El día que perdí el Futuro
Despedida y cierre
Billar
...Un poco más de lo mismo...
Vacaciones
Más cambios
50 Aquellas navidades incluso Carolina respeto las vacaciones y puede disfrutarla los días que me correspondían. La lastima fue que la noche de reyes no pude nunca más pasarla con ella, y eso si es una espina clavada de por vida. Todo iba a pedir de boca, los dos restaurantes ya se autofinanciaban solos, yo veía regularmente a mi hija y volvía a ser una persona casi feliz. Como en el bar de arriba para el invierno prácticamente no utilizábamos el comedor decidimos comprar un billar americano, Teníamos un instituto cerca y el billar estaba de moda. Fue una gran compra, en dos meses ya habíamos recaudado su importe y cada vez venía más gente para jugar. Para que fuese más rotativo y todo el mundo pudiese jugar, conforme llegaban ponían el dinero en el marco del billar, concretamente 100pesetas y eso marcaba el turno de juego. Algunas noches tenía que cerrar y sobre la mesa quedaban bastantes monedas esperando. No era fácil convencer al personal pero... Corría ya el año noventa cuando se nos ofreció otro bar también en zona céntrica y a un precio muy apetecible. Discutimos los tres la posibilidad de quedarnos lo, planeamos como podíamos llevarlo, que personal necesitaríamos, y como queríamos enfocarlo. Aunque el bar pequeño disfrutaba de una variedad de tapas considerables, la cocina que tenía era pequeña, una plancha con hornillo, eso limitaba bastante. ¿Quien dijo miedo?... La cuestión es que después de unos números casi innecesarios nos quedamos con otro local, ya eran tres. Más trabajo, más problemas, más empleados y menos tiempo para disfrutar de nuestra vida. Lo cierto es que el dinero entraba cada día más. Aunque también había que sudarlo también más. Entre tanto Carolina aburrida de aparentar ser buena persona, otra vez impidió que viese a la niña. Otra vez al abogado. Otra vez a pagar, otra vez a esperar sentencia y otra vez los meses volvían a pasar y también a desesperar. Cada noche cuando me acostaba recordaba el rostro de Anna y entre sudores de rabia, recuerdos y una buena dosis de alcohol me quedaba dormido un rato, pues la mañana me sorprendía y tenía que volver a luchar con otro nuevo día. Ese verano comenzó a ser insufrible, los tres locales requerían de mucha atención y prácticamente me pasaba toda la mañana pinchando pollos y reponiendo existencias en los bares. Era agobiante pues no tenias un solo momento de descanso los rostros de mis padres cada vez se dibujaban más y más agotados. Terminamos ese verano como pudimos y decidimos que teníamos que replantearnos la situación. Discutimos sobre desprendernos del pequeño, aunque a mí personalmente no era el que hubiese preferido. Tomada la decisión y con el dinero que nos dieron con la venta de los aparatos que eran de nuestra propiedad, nos pasamos todo el mes de septiembre de vacaciones por Galicia y Asturias. El hecho de desprendernos de ese pequeño bar produjo me un gran alivio, pensaba que al desprendernos de él todas las tensiones, nervios y malos humores pasarían a formar parte del pasado. No sé si realmente necesitábamos tanto vender el bar como coger unas merecidas vacaciones. El hecho es que ya no había marcha a tras y sin pensarlo más esa misma tarde salimos de vacaciones. Las primeras que tomaba desde que me había separado de Carolina, de hecho era también los primeros fines de semana y fiestas de “guardar” que me permitía el lujo de coger y digo coger como si fuera a un clavo ardiendo.
Alegrías y tristezas
Coas que te desaniman y desesperan
Mi madre solía abrir el bar pequeño y en pocos días se había ganado una clientela que ni mi padre ni yo hubiésemos tenido jamás. Todas las mañanas el bar se llenaba de mujeres y por lo que veía las veces que iba se lo pasaban muy bien. Este horario se extendió a las cuatro de la tarde, cuando muchas tenían que entrar a trabajar y aprovechaban para tomarse un café y cotillear un poco.
Mi vida profesional estaba más o menos encarrilada, con muchas horas de trabajo, pero bien encarrilada. Al menos ahora las horas que hacía trabajando eran para mi propio beneficio y como dice el refrán; sarna con gusto no pica.
