una historia de mudanza
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A la mañana siguiente comenzó la operación caos, o sea cambio de casa. A primera hora Carolina y mi madre se pusieron a recoger y embalar cosas, así quedaría todo preparado para el momento de la mudanza.
Esta, en si misma no tenía una complicación desmesurada, pues hacer una mudanza e instalar y repartir mubles vienen a ser cosas parecidas. Y repartir muebles formaba parte de mi trabajo y más a más tenía la ayuda de mi compañero Carlos.
Entre tanto, yo como siempre estaba encargado de dar unos retoques a las principales habitaciones por orden expresa de madre y esposa, que resultaron ser todas. Lo bueno de todo es que aún me extrañe, ¡con lo facilón que soy con las mujeres!, no sé decirlas que no. Nunca aprenderé, por eso me paso los principios de verano pintando pisos , eso de la pintura es una obsesión para mí, es más , cuando me aburro pinto una habitación o dos y cosas parecidas: Como leer, escribir etc., aunque estas últimas menos. Tendré que pensar seriamente en contárselo a mi psicóloga en la próxima consulta, lo de la pintura y lo de las mujeres.
Después de una obra de dimensiones tan grandes como la que realizó Miguel Ángel, pero más barata y en menos tiempos, comencé a escabullirme por el pueblo hasta que las señoras acabaron con sus embalajes, pues si no rápido me encontraban trabajo y seguro que no era el más agradable, y lo sé por que tiempo más tarde me sucedió, y para una vez que lo hice bien lo cuento, creo que es muy importante.
Terminado su trabajo continué yo con el mío que esta vez consistía en desmontar los muebles y prepararlos para el traslado, de forma que nos fuesen cómodos para manejarlos y al tiempo sufriesen lo menos posible.
Lo hice lo más rápido que pude, pues en cierta forma tenía prisa. Quería comenzar el día uno a trabajar pues lo necesitaba como si fuera una droga y yo estaba con el mono del trabajo. En él, desconectaba otra paradoja de la mías. El día uno también nos trasladábamos a la torre, y mi intención era llegar del trabajo y disfrutar de mi familia en casa descansando de un duro día, así lo había soñado en la mili y así quería que sucediese.
Mi padre había despejado los repartos para que entre Carlos, un ayudante, que no conocía pues lo contrataron para sustituir la ayuda que yo le hacía antes de irme a la mili, y yo cargáramos y descargáramos los muebles de una casa a otra , y luego ellos continuar con su trabajo y yo montándolos, que era el mío.
Sin comerlo ni beberlo el domingo a medio día, cuado mi padre cerraba la tienda para disfrutar su fin de semana, hasta el martes por la mañana, se encontró que estaba todo hecho, hasta el punto que en el piso de Palafrugell no había nada, ni para comer ni para poder dormir, pues todo estaba debidamente dispuesto en la torre nueva.
Otra comida de restaurante gratis .
A la mañana siguiente comenzó la operación caos, o sea cambio de casa. A primera hora Carolina y mi madre se pusieron a recoger y embalar cosas, así quedaría todo preparado para el momento de la mudanza.
Esta, en si misma no tenía una complicación desmesurada, pues hacer una mudanza e instalar y repartir mubles vienen a ser cosas parecidas. Y repartir muebles formaba parte de mi trabajo y más a más tenía la ayuda de mi compañero Carlos.
Entre tanto, yo como siempre estaba encargado de dar unos retoques a las principales habitaciones por orden expresa de madre y esposa, que resultaron ser todas. Lo bueno de todo es que aún me extrañe, ¡con lo facilón que soy con las mujeres!, no sé decirlas que no. Nunca aprenderé, por eso me paso los principios de verano pintando pisos , eso de la pintura es una obsesión para mí, es más , cuando me aburro pinto una habitación o dos y cosas parecidas: Como leer, escribir etc., aunque estas últimas menos. Tendré que pensar seriamente en contárselo a mi psicóloga en la próxima consulta, lo de la pintura y lo de las mujeres.
Después de una obra de dimensiones tan grandes como la que realizó Miguel Ángel, pero más barata y en menos tiempos, comencé a escabullirme por el pueblo hasta que las señoras acabaron con sus embalajes, pues si no rápido me encontraban trabajo y seguro que no era el más agradable, y lo sé por que tiempo más tarde me sucedió, y para una vez que lo hice bien lo cuento, creo que es muy importante.
Terminado su trabajo continué yo con el mío que esta vez consistía en desmontar los muebles y prepararlos para el traslado, de forma que nos fuesen cómodos para manejarlos y al tiempo sufriesen lo menos posible.
Lo hice lo más rápido que pude, pues en cierta forma tenía prisa. Quería comenzar el día uno a trabajar pues lo necesitaba como si fuera una droga y yo estaba con el mono del trabajo. En él, desconectaba otra paradoja de la mías. El día uno también nos trasladábamos a la torre, y mi intención era llegar del trabajo y disfrutar de mi familia en casa descansando de un duro día, así lo había soñado en la mili y así quería que sucediese.
Mi padre había despejado los repartos para que entre Carlos, un ayudante, que no conocía pues lo contrataron para sustituir la ayuda que yo le hacía antes de irme a la mili, y yo cargáramos y descargáramos los muebles de una casa a otra , y luego ellos continuar con su trabajo y yo montándolos, que era el mío.
Sin comerlo ni beberlo el domingo a medio día, cuado mi padre cerraba la tienda para disfrutar su fin de semana, hasta el martes por la mañana, se encontró que estaba todo hecho, hasta el punto que en el piso de Palafrugell no había nada, ni para comer ni para poder dormir, pues todo estaba debidamente dispuesto en la torre nueva.
Otra comida de restaurante gratis .
1 comentario
Mandarina -
Un beso.