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tamarix

El día que perdí el Futuro

Año nuevo en Melilla

18

Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta.
En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.

La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.

Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.

Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.

Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.

Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .

Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos.
-¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.

Año nuevo en Melilla

18

Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta.
En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.

La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.

Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.

Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.

Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.

Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .

Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos.
-¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.

Año nuevo en Melilla

18

Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta.
En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.

La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.

Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.

Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.

Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.

Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .

Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos.
-¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.

Año nuevo en Melilla

18

Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta.
En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.

La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.

Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.

Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.

Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.

Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .

Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos.
-¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.

Del puerto al cuartel

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Los camiones militares nos esperaban a todos, fueron llamando por orden de cuarteles y formándolos delante de cada camión encargados de trasladarlos. Un cabo de artillería vociferó dos nombres; el de un gallego y el mío. A nosotros no nos esperaba un camión si no un "mil trescientos" como más tarde me enteré que se llamaba. Total para cuatro personas tampoco hacía falta más. El cabo enlace y el soldado conductor, sentados delante hablaban como confabulándose de algo, por dentro ya pensaba, seguro que nos hacen la primera novatada.

Pararon el coche delante de un bar que venía de camino. Vamos a parar y así nos libramos de retreta y a vosotros no os molestarán tanto pues enseguida tocarán silencio e igual os salváis de algún revolcón o putada. Entramos al bar tomamos unas cañas y charlamos sobre la vida en Melilla y sobre todo la vida en el cuartel, pasado un buen rato volvimos al coche directos al cuartel que sería nuestra residencia durante los próximos nueve meses.

El soldado enlace nos presentó en el cuerpo de guardia, salió el suboficial de guardia un sargento a recibirnos. Dió órdenes al cabo enlace que nos llevase a cocina para reponer fuerzas y después nos acompañasen a la batería nombre que se le da al barracón, en otros regimientos son compañías. Cenamos bien, además estábamos solos, bueno y un ranchero, “cocinero”, que nos acompañó durante la cena, después nos acompañó a la batería imaginaria y nos dijo dónde estaban nuestras camaretas. Una vez en la cama intentando conciliar el sueño cuando unos soldados vinieron a darnos la bienvenida, o sólo a matar el aburrimiento o simplemente hacer algo que saliese de lo normal.

El hecho es que se acercaron a mí con las bromas que luego serían típicas con todos los reemplazos que vendrían por detrás, ej: “te vendo un camello" o bien "¿saben tus padres que estas en África?" etc., estas tonterías a las tres de la madrugada después de un día movido y sin dormir aseguro que es una faena de las gordas aunque suave. Luego me ofrecieron tomar brandy quisiera o no. Vosotros mismos les contesté. Desde los quince años en que cogí una borrachera con brandy y anís no puedo ni olerlo, pero si queréis no hay problema. Me hicieron beber y acto seguido un soldado quedó impregnado de mis vómitos que con aguda puntería no fallé, todo lo contrario acerté de pleno, después de unas palabras mal sonantes, nunca más me volvieron a molestar. Por lo menos en la plana mayor de mando donde me habían trasladado.

De Málaga a Melilla

10
Bien, nos habíamos librado de formar tanto en el muelle, para pasar lista y luego en cubierta, para un poco más de lo mismo, hasta que rompieron filas y llegamos nosotros apunto de quitar la pasarela.
El trayecto cruzando el estrecho duró unas ocho horas aproximadamente. La mar estaba razonablemente tranquila y el sol apretaba con ganas, para no perder la fama de esas tierras, en este caso, mar. Los delfines nos acompañaron las últimas millas de la travesía relajándonos y disfrutando con sus saltos y cabriolas. Dicen que salvan a los náufragos, me lo creo pues durante el tiempo que estuve observándolos, mi mente se alejó de los recuerdos que durante toda la noche y todo el ajetreado día. Viéndolos saltaba y jugaba con ellos y sobre todo los admiraba y envidiaba. Eran realmente libres, si no disimulaban muy bien. Alcé la vista y pude avistar tierra, África, Donde estaría Melilla me preguntaba, como era pregunta sin respuesta aparté de mi mente la posible ubicación para admirar o mejor dicho para comparar el paisaje y sobretodo el color de la tierra, Rojiza y anaranjada. Era bonita mi primera impresión, igual el viaje vale la pena aunque fura solo por el paisaje. El crepúsculo también se pavoneaba con su extensa cantidad de colores y formas aumentado la belleza de aquellos acantilados que nos recibían e indicaba nuestra próxima parada.
Anochecía cuando surgió ante nosotros la bocana del puerto de Melilla, las caras de los soldados fue cambiando con expresiones de desconcierto e incertidumbre.
Después de realizar todas las maniobra por los técnicos portuarios desembarcamos no muy ligeros , de echo no teníamos prisa alguna por saber que pasaría ahora o después.