En lo que se refería a mi vida personal empecé a tener los primeros problemas con Carolina. Sin venir a cuento un fin de semana que me correspondía tener a Anna, me presenté como de costumbre a recogerla. Como siempre iba contento, tener a Anna era lo que anhelaba durante toda la semana, o mejor dicho durante toda la quincena. Llamé al timbre, como de costumbre, la diferencia fue que en esa ocasión salió sólo carolina, pregunté por Anna y Carolina me dijo que no vendría conmigo aquel fin de semana ni otros. Quedé paralizado y sorprendido, no entendía la postura de Carolina, le pedí explicaciones como era lógico y natural. Su respuesta era que como vivía con mis padres no me la quería dejar y por eso la había mandado con sus padres a Rubí. No me cabía en la cabeza dicha posición de Carolina. ¿Qué tenían que ver mis padres ahora con que yo disfrutase con mi hija el fin de semana que por ley me correspondía?... No sé lo que me pasó por mi mente (bueno si), pero nada bonito como para escribirlo en este momento. Me fui reprimiendo mi rabia, estaba confuso y perdido. Era viernes y pasaban de las ocho de la tarde, hasta el lunes no podía hablar con mi abogado, me dirigí a la policía municipal para denunciar el hecho Después de denunciar lo sucedido el policía que me atendió me dijo que ya me llamarían del juzgado y que en esos momentos no podía hacer nada más. En lo que más hincapié puso el agente era si yo pasaba la pensión de manutención a su madre, ¡pues claro que la paso!, y no solo eso, encima le pasaba más dinero del que por ley me correspondía. Salí de comisaría desolado y sobretodo enojado ante esa situación de impotencia que me habían creado.
El lunes como era lógico me puse en contacto con mi abogado para comentarle lo sucedido. En primer lugar me comentó que la denuncia que había puesto no servía para nada pues la policía municipal no tenía competencia para estos asuntos. Después me comentó que fuese a buscar a Anna el próximo fin de semana que me correspondiese y que llevase dos testigos, si me volvía a decir que no me la dejaba no tenía que decir ni hacer nada, pues el después pondría una denuncia para que así estuviese protegido por una sentencia judicial.
Así lo hice, al cabo de quince días me personé con dos amigos tal y como me había aconsejado mi abogado. Como respuesta de Carolina fue otro no te la dejo. Me fui sin decir nada, aunque es lo que se supone que tenía que hacer no era precisamente lo que yo hubiese hecho en aquel instante, así que me comí el orgullo y volví al bar con la cabeza baja y el alma rota. Por más que quería entender dicha situación no le encontraba ni pies ni cabeza. Soy una persona pacífica, pero aquella tarde pasaron mil y una ideas para hacer daño a Carolina, quería que sufriera más que yo, en realidad quería que desapareciese de este mundo, esa era la única manera de solucionar el problema que tan maléficamente Carolina había tramado. Aún años después me arrepentí de no haberlo hecho, sé que no suena bien, pero los pensamientos son de cada uno y los míos eran esos.
Por más que lo pensaba menos entendía que era lo que pretendía Carolina y sobre todo ¿por qué?
Siguiendo de nuevo las recomendaciones el lunes otra vez volví a visitar al abogado con mis dos amigos, tal y como me había dicho.
Tomo nota de todo lo que había sucedido, hizo un escrito y mis amigos lo firmaron siguiendo sus instrucciones, después de muchas palabras diciéndome que no me preocupase, que todo iría bien, que el juez resolvería rápido a mi favor etc.
En mi interior algo me decía que no todo iría también como el abogado me había dicho y sin embargo tenía esperanzas que sus palabras fuesen ciertas.
Ahora solo faltaba esperar la famosa resolución, obligando a Carolina a respetar el régimen de visitas.
Los días fueron pasando y con ellos llegaba el verano y como siempre el aumento de trabajo.
Otro negocio
Mi padre por el contrario no estaba del todo bien en la empresa. Le convocaban continuamente a reuniones los lunes que era su día de fiesta y comenzó a decir que no podía asistir, a todo esto se le añadía la ausencia de una persona que le ayudase, pues desde que yo me fui no pusieron a nadie y sin embargo la tienda seguía con el mismo volumen de ventas. Eso le desanimaba cada día más hasta que poco a poco se fue creando una guerra personal contra la empresa.
De hecho la empresa había estado cambiando directores con bastante asiduidad desde que yo la dejé.
No tardaron mucho en proponerle el despido igual que habían hecho conmigo casi dos años antes.
Aceptó el despido y se le veía aliviado, había tenido durante muchos meses una gran presión. Aquel día estaba contento he incluso le vi con ganas de vivir y de trabajar.
Cerré el bar y nos fuimos a celebrarlo en un restaurante con una buena comilona. Pasamos horas hablando, sobre su futuro, que tenía pensado, en fin un poco de todo. Ese día hice fiesta después de dos años trabajando todos los días.
Después de unos días de merecido descanso mi padre vino a hablar conmigo, era temporada de angulas y quería que cenásemos los tres juntos. Acepté.
No se trataba sólo de una comida de familia, aunque ciertamente de familia se trataba. Me propuso que nos asociásemos con el bar y como el mío se estaba haciendo ciertamente pequeño, entre los tres podíamos hacernos con otro que sirviese de restaurante.
La idea no me pareció nada mal, al fin y al cabo ya habíamos trabajado juntos y no había ido nada mal, ¿por qué no?
Al día siguiente comenzamos con la búsqueda de un nuevo local, para ampliar el negocio.
Eran buenos tiempos para encontrar locales adecuados y a buen precio, así que no tuvimos inconvenientes en encontrar una que se ajustase a nuestras exigencias.
