Tal y como habíamos planeado el día anterior salimos temprano en busca de los famosos espárragos. Como se trataba también de hacer ejercicio aprovechamos para ir paseando. Anna en su cochecito miraba a todos lados, para ella estar tan cerca del bosque le resultaba una aventura, todo era nuevo y por cualquier cosa quedaba ensimismada y yo con ella. Esa mañana babeé con cada gesto, con cada mueca, con cada grito de admiración de sorpresa inclusive de miedo. Babeé con el viento elevando sus rizos dorados, con su permanente sonrisa, con la chispa de felicidad que denotaban sus redonditos ojos. No me cansaba de mirarla, tampoco de cocerla un poquito más a cada instante. Carolina, después de enseñarla elementalmente como se tenían que buscar los espárragos, comenzó a hacerle gracia, hasta el punto que una vez dentro del bosque resulto difícil sacarla. Mi madre que también le gusta recogerlo, prefirió estar con su nieta. Desde un alto las observaba, abuela y nieta las dos sonrientes y distraídas, sobre todo a mi madre se la veía feliz con su pequeña protegida entre sus brazos. No pude contenerme y tantas emociones recluidas, salieron a flote, y aprovechando el camuflaje campestre di rienda suelta a tanta felicidad, eso sí con los oídos receptivos al 100%, pues me avergonzaba que alguien, Carolina o mi padre, pudiera verme con los ojos llorosos.
35 Charla en familia durante la comida, Anna dormida profundamente y ajena a todo el alboroto que a su alrededor sucedía, sobre todo en nuestra bendita mesa. Tanto mi madre como mi mujer se echaban flores mutuamente,... alguna me caía a mí, No paraban de hablar de lo bonita que era la casa, lo cómoda, la cantidad de cosas que se podían hacer etc. , por mi parte callaba pues en boca cerrada no entran moscas, de todas las formas de una u otra manera a mí, algún trabajo extra me tocaría, ¡seguro! ¿Qué hacemos ahora? Le pregunté a mi padre, esperando que dijese lo que era obvio tenia que decir, vamos a hacer una siesta ¿no? No fueron sus palabras pero casi, casi. Que nos trasladábamos oficialmente era evidente, o sea que después de una suculenta y llenadota comida, ¿que quedaba hacer?... si no, una siesta. Pues dicho y hecho ocupamos la casa como si hubiésemos estado toda la vida en ella viviendo, y con un ¡hasta luego! Cada uno se fue para su habitación, menos mi madre que subió a ver la televisión. Tuvimos bastante con una hora de reposo, así que nos levantamos, atendimos a la niña, que estaba en nuestra habitación, aunque mi madre se había ofrecido a cuidarla mientras descansábamos, pero estas pequeñas cositas comenzaron a ser habituales en Carolina, cosa que a mí me molestaba profundamente. La tarde rebosaba primavera por todos sus poros y ese sol de media tarde invitaba a pasear i descubrir aquella urbanización, nueva para nosotros. Tuve una suerte enorme cuando descubrí que la zona era propicia para los espárragos, y claro no pude resistirme a la tentación de recoger aquellos que crecían a la vera del camino y alguno que otro que estaba más al interior. No pude explayarme a gusto ya que se suponía que íbamos paseando con la niña y no a buscar tan delicioso manjar, pero si recogí los suficientes para que por la noche pudiéramos hacer un revoltijo, para probar nada más. Después de un buen rato de paseo y también de jugueteo, como correspondía a dos adolescentes que éramos, emprendimos el regreso a la torre, entre otras cosas, Anna tenía que merendar y no podíamos perder el tiempo. Era preferible estar en casa o cerca antes que mi minúscula hija diese rienda suelta a sus protestas. Hubo suerte llegamos por los pelos y con el añadido de que mi madre había preparado la comida de Anna. A Carolina solo le restaba cambiarla, pues mi padre me suplico que le dijese donde habíamos encontrado los espárragos y que por favor le acompañara, ¡claro!, soy tan fácil que todos me toman el pelo, y tampoco podía hacerle un feo al jefe donde yo trabajaba, bueno trabajaría, así que , ni cortos ni perezosos cogimos esta vez el coche, después de una cortita despedida a las mujeres, con un montón de explicaciones y nos fuimos a por esos espárragos que tan amablemente nos estaban esperando. ¡Disfrutamos!, ¡ya lo creo!, y para celebrarlo nos acercamos a Palafrugell a tomar una cañita. Cuando llegamos estaba a punto de oscurecer y el estomago pedía algo más que cañas, necesitaba estar al corriente de cómo sabía eso que nosotros apreciábamos tanto y que el no cataba. Tras la cena compuesta de espárragos, cava y otras cosas, acordamos los cuatro, que los cinco, aprovechando el día festivo de mi padre iríamos a coger más. Así acabo la primera noche en la torre. Y mañana será otro día.