Quien me entieda que me compre

Ayer tenía un día realmente funerario.
Pero....... hoy me he levantado no con más ganas que ayer. Como cada mañana siguiendo el ritual después del toque del despertador he levantado la persiana y la luz del día hoy me ha resultado especial, no sé explicarlo pero hoy me parecía especial. Luego he abierto el correo, también como cada mañana y unas simples palabras escritas todavía han levantado más esa sensación de "felicidad" que ya sentía. " Gracias Joana".
Hay veces que soy muy fácil de contentar y hoy es el día.
La formula Sol y unas frases apropiadas

Quien me entieda que me compre

Ayer tenía un día realmente funerario.
Pero....... hoy me he levantado no con más ganas que ayer. Como cada mañana siguiendo el ritual después del toque del despertador he levantado la persiana y la luz del día hoy me ha resultado especial, no sé explicarlo pero hoy me parecía especial. Luego he abierto el correo, también como cada mañana y unas simples palabras escritas todavía han levantado más esa sensación de "felicidad" que ya sentía. " Gracias Joana".
Hay veces que soy muy fácil de contentar y hoy es el día.
La formula Sol y unas frases apropiadas

Quien me entieda que me compre

Ayer tenía un día realmente funerario.
Pero....... hoy me he levantado no con más ganas que ayer. Como cada mañana siguiendo el ritual después del toque del despertador he levantado la persiana y la luz del día hoy me ha resultado especial, no sé explicarlo pero hoy me parecía especial. Luego he abierto el correo, también como cada mañana y unas simples palabras escritas todavía han levantado más esa sensación de "felicidad" que ya sentía. " Gracias Joana".
Hay veces que soy muy fácil de contentar y hoy es el día.
La formula Sol y unas frases apropiadas

Verticalidad

Verticalidad Alineación marítima

Entre el matrimonio y el ejército

5

La luna de miel no fue muy destacada no sé si por la juventud o bien por estar escasos de dinero, o por qué no, a causa de mi actitud ante ocasiones. El hecho es que aunque no lo pasé mal no tengo un especial recuerdo de aquellos días. Y aclaro no es mal recuerdo.

Pero la realidad se acercaba y el tiempo apremiaba. ¿Por qué?. Pues... ... es sencillo y a la vez complicado, recién casados y además con una criatura que venía de camino. Pero no se acababa ahí la cosa pues en mayo mi menda cumpliendo con el deber patriótico debía partir nada más y nada menos dirección Cádiz y más concretamente en un pueblo agradable y acogedor como es San Fernando. De allí sería trasladado a Melilla “África” para terminar mi instrucción militar, para defender a la patria, que por imperiosas necesidades no podía permitir que un ciudadano honrado, y entonces lo era , pudiera cumplir con la patria cerca de su nueva familia y compaginar el servicio a la patria con una recién inaugurada vida familiar ...

Pues la cuestión es que con las esperanzas de que un gobierno socialista podía
entrar a gobernar una España democrática que después del intento golpe de estado había recogido numerosos simpatizantes. Y el ejército. Del ejército español no tenía ni puñetera idea. Eso sí con esperanzas, de una reforma de los reemplazos, de la situación de los casados que era lo que realmente me importaba y de muchísimos rumores que circulaban por aquella época de estrenada democracia.

Después de rellenar una cantidad de papeles: Certificado de residencia, de pobreza , penales, matrimonio, de convivencia, etc. etc. . Era ridículo ... señor funcionario puede usted hacerme un certificado de que soy pobre... Será un certificado de pobreza ¿no?, pues será!!... contestaba yo... Aunque después pensaba, ¿será lo mismo?...

Con el ejército comenzó toda la movida y la realidad. ... y ... hasta creo que mi futuro.

A causa de mi esqueleto, que me recuerda a veces la radiografía de Don Quijote, tengo una desviación ligera de columna y... como era la única manera de intentar retrasar la entrada en nuestro glorioso ejército, me agarré a un clavo ardiendo y alegué mi desviación, para suerte mía aceptaron a realizarme unas pruebas para comprobar si era o no apto para el servicio. La noticia fue muy bien acogida por parte de las dos familias, bueno de las tres, pues claro yo tenía la misma aunque no sé si con aquel espacio de tiempo era consciente de mi situación. Los mozos estábamos convocados frente a cuartel de intendencia de Barcelona. Con un megáfono en mano un suboficial, lo supe después, iba llamando uno por uno para recoger los papeles de embarque cada cual a su punto de destino. Estaba nervioso, a la hora de recoger el embarque, yo debía alegar incapacidad para el servicio militar . Si ¿Pero luego? ¿qué?... Sería aceptada mi súplica o por el contrario me darían los billetes como al resto de los mozos aptos y tuviese que incorporarme esa tarde o al día siguiente según los trayectos y horarios a filas.

