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tamarix

Por fin conoceré a Anna!

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En esos momentos el paisaje me invitaba a pensar que dentro de unas horas podía ver a mi mujer y claro al sueño que durante muchos meses quería conocer: Mi hija Anna. Estaba tranquilo y al mismo tiempo impaciente, no sabía casi nada de Anna sólo lo poco que cuatro días antes mi padre me había contado. En mi mente tenía una concepción de cómo podía ser, aunque sabía que la verdadera imagen solo la conseguiría cuando la viese, mientras jugaba a las adivinazas, con las diferentes caras.

El parto no había sido nada fácil, debido al ginecólogo que le hizo tomar unas pastillas para adelantar el parto, según parece estuvo una veinte horas con dolores y contracciones, hasta que mi hija decidió salir a esta su nueva vida. Cuando llegué a Rubí fui directo a casa de mi hermano para que me diese la dirección en el hospital donde estaba ingresada Carolina. Aproveché para comer, contar mi batallitas de mili, bueno y mi hermano las suyas. Después de un rato de tranquilidad familiar, que pasó en un suspiro me dirigí a la estación de cercanías para trasladarme a Terrassa una pequeña ciudad donde se concentraban las parturientas de aquella zona. Es curioso cómo pasa el tiempo, hace dos horas estaba sentado, comiendo con “mis hermanos” y cuando me fijé en la hora era tarde y sin embargo ahora en un trayectoria de unos veintes minutos, que separan Rubí de Terrassa, el reloj no cambiaba los minutos. Aproveché para recordar la cantidad de viajes que había hecho hasta la escuela donde estudiaba antes de ponerme a trabajar.

El paisaje era el mismo, igual que las estaciones de Les Fonts o Terrassa. Todo era igual alguna tienda nueva pero en el fondo no había cambiado. ¿Cómo podía ser posible?, yo sólo en cuatro meses había cambiado la forma de ver la vida e incluso las personas, sin embargo esa ciudad era la misma, de hecho hacía unos tres años que no había estado por allá y parecía que no me hubiese ido a otra época. Recordando las calles y pensando en mi familia, alternándose los unos a los otro llegué hasta la puerta del hospital y más concretamente en la puerta de partos. Tenía el corazón a punto de exiliarse a otro sitio, las piernas bailaban sin música. Con un profundo suspiro, para tomar fuerzas y enfrentarme a la realidad, conocer a mi hija; siempre había pensado con la palabra hija pero no reflexionado sobre su verdadero significado y no me refiero a la real academia de la lengua. En un improvisado mostrador, pues estaban de obras, un conserje me indicó el camino, el ascensor y la planta donde se encontraban las dos. En el ascensor volví a sentir esa responsabilidad nueva que se llamaba Anna y que era mi hija y pensaba que si no la conocía aún ¿cómo podía ya quererla?, quizás a mi manera pero ya la quería.

Se abrió la puerta me fijé en qué dirección del pasillo debía dirigirme. Seguí las flechas y los números de cuartos hasta que di con él, empujé con suavidad la puerta y adentrando sólo la cabeza como si pudiera estar equivocado y allí estaban las dos, Carmen y mi suegra. Después de los besos característicos cuando me dejaron dije, “¿alguien me puede decir donde esta la niña?”. En ese momento entró una enfermera con un bebé en los brazos, lo dejó justo en la cuna que estaba al lado de la cama de Carolina. Me quedé mudo no sabía qué hacer, si llorar, desmayarme, hablar o gritar, pues nada de eso sólo la observaba y la admiraba, en plena satisfacción una voz hizo que regresase a la tierra, era mi suegra. Que ¿qué te parece tu hija?. Pues -no con seguridad la contesté- es un poco fea ¿no?. Grave error cometí yo creía que saldría divorciado y esposado, me refiero a grilletes. Hasta la enfermera comentó que era un bebé de los más bonitos que había visto y eso que ella había visto muchos. Rápidamente rectifiqué antes de correr peligro y con mucha sutilidad expliqué que si el pelo la piel aún arrugadita, no esperaba o sabía que naciesen así, y en cierta forma no engañaba a nadie.

Se calmaron las cosas y comenzaron a contarme muchas cosas sobre el parto y lo que Carolina había sufrido y entre lástimas y penas pasaron las horas, que la niña había nacido con cincuenta y un centímetros, que según parece era una buena altura para una niña y que pesó cerca de tres kilos. Inscribí legalmente a Anna y le comenté a mi suegra que se podía ir pues faltaba poco para el último tren para Rubí, que yo me quedaría con ellas por la noche. Pues fue que no. Entre la madre que decía que ella la estaba cuidando a las dos muy bien, y la hija que no decía lo contrario. Me despedí de nuevo con la esperanza que al día siguiente diesen el alta hospitalaria a madre e hija.

1 comentario

Joana -

Se la emoción que produce conocer un hijo/a, sigo tu relato atentamente..
Un petonet.