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tamarix

Otra mudanza y van cinco

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Cuando se acababan las vacaciones de mis suegros, me enteré que nosotros teníamos también que abandonar la casa. Hablamos de alquilar un piso, pero en aquella época los alquileres o estaban por las nubes o simplemente no estaban. Dada la imposibilidad de encontrar algo accesible volvimos otra vez a casa de mis padres.
No comprendía porqué nos teníamos que trasladar, pues para estar cerrada la casa nosotros podíamos darles algo como alquiler y además de vigilarle la casa durante un tiempo hasta que los alquileres volviesen a la normalidad del invierno. Pero, creo que tenían miedo que si nosotros nos quedábamos lo haríamos para siempre y los desplazaríamos a ellos. O sea que su propia hija podía dejarlos en la calle. ¿Cómo podían llegar a pensar eso?...
La cuestión es que de nuevo estábamos en casa de mis padres, y por mi parte encantado de la vida, aunque era consciente que las cosas iban a cambiar y no precisamente para bien.
Cuarta mudanza.
No llegaría a octubre cuando encontré un piso en alquiler del agrado de Carolina y claro dentro de nuestros presupuestos. De la cuarta pasamos a la quinta y esta vez si que era una mudanza en toda regla. Como se estaba haciendo habitual recurrimos otra vez a Carlos para el trabajo más pesado.
Esta vez el pequeño problema es que el piso en realidad se trataba de un piso cuarto y de aquellos que se construían sin ascensor.
Como también se estaba haciendo costumbre Carolina y mi madre se dedicaron todo el domingo por la mañana a recoger en cajas todas las cosas, mientras mi padre y yo trabajábamos en la tienda hasta el medio día. El lunes temprano como siempre nos dedicamos a colocar todas las cajas en el camión y después el consabido y colosal almuerzo. Tras estas dos tareas imprescindibles en toda mudanza que se precie nos dirigimos al que sería otra vez nuestro nuevo hogar y seguir con el trabajo.
El peso de las cajas no era excesivo pero las escaleras si, por lo que tuvimos que hacer una parada técnica a la hora del aperitivo. Nos habíamos propuesto acabar antes de comer y así lo hicimos. Una vez acabado todo el traslado nos fuimos todos a comer a casa de mis padres donde mi madre nos esperaba para echar el agua a una paella como sólo las valencianas saben hacer. Aprovechando el patio y ramas de pino se hizo un fuego en tierra que terminó de cocer ese arroz que estaba diciendo ¡cómeme!
Los días siguientes pasaron con bastante normalidad aunque con respecto a mis padres la cosa era diferente.
Viviendo a dos kilómetros de distancia Anna se pasaba semanas sin ver a sus abuelos paternos, a diferencia de los maternos que prácticamente era semana sí semana también.
La situación no era nada agradable y demasiado comprometedora para mí en aquella época. Realmente no era lo suficientemente adulto y tener que renunciar a alguien que quieres no estaba dentro de mis planes. Aun hoy pienso si estaba haciendo lo correcto o no.
La cuestión es que no voy a entrar en juicios sin valor y paso de hacer criticas. Mi intención es relatar parte de una vida que puede ser más o menos real, más o menos mentira.

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