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tamarix

Un rato con mis padres

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La chica, desde su asiento, me miraba con cara de ingenuidad pues yo caminaba directo a la oficina con decisión, miró hacia mi padre preguntándole si me conocía o bien era un posible cliente. Mi padre alzó la vista y como quien duda de lo que está viendo. Quedó inmóvil como una estatua, solo le falto frotarse la vista y pellizcarse para comprobar si estaba o no despierto. Nos fundimos en un abrazo, no me soltaba y tampoco hablaba, un nudo me impedía poder dar forma a cualquier sonido que intentase modular. Nos separamos, nos miramos y otra vez nos abrazamos. Necesitábamos sentirnos, había pasado mucho tiempo y nos echábamos en falta.
Después de mirarnos, mi padre y yo pudimos comenzar a hablar. Aún no me había dado tiempo de preguntar por nadie, cuando por la puerta de atrás de la oficina apareció mi madre. Conociéndola me preparé para un fuerte abrazo, un abrazo de oso, y no porque mi madre sea grande pero si espachurra. Cuando pude desprenderme de ella comencé con las preguntas de rigor: ¿como van las cosas?, ¿como os encontráis?, etc... Como no, cuando dejé de interesarme por ellos, rápido pregunté por Carolina y Anna.
“Tenemos que ir a recogerla a Calella de Palafrugell sobre las dos”, me contestó mi padre. Aprovechando la circunstancia de mi llegada y que el trabajo no había sido muy fuerte esa mañana, salimos los dos a tomar unas cañas al bar que siempre habíamos ido cuando, después de trabajar y antes de ir a casa parábamos para hablar de las cosas que habían pasado por la mañana o bien por la tarde. Esa costumbre, la cogimos desde el primer día que comencé a trabajar con mi padre. Era un hábito en el cual aparte de unirnos como padre e hijo, por mi parte era como tomar una o dos lecciones diarias tanto de la venta como en la dirección de la tienda.
Ya en el bar y saludar a todos los conocidos que en esos momentos estaban allí, comenzamos a hablar de nuestras cosas que eran muchas y variadas.
Me contó que Carolina las mañanas que hacía bueno, montaba a Anna en el cochecito y se iba paseando hasta Calella que está a unos tres kilómetros, luego cuando mi padre acababa el trabajo pasaba a recogerlas y las llevaba a casa.
Estuvimos hablando de mis hermanos del”mono” de mi sobrina Merixell que estaba de camino de cumplir un añito y era preciosa y simpatiquísima. (Aún lo es. “un beso Meri”).
Era la hora de cerrar y mi padre se ausento, mientras yo esperaba a que llegase con mi madre. Mientras y para pasar el rato hice una pregunta que en aquella época significaba discusión segura. ¿Como lo ha estado haciendo el gobierno en mi ausencia? Así fue, y estuve entretenido hasta que llegaron mis padres, y así, discutiendo los dejamos cuado nos fuimos a buscar a Carolina.
Después de cuatro meses volvía a coger el coche, que sensación más extraña, no solo por coger el coche que de por sí era una agradable emoción, si no también por las calles, habían cambiado todo, las direcciones que antes estaba acostumbrado a seguir las habían cambiado o bien de dirección o la habían hecho peatonal, etc., la cuestión es que tenía la sensación que tendría que volver a conocerme de nuevo el pueblo.
Por fin puede salir del pueblo no sin las indicaciones que me fue “delatando” mi padre. Palafrugell como antes he escrito está a unos tres kilómetros de Calella, unidos por una autovía bastante recta, estaba envuelta de campos de cultivo, estaba precioso pues los colores y sobre todo los olores se podían percibir en todo su esplendor. Dentro del coche era otra cosa pues mis padres no paraban de hablar y sobre todo de hacer preguntas de todo.
Entramos en Calella, dada la época del año, baja temporada, no tuve problemas de aparcamiento, y ese pequeño pueblo pesquero parecía casi desierto, quitando a los camareros asomados a las terrazas por falta de clientela y algún que otro turista despistado, que sin saberlo habían cogido la mejor época del año para visitar, no solo Calella o Palafrugell, también toda la costa brava. “Si me acuerdo ya hablaré largo y tendido de este idílico lugar, que al menos era entonces pues hace varios años que no voy”. Nos acercamos al mirador en el que estaban esperando Carolina y Anna. Primero se acercó mi padre para ver si efectivamente ya estaba, con un movimiento afirmativo de cabeza me adelanté hasta que las tuve en mi campo de visión.

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