Una sorpresa
32
El piso de Palafrugell no era pequeño: Tenía cuatro habitaciones, dos de ellas dobles, un amplio comedor, dos aseos, una cocina respetable, balcón y terraza para colgar la ropa y sobre todo mucha luz. Pero en cierta medida se hacía pequeño para dos familias.
Había quedado con mi padre cuando despertase pues quería mostrarme algo que no definió.
No madrugué en absoluto, el viaje del día anterior me había dejado para el arrastre, no pude reaccionar cuando a las siete, Carolina atendía a Anna como de costumbre.
Desperté como una persona nueva en el paraíso, no podía creer que sin haber puesto aun los pies en el suelo, Carolina entrase en la habitación con un tazón de café con leche en una mano y un croissant en la otra, y Anna que dormía placidamente.
En una silla en frente de la cama había dejado ya mi ropa con muda totalmente nueva, o sea limpia y planchada y olorosa, seguro que hasta le ponía suavizante perfumado, que era algo que en la mili se había comentado como algo que debía de ser en algún país extranjero. Desayuné como un rey, aunque era consciente que eso tenía el tiempo contado, lo disfruté, así como una ducha con inagotable agua caliente. Después de una leve charla con Carolina y mi madre, acudí a la cita que tenía con el jefe.
Caminaba pensativo, no..., más que pensativo, intrigado. ¿Que se traería entre manos?, creía que sería algo referente al trabajo o alguna cosa parecida.
Después de los saludos de rigor y de husmear un poco por el despacho, crucé con mi padre toda la tienda hasta la puerta trasera, que era la que se utilizaba para carga y descarga. Al pasar por el almacén sentí una cierta nostalgia y una sacudida de buenos recuerdos.
El coche estaba aparcado junto la puerta, como de costumbre conducía yo, nos dirigíamos a un pequeño pueblo justo al lado de Palafrugell. Por el camino me explicó que un cliente le había hablado de amueblar una casa en una urbanización para alquilar. Habían quedado para tomar medidas del interior y elegir el tipo de muebles vendría bien en cada estancia. Al principio mi padre pensó que el alquiler sería bastante elevado y para no quedarse con la duda le preguntó cuanto pensaba pedir después de amueblarlo. El precio le gustó, pues era parecido al que ya pagaba, siguió indagando hasta que al final le rebajó considerablemente el alquiler pues no tenía que gastar en muebles y cómo no, siempre era mejor alquilarlo a gente conocida, etc.
Paramos delante de la casa, era muy bella, plantada en medio de la parcela, pintada de blanco resaltaba sobre el césped que la rodeaba.
Una cochera con capacidad para dos coches de tamaño grande con un buen espacio entre ellos, que comunicaba directamente al interior de la casa junto a la entrada principal. La planta baja era la de dormitorios, cuatro también pero todos dobles y un completo cuarto de baño. Justo en el recibidor estaban las escaleras de acceso a la otra planta, donde se ubicaban otro aseo, una enorme cocina, un comedor salón separados por una arco en forma de separación, y dos terrazas, una orientada al norte y la otra al sur creo.
Después de visitar la casa detenidamente, mi padre me miraba como buscando el beneplácito para alquilarla. A mí la idea me encantó, pero ¿que opinarían las mujeres?, pronto lo sabríamos pues la hora de cerrar la tienda era próxima y debíamos estar allí.
Seguimos nuestra conversación en el bar de Beni y después en casa.
El piso de Palafrugell no era pequeño: Tenía cuatro habitaciones, dos de ellas dobles, un amplio comedor, dos aseos, una cocina respetable, balcón y terraza para colgar la ropa y sobre todo mucha luz. Pero en cierta medida se hacía pequeño para dos familias.
Había quedado con mi padre cuando despertase pues quería mostrarme algo que no definió.
No madrugué en absoluto, el viaje del día anterior me había dejado para el arrastre, no pude reaccionar cuando a las siete, Carolina atendía a Anna como de costumbre.
Desperté como una persona nueva en el paraíso, no podía creer que sin haber puesto aun los pies en el suelo, Carolina entrase en la habitación con un tazón de café con leche en una mano y un croissant en la otra, y Anna que dormía placidamente.
En una silla en frente de la cama había dejado ya mi ropa con muda totalmente nueva, o sea limpia y planchada y olorosa, seguro que hasta le ponía suavizante perfumado, que era algo que en la mili se había comentado como algo que debía de ser en algún país extranjero. Desayuné como un rey, aunque era consciente que eso tenía el tiempo contado, lo disfruté, así como una ducha con inagotable agua caliente. Después de una leve charla con Carolina y mi madre, acudí a la cita que tenía con el jefe.
Caminaba pensativo, no..., más que pensativo, intrigado. ¿Que se traería entre manos?, creía que sería algo referente al trabajo o alguna cosa parecida.
Después de los saludos de rigor y de husmear un poco por el despacho, crucé con mi padre toda la tienda hasta la puerta trasera, que era la que se utilizaba para carga y descarga. Al pasar por el almacén sentí una cierta nostalgia y una sacudida de buenos recuerdos.
El coche estaba aparcado junto la puerta, como de costumbre conducía yo, nos dirigíamos a un pequeño pueblo justo al lado de Palafrugell. Por el camino me explicó que un cliente le había hablado de amueblar una casa en una urbanización para alquilar. Habían quedado para tomar medidas del interior y elegir el tipo de muebles vendría bien en cada estancia. Al principio mi padre pensó que el alquiler sería bastante elevado y para no quedarse con la duda le preguntó cuanto pensaba pedir después de amueblarlo. El precio le gustó, pues era parecido al que ya pagaba, siguió indagando hasta que al final le rebajó considerablemente el alquiler pues no tenía que gastar en muebles y cómo no, siempre era mejor alquilarlo a gente conocida, etc.
Paramos delante de la casa, era muy bella, plantada en medio de la parcela, pintada de blanco resaltaba sobre el césped que la rodeaba.
Una cochera con capacidad para dos coches de tamaño grande con un buen espacio entre ellos, que comunicaba directamente al interior de la casa junto a la entrada principal. La planta baja era la de dormitorios, cuatro también pero todos dobles y un completo cuarto de baño. Justo en el recibidor estaban las escaleras de acceso a la otra planta, donde se ubicaban otro aseo, una enorme cocina, un comedor salón separados por una arco en forma de separación, y dos terrazas, una orientada al norte y la otra al sur creo.
Después de visitar la casa detenidamente, mi padre me miraba como buscando el beneplácito para alquilarla. A mí la idea me encantó, pero ¿que opinarían las mujeres?, pronto lo sabríamos pues la hora de cerrar la tienda era próxima y debíamos estar allí.
Seguimos nuestra conversación en el bar de Beni y después en casa.
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