Dichoso barco
23
La despedida fue dolorosa, dejaba amigos que hombro a hombro habíamos dejado parte de nosotros en es minúsculo destacamento. Pero al tiempo la alegría era desmesurada, descomedida, descomunal y exagerada. Si, si, si, me iba a la peny, me iba a casa, me iba con mi familia.
Entre sonrisas y lágrimas nos acercamos hasta el puerto y como quedaba aún hasta la hora de embarque aprovechamos la circunstancia para también despedirnos. Curiosamente el cabo enlace era el mismo que me recogió para llevarme en sentido contrario. Y si en aquella ocasión fue el quien dijo de parar y nos invitó a tomar algo, esta vez fui yo quien dio el alto y como no la invitación. Esperaron conmigo hasta que autorizaron subir a bordo.
Desde la cubierta vi. Como se alejaban en aquel viejo mil trescientos que milagrosamente aguantaba. Busqué la butaca más adecuada para el viaje dejé mis pertenencias, prácticamente ropa sucia (sin el práctica) y algunos regalos que guardaba en la taquilla por si como así sucedió tenía que salir rápido. Subí en busca del bar para hacerme con algo de comer por si acaso por la noche me entraba hambre, de paso oteé posibles militares de permiso, para conversar durante el viaje. Me encontré con dos que casualmente se dirigían también a Barcelona, al menos no haría todo el viaje solo y sería algo más entretenido.
Habían comentado que igual el barco no zarparía a causa del mal tiempo, y es que cuando el estrecho está revuelto contaban que era bastante violento, y por seguridad los barcos no salían. Este no fue el caso y al cabo de una hora más o menos, los prácticos comenzaron con las maniobras se salida. Con movimientos lentos pero bien estudiado le barco se fue encarando hacia la bocana del puerto. Una vez atravesada la bocana se notó enseguida pues de un suave balanceo casi inapreciable, se convirtió en una especie de bañera zarandeada al antojo del oleaje.
La despedida fue dolorosa, dejaba amigos que hombro a hombro habíamos dejado parte de nosotros en es minúsculo destacamento. Pero al tiempo la alegría era desmesurada, descomedida, descomunal y exagerada. Si, si, si, me iba a la peny, me iba a casa, me iba con mi familia.
Entre sonrisas y lágrimas nos acercamos hasta el puerto y como quedaba aún hasta la hora de embarque aprovechamos la circunstancia para también despedirnos. Curiosamente el cabo enlace era el mismo que me recogió para llevarme en sentido contrario. Y si en aquella ocasión fue el quien dijo de parar y nos invitó a tomar algo, esta vez fui yo quien dio el alto y como no la invitación. Esperaron conmigo hasta que autorizaron subir a bordo.
Desde la cubierta vi. Como se alejaban en aquel viejo mil trescientos que milagrosamente aguantaba. Busqué la butaca más adecuada para el viaje dejé mis pertenencias, prácticamente ropa sucia (sin el práctica) y algunos regalos que guardaba en la taquilla por si como así sucedió tenía que salir rápido. Subí en busca del bar para hacerme con algo de comer por si acaso por la noche me entraba hambre, de paso oteé posibles militares de permiso, para conversar durante el viaje. Me encontré con dos que casualmente se dirigían también a Barcelona, al menos no haría todo el viaje solo y sería algo más entretenido.
Habían comentado que igual el barco no zarparía a causa del mal tiempo, y es que cuando el estrecho está revuelto contaban que era bastante violento, y por seguridad los barcos no salían. Este no fue el caso y al cabo de una hora más o menos, los prácticos comenzaron con las maniobras se salida. Con movimientos lentos pero bien estudiado le barco se fue encarando hacia la bocana del puerto. Una vez atravesada la bocana se notó enseguida pues de un suave balanceo casi inapreciable, se convirtió en una especie de bañera zarandeada al antojo del oleaje.
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