Utilizamos de nuevo la táctica de las máquinas tragaperras, mi padre que había recibido una buena cantidad también puso una parte y yo que ya tenía unos ahorros considerables puse la tercera parte. Todo salió perfecto y la nueva sociedad ya estaba en marcha.
El nuevo bar-restaurante estaba situado en la parte alta de el pueblo, tenía dos salas que podían utilizarse como comedor, una cocina no muy grande pero si bien equipada y una barra de unos nueve metros de largo, cosa que para el servicio de tapas nos venía de perlas.
También nos habían dejado una máquina de asar pollos y según nos contaron en verano tenían muy buena salida.
Con todo eso y muchas ilusiones comenzamos ha trabajarlo.
Mucha de la clientela que tenía yo en el bar pequeño, venían al nuevo, sobre todo cuando lo hacían con familia o amigos y en estos casos se notaba más los fines de semana.
Primera caída, primera puesta en pie
Comenzaba una nueva vida sin algún tipo de expectativas. Me sentía vacío por primera vez. Me hacía preguntas y yo mismos me daba las respuestas,como siempre... Pensaba ¿por qué , por que no he podido conseguir mi sueño de tener una familia y ser feliz pese a todas las dificultades, aún hoy me hago la pregunta dichosa.
Aunque los primeros días fueron algo traumáticos, pronto comencé a buscar un trabajo nuevo.
Existía un bar muy pequeño en el centro de Palamos. Solía ir frecuentemente con mis padres y con Carolina pues tenia un buen repertorio de tapas de una muy buena calidad y una también muy buena atención al cliente. Una tarde nos habíamos acercado con mi padre a tomar unas tapitas, después de una larga charla nos comentaron que traspasaban el bar y se iban a Gerona para montar un restaurante. Seguimos hablando y a cada palabra yo me interesaba cada vez más por ese negocio. Tenía un precio más que interesante, además de una clientela selecta y una ubicación casi perfecta.
Sólo había un ligero problema: No tenía ni un duro.
De camino a casa mi padre me comentó que la idea de que me quedase con ese local no le desagradaba nada y sería cuestión de estudiarlo.
Después de unos días de visitas al bar para concretar detalles, estudiar un poco la clientela y sobre todo hacer cábalas y números, decidí arriesgarme y mover los hilos par obtener el dinero que necesitaba para quedarme con ese local.
Antes las casas de máquinas tragaperras estaban muy interesadas en hacer clientes y sobre todo no perderlos. Esa era la baza que debía de seguir y así lo hice. Con el dinero que me dieron abrí una cuenta justamente enfrente del bar. Pedí un préstamo y con él completé el dinero del traspaso. Sólo quedaba comprar las bebidas, tampoco hubo problema pues conocía las casas de reparto y no pusieron trabas a la hora de llenar el bar de bebidas con una primera compra a plazos.
Todo salió a pedir de boca y en cuestión de unos quince días abría mi bar, sólo quedaba esperar ver si funcionaba o por el contrario me había hipotecado hasta las pestañas
El hecho de que ya fuera cliente me daba una cierta ventaja a la hora de atender a esos clientes que se podían llamar fijos y además eran interesantes por el dinero que se dejaban, también me ayudó conocer bien la mecánica de aquel minúsculo, casi microscópico bar.
Habría a las ocho y treinta de la mañana y cerraba alrededor de las veintidós treinta. Al medio día venían mis padres con la comida, de esa forma podía descansar al menos media hora. Después ya me quedaba solo hasta la noche. Así casi cada día.
Estaba contento disfrutaba en aquel bar de solo unos doce metros cuadrados, contando los lavabos. Como es lógico no habían mesas, no cabrían, pero en la pared opuesta al mostrador, un metro de distancia, había una pequeña repisa de unos veinte centímetros de ancho, al menos cumplía con su función de barra.
Un día conté quince personas dentro y no cabía ni un dedal, pero no paraban de beber y comer. De hecho más que un bar estaba enfocado como una sidrería Asturiana. Traía los productos directamente de allí, lo más difícil era la sidra pues tenía que comprarse por camiones pues si no el precio era muy elevado.
Me junté con dos sidrerías más, una de Barcelona y otra de Gerona así fue como pudimos comprar un camión por un precio más que interesante y sin menester de una cantidad de cajas exagerada y un almacén donde guardarlas.
En poco tiempo estaba recuperado económicamente y todo marchaba de maravilla. Estaba dedicado exclusivamente al trabajo que era mi principal motivación y el resto quedaba en un segundo plano carente casi de importancia.
Una despedida y mi gran tristeza
Esa tarde después de deambular todo el día me acerqué hasta el piso de los que habían sido nuestros vecinos con anterioridad. Allí estaba Anna con sus cuatro añitos y esperando a cumplir los cinco. No podía hablar y tampoco ver, tenía los ojos cubiertos de tristeza la voz ahogada por la amargura y la mente diciéndome que las cosas cambiarían para toda mi vida y lo que estaba hecho ya estaba hecho... Si era justo o no Yo no era en esos momentos quien podía juzgar, y ahora tampoco. Con esos pensamientos abracé a mi hija y como pude le dije que la quería y me despedí, ciertamente sabía que era una despedida.
