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50 Aquellas navidades incluso Carolina respeto las vacaciones y puede disfrutarla los días que me correspondían. La lastima fue que la noche de reyes no pude nunca más pasarla con ella, y eso si es una espina clavada de por vida. Todo iba a pedir de boca, los dos restaurantes ya se autofinanciaban solos, yo veía regularmente a mi hija y volvía a ser una persona casi feliz. Como en el bar de arriba para el invierno prácticamente no utilizábamos el comedor decidimos comprar un billar americano, Teníamos un instituto cerca y el billar estaba de moda. Fue una gran compra, en dos meses ya habíamos recaudado su importe y cada vez venía más gente para jugar. Para que fuese más rotativo y todo el mundo pudiese jugar, conforme llegaban ponían el dinero en el marco del billar, concretamente 100pesetas y eso marcaba el turno de juego. Algunas noches tenía que cerrar y sobre la mesa quedaban bastantes monedas esperando. No era fácil convencer al personal pero... Corría ya el año noventa cuando se nos ofreció otro bar también en zona céntrica y a un precio muy apetecible. Discutimos los tres la posibilidad de quedarnos lo, planeamos como podíamos llevarlo, que personal necesitaríamos, y como queríamos enfocarlo. Aunque el bar pequeño disfrutaba de una variedad de tapas considerables, la cocina que tenía era pequeña, una plancha con hornillo, eso limitaba bastante. ¿Quien dijo miedo?... La cuestión es que después de unos números casi innecesarios nos quedamos con otro local, ya eran tres. Más trabajo, más problemas, más empleados y menos tiempo para disfrutar de nuestra vida. Lo cierto es que el dinero entraba cada día más. Aunque también había que sudarlo también más. Entre tanto Carolina aburrida de aparentar ser buena persona, otra vez impidió que viese a la niña. Otra vez al abogado. Otra vez a pagar, otra vez a esperar sentencia y otra vez los meses volvían a pasar y también a desesperar. Cada noche cuando me acostaba recordaba el rostro de Anna y entre sudores de rabia, recuerdos y una buena dosis de alcohol me quedaba dormido un rato, pues la mañana me sorprendía y tenía que volver a luchar con otro nuevo día. Ese verano comenzó a ser insufrible, los tres locales requerían de mucha atención y prácticamente me pasaba toda la mañana pinchando pollos y reponiendo existencias en los bares. Era agobiante pues no tenias un solo momento de descanso los rostros de mis padres cada vez se dibujaban más y más agotados. Terminamos ese verano como pudimos y decidimos que teníamos que replantearnos la situación. Discutimos sobre desprendernos del pequeño, aunque a mí personalmente no era el que hubiese preferido. Tomada la decisión y con el dinero que nos dieron con la venta de los aparatos que eran de nuestra propiedad, nos pasamos todo el mes de septiembre de vacaciones por Galicia y Asturias. El hecho de desprendernos de ese pequeño bar produjo me un gran alivio, pensaba que al desprendernos de él todas las tensiones, nervios y malos humores pasarían a formar parte del pasado. No sé si realmente necesitábamos tanto vender el bar como coger unas merecidas vacaciones. El hecho es que ya no había marcha a tras y sin pensarlo más esa misma tarde salimos de vacaciones. Las primeras que tomaba desde que me había separado de Carolina, de hecho era también los primeros fines de semana y fiestas de “guardar” que me permitía el lujo de coger y digo coger como si fuera a un clavo ardiendo.
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