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tamarix

Otra noche movidita

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Por megafonía anuncian la vía y andén donde nos esperaba nuestro tren. Buscar un departamento en el cual nos pudiésemos acomodar a nuestras anchas fue nuestra prioridad una vez subimos. No resultó difícil dado que el tren partía de esa estación y estaban casi todos vacíos. Lo encontramos cerca del vagón restaurante, y no fue por casualidad. Nos instalamos cómodamente, Un espacio para ocho personas estaba tomado por nosotros tres, con la esperanza que fuese así durante la larga noche que nos esperaba. ¿Qué podíamos hacer para pasar el rato?..., pues seguir con las cervezas y las charlas de besugo y risas que no tenían ni ton ni son.
Serian sobre las diez cuando decidimos repartirnos los “bocatas” que habíamos comprado, también acabamos con las existencias líquidas y el movimiento más rítmico que el de la noche anterior comenzó a pasarnos factura.
Uno de los compañeros después de venir del escusado nos enseñó una piedra de un tamaño parecido al de los huevos de chocolate con sorpresa. Era gachís, Sin pensarlo ni preguntar comenzó a liarse un porro. Era curioso me había pasado un montón de meses en el paraíso del gachís y no había probado ni uno solo, entre otras cosas porque yo no fumaba más que tabaco y negro. Aquella noche era especial y porqué no, era una ocasión especial y no pensaba desaprovecharla, o sea que entre pitos y flautas cogí lo que se llama un “colocón” de padre y muy señor mío. No sé si por el cansancio, el alcohol, el porro o todo junto me quede más planchado que un ocho.
Estaba profundamente dormido y relajado, cuando un es trepidante ruido me sobresaltó. Dos personas que al grito de “¡Policía!” ¡Vamos los tres de pie y cara a la pared!, ¡buscamos comida venga dadnos la y esto se acaba en un periquete!
Recién sobresaltado con la cabeza en muchos sitios menos encima de los hombros, provocó que inocente de mí le dijese que en la bolsa quedaba algo de pan y embutidos, (juro que lo hice con toda la buena fe del mundo y mucho menos con animo de burla o cosa parecida). El policía más prepotente que antes se encaró conmigo. “haber tú el listillo donde guardas la comida, y no me vengas con la bolsa y el pan. Queremos comida de verdad”. Otra vez mi cabeza me pasó una mala pasada pues pensé que igual lo que estaban buscado sería el walkman que había pasado de “contrabando” e inocente de mí confesé que estaba guardado en mi chaqueta. No se que pensaría pero de tonto no creo pasase.
Mientras, el otro policía había encontrado la piedra de gachís que llevaba el compañero. En ese momento si que volví a la realidad y..., comencé a pensar en las consecuencias que podía traer el maldito hallazgo. Paradójicamente después de mirarse la piedra, la lanzó otra vez a la bolsa y se fueron de la misma forma que entraron.
Nos quedamos como tres “gilis” mirándonos sin mediar palabra.
Personalmente enseguida me vino a la cabeza un soldado del regimiento que cuando se iba ya para casa licenciado le cogieron en la aduana con una buena cantidad de droga. La “suerte” que tuvo es que en vez de cumplir condena en el castillo militar lo hizo en el regimiento como corneta y rebajado de armas. Pudo ver muchos reemplazos y vio pasar por la décima batería cantidad de reclutas, suboficiales y mandos. Pero eso siempre era mejor que pasar la mitad de tiempo en una cárcel militar.
Gracias que se habían ido los policías. En mi interior quedaba la duda que además de gachís llevase algo más fuerte que el mero chocolate y en cualquier momento volvieran a entrar con peores modales si cabe.
Como no fue así hicimos otro porro, así quedaría menos comida si volvíamos a tener visitas. Con ese cigarro quedé dormido hasta la llegada a la estación de Sants. Donde con más gusto que penas me despedí de aquellos compañeros que aunque por poco rato no podré olvidarlos a causa del susto que me llevé.

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