Casa nueva, si; Casa nueva,no...
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Mi madre enseguida puso el grito en el cielo, pues como ella, bueno y Carolina, no tenía carné de conducir decía que para la compra y todo le quedaba lejos y allí se quedaría sola y sería muy aburrido. Lo cierto que visto desde su punto de vista tenía toda la razón del mundo. A Carolina no le importaba mucho pues yo le había sugerido que se sacase el carné lo antes posible, pues en aquella zona es bastante necesario. Esta situación solo hacía que reafirmar y acelerar la postura que teníamos ya determinada. La conversación quedó retrasada hasta las ocho de la noche cuando mi padre acabase el trabajo y fuésemos todos a verla.
Por la tarde enseguida que acabamos de comer, mi padre se fue a echar la siesta, y yo fui literalmente bombardeado a preguntas primero por mi mujer que comenzó con mucha discreción un turno consecutivo de cuestiones, fue en ese momento, cuando yo también decidí seguir el protocolo que segundos antes había realizado mi padre, y aunque Carolina no solía hacer siesta, esa tarde sí. Asolas en la habitación, comenzó el ataque, del cual me defendí a respuestas como pude, aunque me parece que ella hizo más preguntas que yo respuestas, ¿entonces porque me haría esas preguntas?
El turno le tocó luego a mi madre que fue más benevolente, Carolina le habría contado todo con pelos y señales, tal y como hizo que yo le fuese describiendo, con pelos y señales.
Paseamos los tres, otra vez, después que Anna, otra vez, comiese. La tarde acompañaba, estaba teniendo unos días de ensueño y para los pocos que me quedaban, pues tenía pensado primeros de mayo para abandonar las vacaciones, quería aprovecharlos al máximo con Carolina y Anna. Era consciente que cuando volviese al trabajo el encanto del reencuentro desaparecería y al mismo tiempo se iría transformando en rutina. La rutina atrae los problemas y yo no estaba para eso.
Esa tarde Anna no tenía sueño y por primera vez también llevé a mi hija al parque. Disfruté como un camello, Anna se reía de todo, no le daba miedo nada: el columpio, el tobogán y un caballito de color rojo desgastado con un muelle que lo sujetaba al suelo y que le encantaba pero que se tenía que estar muy atento pues se soltaba por cualquier cosa que le llamase la atención. Llevábamos un rato más que considerable y la niña comenzaba a cansarse y el parque de repente no hacía gracia, Carolina y yo mirándonos a los ojos sacamos nuestra mejor sonrisa metimos a Anna en el coche y continuamos paseando un rato corto pues aprovechando que el torbellino estaba en país de las maravillas y chupetes, nosotros nos sentamos a tomar una caña y descansar pues el parque cansa, si estas atento de tu hijo ¡claro!, Otra pregunta que siempre me he hecho y me hago aún es: ¿De donde puede un niño sacar tanta energía y además recuperarla tan rápido? . Sí listillo sabemos que es proceso natural de la vida, solo era una reflexión para llenar un poco. ¿O no?
En la taberna, decorada con mucho gusto, hablamos sobre la casa, de sus ventajas ya que al ser más grande podíamos hacer una vida un poco más independiente, del carné y de nosotros. Llegó la hora, los cinco esta vez fuimos a la torre, como la llamábamos nosotros. Cuando llegamos, aún con buena luz, comenzó la visita. Mi padre y yo parecíamos dos agentes inmobiliarios que queríamos venderla en vez de ser nosotros los que la alquilaban.
He de decir que a mí me encantaba y que Carolina parecía que conforme veíamos las habitaciones la idea le gustaba más.
A mi madre la casa le gustaba aunque la distancia a Palafrugell seguía siendo un obstáculo para ella.
Mi padre que no quería que se le escapase la venta, incluso nos invitó a cenar en un restaurante que se encuentra o encontraba en la desembocadura de río Ter en la población de Torroella de Montgri y donde servían unas carnes realmente exquisitas, además cuando era la temporada tenían unas angulas, que ellos mismos pescaban, riquísimas y a buen precio para aquella época. Allí antes de ir a la mili y de estar casado íbamos todos los lunes por la noche a cenar mis padres y yo. Por eso nos llevó allí pues sabía que a mi madre le gustaba, y de esa ruin manera convencerla del cambio de vivienda. Sea como fuere le salio bien y la decisión quedó tomada durante la velada, pese al éxito obtenido mi padre no salía bien parado con la conquista, ya que le costó comprar un ciclomotor, para que mi madre pudiera ir al pueblo cuando se le antojase y sin tener que depender de nadie.
