Alegrías y tristezas
49 En el nuevo restaurante nos habían dejado una máquina de asar pollos (bueno pollos o lo que quisieras siempre que cupiese, claro), Como siempre en España estamos llenos de ingenieros dispuestos a asesorarte en la manera correcta de asar un pollo, la cuestión es que como yo siempre he sido muy autodidacta no tardé mucho en hacerlos a mi manera, en poco tiempo comencé a tener una cierta “fama” no solo con los pollos, también con los conejos, butifarras (salchichas típicas de Cataluña), churrascos, redondos de ternera etc. El nuevo restaurante comenzaba a dar sus frutos. Estábamos contentos, pero siempre con perspectivas de ampliar el negocio. Uno de nuestros clientes era propietario de unos campings de la zona, concretamente uno en el mismo centro y dos en el término municipal de Mont.-ras. El hecho es que aunque tenían servicio de restaurante, no hacían comida para llevar, cosa que aprovechamos para venderles nuestros productos. Ellos tenían una comisión y lo más importante, ofrecían un nuevo servicio a sus clientes. El sistema era muy sencillo y bastante práctico: En el camping del pueblo los encargos se tenían que hacer dos horas antes, mientras que los que estaban en Mont.-ras el pedido era único. Todo esto hacía que nuestro trabajo se simplificase aunque al mismo tiempo nos duplicaba el trabajo, pues éramos nosotros los que llevábamos los pedidos a cada establecimiento. No tardamos mucho en cuestionarnos la posibilidad de contratar a alguien para que nos ayudase como camarero sobre todo durante las horas punta. Contratamos a un chico marroquí en un tiempo en el que los inmigrantes aún no representaban una masificación notable. Nos venía de perlas pues aparte de hablar un perfecto castellano, entender e incluso hablar algo de catalán, también dominaba el inglés, alemán y francés. Era una persona muy educada y con un nivel cultural alto. Con el nuevo fichaje teníamos la plantilla completa para toda la temporada o al menos eso creíamos. Me había comprado un vespa que utilizaba para el transporte de los pedidos. A los pocos días los clientes ya habían puesto un mote al reparto “el pollo Express”, tan bien había suscitado algunas envidias, ya que uno de los campings era naturista. He de decir que a todo te acostumbras o casi. Pocos días pasaron cuando tuvimos que ampliar la plantilla, pues mi madre no podía hacer frente sola el bar pequeño. Definitivamente esta vez sí, quedó la plantilla completa y todos como pudimos pasamos la temporada estival. Entre tanto mi abogado aún no había dado señales de vida y yo me comenzaba a inquietar. Llegó septiembre y disponía de más tiempo para poder dedicarme a mis asuntos personales. Una tarde me acerqué para hablar con él personalmente. Todo lo que me dijo me sonaba más a excusas que a un trabajo correctamente hecho. Salí decepcionado y con un humor de perros. Decidí tomarme la justicia por mi cuenta y dejé de pasar la manutención que la ley me obligaba. Curiosamente en pocos días recibí una notificación judicial comunicándome que si no pagaba en el plazo de diez días se procedería al embargo de mis bienes. No lo entendía tres meses hacía que lo había puesto la deducía y aún no me habían comunicado nada, mientras que aún no había pasado ni un mes de retraso y ya me amenazaban con el embargo. La justicia en España no me parecía justa precisamente. Muchas cosas no entraban en mi cabeza respecto la legalidad incluso constitucional de nuestro sistema judicial. No entendía porqué la constitución dice que todos los españoles éramos iguales sin distinción de sexo, raza ideología políticas, de religión etc. Entonces ¿Por qué?... Por el hecho de ser mujer su madre, poesía la custodia automática de Anna. La ley me estaba diciendo que yo no estaba cualificado para educar a mi hija correctamente o sea tonto. No lo entendía entonces y no lo entiendo ahora. Si alguien me lo explica lo agradeceré. En esta ocasión no pasó mucho tiempo en llegar una sentencia por la cual estaba obligada a cumplir con el régimen de visitas. Esa vez lo respetó. Quedamos para el viernes por la tarde, tal y como dictaba la sentencia. El piso donde vivía Anna era un primero, es una mudanza que no he contado y que fue precisamente el detonante del principio serio de nuestra separación. Anna estaba esperando en el balcón mirando de un lado a otro, la conjunción de tres calles posibles para intentar verme. Precisamente bajaba yo por la calle central, la vi desde lejos aunque la reconocí sólo de cerca, apoyada en el balcón y estirando el cuello, como si de un telescopio se tratara, quedó parada un instante y como alma que lleva el diablo giró sobre si misma y desapareció en el interior del salón. No había dejado aparcado el coche justo frente el portal de la niña, cuando de él salió como un cohete mi preciosa hija. Corría como podía pero sus seis años aguantaban como podían las bolsas de sus mudas y demás pertenencias necesarias para pasar unas vacaciones, más que un fin de semana. La socorrí con el peso y nos dimos un abrazo que hizo difícil aguantar las lágrimas. Pasó en seguida, Carolina venía detrás, como si no hubiera pasado nada, yo por mi parte puse cara de póquer e igual que ella conversé con ella intentando siempre reprimir mi ira. Por fin después de recibir las