El correo
20
Uno de los acontecimientos que esperaba con ansia toda la tropa era el correo. En esos momentos parecíamos conejos cuando se reparte el pienso, todos expectantes a cuanta comida tocaríamos o bien si nos quedábamos sin comer. Mi teoría era que la alegría se acrecentaba proporcionalmente con la cantidad de cartas que se recibían y claro también la frecuencia .
El correo venía normalmente a medio día, eso significaba que cuando la tropa paraba de sus que haberes cotidianos y repetitivos para reponer fuerzas con la comida, la primera visita obligada era pararse en la mesa del cuartelero de puerta donde las cartas quedaban custodiadas al la espera de un destinatario siempre ansiosos tanto de noticias como de sentimientos .
Como yo no era una excepción. A esa hora era cuando más trabajo tenía. Carecía de importancia pues rápidamente y a través de radio macuto sabía si tenía o no correspondencia.
Uno de esos días alguien, podía ser cualquiera me anunciaron que tenía carta.
Mi primera reacción era la de salir corriendo para recogerlo, pero no lo hice así y aunque por dentro tenía unas ganas mortales de ir en su búsqueda, preferí esperar a que fuese yo quien tuviese el merecido descanso para saborear, o no, de su interior.
Tardé casi un mes en recibir un correo de Carolina junto con una foto de la niña, aunque la carta no era larga por llamarla de algún modo la foto llenaba cualquier carencia.
Al recibir las cartas por lo general todos nos sentábamos en la camareta, como si de cabinas separadas se tratase y como si en ellas buscásemos el refugio para poder digerir con dignidad, de la poca que nos quedaba , cualquier tipo de noticias fueran buenas o malas.
Tras unos minutos de un silencio asombroso solo roto por el asfixiado de turno que al no recibir carta intentaba romper esos mágicos y dolorosos momentos.
Mágicos momentos, antes de abrir el correo, pues quedaba el juego de observarlas , rotarlas, incluso olerlas , después de ese inocente juego llegaba el momento del dolor. Abrirlas era estremecedor pensando si el contenido podía ser bueno o malo. La respuesta estaba, cercana después quedaba el gusto o por el contrario el mal gusto.
Aquella tarde mientras miraba el retrato la alegría era desbordante igual que la pena, paradojas de esas a las que estoy acostumbrado.
Después de remover el archivo de imágenes nítidas que quedaban en mi cerebro decidí colocar la foto en sitio bien visible y autorizado de la taquilla . A partir de ese día cada vez que me cambiaba veía esa foto de 13x 9cm.. Aún la recuerdo dentro de la bañera... . fue mi refugio a los momentos malos, solo mirarla una sonrisa florecía en mi rostro y las penas eran menos.
Cuando la asfixia se apoderaba de ti , el tiempo se paralizaba y por más que deseases que pasase tenias la sensación totalmente contraria, como si el licenciamiento fuese inalcanzable y el transcurrido no contase para nada. La famosa asfixia no era buena amiga y quien más quien menos allá todos quedamos atrapados alguna vez entre sus brazos.
Uno de los acontecimientos que esperaba con ansia toda la tropa era el correo. En esos momentos parecíamos conejos cuando se reparte el pienso, todos expectantes a cuanta comida tocaríamos o bien si nos quedábamos sin comer. Mi teoría era que la alegría se acrecentaba proporcionalmente con la cantidad de cartas que se recibían y claro también la frecuencia .
El correo venía normalmente a medio día, eso significaba que cuando la tropa paraba de sus que haberes cotidianos y repetitivos para reponer fuerzas con la comida, la primera visita obligada era pararse en la mesa del cuartelero de puerta donde las cartas quedaban custodiadas al la espera de un destinatario siempre ansiosos tanto de noticias como de sentimientos .
Como yo no era una excepción. A esa hora era cuando más trabajo tenía. Carecía de importancia pues rápidamente y a través de radio macuto sabía si tenía o no correspondencia.
Uno de esos días alguien, podía ser cualquiera me anunciaron que tenía carta.
Mi primera reacción era la de salir corriendo para recogerlo, pero no lo hice así y aunque por dentro tenía unas ganas mortales de ir en su búsqueda, preferí esperar a que fuese yo quien tuviese el merecido descanso para saborear, o no, de su interior.
Tardé casi un mes en recibir un correo de Carolina junto con una foto de la niña, aunque la carta no era larga por llamarla de algún modo la foto llenaba cualquier carencia.
Al recibir las cartas por lo general todos nos sentábamos en la camareta, como si de cabinas separadas se tratase y como si en ellas buscásemos el refugio para poder digerir con dignidad, de la poca que nos quedaba , cualquier tipo de noticias fueran buenas o malas.
Tras unos minutos de un silencio asombroso solo roto por el asfixiado de turno que al no recibir carta intentaba romper esos mágicos y dolorosos momentos.
Mágicos momentos, antes de abrir el correo, pues quedaba el juego de observarlas , rotarlas, incluso olerlas , después de ese inocente juego llegaba el momento del dolor. Abrirlas era estremecedor pensando si el contenido podía ser bueno o malo. La respuesta estaba, cercana después quedaba el gusto o por el contrario el mal gusto.
Aquella tarde mientras miraba el retrato la alegría era desbordante igual que la pena, paradojas de esas a las que estoy acostumbrado.
Después de remover el archivo de imágenes nítidas que quedaban en mi cerebro decidí colocar la foto en sitio bien visible y autorizado de la taquilla . A partir de ese día cada vez que me cambiaba veía esa foto de 13x 9cm.. Aún la recuerdo dentro de la bañera... . fue mi refugio a los momentos malos, solo mirarla una sonrisa florecía en mi rostro y las penas eran menos.
Cuando la asfixia se apoderaba de ti , el tiempo se paralizaba y por más que deseases que pasase tenias la sensación totalmente contraria, como si el licenciamiento fuese inalcanzable y el transcurrido no contase para nada. La famosa asfixia no era buena amiga y quien más quien menos allá todos quedamos atrapados alguna vez entre sus brazos.
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