Haciendo cábalas estaba cuándo oí mi nombre, me acerqué a una mesa de madera vieja, como toda la fachada del cuartel. Después de contestar a las preguntas de rutina: Nombre, dirección, etc., escuché las palabras que estaba deseando oír toda la puñetera mañana. Tiene algo que alegar? Me preguntó un soldado con cara de “a ver cuándo se acaba esto”. Pues sí contesté de manera ingenua como esperando una respuesta de broma como.... “y a mí qué me importa” o algo parecido. Pero no, el pobre soldado no creo que estuviese para muchas bromas después de repetir la pregunta unas quinientas o seiscientas veces. Me dijo que esperase en una fila apartada donde otros mozos en la misma situación que yo aguardaban sin saber qué pasaría más tarde y con la incertidumbre de saber si que pasaría cuando acabasen con los últimos mozos y esas preguntas sistemáticas.

Después de unas dos largas horas de espera, y sin más “quintos” que preguntar, nos hicieron formar en fila de a uno y por orden de lista. Fuimos pasando todos, exponiendo cada cual su problema de la forma más exagerada posible, como si aquellos soldados fuesen médicos experimentados. Lo cierto es que se limitaban a escribir las dolencias de forma simplificada, como dolor de espalda, brazo roto, pies planos y así con todos. Por lo cual cuando me tocó a mí disertar mi problema la explicación fue sencilla, dolor de espalda. El soldado me miró con gesto de... ¿me está tomando el pelo? Y es que en este país las cosas funcionan así, si explicas, qué pesado y si eres escueto es que les tomas el pelo. Después de esa mirada de admiración o confusión según se mire, anotó “ dolor de espalda”, me dio un papel diciendo que el lunes por la mañana a las 8 am., como un reloj me presentase en ese mismo cuartel para comenzar el proceso de visitas médicas etc...

Me dirigía al coche con sensación de inseguridad e incertidumbre, pensando qué “leches” harían el lunes con nosotros. Una vez dentro del coche la cosa cambió, aquel habitáculo para mí era como estar en casa protegido de cualquier peligro y mi mente se puso a pensar en ese fin de semana que tenía por delante y no sabría si sería el último de esa primavera que pasase con mi recién inaugurada familia.
Me dirigí directo a Girona con alto grado de satisfacción y con extremas ganas de contar mi pequeña “aventura”. La hora y media que duró el viaje pasó asombrosamente larga, como si a cada kilómetro que recorría le añadiesen otros más, (de hecho en la carretera había una señalización que marcaba más kilómetro que otra posterior, lo cual no sabías si ibas o venías).

Ya en Palafrugell mi estrenada mujer y mis padres saltaban de alegría por el acontecimiento. No era para menos pues mientras otros ya estaban camino de sus respectivos destinos, yo disfrutaba del fin de semana en casita.
Pero como la vida no se detiene y menos por mí, llegó el domingo noche con las despedidas, por si acaso. Regresé a Rubí para pasar esa noche previa a la intrigante presentación.

Entre el matrimonio y el ejército

5

La luna de miel no fue muy destacada no sé si por la juventud o bien por estar escasos de dinero, o por qué no, a causa de mi actitud ante ocasiones. El hecho es que aunque no lo pasé mal no tengo un especial recuerdo de aquellos días. Y aclaro no es mal recuerdo.

Pero la realidad se acercaba y el tiempo apremiaba. ¿Por qué?. Pues... ... es sencillo y a la vez complicado, recién casados y además con una criatura que venía de camino. Pero no se acababa ahí la cosa pues en mayo mi menda cumpliendo con el deber patriótico debía partir nada más y nada menos dirección Cádiz y más concretamente en un pueblo agradable y acogedor como es San Fernando. De allí sería trasladado a Melilla “África” para terminar mi instrucción militar, para defender a la patria, que por imperiosas necesidades no podía permitir que un ciudadano honrado, y entonces lo era , pudiera cumplir con la patria cerca de su nueva familia y compaginar el servicio a la patria con una recién inaugurada vida familiar ...

Pues la cuestión es que con las esperanzas de que un gobierno socialista podía
entrar a gobernar una España democrática que después del intento golpe de estado había recogido numerosos simpatizantes. Y el ejército. Del ejército español no tenía ni puñetera idea. Eso sí con esperanzas, de una reforma de los reemplazos, de la situación de los casados que era lo que realmente me importaba y de muchísimos rumores que circulaban por aquella época de estrenada democracia.

