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51 En broma pero casi en serio decíamos que era un viaje de negocios pues visitábamos los más pintorescos restaurantes, recorríamos los mercados para ver sus productos, las panaderías para probar los diferentes productos que ofrecían a los gallegos de a pie, nos colábamos en los bares de las periferias y de el centro, para poder comparar comprender y conocer las diferentes tapas en las diferentes ubicaciones de Galicia entera. Por aquel entonces disponía de un buen estómago capaz de digerir aquellos manjares y sus acompañantes líquidos. Creo que Galicia debe de estar orgullosa de ser la capital mundial de ácido úrico y el colesterol y espero que así lo siga siendo pues no renuncio a hacer en otra ocasión una visita al centro de la corrupción gastromedicinal. He de decir que todas aquellas “mariconadas” que me servían estaban deliciosas, desde las quisquillas, las ostras de Vigo, el caldo de Ourense, los percebes de A Coruña y los potajes de legumbres que te ofrecían junto con las carnes por doquiera que fueses y degustases. Confieso que de Galicia me gusta hasta los andares, como dicen del cerdo, y es que no tiene desperdicio ni un milímetro de sus tierras ni sus gentes. Sigo sin mirar ni un mapa, pues no me apetece. Comenzamos entrando por Orense. “antigua y moderna Ourense”. Allí al poco de entrar por la carretera que venia de Ponferrada, nos paramos en un restaurante-mirador sobre un lago-rió que ni sé como se llama ni lo voy a buscar ahora, pero que si miramos un mapa de carreteras de aquella época seguro que os documentáis bien. Después de un suculento caldo gallego nos fuimos a la ciudad de las ostras, como yo la llamo, Vigo (en gallego Vigo). Que puedo decir de esa ciudad que no sea la exclamación de “¡ostras!” y… que buenas que estaban. Soy muy malo para los nombres, pero me acuerdo perfectamente de las paradas de piedra repletas de ostras de todos los tamaños y precios, de los bares que alternaban su cerveza y sus tapas con los platos exquisitos que las señoras de las paradas tan amablemente te servían en las mesas de los mismos. En un deambular de berberechos, quisquillas, cigalas, gambas y demás corrimos las rías, visitamos bodegas de ribeiro, albariños, trabajo que aunque no lo parezca puede ser agotador. Fuimos a parar en A Coruña (en gallego A Coruña), para probar levemente sus percebes. Por el interior llegamos a Asturias no sin antes probar los potajes que tan amablemente nos ofrecieron por aquellas aldeas gallegas. Nuestros objetivos vacacionales para Asturias eran diferentes que los que habíamos disfrutado en Galicia. El campamento base lo establecimos en Gijón, desde allí nos movimos en las diferentes excursiones por la zona. Primero por los picos de Europa, menudos paisajes y menudos quesos. Otro día nos fuimos de visita a la bodega que nos proveía de sidra. Nos sacaron jamos, quesos, pan y con la espicha tomamos sidra como siempre debería tomarse. Que puedo decir más, quedamos alegremente satisfechos. También fuimos a la caza de las fabes y como no a probarlas y disfrutarlas. Nuestro gastronómico viaje nos llevó hasta unas sardinas asadas en el puerto de Santander. Sabían a gloria, a demás ya estaba cansado de tanto marisco, carnes, potajes… Ahora le tocaba el turno al pescado. Se acababan las vacaciones y el coche olía que alimentaba, pues entre quesos, chorizos, judías, sidra… hasta pan llevábamos. Lo bueno termino.

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