A la mañana siguiente comenzó la operación caos, o sea cambio de casa. A primera hora Carolina y mi madre se pusieron a recoger y embalar cosas, así quedaría todo preparado para el momento de la mudanza. Esta, en si misma no tenía una complicación desmesurada, pues hacer una mudanza e instalar y repartir mubles vienen a ser cosas parecidas. Y repartir muebles formaba parte de mi trabajo y más a más tenía la ayuda de mi compañero Carlos. Entre tanto, yo como siempre estaba encargado de dar unos retoques a las principales habitaciones por orden expresa de madre y esposa, que resultaron ser todas. Lo bueno de todo es que aún me extrañe, ¡con lo facilón que soy con las mujeres!, no sé decirlas que no. Nunca aprenderé, por eso me paso los principios de verano pintando pisos , eso de la pintura es una obsesión para mí, es más , cuando me aburro pinto una habitación o dos y cosas parecidas: Como leer, escribir etc., aunque estas últimas menos. Tendré que pensar seriamente en contárselo a mi psicóloga en la próxima consulta, lo de la pintura y lo de las mujeres. Después de una obra de dimensiones tan grandes como la que realizó Miguel Ángel, pero más barata y en menos tiempos, comencé a escabullirme por el pueblo hasta que las señoras acabaron con sus embalajes, pues si no rápido me encontraban trabajo y seguro que no era el más agradable, y lo sé por que tiempo más tarde me sucedió, y para una vez que lo hice bien lo cuento, creo que es muy importante. Terminado su trabajo continué yo con el mío que esta vez consistía en desmontar los muebles y prepararlos para el traslado, de forma que nos fuesen cómodos para manejarlos y al tiempo sufriesen lo menos posible. Lo hice lo más rápido que pude, pues en cierta forma tenía prisa. Quería comenzar el día uno a trabajar pues lo necesitaba como si fuera una droga y yo estaba con el mono del trabajo. En él, desconectaba otra paradoja de la mías. El día uno también nos trasladábamos a la torre, y mi intención era llegar del trabajo y disfrutar de mi familia en casa descansando de un duro día, así lo había soñado en la mili y así quería que sucediese. Mi padre había despejado los repartos para que entre Carlos, un ayudante, que no conocía pues lo contrataron para sustituir la ayuda que yo le hacía antes de irme a la mili, y yo cargáramos y descargáramos los muebles de una casa a otra , y luego ellos continuar con su trabajo y yo montándolos, que era el mío. Sin comerlo ni beberlo el domingo a medio día, cuado mi padre cerraba la tienda para disfrutar su fin de semana, hasta el martes por la mañana, se encontró que estaba todo hecho, hasta el punto que en el piso de Palafrugell no había nada, ni para comer ni para poder dormir, pues todo estaba debidamente dispuesto en la torre nueva. Otra comida de restaurante gratis .