Cogí el coche con una maleta de mano que había llenado con algo de ropa y esta vez sin proyectos ni ilusiones y aunque no recuerdo si fui o no directo a mi nueva casa, sé que allá llegué. Tampoco sé si me emborraché antes o después de coger el coche.
La primera noche como separado no pude pegar ojo. Pensaba sobre todo en Anna, y sentía que con mi ausencia nos distanciaríamos y perdería el cariño. No veía nada claro, en un solo día me había quedado sin mujer, sin subsidio, pues lo habíamos agotado para el bar y además sin trabajo, pues el bar era legalmente de Carolina.
También había perdido mis antiguas amistades de Bergur, pues durante los casi cinco años de casados no permitió nunca que visitásemos a mis amigos. Lo peor de todo es que yo se lo permití. Aquella noche sentí que mi pasado dejaba de existir y por la mañana comenzaría otra fase de mi vida totalmente diferente y desconocida.
El piso, el trabajo y el paro
En pocos días se cerró toda la operación y pase a formar parte de las listas del paro, cosa que en este país se estaba haciendo muy habitual. Por suerte no estuve mucho tiempo, en cuestión de pocas semanas me contrataron para llevar una tienda nueva de muebles de cocina. Tenía un buen sueldo y una línea de muebles de alta calidad, quizás demasiada calidad y también de unos precios también altos y nada competitivos.
Pasaron unos meses y la tienda no era lo rentable que se esperaba y poco a poco comencé a buscar una salida por si las cosas se ponían más serias y debía de abandonar el puesto.
A veces la vida hace que tu destino ruede de forma incontrolada y caprichosa. Mi padre se enteró que traspasaban un bar muy bien situado delante de una estación de autobuses que hacía la línea Barcelona - Costa Brava. El precio de traspaso estaba dentro de nuestras posibilidades, la situación era fantástica y la idea de tener un negocio rentable fue muy tentadora.
Nos quedamos con el bar. ¡Matizo! Carolina se quedó con un bar. Pues una de las condiciones que puso Carolina era que estuviese a su nombre, aunque el dinero hubiese salido de mi despido.
Yo creía que no tenía razones para no aceptar esa imposición, al fin y al cabo éramos matrimonio y con intereses comunes y compartidos.
El bar resultó ser rentable, incluso más de lo que nosotros habíamos calculado.
Carolina quería que nos comprásemos un piso y para ello contaba no solo con nuestro dinero, si no también con el de sus padres y los míos.
La idea ¡como no! Fue de sus padres. Habían vendido la casa de Calella y disponían de un dinero en esos momentos que podían prestárnoslo o regalarlo para el piso. Pero sólo si mis padres aportaban la misma cantidad.
Aunque mis padres vivían bien, pero No disponían de esa suma para poder regalárnosla, por lo que la relación con mis padres se fue distanciando e incluso enfriando, prácticamente dejamos de hablarnos.
Tampoco mejoraba mi situación con Carolina. Cada día que pasaba nos perdíamos más y más el respeto, hasta que un día me salí de mis casillas y sin pensarlo le di una torta en la cara. No dormí en toda la noche y al día siguiente comuniqué a Carolina que yo no podía vivir más a su lado y nos separamos. Aun hoy me avergüenzo de aquella noche, pero a veces tenemos un límite y sin meditar lo suficiente sale de dentro una violencia que no distingue de sexos y tampoco permite controlar la fuerza física de cada uno. Aquella noche no pegué solo a Carolina, podía haber sido ella como a un hombre. Fue solo que ella supo tocarme la fibra y herirme.
Con gran pena, pues en el fondo yo aún creía que estaba enamorado de ella, me fui a vivir a casa de mis padres.
Otro traslado, aunque este cambiaría totalmente el resto mi vida, como pasa con todas aquellas decisiones que sabes que son importantes y a demás no tienen marcha a tras.
Le la esperanza a la resignación
Fue pasando el tiempo y las discusiones entre Carolina y yo era cada vez más frecuentes y con ellas también la falta de respeto y los insultos personales y familiares. Con todo quedaban ratos en los que predominaba la paz y aún mantenía la esperanza que la situación cambiase, también era consciente que los valores que unen a una familia se estaban desmoronando y yo no podía reparar ese derribo.
Un día fui llamado por mi jefe superior.
Iba para la reunión en Barcelona contento, alegre y emocionado. Pensaba que todos aquellos años de trabajo habían merecido la pena y mi ascenso por fin había llegado. Si me lo concedían posiblemente la situación se podía arreglar. Ahora estoy seguro que el dinero arregla muchas cosas y por entonces lo sospechaba.
Como siempre no me compliqué la vida para estacionar el coche, fui directo a un parking que estaba dos portales más allá de mi punto de destino, al fin y al cabo tanto la gasolina como la autopista y el resto de gastos los pagaba la empresa.
Llegué a la hora a mi cita, estaba nervioso e intrigado, pues no podía adivinar que tienda me sería otorgada o bien para qué leches me habían llamado.
