Primeras navidades en familia y con Anna
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Sería mediodía cuando dando un paseo me dirigí a casa de los suegros para comer, así lo hicimos. Por fin Carolina dijo que esa noche ya la pasaríamos en mi casa. La alegría me invadió pues era la primera noche que pasaría en familia y esta vez mi familia al completo, Carolina, Anna que cada vez la veía más y más guapa y yo.
En esos momentos no le podía pedir nada más a la vida, estaba feliz, completamente feliz, dichoso y orgulloso de mí.
Pasé toda la tarde mirando a mi hija, qué guapa era ya, ¡Cómo! podía haber cambiado tanto en tan pocas horas. Poco a poco me atreví a reposarla en mis brazos con la delicadeza con la que manipularías una cristalería de Murano única en su estilo. Poco a poco con las dos manos, pero siempre con infinito cuidado y suavidad. A veces me parecía que hasta reía y mi ego se regocijaba de alegría y vanidad justificada. Cada mueca cada expresión cada movimiento era supervisado por mí, con gran admiración y cierta preocupación por si... Me imagino a los indígenas americanos cuando descubrieron el espejo, algo así me pasó a mí, no dejaba de sorprenderme de lo enorme que es la naturaleza. Primero tienes un ser en la cabeza y de repente te encuentras una niña guapísima en tus brazos. Qué hermoso era! Si tuviese que definir felicidad, eso era auténtica felicidad elevada a la máxima potencia.
Aquella noche ayudé por primera vez a lavarla, y digo ayudé porque Carolina no se fiaba de mí y con razón pues a esa niña la tenía miedo pero miedo de romperla o de se escapase con el jabón. Como digo ayudé y disfruté, después cambié mi primer pañal a mi hija, pues a Merixell, mi sobrina y ahijada, cinco meses mayor que Anna, y en el permiso de verano aprendí con mi resignada sobrina. También aquella misma noche aprendí como un padre y una madre se despiertan a las tres porque un mico de tres kilos se desgarganta llorando y reclamando su sustento nocturno. Mientras Carolina preparaba el pecho yo preparaba la esponja los polvos y cremas que tendría que ponerle después de haberla aseado y antes de ponerle los pañales. Una vez satisfecho su voraz apetito con los ojos cerrados, bueno no creo ni que los abriese en algún momento, sólo se limitó a berrear que no era poco para llamar la atención y además de su perverso propósito, quedó dulcemente dormida, como un ángel (con mucha mala leche y buena voz) pero un ángel al fin y al cabo.
Una vez Anna en la cuna, Carolina y yo nos quedamos sentados en la cama con la luz apagada y cogidos de la mano, inmersos en un silencio perpetuo, la respiración de Anna era lo único que mis oídos podían escuchar y creo que Carolina estaba como yo. Contaba sus espiraciones y aspiraciones como si de una máquina se tratase y escuchas si algún ruido no corresponde a lo normal. Un simple intento de estornudo hacia que mis párpados levantasen automáticamente y mi mirada ya acostumbrada a la oscuridad se dirigía a la cuna e incluso yo dejaba de respirar para concentrarme en exclusiva en mi hija. Poco a poco el sueño nos ganó la batalla y pudimos echar una apacible siesta.
Las siete de la mañana. Diana, rápidamente me levanto busco la ropa militar... No, no estoy en Melilla y tampoco es la corneta tocando diana. Es Anna, jo!, qué pulmones tienes pequeñaja, pensé. Otra vez la misma operación de la madrugada, limpieza, preparativos para cambiarla, un buen desayuno por parte de Anna, que una vez acabado y como quien no quiere la cosa quedó otra vez dormida mientras yo la cambiaba. De nuevo a la cuna y otra vez como dos pasmadotes en la cama pensando seguimos durmiendo o nos levantamos ya, la sensatez nos aconsejó y dormimos hasta poco antes que Anna emitiese su potente sirena. Esta vez no nos cogió de sorpresa y todo estaba preparado, o sea fue como comer y dormir, nunca mejor dicho.
Esta rutina de comer y dormir hizo que fuésemos adquiriendo experiencia y tenerlo todo organizado de una toma a otra, eso facilitaba, sobre todo por la noche que alargásemos unos minutos nuestro descanso.
Si el primer permiso de catorce días me pareció corto, este mes estaba pasando con vertiginosa velocidad.. Cuando quise darme cuenta era ya el día del sorteo de navidad y para mí eso significaba que ya estábamos en navidad y que el tiempo se echaba encima inexorablemente. Eran días de compras y fiestas, Carolina que ya podía andar mas o menos, pues en el parto tuvieron que coser los desgarros con muchos puntos tanto por dentro como por fuera. Aprovechábamos las mañanas soleadas para pasear a Anna en un cochecito curiosamente regalado por Ángel y Lucía, por las tardes a mirar tiendas y luego a mirar más tiendas, hasta la hora de cenar o que Carolina se encontrara cansada. Repartimos las comidas y las cenas de esos festivos días entre las dos familias y según lo establecido pasamos Navidad y San Esteban, sin pena ni gloria.
Me incorporaba el día uno de enero de 1982 a las doce del medio día. A sí que los pocos días que restaban sin preocupación alguna los aproveché de nuevo para ir memorizando cada imagen que pasaba por mi retina. El treinta de diciembre sobre las cinco de la tarde como los toreros, se repetía la historia, otra despedida angustiosa , otras lágrimas que ya eran conocidas y otros sueños que poco a poco se desvanecían y una profunda realidad recorría todo el cuerpo. Otra vez.