A la mañana siguiente comenzó la operación caos, o sea cambio de casa. A primera hora Carolina y mi madre se pusieron a recoger y embalar cosas, así quedaría todo preparado para el momento de la mudanza. Esta, en si misma no tenía una complicación desmesurada, pues hacer una mudanza e instalar y repartir mubles vienen a ser cosas parecidas. Y repartir muebles formaba parte de mi trabajo y más a más tenía la ayuda de mi compañero Carlos. Entre tanto, yo como siempre estaba encargado de dar unos retoques a las principales habitaciones por orden expresa de madre y esposa, que resultaron ser todas. Lo bueno de todo es que aún me extrañe, ¡con lo facilón que soy con las mujeres!, no sé decirlas que no. Nunca aprenderé, por eso me paso los principios de verano pintando pisos , eso de la pintura es una obsesión para mí, es más , cuando me aburro pinto una habitación o dos y cosas parecidas: Como leer, escribir etc., aunque estas últimas menos. Tendré que pensar seriamente en contárselo a mi psicóloga en la próxima consulta, lo de la pintura y lo de las mujeres. Después de una obra de dimensiones tan grandes como la que realizó Miguel Ángel, pero más barata y en menos tiempos, comencé a escabullirme por el pueblo hasta que las señoras acabaron con sus embalajes, pues si no rápido me encontraban trabajo y seguro que no era el más agradable, y lo sé por que tiempo más tarde me sucedió, y para una vez que lo hice bien lo cuento, creo que es muy importante. Terminado su trabajo continué yo con el mío que esta vez consistía en desmontar los muebles y prepararlos para el traslado, de forma que nos fuesen cómodos para manejarlos y al tiempo sufriesen lo menos posible. Lo hice lo más rápido que pude, pues en cierta forma tenía prisa. Quería comenzar el día uno a trabajar pues lo necesitaba como si fuera una droga y yo estaba con el mono del trabajo. En él, desconectaba otra paradoja de la mías. El día uno también nos trasladábamos a la torre, y mi intención era llegar del trabajo y disfrutar de mi familia en casa descansando de un duro día, así lo había soñado en la mili y así quería que sucediese. Mi padre había despejado los repartos para que entre Carlos, un ayudante, que no conocía pues lo contrataron para sustituir la ayuda que yo le hacía antes de irme a la mili, y yo cargáramos y descargáramos los muebles de una casa a otra , y luego ellos continuar con su trabajo y yo montándolos, que era el mío. Sin comerlo ni beberlo el domingo a medio día, cuado mi padre cerraba la tienda para disfrutar su fin de semana, hasta el martes por la mañana, se encontró que estaba todo hecho, hasta el punto que en el piso de Palafrugell no había nada, ni para comer ni para poder dormir, pues todo estaba debidamente dispuesto en la torre nueva. Otra comida de restaurante gratis .
32 El piso de Palafrugell no era pequeño: Tenía cuatro habitaciones, dos de ellas dobles, un amplio comedor, dos aseos, una cocina respetable, balcón y terraza para colgar la ropa y sobre todo mucha luz. Pero en cierta medida se hacía pequeño para dos familias. Había quedado con mi padre cuando despertase pues quería mostrarme algo que no definió. No madrugué en absoluto, el viaje del día anterior me había dejado para el arrastre, no pude reaccionar cuando a las siete, Carolina atendía a Anna como de costumbre. Desperté como una persona nueva en el paraíso, no podía creer que sin haber puesto aun los pies en el suelo, Carolina entrase en la habitación con un tazón de café con leche en una mano y un croissant en la otra, y Anna que dormía placidamente. En una silla en frente de la cama había dejado ya mi ropa con muda totalmente nueva, o sea limpia y planchada y olorosa, seguro que hasta le ponía suavizante perfumado, que era algo que en la mili se había comentado como algo que debía de ser en algún país extranjero. Desayuné como un rey, aunque era consciente que eso tenía el tiempo contado, lo disfruté, así como una ducha con inagotable agua caliente. Después de una leve charla con Carolina y mi madre, acudí a la cita que tenía con el jefe. Caminaba pensativo, no..., más que pensativo, intrigado. ¿Que se traería entre manos?, creía que sería algo referente al trabajo o alguna cosa parecida. Después de los saludos de rigor y de husmear un poco por el despacho, crucé con mi padre toda la tienda hasta la puerta trasera, que era la que se utilizaba para carga y descarga. Al pasar por el