Después de unos minutos de espera me recibió el manda más de la empresa. Pasé a su despacho, nos sentamos y sin perder tiempo mi jefe comenzó su charla.
Su primera oferta era si suponía para mí algún inconveniente de trabajar todo el año en Gerona. Por mi parte estaba encantado, hasta que me propuso su segunda y definitiva condición.
Me trasladaba a Gerona de administrativo con algo más de sueldo, pero tenía que renunciar a mi antigüedad y hacer un contrato nuevo renovable cada año
De repente se me cayó el mundo encima y la sangre se heló. La sensación que me había acompañado todo el viaje es esfumó en cuestión de segundos. No solo no me ascendían de categoría si no que prácticamente me despedían de la empresa sin derecho a nada.
Mi respuesta quedó en el aire, pues necesitaba reflexionar y sopesar los proos y los contras. A demás no sólo me afectaba a mí, también a Carolina pues de una u otra forma nos iba a cambiar la vida fuera cual fuera la respuesta.
El jefe de personal me había preparado un borrador de mi despido en el caso que yo no aceptase el cambio, de esa manera sabría mejor cual era mi situación y atenerme a las consecuencias.
Tras horas de meditación y discusiones llegamos a la conclusión de no aceptar. El dinero que la empresa me ofrecía estaba perfectamente de acuerdo con la ley, y la cantidad nos era ciertamente tentadora en aquella época, además de tener las espaldas cubiertas durante dieciocho meses para encontrar un trabajo digno para mis expectativas. Carolina fue la primera en decir que aceptase el dinero.
Todo fue muy rápido, aunque personalmente me sentía traicionado por una empresa en la que había trabajado como si hubiese sido propia.
Otoño
En noviembre Carolina y sobre todo su madre habían hecho acopio de todo tipo de catálogos, de las más disparatadas tiendas donde hubiese o bien juguetes para pequeños monstruos de un año, o todo tipo de ropa o accesorios para el deleite más de niñas mayores que de Anna. La cuestión es que el chofer era yo, al tiempo que mozo de maletas, canguro de Anna, que por cierto estaba en esa edad en la que todo lo que ve está automáticamente el la boca o en el suelo, además de no querer el carrito más que para que yo guardase al tiempo las chaquetas el bolso y el maletín de emergencias de Anna.
Como loco esperaba que fuese el domingo por la tarde para ir a mirar tiendas en Playa de Aro los tres solitos, y el lunes también por la tarde, aunque en Barcelona y con su madre. Yo, de mirar, mirar, miraba poco, el trabajo que tenía asignado reclamaba mi atención continuamente y Anna encima tenía culo de mal asiento (con mis respetos a México pues sé que, culo, es obsceno, pero como diría Eugenio (q.e.p.d.), genio de humor: Un culo es un culo se mire como se mire, y en la ayuda que tengo de sinónimos en la computadora leo que no tiene, aunque sé que no es cierto.
A lo que iba Anna estaba en esa encantadora edad en que te la hubieses comido y que luego de mayor te arrepientes de no haberlo hecho.
Había estado ahorrando el dinero de las propinas de cuando hacía reparto y comenzó la búsqueda de un regalo que fuese digno de Carolina. Estoy intentando recordar que la regalé, pero después de tanto tiempo, lo que no se olvida por una cosa se olvida por otra, y más cuando uno mismo a querido borrar esa época de la mente, sobre todo y casi diría únicamente lo relacionado con Carolina. ¡Y ! digo yo, mis razones tendría para decidir un día borrar todo lo relacionado con Carolina, exceptuando a Anna.
Las navidades también empezaron a ser monótonas y exceptuando la noche y mañana de Reyes esas fiestas estaban perdiendo encanto para mí. Por primera vez tenía que comprar regalos a personas a las que personalmente no me hacía ninguna gracia darles algún obsequio.
De un lado para otro
Cuando llegó septiembre, comenzó la época de vacaciones, para todos los que trabajábamos en la costa, o sea de cara al turismo.
Desde la dirección de la empresa me dijeron que sustituyese al jefe de la tienda de San Feliu de G., una tienda algo más grade que la nuestra de Palafrugell y con una extensión de ventas superior. Durante ese mes que estuve logré superar las ventas y me sentía importante, pues superar a uno de los vendedores carismáticos de la empresa era todo un lujo. Visto que en San Feliu me fue bien probaron al mes siguiente con Gerona, donde el Sr. Marín también cogió sus vacaciones. No estuvo nada mal y si no se notó tanto la diferencia de ventas, pues al ser una tienda con más vendedores, el volumen de ventas dependía también de ellos, no como en Palafrugell o San Feliu. Claro está que mi Padre también aprovechó sus vacaciones y como no fui yo el sustituto otra vez. En esta ocasión mantuve el nivel, pero es que mi padre lo ponía muy alto. Mi reto era no bajar las ventas y también lo conseguí. Que más podía pedir, solo esperar un pequeño milagro y que algún encargado dejase su puesto y me ascendiesen. De hecho el de San Feliu estaba a punto de jubilarse y siempre comentaba que lo haría con prejubilación, pues decía que estaba hasta las narices de trabajar, cosa que a mí esa idea me encantaba y la de encargarme de una tienda como aquella todavía más. No me importaba ni las horas ni los kilómetros aunque si el resultado.