Después de rellenar una cantidad de papeles: Certificado de residencia, de pobreza , penales, matrimonio, de convivencia, etc. etc. . Era ridículo ... señor funcionario puede usted hacerme un certificado de que soy pobre... Será un certificado de pobreza ¿no?, pues será!!... contestaba yo... Aunque después pensaba, ¿será lo mismo?...

Con el ejército comenzó toda la movida y la realidad. ... y ... hasta creo que mi futuro.

A causa de mi esqueleto, que me recuerda a veces la radiografía de Don Quijote, tengo una desviación ligera de columna y... como era la única manera de intentar retrasar la entrada en nuestro glorioso ejército, me agarré a un clavo ardiendo y alegué mi desviación, para suerte mía aceptaron a realizarme unas pruebas para comprobar si era o no apto para el servicio. La noticia fue muy bien acogida por parte de las dos familias, bueno de las tres, pues claro yo tenía la misma aunque no sé si con aquel espacio de tiempo era consciente de mi situación. Los mozos estábamos convocados frente a cuartel de intendencia de Barcelona. Con un megáfono en mano un suboficial, lo supe después, iba llamando uno por uno para recoger los papeles de embarque cada cual a su punto de destino. Estaba nervioso, a la hora de recoger el embarque, yo debía alegar incapacidad para el servicio militar . Si ¿Pero luego? ¿qué?... Sería aceptada mi súplica o por el contrario me darían los billetes como al resto de los mozos aptos y tuviese que incorporarme esa tarde o al día siguiente según los trayectos y horarios a filas.

Haciendo cábalas estaba cuándo oí mi nombre, me acerqué a una mesa de madera vieja, como toda la fachada del cuartel. Después de contestar a las preguntas de rutina: Nombre, dirección, etc., escuché las palabras que estaba deseando oír toda la puñetera mañana. Tiene algo que alegar? Me preguntó un soldado con cara de “a ver cuándo se acaba esto”. Pues sí contesté de manera ingenua como esperando una respuesta de broma como.... “y a mí qué me importa” o algo parecido. Pero no, el pobre soldado no creo que estuviese para muchas bromas después de repetir la pregunta unas quinientas o seiscientas veces. Me dijo que esperase en una fila apartada donde otros mozos en la misma situación que yo aguardaban sin saber qué pasaría más tarde y con la incertidumbre de saber si que pasaría cuando acabasen con los últimos mozos y esas preguntas sistemáticas.

Después de unas dos largas horas de espera, y sin más “quintos” que preguntar, nos hicieron formar en fila de a uno y por orden de lista. Fuimos pasando todos, exponiendo cada cual su problema de la forma más exagerada posible, como si aquellos soldados fuesen médicos experimentados. Lo cierto es que se limitaban a escribir las dolencias de forma simplificada, como dolor de espalda, brazo roto, pies planos y así con todos. Por lo cual cuando me tocó a mí disertar mi problema la explicación fue sencilla, dolor de espalda. El soldado me miró con gesto de... ¿me está tomando el pelo? Y es que en este país las cosas funcionan así, si explicas, qué pesado y si eres escueto es que les tomas el pelo. Después de esa mirada de admiración o confusión según se mire, anotó “ dolor de espalda”, me dio un papel diciendo que el lunes por la mañana a las 8 am., como un reloj me presentase en ese mismo cuartel para comenzar el proceso de visitas médicas etc...

Me dirigía al coche con sensación de inseguridad e incertidumbre, pensando qué “leches” harían el lunes con nosotros. Una vez dentro del coche la cosa cambió, aquel habitáculo para mí era como estar en casa protegido de cualquier peligro y mi mente se puso a pensar en ese fin de semana que tenía por delante y no sabría si sería el último de esa primavera que pasase con mi recién inaugurada familia.
Me dirigí directo a Girona con alto grado de satisfacción y con extremas ganas de contar mi pequeña “aventura”. La hora y media que duró el viaje pasó asombrosamente larga, como si a cada kilómetro que recorría le añadiesen otros más, (de hecho en la carretera había una señalización que marcaba más kilómetro que otra posterior, lo cual no sabías si ibas o venías).

Ya en Palafrugell mi estrenada mujer y mis padres saltaban de alegría por el acontecimiento. No era para menos pues mientras otros ya estaban camino de sus respectivos destinos, yo disfrutaba del fin de semana en casita.
Pero como la vida no se detiene y menos por mí, llegó el domingo noche con las despedidas, por si acaso. Regresé a Rubí para pasar esa noche previa a la intrigante presentación.

Verticalidad

Verticalidad Alineación marítima