Sería mediodía cuando dando un paseo me dirigí a casa de los suegros para comer, así lo hicimos. Por fin Carolina dijo que esa noche ya la pasaríamos en mi casa. La alegría me invadió pues era la primera noche que pasaría en familia y esta vez mi familia al completo, Carolina, Anna que cada vez la veía más y más guapa y yo.
En esos momentos no le podía pedir nada más a la vida, estaba feliz, completamente feliz, dichoso y orgulloso de mí.
Pasé toda la tarde mirando a mi hija, qué guapa era ya, ¡Cómo! podía haber cambiado tanto en tan pocas horas. Poco a poco me atreví a reposarla en mis brazos con la delicadeza con la que manipularías una cristalería de Murano única en su estilo. Poco a poco con las dos manos, pero siempre con infinito cuidado y suavidad. A veces me parecía que hasta reía y mi ego se regocijaba de alegría y vanidad justificada. Cada mueca cada expresión cada movimiento era supervisado por mí, con gran admiración y cierta preocupación por si... Me imagino a los indígenas americanos cuando descubrieron el espejo, algo así me pasó a mí, no dejaba de sorprenderme de lo enorme que es la naturaleza. Primero tienes un ser en la cabeza y de repente te encuentras una niña guapísima en tus brazos. Qué hermoso era! Si tuviese que definir felicidad, eso era auténtica felicidad elevada a la máxima potencia.
Aquella noche ayudé por primera vez a lavarla, y digo ayudé porque Carolina no se fiaba de mí y con razón pues a esa niña la tenía miedo pero miedo de romperla o de se escapase con el jabón. Como digo ayudé y disfruté, después cambié mi primer pañal a mi hija, pues a Merixell, mi sobrina y ahijada, cinco meses mayor que Anna, y en el permiso de verano aprendí con mi resignada sobrina. También aquella misma noche aprendí como un padre y una madre se despiertan a las tres porque un mico de tres kilos se desgarganta llorando y reclamando su sustento nocturno. Mientras Carolina preparaba el pecho yo preparaba la esponja los polvos y cremas que tendría que ponerle después de haberla aseado y antes de ponerle los pañales. Una vez satisfecho su voraz apetito con los ojos cerrados, bueno no creo ni que los abriese en algún momento, sólo se limitó a berrear que no era poco para llamar la atención y además de su perverso propósito, quedó dulcemente dormida, como un ángel (con mucha mala leche y buena voz) pero un ángel al fin y al cabo.
Una vez Anna en la cuna, Carolina y yo nos quedamos sentados en la cama con la luz apagada y cogidos de la mano, inmersos en un silencio perpetuo, la respiración de Anna era lo único que mis oídos podían escuchar y creo que Carolina estaba como yo. Contaba sus espiraciones y aspiraciones como si de una máquina se tratase y escuchas si algún ruido no corresponde a lo normal. Un simple intento de estornudo hacia que mis párpados levantasen automáticamente y mi mirada ya acostumbrada a la oscuridad se dirigía a la cuna e incluso yo dejaba de respirar para concentrarme en exclusiva en mi hija. Poco a poco el sueño nos ganó la batalla y pudimos echar una apacible siesta.
Las siete de la mañana. Diana, rápidamente me levanto busco la ropa militar... No, no estoy en Melilla y tampoco es la corneta tocando diana. Es Anna, jo!, qué pulmones tienes pequeñaja, pensé. Otra vez la misma operación de la madrugada, limpieza, preparativos para cambiarla, un buen desayuno por parte de Anna, que una vez acabado y como quien no quiere la cosa quedó otra vez dormida mientras yo la cambiaba. De nuevo a la cuna y otra vez como dos pasmadotes en la cama pensando seguimos durmiendo o nos levantamos ya, la sensatez nos aconsejó y dormimos hasta poco antes que Anna emitiese su potente sirena. Esta vez no nos cogió de sorpresa y todo estaba preparado, o sea fue como comer y dormir, nunca mejor dicho.
Esta rutina de comer y dormir hizo que fuésemos adquiriendo experiencia y tenerlo todo organizado de una toma a otra, eso facilitaba, sobre todo por la noche que alargásemos unos minutos nuestro descanso.
Si el primer permiso de catorce días me pareció corto, este mes estaba pasando con vertiginosa velocidad.. Cuando quise darme cuenta era ya el día del sorteo de navidad y para mí eso significaba que ya estábamos en navidad y que el tiempo se echaba encima inexorablemente. Eran días de compras y fiestas, Carolina que ya podía andar mas o menos, pues en el parto tuvieron que coser los desgarros con muchos puntos tanto por dentro como por fuera. Aprovechábamos las mañanas soleadas para pasear a Anna en un cochecito curiosamente regalado por Ángel y Lucía, por las tardes a mirar tiendas y luego a mirar más tiendas, hasta la hora de cenar o que Carolina se encontrara cansada. Repartimos las comidas y las cenas de esos festivos días entre las dos familias y según lo establecido pasamos Navidad y San Esteban, sin pena ni gloria.
Me incorporaba el día uno de enero de 1982 a las doce del medio día. A sí que los pocos días que restaban sin preocupación alguna los aproveché de nuevo para ir memorizando cada imagen que pasaba por mi retina. El treinta de diciembre sobre las cinco de la tarde como los toreros, se repetía la historia, otra despedida angustiosa , otras lágrimas que ya eran conocidas y otros sueños que poco a poco se desvanecían y una profunda realidad recorría todo el cuerpo. Otra vez.
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