Así, sin comerlo ni beberlo llegamos a la campaña de invierno, y claro con ella la navidad y todas sus festividades.
En lo que se refiere al trabajo, seguimos con la misma tónica, mucho, mucho, casi hasta demasiado.
Después de saldar el turno de sustituto, me fueron alternando de tienda en tienda, según las necesidades de cada una.
A mediados de diciembre, fui reclamado por mi padre para toda la campaña de Navidad, y allí pasé las fiestas pues era en realidad donde más falta hacía otra persona.
Los primeros pasos de Anna
Recuerdo como si fuera hoy cuando Anna dejó el taca taca y ella sola y sin ayuda daba sus primeros pasos. Estaba emocionado pues tenía la sensación que cuando eso sucediese, yo estaría fuera de casa. Pero por suerte no fue así y más a más fui el primero en verla andar y también su primer culatazo de su nueva aventura.
Si alguna ilusión me quedaba por experimentar que me llenase de una infinita alegría fue esa, verla andar. También cuando la oí decir papá.
A partir de aquel día todos los objetos de la casa se tuvieron que acomodar a una altura superior. Anna era pequeña pero sus manos eran rápidas y muy largas. Pero lo que a Carolina, de mano bastante fácil, le molestaba, a mí me daba risa, contenida eso sí.
Llegaron de nuevo las navidades y para esas fechas sí nos repartimos los días de familia. Con las navidades volvieron las compras las comilonas y las alegrías, eso sí, con cierta tirantez y siempre con el temor de que alguien dijera algo inapropiado y comenzasen de nuevo las peleas.
También llegaron los reyes magos. Ese día ha sido tan importante para mí que lo trasladaba a mi hija Anna. Disfrutaba viendo le la cara, entre miedo y asombro. Ella sabía que pasaba algo pero tampoco podía adivinar qué. Con todo no perdía detalle de todo lo que acontecía.
Por la mañana con la entrega de los juguetes Anna estaba sorprendida de ver como de la noche a la mañana su cuarto aparecía lleno de paquetes y todos para ella.
Su cuarto se lo había enmoquetado y a la cama le había recortado las patas de forma que solo levantaba diez centímetros de altura de forma que si se caía no teníamos miedo alguno. A de más Carolina le ponía siempre cojines por si acaso. Lo cierto es que por las mañanas tenias que buscarla entre cojines y juguetes. La idea funcionó pues sobre todo los domingos si nos quedábamos dormidos y ella no tenía hambre se ponía a jugar y nos daba cierta vidilla.
Dejamos las navidades, nos metimos en Semana Santa y de corrida en verano.
Como siempre el verano significaba más trabajo. Como siempre los que trabajábamos en la tienda nos poníamos los guantes, acortábamos los desayunos y como se dice, a sacar el tajo, así lo hacíamos. Era cansado, pero por otra parte subía la adrenalina y sin darte cuenta el ritmo y el rendimiento se acrecentaba hasta llegar a disfrutar de esa situación. Hay que tener en cuenta que el invierno era sumamente aburrido y ese cambio tanto de clima como de número de personas que se producía en verano estimulaba por si solo.
Aquellos meses frenéticos no fueron muy diferentes al de años atrás en lo que se refería a lo cotidiano, en cambio si lo fue tratándose de mi estado familiar.
Durante el mes que estuvieron mis suegros de vacaciones, yo no sabía ni donde tenía que ir a comer o a cenar, todo dependía si lo hacíamos en nuestro piso o bien en la casa de mis suegros.
Realmente prefería más trabajar, que estar en compañía de los padres de Carolina. Al menos con Carlos nos reíamos casi todo el día y si habían cabreos eran sólo por la faena y cuando esta terminaba todo se olvidaba y a otra cosa.
Otra mudanza y van cinco
Cuando se acababan las vacaciones de mis suegros, me enteré que nosotros teníamos también que abandonar la casa. Hablamos de alquilar un piso, pero en aquella época los alquileres o estaban por las nubes o simplemente no estaban. Dada la imposibilidad de encontrar algo accesible volvimos otra vez a casa de mis padres.
No comprendía porqué nos teníamos que trasladar, pues para estar cerrada la casa nosotros podíamos darles algo como alquiler y además de vigilarle la casa durante un tiempo hasta que los alquileres volviesen a la normalidad del invierno. Pero, creo que tenían miedo que si nosotros nos quedábamos lo haríamos para siempre y los desplazaríamos a ellos. O sea que su propia hija podía dejarlos en la calle. ¿Cómo podían llegar a pensar eso?...
La cuestión es que de nuevo estábamos en casa de mis padres, y por mi parte encantado de la vida, aunque era consciente que las cosas iban a cambiar y no precisamente para bien.
Cuarta mudanza.