instrucciones pertinentes como si ella fuera la propietaria de Anna y solo ella poseyese la razón indiscutible, nos quedamos solos en el coche. Salí de Palafrugell y paré en el primer bar que encontré dirección Palamos. Nada más salir del coche le di otro abrazo y un beso que me hizo recordar los muchos que le había dado, pero también los que no. Había crecido a lo alto pues a lo ancho salió a su padre que es mejor que no me ponga de perfil. Se había dejado el pelo largo y llevaba una cola de caballo, le daba un aspecto todavía más esterilizado, si cabe. No lo he dicho aún, pero lo voy a decir, ¡que guapa que estaba! Merendamos a lo grande, no en vano más que un bar como he dicho antes era una pastelería y cafetería. Lo cierto es que tienen cosas deliciosas y era uno de los sitios habituales para ir en familia a merendar o para quedar bien con cualquier compromiso. Sabía de ante mano que allí Anna no tendría problemas en elegir algo y además tenían un pequeño parque infantil que aprovechaba mientras yo me fumaba un cigarro. Pasado un largo rato y antes de que un camarero me sugiriese que llevase a mi hija a un parque de atracciones, cogí a Anna y aunque no muy convencida nos fuimos. Me he saltado dos mudanzas más estando separado, aunque no tenían importancia pues aparte de una televisión solo poseía una maleta de ropa, por si hay que salir corriendo comentaba. La tercera mudanza de Palamos fue a un primer piso situado frente al restaurante. Llegamos por fin a Palamos, primero pasamos por el bar pequeño a ver a mi madre, como en ese momento se había quedado sola decidí cerrar el bar, aunque aún era bastante pronto. Desde allí mismo llamé a mi padre para que el también comenzara a recoger el bar y por causa excepcional lo cerrase. No le debió parecer mala idea pues cuando llegamos al restaurante solo quedaba el Típico cliente que le gusta fastidiar un momento de alegría ajena. Soy bastante tranquilo en apariencias y Dios me ha dado una voz que en momentos puede ser bastante potente, además debo poner cara de muy mala leche, pues cuando le dije que por favor se marchase el antes de que yo le ayudase no dudó en hacer mutis por el foro disculpándose de yo que sé que cosas. Antes de ir a buscar a Anna fui al video y no sé cuantas películas infantiles dejé en el comercio, el resto me las llevé yo. No merecía la pena salir a comer a ningún sitio pues si la fiesta era para Anna, ella ya casi había cenado Nos preparamos una buena cena con todo lujo de detalles y como si de un catering se tratara, cogimos todo, cruzamos la calle y nos acomodamos en mi nueva vivienda, y también de Anna como no. Mientras nosotros comíamos la niña disfrutaba de los juguetes y de las benditas películas de la factoría Disney. El recuerdo de esa tarde y noche lo guardo con especial cariño en el puesto donde guardo lo que amo. Siempre se dice y es verdad que lo bueno pasa pronto y... Llegó el domingo por la tarde y también la hora en que nos teníamos que despedir. Primero de los abuelos, que la abrazaban como si ya no la volviesen a ver y en cierta forma posiblemente no iban muy desencaminados. Anna no se quería ir, pero así son las cosas y también las primeras injusticias que cometemos los padres cuando adultamente nos separamos. Después de muchos lloros por parte de ella y muchas promesas por mi parte, quedó más o menos convencida y pudimos dirigirnos de nuevo a Palafrugell. Intenté ser lo más breve posible y me despedí con dos besos y la promesa de ir a buscarla de nuevo al cabo de unos quince días. Llame al timbre y al poco bajó su madre a recogerla, Hola y a dios fueron mis únicas palabras y me fui. El coche me parecía enorme y silencioso, mis ánimos por los suelos y mis ojos llenos de rabia e impotencia. No me dirigí directamente al trabajo, pare en el bar de un conocido y cómplice de salidas nocturnas. Tenía ganas de emborracharme, de decir estupideces sin sentido, de hacer quijotadas arreglando el mundo y con suerte no pensar. Primero uno y después otro cayeron los dos combinados de ginebra y limón. Después de cerrar el bar y ya en mi casa fui tomando hasta que la luz de la mañana frenó mi alcohólica huida. Todo marchó más o menos bien durante bastante tiempo, aunque los regimenes de vistas era bastante sui géneris, mejor eso que nada, y algo más barato que los pleitos con abogados o al menos con el que desgraciadamente yo contraté. Parecía que todo se normalizaba y yo comenzaba a ver la luz de la felicidad, comencé a salir más a menudo con mis amigos y compañeros de profesión, nos lo pasábamos bien, teníamos temas comunes y a todos nos gustaba jugar a los chinos, o sea que llegar algo tocado a casa era de lo más normal. Hay que decir que eran las dos únicas horas del día que desconectabas del trabajo e incluso de los problemas. El hecho que todos fuésemos propietarios también nos venía bien pues durante el día no comentábamos ofertas del mercado o bien de los distribuidores etc.… Aunque lo mejor venía cuando ya en temporada baja nos reuníamos para comer algún que otro cabrito y pasar un día de campo y casi de libertad. En aquellas ocasiones la gente se iba por eliminación, i algunos casi antes incluso de comer. Eran ratos muy divertidos y sobre todo de muy buen ambiente.
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