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tamarix

Hospital Militar

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No eran las ocho cuando aparcaba el coche en sitio seguro por si acaso tenía que venir alguien a buscarlo, en el caso de que por ejemplo quedase interno en un hospital militar hasta la finalización de las pruebas.
Todo eran dudas y preguntas sin respuesta. Me dirigí lentamente hacia el gran portón de entrada, que en aquel momento no sabía si también sería de salida. No tenía prisa pues aunque las dudas me dominaban, tampoco me urgía saber que me depararía el interior de ese ruinoso cuartel. Dirigía la mirada a diestra y siniestra, como fotografiando las imágenes que veía y las que quería guardar a modo de despedida.

Frente a la entrada un grupo de jóvenes de mi edad aguardaba con cierto nerviosismo a que esa gran puerta se abriese. Pasaron unos treinta minutos de la hora establecida cuándo una pequeña puerta que pertenecía a ese gran portón se abrió, un suboficial y un soldado con un papel en mano salieron al umbral. Con voz de pocos amigos y alto grado de chulería el suboficial gritó, pónganse en fila de a uno conforme les valya nombrado y pasen la puerta sin perder esa formación. También dijo cosas como "presten atención pues no pienso repetir nombres" y cosas como esas que te hacían poner la piel de gallina.

Como todos yo también fui reclamado. Crucé la puerta, que por cierto solo se podía pasar de uno en uno dada la estrechez de la misma. Un patio de armas fue lo primero que vi, sin perder la fila nos fueron colocando en medio del patio. El “simpático” suboficial después de un carraspeo y con voz de cazalla empezó a exponernos el plan “de trabajo” que diariamente debíamos seguir escrupulosamente, so pena de ser desertores y cosas por el estilo. Teníamos que presentarnos cada día antes de las nueve y firmar en la lista que tenían preparada en un pequeño y cutre despacho, creo que ni la pintura quería estar allá pues en forma de grandes placas se desprendían de las paredes en forma de protesta. Pero antes de estampar la firma había que cumplir con la patria barriendo el famoso patio de adoquines, tierra y hiervas las cuales se suponía que debíamos quitar cada día. Y así comencé con mi servicio a la patria, con una escoba que era por supuesto mejor que agacharse a recoger las malditas hiervas.

Después de una hora aproximadamente, el tipo de "mala leche" como siempre gritando nos comunica que podemos ir firmando, para lo cual y como empezaba a ser habitual nos volvieron a formar y por una escalera que quedaba justo enfrente de la puerta de entrada comenzamos a desfilar o mejor a escalar aquellos altos e irregulares escalones que como todo el cuartel pedía a gritos una jubilación honrosa o sea la demolición de ese edificio con techos interminables barandas de hierro corroído por los años y el paso de tantas y tantas manos. Llegamos al primer piso casi con la lengua fuera, pues en vez de un piso parecían tres. Allí conocimos el despacho y a los dos soldados que un poco más amables nos esperaban con la lista y ese pequeño apartado para poder rubricar. Después de que nos dieran una hoja para presentarnos a los reconocimientos(hora y lugar de las pruebas), cada uno con cara de gran satisfacción fuimos saliendo y esta vez sin formar.

En mi hoja decía que tenía que presentarme al día siguiente en el hospital militar para visita médica. Tuve que retornar pues tenía hora a las nueve treinta de la mañana y claro no podía estar en dos sitios a la vez. Me contestaron que no había problema, en el hospital me darían un justificante que entregaría en esa oficina cuando acabase la visita, aunque sólo por las mañanas, si no al próximo día.
Más tranquilo salí de ese ya maldito cuartel, recogí mi coche y me dirigí a Rubí. No tenía prisa y además una de mis facultades es perderme con extraordinaria facilidad, o sea que me tomé la cosa con calma para intentar memorizar bien el camino.

Como siempre, en aquella época, a las nueve y treinta minutos estaba no sólo el hospital, si no que también había podido descubrir la planta y puerta donde sería visitado. Quedé sorprendido de la cantidad de gente que dice tiene problemas de espalda. Un pasillo largo y como no alto, empezaba a pensar que todos los edificios militares eran cochambrosos y de techo exageradamente altos, acogía a una multitud de personas que como yo teníamos cita a la misma hora. A las diez y media la puerta a la que todo el mundo miraba de reojo, no se había abierto para nada. Sin haber prácticamente desayunado mi estómago comenzaba a tocar esa música característica con sonido hueco muy hueco. Por fin sobre las once llegó un militar que debía de ser importante, pues todos los soldados que con él se cruzaban saludaban de forma automatizada y solemne, acompañado de una enfermera abrieron la esperada puerta, media hora después salió la enfermera, comenzó a llamar por orden alfabético, por lo cual teniendo en cuenta que tenía de tiempo hasta la letra M, salí raudo en busca de un bocadillo de lo que fuera. Tuve suerte y encontré rápidamente un bar, fue mi salvación pues mis tripas no perdonaban mi abandono.