almacén sentí una cierta nostalgia y una sacudida de buenos recuerdos. El coche estaba aparcado junto la puerta, como de costumbre conducía yo, nos dirigíamos a un pequeño pueblo justo al lado de Palafrugell. Por el camino me explicó que un cliente le había hablado de amueblar una casa en una urbanización para alquilar. Habían quedado para tomar medidas del interior y elegir el tipo de muebles vendría bien en cada estancia. Al principio mi padre pensó que el alquiler sería bastante elevado y para no quedarse con la duda le preguntó cuanto pensaba pedir después de amueblarlo. El precio le gustó, pues era parecido al que ya pagaba, siguió indagando hasta que al final le rebajó considerablemente el alquiler pues no tenía que gastar en muebles y cómo no, siempre era mejor alquilarlo a gente conocida, etc. Paramos delante de la casa, era muy bella, plantada en medio de la parcela, pintada de blanco resaltaba sobre el césped que la rodeaba. Una cochera con capacidad para dos coches de tamaño grande con un buen espacio entre ellos, que comunicaba directamente al interior de la casa junto a la entrada principal. La planta baja era la de dormitorios, cuatro también pero todos dobles y un completo cuarto de baño. Justo en el recibidor estaban las escaleras de acceso a la otra planta, donde se ubicaban otro aseo, una enorme cocina, un comedor salón separados por una arco en forma de separación, y dos terrazas, una orientada al norte y la otra al sur creo. Después de visitar la casa detenidamente, mi padre me miraba como buscando el beneplácito para alquilarla. A mí la idea me encantó, pero ¿que opinarían las mujeres?, pronto lo sabríamos pues la hora de cerrar la tienda era próxima y debíamos estar allí. Seguimos nuestra conversación en el bar de Beni y después en casa.
Para cenar, tortilla de patatas ¡que delicia! No es que mi madre sea adivina, no, es que pregunta siempre y a ser posible después de comer, cuando no tienes hambre y además no te apetece nada. Aquel día no tuve problema en decirle que era lo que deseaba, lo tenía más que pensado y si no lo hubiese preguntado ella, se lo habría dicho yo. Hay cosas que solo las hechas en falta cuando no las tienes y para mí una de ellas era después de comer hacer un poco de sobremesa sentado en el sofá, viendo la televisión y charlando un poco de nada, pero en familia. Era la hora de acostarse, preparamos los utensilios nocturnos de Anna y fuimos a la cama. Una noche entera en mi cama y además con mi mujer, casi no lo podía creer, de hecho todo lo sucedido en aquella jornada era prácticamente inverosímil para mí. Tanta gloria no podía ser cierta, y a las tres, sin ningún tipo de compasión Anna desplegó su potente bocina y como si de una tercera imaginaria se tratara me levanté, por puro instinto, una vez situado recordé que Anna no perdonaba y comida es comida, lo de más son historias. Como la experiencia supone un grado, Carolina estaba preparada y en un periquete Anna daba fin a su segunda cena, y nosotros reanudábamos nuestro segundo sueño. Por suerte Anna pronto descubrió que si cenaba más, luego no despertaba y así descansaba mejor. O por lo menos es lo que yo quería pensar. El hecho es que dormía toda la noche como un ángel, un auténtico cielo. No me cansaba de mirarla como tampoco me canso de escribirlo.
Quedé petrificado había pensado infinidad de cosas para cuando se produjera el reencuentro pero nada salió como yo lo había pensado, quedé allá de pie y sin saber que hacer. Estaban a unos treinta metros de distancia, Carolina también se paró, no sé si por que no me distinguía pues para lejos debía de llevar gafas, nunca se las ponía, o porque le ocurrió lo mismo que a mí. Retorné de mi ensimismamiento y andando deprisa me dirigía hacia ellas. Entre tanto un pequeño dilema me creé en décimas de segundos y tenía que solucionarlo al mismo tiempo. ¿A quien de las dos me acerco antes? Si me acerco antes a Carolina que a Anna igual me dice mi mujer que porqué no he cogido antes a la niña, y viceversa. Parece una tontería y de hecho lo es, pero aquel día tenía enorme importancia. Lo resolví por pura suerte, dado que en el momento que ya estaba llegando, Carolina cogió en sus brazos a Anna y pude abrazarlas a las dos juntas que era lo que en realidad yo quería. Ni podía hablar ni tampoco moverme, quedé aferrado a ellas como si pudieran escaparse de nuevo. Cuando pude reponerme un poco y mis palabras