leche y buena voz) pero un ángel al fin y al cabo. Una vez Anna en la cuna, Carolina y yo nos quedamos sentados en la cama con la luz apagada y cogidos de la mano, inmersos en un silencio perpetuo, la respiración de Anna era lo único que mis oídos podían escuchar y creo que Carolina estaba como yo. Contaba sus espiraciones y aspiraciones como si de una máquina se tratase y escuchas si algún ruido no corresponde a lo normal. Un simple intento de estornudo hacia que mis párpados levantasen automáticamente y mi mirada ya acostumbrada a la oscuridad se dirigía a la cuna e incluso yo dejaba de respirar para concentrarme en exclusiva en mi hija. Poco a poco el sueño nos ganó la batalla y pudimos echar una apacible siesta. Las siete de la mañana. Diana, rápidamente me levanto busco la ropa militar... No, no estoy en Melilla y tampoco es la corneta tocando diana. Es Anna, jo!, qué pulmones tienes pequeñaja, pensé. Otra vez la misma operación de la madrugada, limpieza, preparativos para cambiarla, un buen desayuno por parte de Anna, que una vez acabado y como quien no quiere la cosa quedó otra vez dormida mientras yo la cambiaba. De nuevo a la cuna y otra vez como dos pasmadotes en la cama pensando seguimos durmiendo o nos levantamos ya, la sensatez nos aconsejó y dormimos hasta poco antes que Anna emitiese su potente sirena. Esta vez no nos cogió de sorpresa y todo estaba preparado, o sea fue como comer y dormir, nunca mejor dicho. Esta rutina de comer y dormir hizo que fuésemos adquiriendo experiencia y tenerlo todo organizado de una toma a otra, eso facilitaba, sobre todo por la noche que alargásemos unos minutos nuestro descanso. Si el primer permiso de catorce días me pareció corto, este mes estaba pasando con vertiginosa velocidad.. Cuando quise darme cuenta era ya el día del sorteo de navidad y para mí eso significaba que ya estábamos en navidad y que el tiempo se echaba encima inexorablemente. Eran días de compras y fiestas, Carolina que ya podía andar mas o menos, pues en el parto tuvieron que coser los desgarros con muchos puntos tanto por dentro como por fuera. Aprovechábamos las mañanas soleadas para pasear a Anna en un cochecito curiosamente regalado por Ángel y Lucía, por las tardes a mirar tiendas y luego a mirar más tiendas, hasta la hora de cenar o que Carolina se encontrara cansada. Repartimos las comidas y las cenas de esos festivos días entre las dos familias y según lo establecido pasamos Navidad y San Esteban, sin pena ni gloria. Me incorporaba el día uno de enero de 1982 a las doce del medio día. A sí que los pocos días que restaban sin preocupación alguna los aproveché de nuevo para ir memorizando cada imagen que pasaba por mi retina. El treinta de diciembre sobre las cinco de la tarde “como los toreros”, se repetía la historia, otra despedida angustiosa , otras lágrimas que ya eran conocidas y otros sueños que poco a poco se desvanecían y una profunda realidad recorría todo el cuerpo. Otra vez. TibulacionesHace tres años, a consecuencia de una revisón de la vista descubrí que para leer, tenía que ponerme gafas. Así lo hice y una vez las tuve tenía que usarlas, si no ¿para que las había comprado?.Cogí un libro que formaba parte del decorado de la casa."la túnica azafrán" de Losang Rampa. Lo había leido cuando tenía quince años y francamente no había entendido nada e incluso no recuerdo si llegé a acabarlo. En esta ocasión si que lo hice y despues otro y otro... , hasta la actualidad, !lastima que falte tiempo!. Hace un año a raiz de una separación traumática para mí,decidí plasmar todo lo que sentía en esos momentos para ver por mi mismo el proceso de esa enfermedad tan "h.p." como es la depresión. He segido escribiendo desde entonces ese "memorándum" en libretas que poco a poco se acumulan en un cajón y de las cuales aún no he retrocedido una sola página para leer lo que escribí el día anterior. ¿Cuando lo haré?... . No lo sé, quizás nunca o posiblemente hoy mismo. (bueno hoy no). Luego, cuando mi cabeza se fue poco a poco centrando, comencé a escribir " El día que perdí el futuro". Desde la primera letra mi cabeza no ha dejado de proporcinarme palabras y las ideas brotan a tal velocidad queno soy capaz de recogerlas e ir guardandolas, para luego organizadas imprimirlas. En estos momentos podría dedicarme a comenzar dos o tres relatos más. Quizas lo haga. Hoy tenía que escribir, necesitaba escribir aunque no tuviera nada que decir, pues un maremoto de ideas