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tamarix

una buena noticia

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Pinto , el ranchero mayor y nuevo amigo de penurias, y yo, por las tardes nos sentábamos al borde de un antiguo refugio de ametralladoras antiaéreas y oteábamos el horizonte, haber si teníamos la suerte de ver tierra, y después gritar( “ la peny” he visto la” peny”)... . Pero nunca se dio el caso y mientras hablábamos de todo un poco y de nada en concreto. Nuestra compañera , una botella de vermouth, ayudaba a que nuestras fantasías y anhelos se recreasen en absurdas formas como la esperanza de unos papeles de traslado o qué caray! los definitivos, soñábamos y no evadíamos de aquella también absurda realidad. Pinto también estaba casado pero sin hijos, de todas forma existía una complicidad al compartir emociones y situaciones comunes.
El sol poco a poco retiraba su luz y con ella nuestro rato de “relax”. Era entonces cuando nos levantábamos sin prisa alguna y con la misma tranquilidad nos acercábamos a la cocina y como dos atracadores dábamos cuenta de lo bueno de las cámaras. Al tiempo hacíamos compañía al ranchero de guardia en ocasiones echábamos una mano y así entre tres, la comida y la charla se podía trasladar hasta las tantas de la noche y ya con el cuerpo cansado y anestesiado nos retirábamos a nuestras respectivas camaretas y conciliábamos el sueño en un cerrar de ojos. Por las mañanas las expectativas se veían de diferente forma que la noche anterior y nos arrepentíamos de corazón de nuestras aventuras o desventuras.
Pasaron días , semanas y algunos meses... ,hasta que una mañana serían las diez o las once cuando un compañero dando saltos más que corriendo entró en la cocina me dijo que el teniente quería verme.
¿Pero que te pasa? , asombrado le pregunté, pues en esos precisos momentos en lo único que podía pensar era en el segundo plato que era mi responsabilidad. ¡Que te vas! que tus papeles dicen que están abajo en el regimiento. De momento el teniente quiere verte y eso es buena señal.
Nunca desobedecía las ordenes y tal lo oído menos aún. Me faltó tiempo para ir en busca del famoso teniente. Después de dejar el mandil me giré y estaba allí, quiero decir que no fui yo si no que el propio oficial vino a mí. Era el mismo teniente que me colocó en cocina y por eso seguro que se adelantó para demostrar su “humanidad” delante del resto de mis compañeros. Le saludé muy militarmente , como siempre, respondió al saludo de una forma desenfadad e incluso amistosa.
De pie delante del teniente solo esperaba que dijese que me podía ir, lo demás no me importaba para nada. Aguanté un pequeño discurso sobre como el ejercito resalta los valores más importantes del hombre, y que el trabajo de los mandos era duro y difícil pues aunque entendían las inquietudes de los soldados, ellos debían obedecer ordenes y eso no era tan fácil como nosotros podíamos pensar... . aguanté esa charla de moral y otras paridas que no vienen a cuento, con valiente estoicidad digna de un soldado del gran ejercito español. (Omito varias frases mal sonantes que pueden herir la sensibilidad de los lectores, referente a que yo pensaba del ejercito español).

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