aunque entrecortadas se podían oír y entender me fui separando poco a poco. En esos momentos mi madre recogió a Anna y pude abrazar y besar a Carolina como la ocasión se merecía. Después con un cuidado posiblemente exagerado, era novato, levanté a Anna y la observé detenidamente. No tenía nada que ver con la Anna que durante casi cuatro meses me hizo compañía cada vez que abría la puerta de la taquilla. Tenía un pelo dorado precioso, rizado. Había crecido, era más larga de lo que esperaba, y también pesaba más. ¡Que guapa estaba!, ¡que guapa que era! Un día precioso, un parador incomparable, una suave brisa marina que habría mis pulmones y secaba mis lágrimas, una figura a tras luz me refugiaba de un sol de justicia, un único pensamiento. ¡Eres mi hija!, yo soy tu padre, y sé que te querré siempre, sus manitas tiernas, jugueteaban con las mías y una voz que venía del más acá decía: ¡Txiki que tal si vamos a comer! Y todo el encanto se evaporó con la rapidez de un suspiro. Para celebrarlo mi padre propuso de comer en algún restaurante de por allí, como no, aceptamos de inmediato, sobre todo mi madre y Carolina. Por mi parte comer en un restaurante ya me gustaba, pero lo que en realidad quería era comer una tortilla de patatas, Pues mi madre hace las mejores del mundo y no es porque yo lo diga, mi hermano, mi cuñada y mi padre también lo dicen. Claro que no dije nada, ¿Quién quería problemas el primer día de regreso?
28 La chica, desde su asiento, me miraba con cara de ingenuidad pues yo caminaba directo a la oficina con decisión, miró hacia mi padre preguntándole si me conocía o bien era un posible cliente. Mi padre alzó la vista y como quien duda de lo que está viendo. Quedó inmóvil como una estatua, solo le falto frotarse la vista y pellizcarse para comprobar si estaba o no despierto. Nos fundimos en un abrazo, no me soltaba y tampoco hablaba, un nudo me impedía poder dar forma a cualquier sonido que intentase modular. Nos separamos, nos miramos y otra vez nos abrazamos. Necesitábamos sentirnos, había pasado mucho tiempo y nos echábamos en falta. Después de mirarnos, mi padre y yo pudimos comenzar a hablar. Aún no me había dado tiempo de preguntar por nadie, cuando por la puerta de atrás de la oficina apareció mi madre. Conociéndola me preparé para un fuerte abrazo, un abrazo de oso, y no porque mi madre sea grande pero si espachurra. Cuando pude desprenderme de ella comencé con las preguntas de rigor: ¿como van las cosas?, ¿como os encontráis?, etc... Como no, cuando dejé de interesarme por ellos, rápido pregunté por Carolina y Anna. Tenemos que ir a recogerla a Calella de Palafrugell sobre las dos, me contestó mi padre. Aprovechando la circunstancia de mi llegada y que el trabajo no había sido muy fuerte esa mañana, salimos los dos a tomar unas cañas al bar que siempre habíamos ido cuando, después de trabajar y antes de ir a casa parábamos para hablar de las cosas que habían pasado por la mañana o bien por la tarde. Esa costumbre, la cogimos desde el primer día que comencé a trabajar con mi padre. Era un hábito en el cual aparte de unirnos como padre e hijo, por mi parte era como tomar una o dos lecciones diarias tanto de la venta como en la dirección de la tienda. Ya en el bar y saludar a todos los conocidos que en esos momentos estaban allí, comenzamos a hablar de nuestras cosas que eran muchas y variadas. Me contó que Carolina las mañanas que hacía bueno, montaba a Anna en el cochecito y se iba paseando hasta Calella que está a unos tres kilómetros, luego cuando mi padre acababa el trabajo pasaba a recogerlas y las llevaba a casa. Estuvimos hablando de mis hermanos delmono de mi sobrina Merixell que estaba de camino de cumplir un añito y era preciosa y simpatiquísima. (Aún lo es. un beso Meri). Era la hora de cerrar y mi padre se ausento, mientras yo esperaba a que llegase con mi madre. Mientras y para pasar el rato hice una pregunta que en aquella época significaba discusión segura. ¿Como lo ha estado haciendo el gobierno en mi ausencia? Así fue, y estuve entretenido hasta que llegaron mis padres, y así, discutiendo los dejamos cuado nos fuimos a buscar a Carolina. Después de cuatro meses volvía a coger el coche, que sensación más extraña, no solo por coger el coche que de por sí era una agradable emoción, si no también por las calles, habían cambiado todo, las direcciones que antes estaba acostumbrado a seguir las habían