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tamarix

Tortuoso camino de Melilla

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Con veinte años, recién casado, con muchas ganas de vivir pero claro, en casa, y otra vez la incertidumbre del destino.

Esta vez era un autobús y no un tren, el que lentamente abandonaba su parada, en él también mi lenta salida y con él, yo con mis dudas, con mi añoranza, con mis lágrimas del adiós y con mis primeras heridas en mi corazón, quizás mis primeras heridas de amor.

Algo me pasó durante ese permiso que realmente hiciese que me preocupase de algo, en este caso alguien, que no era yo mismo. Ahora me preocupaba de mi familia, pero en el exilio, con una paga de unas mil trescientas pesetas, unos ocho euros de los de ahora. Y eso porque iba a Melilla que se cobraba un poco más por peligrosidad o una cosa parecida... Tiene gracia... ahora que lo pienso debo de estar en deuda con el estado por pagarme más que en la península. Pues no! no tiene gracia y... qué narices... no les debo nada!

Como en el primer viaje, entre tribulaciones caí en manos de Morfeo, pero en esta ocasión demasiado profundamente lo que ocasionó que en un cambio de autobús que tenían que efectuar los viajeros que se dirigían a Málaga, pasó totalmente desapercibido para mí, bueno y a otro soldado que como yo se quedó dormido en los laureles. En nuestra ignorancia el viaje fue extraordinariamente tranquillo hasta Almería. Bajó todo el mundo menos los dos despistados soldados, que con cara de extraño ridículo y con la cabeza por encima de los asientos, como si de repente nos tuviésemos que esconder de algo. Serían las siete de la mañana el chofer estaba descargando los equipajes de los pasajeros, cuado quedó solo subió al autobús con aspecto preocupado, al vernos allá inmóviles y en un absoluto silencio. “¿que hacéis aún en el auto?", nos preguntó, más con tono de prever posibles problemas, que de extrañarse de nuestra presencia. Nos comentó que al poco de salir de Cornellá habían notificado el cambio de coche para los que dirigían para Málaga. Pues nosotros no lo hemos oído y si había traslado de autobús debían haberlo notificado en la agencia donde habíamos pagado los billetes de viaje.

El chofer tenía que ir a Motril y de ahí a un pueblo cerca de Málaga. Después nos acercaría a Málaga pues dejaba el auto en un hangar cerca del puerto, que era nuestro primer destino.

Legamos a Motril y viendo la hora que era y la hora que zarpaba el barco decidimos que no llegábamos a tiempo y podíamos tener problemas, pedimos permiso al conductor para acercarnos a la guardia civil y que desde allá se pusiesen en contacto con nuestros respectivos cuarteles. El conductor asentó con la cabeza advirtiendo que en unos treinta y cinco minutos el se iría.
Con unas simples señas corrimos en busca del cuartel de la benemérita. Sólo hicimos una manzana que, en una plaza de la cual tengo un vago recuerdo, posiblemente modificado. Entramos en el cuartel con aspecto cansado pero serios, formales e impecablemente limpios y arreglados. Nos atendió el Número que estaba de guardia. Le explicamos todo lo sucedido con infinita preocupación de que el estado se enfadase con nosotros y pudiera ejercer cualquier forma de represalias. "Eran otros tiempos" como ya he mencionado. El guardia adentró en una oficina después de haber pedido el obligatorio permiso. Salió después de unos dos o tres minutos, tiempo justo para comentar nuestro problema, nos dijo que esperásemos un momento. El tiempo se nos echaba en encima y nosotros seguíamos esperando a alguien que nos justificase. Por fin salió un sargento con aspecto semblante a todos los sargentos que pasean por España; bajo gordo y con bigote, además de cara de pocos amigos. Bueno chicos no os preocupéis, nos dijo, os haré un comprobante y si perdéis el barco cogéis el próximo barco, ya lo sabrán pues les telefonearé para que sepan lo sucedido. Por fin redactó con grandes dificultades, como todos los sargentos por entonces, dos reseñas para exculparnos de nuestro retraso. Cogimos el autocar por escasos segundos, ya que se disponía a poner el motor en marcha, aunque con las puertas aún abiertas. Dadas las prisas hasta es posible que llegásemos dentro de la hora establecida, o también que el pobre señor se apiadase de nosotros y nos esperase más de lo debido.

Algo más relajados emprendimos camino a ese pueblo donde terminaría la tercera parte del trayecto. De aquel pueblo si que no me acuerdo de nada, como tampoco de la cochera donde nos apeamos definitivamente en Málaga. Ciertamente estaba cerca del puerto. Con una breve indicación nuestro “nuevo amigo” se despidió de nosotros deseando que no tuviésemos problema alguno... Y corrimos otra vez pero en este caso en la búsqueda desesperada de un bar, no precisamente por sed aunque apeteciese, no, en este caso era una urgencia que no podíamos retener casi ya. Con la cantidad de bares que hay en España resulta que en plena zona portuaria no había ninguno visible, o es que tanta urgencia producía una ceguera que no nos permitía ver la palabra bar? En 1981 Dios apretaba pero no ahogaba, “ con el tiempo Él también cambiaría”. Milagro! pensé, un bar en la esquina, no pedimos más que donde estaba la puerta del lavabo, eso sí “por favor”, después de un intenso dolor y sin echar gota, sí, una primera presión hace que mi cara y mis sudores faciales se tornasen en un placer indescriptible pues creo que huelga hacerlo. Con enorme sonrisa y gran amabilidad pedimos una consumición, no en vano nos había salvado la vida, o casi. Después de pagar, que por cierto no era caro, pues aprovechamos a comer algo ya que creíamos que habíamos perdido el barco y a lo peor era nuestra última comida hasta quien sabe dónde o cuándo volveríamos a probar bocado. Sin grandes prisas nos dirigimos a preguntar a unos policías militares qué debíamos hacer. El barco no había salido aún pero no teníamos billete y sería el sobrecargo el encargado de aconsejarnos sobre los procedimientos de la compañía con el ejército. Subí el último cargado de un pesado petate cargado de cantidad de cosas inútiles, como la ropa de civil y otros objetos que no servirían para nada. Nos abordó es sobrecargo y muy amablemente nos cobró el trayecto y nos dio un billete que se suponía que nuestro cuartel nos abonaría. Bueno al fin y al cabo estábamos a bordo rumbo a Melilla, y además a la hora y como empezaba a ser costumbre por los pelos..."

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