Le la esperanza a la resignación
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Fue pasando el tiempo y las discusiones entre Carolina y yo era cada vez más frecuentes y con ellas también la falta de respeto y los insultos personales y familiares. Con todo quedaban ratos en los que predominaba la paz y aún mantenía la esperanza que la situación cambiase, también era consciente que los valores que unen a una familia se estaban desmoronando y yo no podía reparar ese derribo.
Un día fui llamado por mi jefe superior.
Iba para la reunión en Barcelona contento, alegre y emocionado. Pensaba que todos aquellos años de trabajo habían merecido la pena y mi ascenso por fin había llegado. Si me lo concedían posiblemente la situación se podía arreglar. Ahora estoy seguro que el dinero arregla muchas cosas y por entonces lo sospechaba.
Como siempre no me compliqué la vida para estacionar el coche, fui directo a un parking que estaba dos portales más allá de mi punto de destino, al fin y al cabo tanto la gasolina como la autopista y el resto de gastos los pagaba la empresa.
Llegué a la hora a mi cita, estaba nervioso e intrigado, pues no podía adivinar que tienda me sería otorgada o bien para qué leches me habían llamado.
Después de unos minutos de espera me recibió el manda más de la empresa. Pasé a su despacho, nos sentamos y sin perder tiempo mi jefe comenzó su charla.
Su primera oferta era si suponía para mí algún inconveniente de trabajar todo el año en Gerona. Por mi parte estaba encantado, hasta que me propuso su segunda y definitiva condición.
Me trasladaba a Gerona de administrativo con algo más de sueldo, pero tenía que renunciar a mi antigüedad y hacer un contrato nuevo renovable cada año
De repente se me cayó el mundo encima y la sangre se heló. La sensación que me había acompañado todo el viaje es esfumó en cuestión de segundos. No solo no me ascendían de categoría si no que prácticamente me despedían de la empresa sin derecho a nada.
Mi respuesta quedó en el aire, pues necesitaba reflexionar y sopesar los proos y los contras. A demás no sólo me afectaba a mí, también a Carolina pues de una u otra forma nos iba a cambiar la vida fuera cual fuera la respuesta.
El jefe de personal me había preparado un borrador de mi despido en el caso que yo no aceptase el cambio, de esa manera sabría mejor cual era mi situación y atenerme a las consecuencias.
Tras horas de meditación y discusiones llegamos a la conclusión de no aceptar. El dinero que la empresa me ofrecía estaba perfectamente de acuerdo con la ley, y la cantidad nos era ciertamente tentadora en aquella época, además de tener las espaldas cubiertas durante dieciocho meses para encontrar un trabajo digno para mis expectativas. Carolina fue la primera en decir que aceptase el dinero.
Todo fue muy rápido, aunque personalmente me sentía traicionado por una empresa en la que había trabajado como si hubiese sido propia.
Fue pasando el tiempo y las discusiones entre Carolina y yo era cada vez más frecuentes y con ellas también la falta de respeto y los insultos personales y familiares. Con todo quedaban ratos en los que predominaba la paz y aún mantenía la esperanza que la situación cambiase, también era consciente que los valores que unen a una familia se estaban desmoronando y yo no podía reparar ese derribo.
Un día fui llamado por mi jefe superior.
Iba para la reunión en Barcelona contento, alegre y emocionado. Pensaba que todos aquellos años de trabajo habían merecido la pena y mi ascenso por fin había llegado. Si me lo concedían posiblemente la situación se podía arreglar. Ahora estoy seguro que el dinero arregla muchas cosas y por entonces lo sospechaba.
Como siempre no me compliqué la vida para estacionar el coche, fui directo a un parking que estaba dos portales más allá de mi punto de destino, al fin y al cabo tanto la gasolina como la autopista y el resto de gastos los pagaba la empresa.
Llegué a la hora a mi cita, estaba nervioso e intrigado, pues no podía adivinar que tienda me sería otorgada o bien para qué leches me habían llamado.
Después de unos minutos de espera me recibió el manda más de la empresa. Pasé a su despacho, nos sentamos y sin perder tiempo mi jefe comenzó su charla.
Su primera oferta era si suponía para mí algún inconveniente de trabajar todo el año en Gerona. Por mi parte estaba encantado, hasta que me propuso su segunda y definitiva condición.
Me trasladaba a Gerona de administrativo con algo más de sueldo, pero tenía que renunciar a mi antigüedad y hacer un contrato nuevo renovable cada año
De repente se me cayó el mundo encima y la sangre se heló. La sensación que me había acompañado todo el viaje es esfumó en cuestión de segundos. No solo no me ascendían de categoría si no que prácticamente me despedían de la empresa sin derecho a nada.
Mi respuesta quedó en el aire, pues necesitaba reflexionar y sopesar los proos y los contras. A demás no sólo me afectaba a mí, también a Carolina pues de una u otra forma nos iba a cambiar la vida fuera cual fuera la respuesta.
El jefe de personal me había preparado un borrador de mi despido en el caso que yo no aceptase el cambio, de esa manera sabría mejor cual era mi situación y atenerme a las consecuencias.
Tras horas de meditación y discusiones llegamos a la conclusión de no aceptar. El dinero que la empresa me ofrecía estaba perfectamente de acuerdo con la ley, y la cantidad nos era ciertamente tentadora en aquella época, además de tener las espaldas cubiertas durante dieciocho meses para encontrar un trabajo digno para mis expectativas. Carolina fue la primera en decir que aceptase el dinero.
Todo fue muy rápido, aunque personalmente me sentía traicionado por una empresa en la que había trabajado como si hubiese sido propia.
1 comentario
Mandarina -
Un petonet.