me bombardean y no tengo la recepción adecuada para retenerlas. Es posible que conforme pase el día, no muy estimulante por cierto, esa palabras, frases, puntos y comas se detengan en un orden lógico y pueda cazarlas, para mi propio beneficio. Demomento... seguiré esperando. Gracias Patricia Llegó ayer volando de Argentina. Lo guardo en el corazón.correo electrónicoLa solución que encontré para recibir correos, pues nadie se acuerda de mí. fue la siguiente: Encontré una página de cursos "max mail" y me apunté. En la actualidad soy un hombre nuevo, cuando abro el correo suelo tener un promedio de diez al día, que deben de ser a uno por curso. Desde ese día el correo electrónico no ha sido un poroblema para mí. El problema viene cuando leo los cursos, mezclados entre aprende fotografia cuando reparas muebles utilizando fhoto shop con ofimática depresiva en ingles. espero que este mi primer consejo sea util. Año nuevo en Melilla18 Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta. En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos. La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible. Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles. Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería. Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida. Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava . Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos. -¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije. ¿Ansiedad? ¿Que tendrá "Josep" en esos momentos en su mente?Posiblemente cantando la próxima canción que escribirá en su bolg... Algo fallaHoy he abierto el correo y..., sorpresa para mí, no he recibido ni uno solo. ¿Será que he terminado con la colección de cursos?... Año nuevo, destacamento nuevo19 Nos trasladaron en un camión a los dos o tres días de haberme reincorporado. El destacamento al que tenia un cierto rechazo, sin conocerlo siquiera , estaba ocupado por unos trescientos soldados , que durante el día intentaban hacer aunque solo fuera una vez, un blanco a una canasta que era arrastrada por un avión de transporte del tipo hércules. Jamás durante el tiempo que permanecí hicieron un solo blanco y eso que el hércules es un avión lento... Pues cuando “nos atacaban” aviones a reacción los radares y el soldado que estaba sentado y encargado de utilizar la ametralladora antiaérea no paraba de dar vuelta en busca de un blanco que ni el radar era capaz de seguir con esos aparatos. Se comentaba que hacia uno o dos años un artillero hizo blanco y a todo el destacamento , además de la comida de “lujo” les dieron fiesta todo el día, con paseo incluido nada más comer, al artillero que acertó (yo creo que fue casualidad y se equivocó, por eso dio en el blanco) le dieron un mes de permiso, que era la mejor recompensa que se podía dar a un soldado al menos por aquellos tiempos. Al segundo día de estar en mi nuevo “hogar”, me colocaron en la unidad de radar, pero la suerte había cambiado para mí , la misma mañana de mi estreno con un radar, un soldado con ordenes de un teniente del cual ni me acuerdo como se llamaba y la verdad ahora tampoco voy a intentar recordar. Dicho teniente era amigo del señor de Melilla que yo conocía y él me había recomendado como persona seria y responsable.( Constancia quede de que el buen señor no mentía). Después de mi riguroso saludo militar, el teniente con la mano apoyada en mi hombro, como si hiciera tiempo que nos conociésemos, me comentó lo que he dicho antes y se ofreció a ayudarme si estaba de su mano. Yo ni corto ni perezoso le comenté mi estado de casado con hija y que la verdadera ayuda era si podía agilizar los trámites para mi licenciamiento y si también era posible cuando quedase una plaza libre en cocina,” por el dinero”, podía trasladarme a ese puesto de trabajo. Aquella misma tarde mi suboficial me comunicó que a la mañana siguiente me incorporase a cocina, ordenes del teniente. Cocina tenía sus ventajas e inconvenientes, aunque yo personalmente siempre le encontré más incentivo que estar como simple soldado o en oficinas aguantando los caprichos de oficiales y suboficiales. Además de poderte llevar un paquete en oficinas por una metedura de pata incluso de algún mando , y( como el ejercito es el ejercito) alguien tenia que cargárselas. Como soldado otro tanto de lo mismo, guardias, retenes, patrullas, marchas de cuarenta kilómetros, maniobras cada día con las “piezas” y otras cosa como pintar