¿Civil o militar?
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El hecho es que desde ese preciso momento en el que me dijo que por la tarde vendrían los papeles de libertad, estaba rebajado de todo, hasta de la ropa militar. Ni lo dudé levanté la mano en forma de saludo y directo a la ducha. De allí a la taquilla a desenvolver la ropa de paisano que la tenía dentro de una bolsa de basura industrial, para que se ensuciase y arrugase lo menos posible. Que gozada esto me recuerda a un anuncio de productos para adelgazar, mi talla era la misma, aunque no me sorprendió en absoluto pues creo que siempre he llevado la misma talla, y no es por dar envidias a nadie.
Con la ropa de civil todo se veía diferente hasta el hogar del soldado en el cual y sin tener que esperar a las horas de descanso, me tomé la mejor cerveza que había tomado desde el año pasado antes de incorporarme a la mili. No tenía prisa, sabía que el barco no salía hasta la noche o sea que me senté tranquilamente en una mesa con vistas a la cocina, donde mis compañeros en esos momentos debían ir como locos, pues yo me encargaba solo del segundo plato y seguro que me sustituiría Pinto, que para eso también estaba. No me importaba, me estaba dando el gustazo de tomarme la cerveza tranquilamente viendo como el resto, o, estaba en el cuerpo de guardia esperando la hora del relevo, o dándose barridazos contra el suelo a la voz de uno de eso pobre oficiales que comprendían a los soldados o de cuarteleros de puerta. No me gustaba lo que veía, pero tampoco me importaba. Sabía que ellos lo tenían que hacer tanto sí como no, y yo no, por eso disfrutaba sin remordimientos cada sorbo de esa maravillosa cerveza, primera en libertad.
Lo malo es que hasta una cerveza se acaba y aquella lo hizo más rápido de lo esperado. Miré el reloj para saber cuanto faltaba para el descanso de la comida y como aún quedaba decidí pasear, total que otra cosa podía hacer si no tomar cervezas o pasear. Podía haber pedido un pase para bajar como civil a melilla, pero entre que tenía el dinero justo y que la caminada tampoco era de mi agrado, sobre todo el regreso, todo hacia arriba, no lo pedí.
La calle principal estaba vacía así que me dirigí a la siguiente que era donde estaba mi batería, me acerqué otra vez a la camareta por pasar el rato. Abrí la taquilla varias veces comprobando siempre que no dejase nada que yo quisiese, lo mismo hacía con la bolsa de viaje que me dejó pinto.
Como no había más que dos calles en ese destacamento volví a la principal. Allá estaba el comedor y mis compañeros, aunque quería entrar una sensación extraña me impedía abrir la puerta con normalidad. Me sentía culpable, y no por la cerveza que me había tomado. No, me sentía culpable por irme y dejarlos trabajando, obedeciendo órdenes y aguantando cabronadas, me sentía al tiempo impotente ante esa injusticia que era para mí el servicio militar obligatorio. Como tomando aire aceleré el paso, crucé el comedor, que por cierto estaba vacío y me adentré jovial en la cocina. Las bromas típicas, tanto sobre la ropa y otras tantas tonterías que aunque no las recuerdo, aún noto esa sensación de alegría, tristeza y también de protagonismo.
Me quedé con ellos hasta que la comida como siempre a su hora estuvo lista, pero no les esperé a comer pues la noticia me había llegado a la hora del bocadillo y mi estómago no estaba para solidaridades.
Después de una buena comida servida por mi mismo y algo diferente a la del resto de la tropa, me acerqué al hogar para disfrutar de un café y después y para no perder la costumbre una gratificante siesta.
Serían sobre las siete de la tarde cuando el cabo enlace llegó con los papeles a por mí.
El hecho es que desde ese preciso momento en el que me dijo que por la tarde vendrían los papeles de libertad, estaba rebajado de todo, hasta de la ropa militar. Ni lo dudé levanté la mano en forma de saludo y directo a la ducha. De allí a la taquilla a desenvolver la ropa de paisano que la tenía dentro de una bolsa de basura industrial, para que se ensuciase y arrugase lo menos posible. Que gozada esto me recuerda a un anuncio de productos para adelgazar, mi talla era la misma, aunque no me sorprendió en absoluto pues creo que siempre he llevado la misma talla, y no es por dar envidias a nadie.
Con la ropa de civil todo se veía diferente hasta el hogar del soldado en el cual y sin tener que esperar a las horas de descanso, me tomé la mejor cerveza que había tomado desde el año pasado antes de incorporarme a la mili. No tenía prisa, sabía que el barco no salía hasta la noche o sea que me senté tranquilamente en una mesa con vistas a la cocina, donde mis compañeros en esos momentos debían ir como locos, pues yo me encargaba solo del segundo plato y seguro que me sustituiría Pinto, que para eso también estaba. No me importaba, me estaba dando el gustazo de tomarme la cerveza tranquilamente viendo como el resto, o, estaba en el cuerpo de guardia esperando la hora del relevo, o dándose barridazos contra el suelo a la voz de uno de eso pobre oficiales que comprendían a los soldados o de cuarteleros de puerta. No me gustaba lo que veía, pero tampoco me importaba. Sabía que ellos lo tenían que hacer tanto sí como no, y yo no, por eso disfrutaba sin remordimientos cada sorbo de esa maravillosa cerveza, primera en libertad.
Lo malo es que hasta una cerveza se acaba y aquella lo hizo más rápido de lo esperado. Miré el reloj para saber cuanto faltaba para el descanso de la comida y como aún quedaba decidí pasear, total que otra cosa podía hacer si no tomar cervezas o pasear. Podía haber pedido un pase para bajar como civil a melilla, pero entre que tenía el dinero justo y que la caminada tampoco era de mi agrado, sobre todo el regreso, todo hacia arriba, no lo pedí.
La calle principal estaba vacía así que me dirigí a la siguiente que era donde estaba mi batería, me acerqué otra vez a la camareta por pasar el rato. Abrí la taquilla varias veces comprobando siempre que no dejase nada que yo quisiese, lo mismo hacía con la bolsa de viaje que me dejó pinto.
Como no había más que dos calles en ese destacamento volví a la principal. Allá estaba el comedor y mis compañeros, aunque quería entrar una sensación extraña me impedía abrir la puerta con normalidad. Me sentía culpable, y no por la cerveza que me había tomado. No, me sentía culpable por irme y dejarlos trabajando, obedeciendo órdenes y aguantando cabronadas, me sentía al tiempo impotente ante esa injusticia que era para mí el servicio militar obligatorio. Como tomando aire aceleré el paso, crucé el comedor, que por cierto estaba vacío y me adentré jovial en la cocina. Las bromas típicas, tanto sobre la ropa y otras tantas tonterías que aunque no las recuerdo, aún noto esa sensación de alegría, tristeza y también de protagonismo.
Me quedé con ellos hasta que la comida como siempre a su hora estuvo lista, pero no les esperé a comer pues la noticia me había llegado a la hora del bocadillo y mi estómago no estaba para solidaridades.
Después de una buena comida servida por mi mismo y algo diferente a la del resto de la tropa, me acerqué al hogar para disfrutar de un café y después y para no perder la costumbre una gratificante siesta.
Serían sobre las siete de la tarde cuando el cabo enlace llegó con los papeles a por mí.
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