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Un verano en Calella de Palafrugell

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La casa de mis suegros en Callela de P. estaba situada en la parte alta, cerca del jardín botánico (de gran interés, no solo por la belleza del jardín en si, también por las especies de árboles y plantas que allí se cuidan) y también de la playa, aunque para acceder a esta teníamos una separación de unos treinta metros de acantilado, con una escalera de no muy buen acceso tanto para bajar como a la hora de subir, cosa que hacía que la piscina de la comunidad se hiciese más apetecible si cabe.
Tres pisos, jardín y garaje. No, no estaba nada mal la segunda residencia de mis suegros, por cierto el piso en el que vivían en Rubí tenia tres habitaciones, una cocina muy pequeña un cuarto de baño con plato ducha, un comedor no muy grande y un balcón bastante reducido, nada que ver una con la otra. Yo pensaba que porqué no lo hacían a revés… una casa amplia para la primera residencia y otra pequeña y cómoda de mantener para la segunda. No era yo precisamente quien dijese nada al respecto pues a nosotros nos venía de perlas, o al menos eso creía.
Con una maleta de ropa y otra de ilusión y esperanza nos instalamos en la que sería la tercera vivienda en tres meses (buen promedio).

El verano se echó en cima y mi padre y yo fuimos inducidos por el trabajo. Por las mañanas entrábamos una hora antes de lo acostumbrado, y por las tardes dos o tres horas de más eran normales. Pero no en vano era verano, y nos decíamos: Ya llegará el invierno y nos tomaremos la revancha. Y así con ese auto engaño sacábamos fuerzas y mirábamos a delante. La verdad es que en años anteriores así fue, el invierno era largo y los desayunos de Carlos y los míos también.
Debían de ser vacas gordas, pero el mes de junio con respecto al ejercicio anterior las ventas habían aumentado considerablemente, incluso a las previstas por la empresa. Esa fue la tónica de todo el verano, que se extendió a todo el año. Cada día llegábamos a la torre, quebrados y satisfechos, nos salía todo a pedir de boca tanto en las ventas, como en el reparto.
Si no recuerdo mal se llamaba José el chico que contrataron y además le ampliaron el contrato igual que a la chica… Carmen, pues era la única manera de sacar aquella cantidad de trabajo que nos estaba desbordándonos. Mientras yo me dedicaba a la venta y también al reparto, según donde hiciese más falta en aquel momento.
Nuestra vida en Calella parecía que comenzase a estabilizarse y los días fueron pasando con bastante normalidad.
Anna era la que más disfrutaba de todo, la piscina le encantaba, aunque no le gustase mucho que le salpicase el agua en la cara, lo que hacía que se enfadase y a forma de protesta movía los brazos, volviéndose a salpicar, ¡que caritas que ponía!
Después de la piscina le tocaba un ratito de jardín y después como una bendita se quedaba dormida en cualquier sitio, ¡eso, si había comido ya!
Por las noches salíamos al jardín y pasábamos las horas hablando y fantaseando sin pensar ni comentar sobre los incidentes del día.
Los fines de semana venia al completo la familia de Carolina, casi siempre con invitados, a los que siempre por una u otra razón siempre criticaban a su partida. Por suerte yo trabajaba hasta el domingo por la tarde y prácticamente no los veía.
Todo fue estupendamente durante ese verano, aunque mi madre prácticamente no vio a Anna si no era por pura casualidad, y a diferencia de mi suegra que cogía a al niña con toda la normalidad de mundo y la zarandeaba y hacía carantoñas, mi madre no podía ni sacarla del cochecito pues Carolina siempre sacaba una excusa para que Anna no estuviese en los brazos de mi madre.

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