Mi madre enseguida puso el grito en el cielo, pues como ella, bueno y Carolina, no tenía carné de conducir decía que para la compra y todo le quedaba lejos y allí se quedaría sola y sería muy aburrido. Lo cierto que visto desde su punto de vista tenía toda la razón del mundo. A Carolina no le importaba mucho pues yo le había sugerido que se sacase el carné lo antes posible, pues en aquella zona es bastante necesario. Esta situación solo hacía que reafirmar y acelerar la postura que teníamos ya determinada. La conversación quedó retrasada hasta las ocho de la noche cuando mi padre acabase el trabajo y fuésemos todos a verla.
Por la tarde enseguida que acabamos de comer, mi padre se fue a echar la siesta, y yo fui literalmente bombardeado a preguntas primero por mi mujer que comenzó con mucha discreción un turno consecutivo de cuestiones, fue en ese momento, cuando yo también decidí seguir el protocolo que segundos antes había realizado mi padre, y aunque Carolina no solía hacer siesta, esa tarde sí. Asolas en la habitación, comenzó el ataque, del cual me defendí a respuestas como pude, aunque me parece que ella hizo más preguntas que yo respuestas, ¿entonces porque me haría esas preguntas?
El turno le tocó luego a mi madre que fue más benevolente, Carolina le habría contado todo con pelos y señales, tal y como hizo que yo le fuese describiendo, con pelos y señales.
Paseamos los tres, otra vez, después que Anna, otra vez, comiese. La tarde acompañaba, estaba teniendo unos días de ensueño y para los pocos que me quedaban, pues tenía pensado primeros de mayo para abandonar las vacaciones, quería aprovecharlos al máximo con Carolina y Anna. Era consciente que cuando volviese al trabajo el encanto del reencuentro desaparecería y al mismo tiempo se iría transformando en rutina. La rutina atrae los problemas y yo no estaba para eso.
Esa tarde Anna no tenía sueño y por primera vez también llevé a mi hija al parque. Disfruté como un camello, Anna se reía de todo, no le daba miedo nada: el columpio, el tobogán y un caballito de color rojo desgastado con un muelle que lo sujetaba al suelo y que le encantaba pero que se tenía que estar muy atento pues se soltaba por cualquier cosa que le llamase la atención. Llevábamos un rato más que considerable y la niña comenzaba a cansarse y el parque de repente no hacía gracia, Carolina y yo mirándonos a los ojos sacamos nuestra mejor sonrisa metimos a Anna en el coche y continuamos paseando un rato corto pues aprovechando que el torbellino estaba en país de las maravillas y chupetes, nosotros nos sentamos a tomar una caña y descansar pues el parque cansa, si estas atento de tu hijo ¡claro!, Otra pregunta que siempre me he hecho y me hago aún es: ¿De donde puede un niño sacar tanta energía y además recuperarla tan rápido? . Sí listillo sabemos que es proceso natural de la vida, solo era una reflexión para llenar un poco. ¿O no?
En la taberna, decorada con mucho gusto, hablamos sobre la casa, de sus ventajas ya que al ser más grande podíamos hacer una vida un poco más independiente, del carné y de nosotros. Llegó la hora, los cinco esta vez fuimos a la torre, como la llamábamos nosotros. Cuando llegamos, aún con buena luz, comenzó la visita. Mi padre y yo parecíamos dos agentes inmobiliarios que queríamos venderla en vez de ser nosotros los que la alquilaban.
He de decir que a mí me encantaba y que Carolina parecía que conforme veíamos las habitaciones la idea le gustaba más.
A mi madre la casa le gustaba aunque la distancia a Palafrugell seguía siendo un obstáculo para ella.
Mi padre que no quería que se le escapase la venta, incluso nos invitó a cenar en un restaurante que se encuentra o encontraba en la desembocadura de río Ter en la población de Torroella de Montgri y donde servían unas carnes realmente exquisitas, además cuando era la temporada tenían unas angulas, que ellos mismos pescaban, riquísimas y a buen precio para aquella época. Allí antes de ir a la mili y de estar casado íbamos todos los lunes por la noche a cenar mis padres y yo. Por eso nos llevó allí pues sabía que a mi madre le gustaba, y de esa ruin manera convencerla del cambio de vivienda. Sea como fuere le salio bien y la decisión quedó tomada durante la velada, pese al éxito obtenido mi padre no salía bien parado con la conquista, ya que le costó comprar un ciclomotor, para que mi madre pudiera ir al pueblo cuando se le antojase y sin tener que depender de nadie.
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