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tamarix

Carolina y Anna ¡Por fin!

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Quedé petrificado había pensado infinidad de cosas para cuando se produjera el reencuentro pero nada salió como yo lo había pensado, quedé allá de pie y sin saber que hacer. Estaban a unos treinta metros de distancia, Carolina también se paró, no sé si por que no me distinguía pues para lejos debía de llevar gafas, nunca se las ponía, o porque le ocurrió lo mismo que a mí. Retorné de mi ensimismamiento y andando deprisa me dirigía hacia ellas. Entre tanto un pequeño dilema me creé en décimas de segundos y tenía que solucionarlo al mismo tiempo. ¿A quien de las dos me acerco antes? Si me acerco antes a Carolina que a Anna igual me dice mi mujer que porqué no he cogido antes a la niña, y viceversa. Parece una tontería y de hecho lo es, pero aquel día tenía enorme importancia. Lo resolví por pura suerte, dado que en el momento que ya estaba llegando, Carolina cogió en sus brazos a Anna y pude abrazarlas a las dos juntas que era lo que en realidad yo quería. Ni podía hablar ni tampoco moverme, quedé aferrado a ellas como si pudieran escaparse de nuevo. Cuando pude reponerme un poco y mis palabras aunque entrecortadas se podían oír y entender me fui separando poco a poco. En esos momentos mi madre recogió a Anna y pude abrazar y besar a Carolina como la ocasión se merecía. Después con un cuidado posiblemente exagerado, era novato, levanté a Anna y la observé detenidamente.
No tenía nada que ver con la Anna que durante casi cuatro meses me hizo compañía cada vez que abría la puerta de la taquilla. Tenía un pelo dorado precioso, rizado. Había crecido, era más “larga” de lo que esperaba, y también pesaba más. ¡Que guapa estaba!, ¡que guapa que era! Un día precioso, un parador incomparable, una suave brisa marina que habría mis pulmones y secaba mis lágrimas, una figura a tras luz me refugiaba de un sol de justicia, un único pensamiento. ¡Eres mi hija!, yo soy tu padre, y sé que te querré siempre, sus manitas tiernas, jugueteaban con las mías y… una voz que venía del más acá decía: ¡Txiki que tal si vamos a comer! Y todo el encanto se evaporó con la rapidez de un suspiro.
Para celebrarlo mi padre propuso de comer en algún restaurante de por allí, como no, aceptamos de inmediato, sobre todo mi madre y Carolina. Por mi parte comer en un restaurante ya me gustaba, pero lo que en realidad quería era comer una tortilla de patatas, Pues mi madre hace las mejores del mundo y no es porque yo lo diga, mi hermano, mi cuñada y mi padre también lo dicen. Claro que no dije nada, ¿Quién quería problemas el primer día de regreso?

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