No llegaría a octubre cuando encontré un piso en alquiler del agrado de Carolina y claro dentro de nuestros presupuestos. De la cuarta pasamos a la quinta y esta vez si que era una mudanza en toda regla. Como se estaba haciendo habitual recurrimos otra vez a Carlos para el trabajo más pesado.
Esta vez el pequeño problema es que el piso en realidad se trataba de un piso cuarto y de aquellos que se construían sin ascensor.
Como también se estaba haciendo costumbre Carolina y mi madre se dedicaron todo el domingo por la mañana a recoger en cajas todas las cosas, mientras mi padre y yo trabajábamos en la tienda hasta el medio día. El lunes temprano como siempre nos dedicamos a colocar todas las cajas en el camión y después el consabido y colosal almuerzo. Tras estas dos tareas imprescindibles en toda mudanza que se precie nos dirigimos al que sería otra vez nuestro nuevo hogar y seguir con el trabajo.
El peso de las cajas no era excesivo pero las escaleras si, por lo que tuvimos que hacer una parada técnica a la hora del aperitivo. Nos habíamos propuesto acabar antes de comer y así lo hicimos. Una vez acabado todo el traslado nos fuimos todos a comer a casa de mis padres donde mi madre nos esperaba para echar el agua a una paella como sólo las valencianas saben hacer. Aprovechando el patio y ramas de pino se hizo un fuego en tierra que terminó de cocer ese arroz que estaba diciendo ¡cómeme!
Los días siguientes pasaron con bastante normalidad aunque con respecto a mis padres la cosa era diferente.
Viviendo a dos kilómetros de distancia Anna se pasaba semanas sin ver a sus abuelos paternos, a diferencia de los maternos que prácticamente era semana sí semana también.
La situación no era nada agradable y demasiado comprometedora para mí en aquella época. Realmente no era lo suficientemente adulto y tener que renunciar a alguien que quieres no estaba dentro de mis planes. Aun hoy pienso si estaba haciendo lo correcto o no.
La cuestión es que no voy a entrar en juicios sin valor y paso de hacer criticas. Mi intención es relatar parte de una vida que puede ser más o menos real, más o menos mentira.
Un verano en Calella de Palafrugell
La casa de mis suegros en Callela de P. estaba situada en la parte alta, cerca del jardín botánico (de gran interés, no solo por la belleza del jardín en si, también por las especies de árboles y plantas que allí se cuidan) y también de la playa, aunque para acceder a esta teníamos una separación de unos treinta metros de acantilado, con una escalera de no muy buen acceso tanto para bajar como a la hora de subir, cosa que hacía que la piscina de la comunidad se hiciese más apetecible si cabe.
Tres pisos, jardín y garaje. No, no estaba nada mal la segunda residencia de mis suegros, por cierto el piso en el que vivían en Rubí tenia tres habitaciones, una cocina muy pequeña un cuarto de baño con plato ducha, un comedor no muy grande y un balcón bastante reducido, nada que ver una con la otra. Yo pensaba que porqué no lo hacían a revés una casa amplia para la primera residencia y otra pequeña y cómoda de mantener para la segunda. No era yo precisamente quien dijese nada al respecto pues a nosotros nos venía de perlas, o al menos eso creía.
Con una maleta de ropa y otra de ilusión y esperanza nos instalamos en la que sería la tercera vivienda en tres meses (buen promedio).
El verano se echó en cima y mi padre y yo fuimos inducidos por el trabajo. Por las mañanas entrábamos una hora antes de lo acostumbrado, y por las tardes dos o tres horas de más eran normales. Pero no en vano era verano, y nos decíamos: Ya llegará el invierno y nos tomaremos la revancha. Y así con ese auto engaño sacábamos fuerzas y mirábamos a delante. La verdad es que en años anteriores así fue, el invierno era largo y los desayunos de Carlos y los míos también.
Debían de ser vacas gordas, pero el mes de junio con respecto al ejercicio anterior las ventas habían aumentado considerablemente, incluso a las previstas por la empresa. Esa fue la tónica de todo el verano, que se extendió a todo el año. Cada día llegábamos a la torre, quebrados y satisfechos, nos salía todo a pedir de boca tanto en las ventas, como en el reparto.
Si no recuerdo mal se llamaba José el chico que contrataron y además le ampliaron el contrato igual que a la chica Carmen, pues era la única manera de sacar aquella cantidad de trabajo que nos estaba desbordándonos. Mientras yo me dedicaba a la venta y también al reparto, según donde hiciese más falta en aquel momento.
Nuestra vida en Calella parecía que comenzase a estabilizarse y los días fueron pasando con bastante normalidad.
Anna era la que más disfrutaba de todo, la piscina le encantaba, aunque no le gustase mucho que le salpicase el agua en la cara, lo que hacía que se enfadase y a forma de protesta movía los brazos, volviéndose a salpicar, ¡que caritas que ponía!
Después de la piscina le tocaba un ratito de jardín y después como una bendita se quedaba dormida en cualquier sitio, ¡eso, si había comido ya!
