Esperando para zarpar
24
No habrían pasado ni treinta minutos cuando a causa del aire frío que dominaba la noche hizo que dejase la cubierta para pasar al interior a recobrar un poco de calor y acomodarme en la butaca para pasar una noche que se preveía bastante movida.
Cuando llegué agarrándome donde podía a causa de la agitación que estábamos sufriendo. La sala estaba casi completa y nadie era capaz de moverse del su asiento. El olor comenzaba a ser bastante desagradable a causa de los mareos generalizados del pasaje. Intenté coger una postura lo más cómoda posible y sobre todo con los pies en alto, pues el suelo comenzaba a ser una pasta mal oliente y asquerosamente desagradable. No podía pensar nada solo que ese maldito barco que días antes tantas ganas tenían de coger, esa noche quería que llegase lo antes posible a puerto y poner los pies en tierra firme que para mí es el estado natural de las personas. El tiempo no transcurría y tampoco podía conciliar el sueño pues los golpes que daba el barco contra las olas eran escalofriantes.
En cada golpe la sensación que el casco se pudiera partir estaba presente, creo que en todas las cabezas de los que allí mal estábamos. Por suerte entre el mareo, el cansancio y las emociones del día pudieron con el zarandeo continuo a que estábamos sometidos. Cuando abrí los ojos la calma era casi absoluta, Apercibí otra vez el hedor de aquella sala y decidí levantarme con todo el cuidado del mundo para no pisar líquidos desagradables. Por fin salí a cubierta, la brisa fresca abrió los pulmones y logró que la sensación de mareo que me quedaba lentamente fuera desapareciendo.
Hice un barrido con la vista aún legañosa y comprobé con agrado que se estaban realizando ya las maniobras de entrada al puerto de Almería. Aunque la noche había sido desagradable mi estómago no me dio mucha tregua y como pude volví a adentrarme en aquella sala infesta, recogí mis cosas y me dirigí hasta la cafetería.
Un camarero solo y una pareja sentada era el único personal que estaba adentro. Pedí un café con leche y me senté a dar cuenta del bocadillo que me había agenciado en Melilla.
Cuando acabé ya habían lanzado amarras y solo quedaba por sacar las pasarelas y bajar. ¡Que ganas tenía de pisar tierra! Localicé a los dos compañeros que se habían quedado en sus butacas cuando yo salí a respirar. Bajamos la rampa y nos dirigimos a pasar aduana, llevaba una chaqueta de piel que por la parte interior el forro se había descosido y astuto de mí metí un walkman pues pensaba que me harían pagar por ese aparato que en aquella época era una novedad. Dejé la bolsa en la mesa que me indicó un agente abrí la bolsa y la registraron por completo empecé a ponerme nervioso por si me cacheaban y encontraban el walkman. No fue así y los tres salimos a la calle en busca de la estación de ferrocarriles.
No habrían pasado ni treinta minutos cuando a causa del aire frío que dominaba la noche hizo que dejase la cubierta para pasar al interior a recobrar un poco de calor y acomodarme en la butaca para pasar una noche que se preveía bastante movida.
Cuando llegué agarrándome donde podía a causa de la agitación que estábamos sufriendo. La sala estaba casi completa y nadie era capaz de moverse del su asiento. El olor comenzaba a ser bastante desagradable a causa de los mareos generalizados del pasaje. Intenté coger una postura lo más cómoda posible y sobre todo con los pies en alto, pues el suelo comenzaba a ser una pasta mal oliente y asquerosamente desagradable. No podía pensar nada solo que ese maldito barco que días antes tantas ganas tenían de coger, esa noche quería que llegase lo antes posible a puerto y poner los pies en tierra firme que para mí es el estado natural de las personas. El tiempo no transcurría y tampoco podía conciliar el sueño pues los golpes que daba el barco contra las olas eran escalofriantes.
En cada golpe la sensación que el casco se pudiera partir estaba presente, creo que en todas las cabezas de los que allí mal estábamos. Por suerte entre el mareo, el cansancio y las emociones del día pudieron con el zarandeo continuo a que estábamos sometidos. Cuando abrí los ojos la calma era casi absoluta, Apercibí otra vez el hedor de aquella sala y decidí levantarme con todo el cuidado del mundo para no pisar líquidos desagradables. Por fin salí a cubierta, la brisa fresca abrió los pulmones y logró que la sensación de mareo que me quedaba lentamente fuera desapareciendo.
Hice un barrido con la vista aún legañosa y comprobé con agrado que se estaban realizando ya las maniobras de entrada al puerto de Almería. Aunque la noche había sido desagradable mi estómago no me dio mucha tregua y como pude volví a adentrarme en aquella sala infesta, recogí mis cosas y me dirigí hasta la cafetería.
Un camarero solo y una pareja sentada era el único personal que estaba adentro. Pedí un café con leche y me senté a dar cuenta del bocadillo que me había agenciado en Melilla.
Cuando acabé ya habían lanzado amarras y solo quedaba por sacar las pasarelas y bajar. ¡Que ganas tenía de pisar tierra! Localicé a los dos compañeros que se habían quedado en sus butacas cuando yo salí a respirar. Bajamos la rampa y nos dirigimos a pasar aduana, llevaba una chaqueta de piel que por la parte interior el forro se había descosido y astuto de mí metí un walkman pues pensaba que me harían pagar por ese aparato que en aquella época era una novedad. Dejé la bolsa en la mesa que me indicó un agente abrí la bolsa y la registraron por completo empecé a ponerme nervioso por si me cacheaban y encontraban el walkman. No fue así y los tres salimos a la calle en busca de la estación de ferrocarriles.
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