etc..., no me apetecía nada. En cambio en cocina; que tampoco se podía calificar de un puesto excepcional pero...; Aparte de tener que levantarte a las cinco de la mañana para preparar los desayunos o no poder salir de paseo los días que tenías “guardia de cocina” o trabajar de lunes a viernes de siete a cinco. Al contrario como antes dije, al estar rebajado de rancho cobraba algo más que el resto de la tropa y eso me permitía tener más de autonomía a la hora de mis gastos. Por otro lado la comida la tenía asegurada y además de la buena, que eso era primordial, pues aparte de recibir ordenes todo el día solo quedaba, comer y beber y cuanto más mejor. Eso estaba asegurado .Otra de las ventajas que le encontré al nuevo destino era la “libertad” que se tenia dentro del trabajo, siempre y cuando todo saliese bien y a la hora. Haciendo tu trabajo parecía más la vida civil, que la militar, claro siempre con las reservas que separaban una de otra, pero sí, era lo que más se parecía. También estábamos rebajados de diana y retreta. Al suboficial de cocina solo se le veía media hora por la mañana y alguna vez se acercaban a la hora del rancho para dar su visto bueno, El oficial responsable, no se acercaba ni al rancho ; a menos que hubiese una revista del destacamento. Entonces la cosa cambiaba radicalmente, no solo en cocina también en el resto del destacamento. En esos días previos el movimiento era trepidante, me recordaba el día de mi boda, todos para arriba, todos para abajo, pero... no. Estábamos en el ejercito y en esas ocasiones todavía era mayor el desorden que en mi familia. Como; para pintar ,arreglar las calles, lavar la cara al interior de la batería, engrasar y desengrasar las armas para pasar la revista correspondiente etc... . Se necesitaba más personal del que... en aquel pequeño destacamento podíamos ofrecer. En aquellas circunstancias las soluciones que tiene y por ello dispone el ejercito es doblar el número de horas para acabar las obras. ¿cómo se hace?..., es muy sencillo, una pequeña arruga en las sábanas supone uno o dos días de arresto en batería y claro como estás arrestado has de obedecer las ordenes y ; pintar, arreglar, engrasar y desengrasar. Eres un “preso”. El primer día de aquel loco movimiento, cuando regresé de mi turno de cocina, con la intención de descansar un rato en mi camareta para desconectar, como solía hacer cada día, tuve la sorpresa que yo también estaba arrestado. ¡pero si no había estado en todo el día!. Aproveché mis “influencias! como cocinero, me dirigí primero a mi amigo “el ranchero mayor” y luego a mi suboficial de batería. No puede arrestarme señor; Estoy arrestado ya en cocina y dentro de dos horas vuelvo al trabajo hasta que acabemos con los preparativos del banquete y la limpieza correspondiente, le dije. Su expresión era más o menos la que me esperaba “ de mucha mala leche”, pero... las prioridades eran las prioridades, y el comandante del destacamento si de algo presumía con “los suyos” era de la cocina y precisamente el banquete era en honor del capitán general de Melilla junto con todos los secuaces de la máxima graduación. Contra semejante peso un simple sargento e incluso un oficial, eran palabras mayores , todas escritas en mayúsculas. Estos tipos de mentiras eran frecuentes en cocina, sobretodo cuando de acuerdo con la cantina nos reuníamos para cenar, claro está con nuestros respectivos suboficiales. Curiosamente en esos eventos la casualidad hacía que ninguno de nosotros tuviera servicio alguno. Esos eran prácticamente los únicos momentos buenos, en los que al menos durante un par de horas nos trasladábamos a otro plano de una realidad ficticia pero que muy reconfortable. La amnesia era prácticamente total y se respiraba cierta libertad y sobretodo era totalmente eficaz en el momento de querer dormir, aunque el despertar fuera algo doloroso. Pasados esos días de locura colectiva y de una revista que ni siquiera se podía catalogar de vistazo, todo volvía a la normalidad, junto con las felicitaciones de rigor para aumentar el buen espíritu de la tropa, La cual mirábamos con cierto escepticismo. Del orgullo que hablaba antes respecto a la cocina , era bastante lógico pues con toda sinceridad las comidas eran de una calidad y preparación más que aceptables, y no porque yo esté incluido, era superior. Como ejemplo diré en mi (nuestro) favor que los famosos boquerones los rebozábamos sin espinas. Casi nada para el ejercito. |