Blogia
tamarix

Un día de espárragos

35
Charla en familia durante la comida, Anna dormida profundamente y ajena a todo el alboroto que a su alrededor sucedía, sobre todo en nuestra bendita mesa. Tanto mi madre como mi mujer se echaban flores mutuamente,... alguna me caía a mí, No paraban de hablar de lo bonita que era la casa, lo cómoda, la cantidad de cosas que se podían hacer etc.…, por mi parte callaba pues en boca cerrada no entran moscas, de todas las formas de una u otra manera a mí, algún trabajo extra me tocaría, ¡seguro! ¿Qué hacemos ahora? Le pregunté a mi padre, esperando que dijese lo que era obvio tenia que decir, “vamos a hacer una siesta” ¿no? No fueron sus palabras pero casi, casi. Que nos trasladábamos oficialmente era evidente, o sea que después de una suculenta y “llenadota” comida, ¿que quedaba hacer?... si no, una siesta. Pues dicho y hecho ocupamos la casa como si hubiésemos estado toda la vida en ella viviendo, y con un ¡hasta luego! Cada uno se fue para su habitación, menos mi madre que subió a ver la televisión.
Tuvimos bastante con una hora de reposo, así que nos levantamos, atendimos a la niña, que estaba en nuestra habitación, aunque mi madre se había ofrecido a cuidarla mientras descansábamos, pero estas pequeñas cositas comenzaron a ser habituales en Carolina, cosa que a mí me molestaba profundamente.
La tarde rebosaba primavera por todos sus poros y ese sol de media tarde invitaba a pasear i descubrir aquella urbanización, nueva para nosotros. Tuve una suerte enorme cuando descubrí que la zona era propicia para los espárragos, y claro no pude resistirme a la tentación de recoger aquellos que crecían a la vera del camino y alguno que otro que estaba más al interior. No pude explayarme a gusto ya que se suponía que íbamos paseando con la niña y no a buscar tan delicioso manjar, pero si recogí los suficientes para que por la noche pudiéramos hacer un revoltijo, para probar nada más.
Después de un buen rato de paseo y también de jugueteo, como correspondía a dos adolescentes que éramos, emprendimos el regreso a la torre, entre otras cosas, Anna tenía que merendar y no podíamos perder el tiempo. Era preferible estar en casa o cerca antes que mi minúscula hija diese rienda suelta a sus protestas. Hubo suerte llegamos por los pelos y con el añadido de que mi madre había preparado la comida de Anna. A Carolina solo le restaba cambiarla, pues… mi padre me suplico que le dijese donde habíamos encontrado los espárragos y que por favor le acompañara, ¡claro!, soy tan fácil que todos me toman el pelo, y tampoco podía hacerle un feo al jefe donde yo trabajaba, bueno trabajaría, así que , ni cortos ni perezosos cogimos esta vez el coche, después de una cortita despedida a las mujeres, con un montón de explicaciones y nos fuimos a por esos espárragos que tan amablemente nos estaban esperando. ¡Disfrutamos!, ¡ya lo creo!, y para celebrarlo nos acercamos a Palafrugell a tomar una cañita. Cuando llegamos estaba a punto de oscurecer y el estomago pedía algo más que cañas, necesitaba estar al corriente de cómo sabía eso que nosotros apreciábamos tanto y que el no cataba. Tras la cena compuesta de espárragos, cava y otras cosas, acordamos los cuatro, que los cinco, aprovechando el día festivo de mi padre iríamos a coger más. Así acabo la primera noche en la torre. Y… mañana será otro día.

0 comentarios