cambiado o bien de dirección o la habían hecho peatonal, etc., la cuestión es que tenía la sensación que tendría que volver a conocerme de nuevo el pueblo. Por fin puede salir del pueblo no sin las indicaciones que me fue delatando mi padre. Palafrugell como antes he escrito está a unos tres kilómetros de Calella, unidos por una autovía bastante recta, estaba envuelta de campos de cultivo, estaba precioso pues los colores y sobre todo los olores se podían percibir en todo su esplendor. Dentro del coche era otra cosa pues mis padres no paraban de hablar y sobre todo de hacer preguntas de todo. Entramos en Calella, dada la época del año, baja temporada, no tuve problemas de aparcamiento, y ese pequeño pueblo pesquero parecía casi desierto, quitando a los camareros asomados a las terrazas por falta de clientela y algún que otro turista despistado, que sin saberlo habían cogido la mejor época del año para visitar, no solo Calella o Palafrugell, también toda la costa brava. Si me acuerdo ya hablaré largo y tendido de este idílico lugar, que al menos era entonces pues hace varios años que no voy. Nos acercamos al mirador en el que estaban esperando Carolina y Anna. Primero se acercó mi padre para ver si efectivamente ya estaba, con un movimiento afirmativo de cabeza me adelanté hasta que las tuve en mi campo de visión.
27 A ellos les esperaban sus familiares a mí no. Normal no se lo había dicho a nadie. Me desplacé de la estación de Sants hasta el puerto de Barcelona donde tenían la parada los autobuses que hacían la ruta de Gerona. Por suerte al ser un día de diario no era necesario reservar billetes, solo esperar la hora de salida, que no era poco. Barcelona estaba igual que siempre pensé, pero no, el tiempo pasa y cuando estas fuera te das cuenta de detalles que a diario no le damos importancia. Subí al autobús a la hora prevista, o sea con retraso como siempre. Reposé la cabeza en la ventanilla, con la vista enfocando un horizonte que por el interior de la ciudad no alargaba más del coche que paraba al lado del autobús en los semáforos. Conforme entramos en la autopista el paisaje insultante de primavera me retorno a el porqué estaba yo en aquel autobús. Durante todo el ajetreado viaje no había tenido prácticamente tiempo para reflexionar la importancia de esos momentos que estaba viviendo. De hecho no había digerido para nada que el ejército era historia y que comenzar o mejor seguir con la rutina que a mí me gustaba, era ya posible. Absorto de nuevo en mis pensamientos e hipnotizado por el panorama que se me estaba regalando, la imagen de Carolina y Anna eran intensamente presentes. No veía el momento de poder estrecharlas entre mis brazos y besarlas, besarlas hasta desgastarlas. ¿Anna como estaría de grande?, de hecho la única imagen que tenía de ella era aquella que hacía guardia en la taquilla y que ya estaba prácticamente desgastada de las veces que la había mirado. En unos pocos pero eternos minutos, podría comprobar por mi mismo como sería ahora. Cada noche antes de quedar dormido fantaseaba con tenerla entre mis manos, jugar con ella, cambiarle los pañales, etc., se haría realidad pronto. No cabía en mi cuerpo temblaba desde que pasamos Sant Feliu de G. y eso que quedaba casi media hora para que el autocar llegase a Palafrugell. Un torbellino de recuerdos cuando entrábamos por Palafrugell comenzaron a bombardear mi mente, no podía pararlos se acumulaban y se hacía imposible escoger uno y regocijarme con él. Se detuvo en la estación, el conductor abrió el maletero y descargó las maletas de aquella parada, recogí la mía y mirando al frente quedé parado esperando que mi cuerpo diese la orden oportuna para que mis piernas comenzasen a dirigirse en busca de aquello que durante tantos meses había anhelado. Para llegar al piso pasaba delante de la tienda donde se suponía que estaría mi padre trabajando. No me lo pensé, crucé la acera y entré en la tienda. El corazón palpitaba a revoluciones aceleradas tenía ganas de reír y de llorar al ver a mi padre sentado detrás de su mesa , como siempre llena de papeles aparentemente desordenados y prácticamente también desordenados. Quien primero me vio fue la chica que ocupaba mi puesto y que yo no cocía pues habían cambiado mientras yo no estaba. Aunque no la conociese si que había hablado con ella prácticamente todos los sábados a las cinco de la tarde cuando llamaba a Carolina por teléfono.