Una vez satisfecha mis ansias volví al hospital para ver si me nombraban. Eran aproximadamente la una y media de la tarde cuándo después de nombrar a alguien con la letra J, dijo que nos esperaba a todos mañana a la misma hora y que nos podíamos marchar. Algunos de nosotros pedimos el justificante y nos contestó que no hacía falta y si nos decían algo entonces ella lo justificaría. Se dio la vuelta, abrió la puerta y desapareció.

Como no daba tiempo para acercarme hasta el cuartel, llamé por teléfono, tardaron en descolgar el auricular, expuse mi problema y me comentaron que no había de temer represalias. Bueno si no hay problema y ese es el control que llevan, esto puede tardar muchos días, antes que pudiera ir al tribunal médico y fallara mis resultados. Eso lo pensaba después de enterarme que el oficial médico era de medicina general y comentaron que él sólo decía a que especialista mandarte .
Otra vez, sin prisas cogí la carretera de la” arrabasada” dirección, otra vez para el pueblo. La carretera aunque llena de curvas y alguna corta recta, me infundía sensación de tranquilidad espiritual que intentaba conservar a toda costa. La primavera siempre ha sido mi estación favorita y esos olores que despierta, colores que alimentan el alma, pero no el estómago y tuve que empezar a acelerar antes que tuviese serios problemas conmigo.

Al día siguiente me presenté en el hospital pero, esta vez serían como las diez más que menos, la acumulación de gente continuaba igual que el día anterior. En esta ocasión el oficial estaba ya visitando, pregunté por qué letra iba, la mima de ayer me contestaron. Bueno por suerte llevé un bocadillo para amenizar la espera que prometía ser igual que el día anterior. No me equivoqué y sobre la una de la tarde escuché mi nombre. El oficial médico, capitán según oí, estaba sentado detrás de un despacho de hierro y formica, a tónica con el consultorio, de muebles antiguos y mal pintados y con el resto del hospital. Todo estaba a juego hasta con el capitán que si sería oficial, pero no caballero. Me hizo sentar, después de un espacio indeterminado de tiempo en absoluto silencio, comenzó con el interrogatorio: Nombre y apellidos, dirección y que me pasaba. Tengo desviación de espalda y me duele. Me miró por primera vez y acto seguido me entregó un papel. Puede retirarse, fueron las únicas palabras que pude escucharle. Y como no me fuí con el papel en mano y con terribles ganas de salir de ese hospital.

Aunque me daba mas o menos tiempo de llegar a intendencia, decidí no correr por si acaso o sea me fui al bar del otro día y me tomé, una cerveza que me supo a gloria pues el bocadillo de la mañana me reclamaba líquidos. Como el día anterior llamé por teléfono y comente la misma historia del día anterior, con idéntica contestación. Termine la cerveza y me fuí. Como le iba cogiendo el tranquillo al asunto militar, me presente sobre las doce del día siguiente y efectivamente no pasó nada. Nunca más barrí, pues antes de las doce no me presente ningún día. Y así entre visitas al hospital y visitas a intendencia pasé aproximadamente un mes y algo. Hasta que un día que fui a firmar, me comunicaron que la semana siguiente tendría tribunal médico.
Se acabó lo bueno pensé. Y... No me equivoqué.

Después de esperar, como siempre en el ejército, me hicieron pasar. Un grupo de militares sentados y en fila de tras de una mesa larga. Uno de ellos que estaba sentado en el centro y que debía ser de mayor graduación que el resto, me preguntó el nombre y seguidamente comenzaron a mirar expedientes, radiografías y a hablar entre ellos. Pasaron diez minutos angustiosos, sentado en una silla delante de todos aquellos galones, mirando las expresiones de cada uno haber si podía adivinar lo que pensaba cada uno, sobretodo el del medio. El presidente como en un juicio, por eso se llamaría tribunal médico, me ordenó levantar y después de decir mi nombre en voz alta me comunicó el resultado del “juicio”. “Culpable”, o sea apto para el servicio militar. En intendencia después de unos días me dieron los papeles para recoger el billete de tren hasta San Fernando, provincia de Cádiz.

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