El piso, el trabajo y el paro
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En pocos días se cerró toda la operación y pase a formar parte de las listas del paro, cosa que en este país se estaba haciendo muy habitual. Por suerte no estuve mucho tiempo, en cuestión de pocas semanas me contrataron para llevar una tienda nueva de muebles de cocina. Tenía un buen sueldo y una línea de muebles de alta calidad, quizás demasiada calidad y también de unos precios también altos y nada competitivos.
Pasaron unos meses y la tienda no era lo rentable que se esperaba y poco a poco comencé a buscar una salida por si las cosas se ponían más serias y debía de abandonar el puesto.
A veces la vida hace que tu destino ruede de forma incontrolada y caprichosa. Mi padre se enteró que traspasaban un bar muy bien situado delante de una estación de autobuses que hacía la línea Barcelona - Costa Brava. El precio de traspaso estaba dentro de nuestras posibilidades, la situación era fantástica y la idea de tener un negocio rentable fue muy tentadora.
Nos quedamos con el bar. ¡Matizo! Carolina se quedó con un bar. Pues una de las condiciones que puso Carolina era que estuviese a su nombre, aunque el dinero hubiese salido de mi despido.
Yo creía que no tenía razones para no aceptar esa imposición, al fin y al cabo éramos matrimonio y con intereses comunes y compartidos.
El bar resultó ser rentable, incluso más de lo que nosotros habíamos calculado.
Carolina quería que nos comprásemos un piso y para ello contaba no solo con nuestro dinero, si no también con el de sus padres y los míos.
La idea ¡como no! Fue de sus padres. Habían vendido la casa de Calella y disponían de un dinero en esos momentos que podían prestárnoslo o regalarlo para el piso. Pero sólo si mis padres aportaban la misma cantidad.
Aunque mis padres vivían bien, pero No disponían de esa suma para poder regalárnosla, por lo que la relación con mis padres se fue distanciando e incluso enfriando, prácticamente dejamos de hablarnos.
Tampoco mejoraba mi situación con Carolina. Cada día que pasaba nos perdíamos más y más el respeto, hasta que un día me salí de mis casillas y sin pensarlo le di una torta en la cara. No dormí en toda la noche y al día siguiente comuniqué a Carolina que yo no podía vivir más a su lado y nos separamos. Aun hoy me avergüenzo de aquella noche, pero a veces tenemos un límite y sin meditar lo suficiente sale de dentro una violencia que no distingue de sexos y tampoco permite controlar la fuerza física de cada uno. Aquella noche no pegué solo a Carolina, podía haber sido ella como a un hombre. Fue solo que ella supo tocarme la fibra y herirme.
Con gran pena, pues en el fondo yo aún creía que estaba enamorado de ella, me fui a vivir a casa de mis padres.
Otro traslado, aunque este cambiaría totalmente el resto mi vida, como pasa con todas aquellas decisiones que sabes que son importantes y a demás no tienen marcha a tras.
En pocos días se cerró toda la operación y pase a formar parte de las listas del paro, cosa que en este país se estaba haciendo muy habitual. Por suerte no estuve mucho tiempo, en cuestión de pocas semanas me contrataron para llevar una tienda nueva de muebles de cocina. Tenía un buen sueldo y una línea de muebles de alta calidad, quizás demasiada calidad y también de unos precios también altos y nada competitivos.
Pasaron unos meses y la tienda no era lo rentable que se esperaba y poco a poco comencé a buscar una salida por si las cosas se ponían más serias y debía de abandonar el puesto.
A veces la vida hace que tu destino ruede de forma incontrolada y caprichosa. Mi padre se enteró que traspasaban un bar muy bien situado delante de una estación de autobuses que hacía la línea Barcelona - Costa Brava. El precio de traspaso estaba dentro de nuestras posibilidades, la situación era fantástica y la idea de tener un negocio rentable fue muy tentadora.
Nos quedamos con el bar. ¡Matizo! Carolina se quedó con un bar. Pues una de las condiciones que puso Carolina era que estuviese a su nombre, aunque el dinero hubiese salido de mi despido.
Yo creía que no tenía razones para no aceptar esa imposición, al fin y al cabo éramos matrimonio y con intereses comunes y compartidos.
El bar resultó ser rentable, incluso más de lo que nosotros habíamos calculado.
Carolina quería que nos comprásemos un piso y para ello contaba no solo con nuestro dinero, si no también con el de sus padres y los míos.
La idea ¡como no! Fue de sus padres. Habían vendido la casa de Calella y disponían de un dinero en esos momentos que podían prestárnoslo o regalarlo para el piso. Pero sólo si mis padres aportaban la misma cantidad.
Aunque mis padres vivían bien, pero No disponían de esa suma para poder regalárnosla, por lo que la relación con mis padres se fue distanciando e incluso enfriando, prácticamente dejamos de hablarnos.
Tampoco mejoraba mi situación con Carolina. Cada día que pasaba nos perdíamos más y más el respeto, hasta que un día me salí de mis casillas y sin pensarlo le di una torta en la cara. No dormí en toda la noche y al día siguiente comuniqué a Carolina que yo no podía vivir más a su lado y nos separamos. Aun hoy me avergüenzo de aquella noche, pero a veces tenemos un límite y sin meditar lo suficiente sale de dentro una violencia que no distingue de sexos y tampoco permite controlar la fuerza física de cada uno. Aquella noche no pegué solo a Carolina, podía haber sido ella como a un hombre. Fue solo que ella supo tocarme la fibra y herirme.
Con gran pena, pues en el fondo yo aún creía que estaba enamorado de ella, me fui a vivir a casa de mis padres.
Otro traslado, aunque este cambiaría totalmente el resto mi vida, como pasa con todas aquellas decisiones que sabes que son importantes y a demás no tienen marcha a tras.
2 comentarios
Lucero -
Lucero -
Muy intenso tu relato... desde el sur lo sigo con atención.
Un beso mi querido amigo y una reverencia a un escritor que encabez la lista de "mis preferidos".