26 Por megafonía anuncian la vía y andén donde nos esperaba nuestro tren. Buscar un departamento en el cual nos pudiésemos acomodar a nuestras anchas fue nuestra prioridad una vez subimos. No resultó difícil dado que el tren partía de esa estación y estaban casi todos vacíos. Lo encontramos cerca del vagón restaurante, y no fue por casualidad. Nos instalamos cómodamente, Un espacio para ocho personas estaba tomado por nosotros tres, con la esperanza que fuese así durante la larga noche que nos esperaba. ¿Qué podíamos hacer para pasar el rato?..., pues seguir con las cervezas y las charlas de besugo y risas que no tenían ni ton ni son. Serian sobre las diez cuando decidimos repartirnos los bocatas que habíamos comprado, también acabamos con las existencias líquidas y el movimiento más rítmico que el de la noche anterior comenzó a pasarnos factura. Uno de los compañeros después de venir del escusado nos enseñó una piedra de un tamaño parecido al de los huevos de chocolate con sorpresa. Era gachís, Sin pensarlo ni preguntar comenzó a liarse un porro. Era curioso me había pasado un montón de meses en el paraíso del gachís y no había probado ni uno solo, entre otras cosas porque yo no fumaba más que tabaco y negro. Aquella noche era especial y porqué no, era una ocasión especial y no pensaba desaprovecharla, o sea que entre pitos y flautas cogí lo que se llama un colocón de padre y muy señor mío. No sé si por el cansancio, el alcohol, el porro o todo junto me quede más planchado que un ocho. Estaba profundamente dormido y relajado, cuando un es trepidante ruido me sobresaltó. Dos personas que al grito de ¡Policía! ¡Vamos los tres de pie y cara a la pared!, ¡buscamos comida venga dadnos la y esto se acaba en un periquete! Recién sobresaltado con la cabeza en muchos sitios menos encima de los hombros, provocó que inocente de mí le dijese que en la bolsa quedaba algo de pan y embutidos, (juro que lo hice con toda la buena fe del mundo y mucho menos con animo de burla o cosa parecida). El policía más prepotente que antes se encaró conmigo. haber tú el listillo donde guardas la comida, y no me vengas con la bolsa y el pan. Queremos comida de verdad. Otra vez mi cabeza me pasó una mala pasada pues pensé que igual lo que estaban buscado sería el walkman que había pasado de contrabando e inocente de mí confesé que estaba guardado en mi chaqueta. No se que pensaría pero de tonto no creo pasase. Mientras, el otro policía había encontrado la piedra de gachís que llevaba el compañero. En ese momento si que volví a la realidad y..., comencé a pensar en las consecuencias que podía traer el maldito hallazgo. Paradójicamente después de mirarse la piedra, la lanzó otra vez a la bolsa y se fueron de la misma forma que entraron. Nos quedamos como tres gilis mirándonos sin mediar palabra. Personalmente enseguida me vino a la cabeza un soldado del regimiento que cuando se iba ya para casa licenciado le cogieron en la aduana con una buena cantidad de droga. La suerte que tuvo es que en vez de cumplir condena en el castillo militar lo hizo en el regimiento como corneta y rebajado de armas. Pudo ver muchos reemplazos y vio pasar por la décima batería cantidad de reclutas, suboficiales y mandos. Pero eso siempre era mejor que pasar la mitad de tiempo en una cárcel militar. Gracias que se habían ido los policías. En mi interior quedaba la duda que además de gachís llevase algo más fuerte que el mero chocolate y en cualquier momento volvieran a entrar con peores modales si cabe. Como no fue así hicimos otro porro, así quedaría menos comida si volvíamos a tener visitas. Con ese cigarro quedé dormido hasta la llegada a la estación de Sants. Donde con más gusto que penas me despedí de aquellos compañeros que aunque por poco rato no podré olvidarlos a causa del susto que me llevé.
