Una mañana en el bosque
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Tal y como habíamos planeado el día anterior salimos temprano en busca de los famosos espárragos. Como se trataba también de hacer ejercicio aprovechamos para ir paseando. Anna en su cochecito miraba a todos lados, para ella estar tan cerca del bosque le resultaba una aventura, todo era nuevo y por cualquier cosa quedaba ensimismada y yo con ella.
Esa mañana babeé con cada gesto, con cada mueca, con cada grito de admiración de sorpresa inclusive de miedo. Babeé con el viento elevando sus rizos dorados, con su permanente sonrisa, con la chispa de felicidad que denotaban sus redonditos ojos. No me cansaba de mirarla, tampoco de cocerla un poquito más a cada instante.
Carolina, después de enseñarla elementalmente como se tenían que buscar los espárragos, comenzó a hacerle gracia, hasta el punto que una vez dentro del bosque resulto difícil sacarla. Mi madre que también le gusta recogerlo, prefirió estar con su nieta. Desde un alto las observaba, abuela y nieta las dos sonrientes y distraídas, sobre todo a mi madre se la veía feliz con su pequeña protegida entre sus brazos. No pude contenerme y tantas emociones recluidas, salieron a flote, y aprovechando el camuflaje campestre di rienda suelta a tanta felicidad, eso sí con los oídos receptivos al 100%, pues me avergonzaba que alguien, Carolina o mi padre, pudiera verme con los ojos llorosos.
Tal y como habíamos planeado el día anterior salimos temprano en busca de los famosos espárragos. Como se trataba también de hacer ejercicio aprovechamos para ir paseando. Anna en su cochecito miraba a todos lados, para ella estar tan cerca del bosque le resultaba una aventura, todo era nuevo y por cualquier cosa quedaba ensimismada y yo con ella.
Esa mañana babeé con cada gesto, con cada mueca, con cada grito de admiración de sorpresa inclusive de miedo. Babeé con el viento elevando sus rizos dorados, con su permanente sonrisa, con la chispa de felicidad que denotaban sus redonditos ojos. No me cansaba de mirarla, tampoco de cocerla un poquito más a cada instante.
Carolina, después de enseñarla elementalmente como se tenían que buscar los espárragos, comenzó a hacerle gracia, hasta el punto que una vez dentro del bosque resulto difícil sacarla. Mi madre que también le gusta recogerlo, prefirió estar con su nieta. Desde un alto las observaba, abuela y nieta las dos sonrientes y distraídas, sobre todo a mi madre se la veía feliz con su pequeña protegida entre sus brazos. No pude contenerme y tantas emociones recluidas, salieron a flote, y aprovechando el camuflaje campestre di rienda suelta a tanta felicidad, eso sí con los oídos receptivos al 100%, pues me avergonzaba que alguien, Carolina o mi padre, pudiera verme con los ojos llorosos.
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