Blogia
tamarix

Camino de Palafrugell

27
A ellos les esperaban sus familiares a mí no. Normal no se lo había dicho a nadie.
Me desplacé de la estación de Sants hasta el puerto de Barcelona donde tenían la parada los autobuses que hacían la ruta de Gerona.
Por suerte al ser un día de diario no era necesario reservar billetes, solo esperar la hora de salida, que no era poco.
Barcelona estaba igual que siempre pensé, pero no, el tiempo pasa y cuando estas fuera te das cuenta de detalles que a diario no le damos importancia. Subí al autobús a la hora prevista, o sea con retraso como siempre. Reposé la cabeza en la ventanilla, con la vista enfocando un horizonte que por el interior de la ciudad no alargaba más del coche que paraba al lado del autobús en los semáforos.
Conforme entramos en la autopista el paisaje insultante de primavera me retorno a el porqué estaba yo en aquel autobús.
Durante todo el ajetreado viaje no había tenido prácticamente tiempo para reflexionar la importancia de esos momentos que estaba viviendo. De hecho no había digerido para nada que el ejército era historia y que comenzar o mejor seguir con la rutina que a mí me gustaba, era ya posible. Absorto de nuevo en mis pensamientos e hipnotizado por el panorama que se me estaba regalando, la imagen de Carolina y Anna eran intensamente presentes. No veía el momento de poder estrecharlas entre mis brazos y besarlas, besarlas hasta desgastarlas. ¿Anna como estaría de grande?, de hecho la única imagen que tenía de ella era aquella que hacía guardia en la taquilla y que ya estaba prácticamente desgastada de las veces que la había mirado. En unos pocos pero eternos minutos, podría comprobar por mi mismo como sería ahora.
Cada noche antes de quedar dormido fantaseaba con tenerla entre mis manos, jugar con ella, cambiarle los pañales, etc., se haría realidad pronto. No cabía en mi cuerpo temblaba desde que pasamos Sant Feliu de G. y eso que quedaba casi media hora para que el autocar llegase a Palafrugell.
Un torbellino de recuerdos cuando entrábamos por Palafrugell comenzaron a bombardear mi mente, no podía pararlos se acumulaban y se hacía imposible escoger uno y regocijarme con él.
Se detuvo en la estación, el conductor abrió el maletero y descargó las maletas de aquella parada, recogí la mía y mirando al frente quedé parado esperando que mi cuerpo diese la orden oportuna para que mis piernas comenzasen a dirigirse en busca de aquello que durante tantos meses había anhelado.
Para llegar al piso pasaba delante de la tienda donde se suponía que estaría mi padre trabajando. No me lo pensé, crucé la acera y entré en la tienda. El corazón palpitaba a revoluciones aceleradas tenía ganas de reír y de llorar al ver a mi padre sentado detrás de su mesa , como siempre llena de papeles aparentemente desordenados y prácticamente también desordenados. Quien primero me vio fue la chica que ocupaba mi puesto y que yo no cocía pues habían cambiado mientras yo no estaba. Aunque no la conociese si que había hablado con ella prácticamente todos los sábados a las cinco de la tarde cuando llamaba a Carolina por teléfono.

1 comentario

Mandarina -

Menos mal que has regresado, ya pensaba que me quedaba sin saber el final de tu mili.
Un petonet.