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Año nuevo en Melilla

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Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta.
En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.

La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.

Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.

Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.

Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.

Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .

Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos.
-¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.

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