Por las noches salíamos al jardín y pasábamos las horas hablando y fantaseando sin pensar ni comentar sobre los incidentes del día.
Los fines de semana venia al completo la familia de Carolina, casi siempre con invitados, a los que siempre por una u otra razón siempre criticaban a su partida. Por suerte yo trabajaba hasta el domingo por la tarde y prácticamente no los veía.
Todo fue estupendamente durante ese verano, aunque mi madre prácticamente no vio a Anna si no era por pura casualidad, y a diferencia de mi suegra que cogía a al niña con toda la normalidad de mundo y la zarandeaba y hacía carantoñas, mi madre no podía ni sacarla del cochecito pues Carolina siempre sacaba una excusa para que Anna no estuviese en los brazos de mi madre.
Comienzan los problemas
Si fuese el capítulo de un libro lo titularía Ahora empiezan los problemas.
El primero vino sin querer queriendo, Carolina trabajaba por las tardes los lunes miércoles y viernes. Propuse que esos tres días llevásemos a Anna a casa de mis padres y después del trabajo pasábamos a buscarla y nos íbamos los tres a casa. Mi sorpresa fue cuando me dijo que para esos días había inscrito a Anna en una guardería que estaba cerca de su trabajo.
No sé si será lógico o no, pero esa tarde de casi verano fue testigo de mi primera disputa conyugal. No estaba enfadado porque la niña fuera o no a una guardería, entraba dentro de nuestros planes, pero para cuando comenzase el curso más o menos, estaba cabreado porque ni siquiera me había comentado nada tratándose de quien se traba, que era nuestra hija, además estaba irritado por ese alejamiento que día a día tenía Carolina procurando que mi madre no estuviese mucho en contacto con la niña. No concebía por qué esa actitud hacia ella y tampoco encontraba motivos para que existiese.
El hecho es que quisiera o no quisiera yo estaba en medio de todo este asunto que no me gustaba nada. Pensé que mi madre entendería que Anna fuese a la guardería y a mi padre enfocándole de alguna manera el tema, al menos se resignaría.
También creía que al estar solos durante unos días, pues los suegros venían los viernes por la noche, todo se calmaría y si había algún mal entendido poco a poco se solucionaría.
Pasó todo como yo había calculado, resignación primero y luego recibir algunas críticas o malas caras por parte de mis padres.
¿Cómo podía contentar a uno sin molestar al otro? Ese dilema aún no lo tengo resuelto.
Me encontraba frente a la espada de Damocles y además sabía que no sería la última vez.
De vuelta al trabajo
Llegó el día de vuelta al trabajo, estaba pletórico, contento e impaciente. Había pasado un año, y lo único que pretendía era dar carpetazo a ese tiempo mal vivido, y que mejor para comenzar que la vuelta al trabajo.
Ese día era para mí especial y de estreno. Sí de estreno pues aunque el trabajo no era nuevo para mí, si lo era el nombre de la empresa, estrenaba casa y pueblo, también traje, había que estar un poco a la moda ¿no? Y como no, se podía decir que estrenaba familia aunque ya llevásemos un año de casados.
En cuestión de una hora estaba al corriente de las nuevas normas de la empresa y de como estaba la tarea del día y casi de la semana.
Esa mañana fue muy distraída y pegado al teléfono, desde el jefe, el director de personal, y directores de otras tiendas que sabiendo que estaba de vuelta llamaban para desearme un buen regreso.
Volvía a sentirme persona y no un títere movido por los hilos de las órdenes y las apresuraciones de la vida militar.
La mañana fue tranquila, realicé el sueño de estrenarme con una venta y es que estaba al acecho de atender al primer cliente que entrase por la puerta, así lo hice y quedé contento, le vendí todo el mobiliario para una casa grade en la playa de Pals en una urbanización repleta de alemanes, casi todos clientes nuestros, y es que el boca a boca es la mejor publicidad que existe. ¡Que narices, trabajábamos muy bien y teníamos pocas reclamaciones, y las que surgían se solucionaban con la máxima rapidez.
La luz; la luz y el color es lo que en estos momentos viene a mi mente de aquellos primeros días de trabajo. No es un recuerdo tanto como una sensación, aunque como recuerdo, diría de una tarde cuando terminé el trabajo aprovechamos la bonanza del tiempo y en vez de ir en coche, nos dirigimos Carolina a casa andando, más que andando, paseando. Entonces éramos unos auténticos enamorados, o por lo menos yo si que estaba enamorado de ella.
Pasamos todo el camino tomados de la mano, cuando no persiguiéndonos y jugando, como dos niños que éramos y no me cansaré de repetirlo. También retengo la sensación de paz que me producían cuando paseaba a esas horas por los alrededores de la urbanización.
Mis suegros habían comprado una casa en Calella de P. y como durante la semana estaban en Barcelona, nosotros aprovechamos para trasladarnos temporalmente y así disfrutar no solo de la casa, también de la piscina, que era lo que más apetecía. La idea era buena y como al medio día disfrutaba de tres horas de descanso allí disfrutaríamos más del verano