Aunque el tren no saldría hasta por la tarde preferíamos estar cerca de la estación. Sabíamos que de ahí no se movería pero era igual tampoco estábamos como para hacer una visita turística. Como tiempo nos sobraba fuimos buscando un bar que diesen comidas lo más barato posibles. Pasamos por delante de un cuchitril y nos paramos ipso facto a causa de un olor que alimentaba por sí solo y que no nos dejó indiferentes. Este era nuestro bar, no sabíamos el precio pero si como olía la comida. Entramos a tomar unas cervezas mientras esperábamos que abriesen el comedor. Si lo que estaban cocinando olía bien las tapas que ponían con la consumición sabían mejor. Las cervezas iban cayendo, no sé si por sed o bien por hambre, llegó la hora esperada y cuando fuimos acabando las bebidas pasamos en busca de una mesa, pues como por arte de magia el comedor se había llenado de trabajadores. ¡Como comimos! Eso si era un manjar, unas patatas guisadas con carné, en estos momentos las estoy viendo, ¡si no es por que acabo de desayunar, haría unas!. Después de un segundo plato, postre y un buen café nos acercamos otra vez a la estación en busca de un banco en condiciones donde reposar el estómago. Una tarde preciosa de primavera nos relajó al extremo de perder la realidad por unos minutos y buscar entre las nubes y los jardines verdes, aquellas fantasías que cada uno llevaba dentro. El rato que nos quedaba para montarnos en el tren pasó con bastante agilidad. Pasamos el rato agenciándonos con provisiones para la noche y vaciar de cervezas el bar de la estación.
Aunque el tren no saldría hasta por la tarde preferíamos estar cerca de la estación. Sabíamos que de ahí no se movería pero era igual tampoco estábamos como para hacer una visita turística. Como tiempo nos sobraba fuimos buscando un bar que diesen comidas lo más barato posibles. Pasamos por delante de un cuchitril y nos paramos ipso facto a causa de un olor que alimentaba por sí solo y que no nos dejó indiferentes. Este era nuestro bar, no sabíamos el precio pero si como olía la comida. Entramos a tomar unas cervezas mientras esperábamos que abriesen el comedor. Si lo que estaban cocinando olía bien las tapas que ponían con la consumición sabían mejor. Las cervezas iban cayendo, no sé si por sed o bien por hambre, llegó la hora esperada y cuando fuimos acabando las bebidas pasamos en busca de una mesa, pues como por arte de magia el comedor se había llenado de trabajadores. ¡Como comimos! Eso si era un manjar, unas patatas guisadas con carné, en estos momentos las estoy viendo, ¡si no es por que acabo de desayunar, haría unas!. Después de un segundo plato, postre y un buen café nos acercamos otra vez a la estación en busca de un banco en condiciones donde reposar el estómago. Una tarde preciosa de primavera nos relajó al extremo de perder la realidad por unos minutos y buscar entre las nubes y los jardines verdes, aquellas fantasías que cada uno llevaba dentro. El rato que nos quedaba para montarnos en el tren pasó con bastante agilidad. Pasamos el rato agenciándonos con provisiones para la noche y vaciar de cervezas el bar de la estación.
22 El hecho es que desde ese preciso momento en el que me dijo que por la tarde vendrían los papeles de libertad, estaba rebajado de todo, hasta de la ropa militar. Ni lo dudé levanté la mano en forma de saludo y directo a la ducha. De allí a la taquilla a desenvolver la ropa de paisano que la tenía dentro de una bolsa de basura industrial, para que se ensuciase y arrugase lo menos posible. Que gozada esto me recuerda a un anuncio de productos para adelgazar, mi talla era la misma, aunque no me sorprendió en absoluto pues creo que siempre he llevado la misma talla, y no es por dar envidias a nadie. Con la ropa de civil todo se veía diferente hasta el hogar del soldado en el cual y sin tener que esperar a las horas de descanso, me tomé la mejor cerveza que había tomado desde el año pasado antes de incorporarme a la mili. No tenía prisa, sabía que el barco no salía hasta la noche o sea que me senté tranquilamente en una mesa con vistas a la cocina, donde mis compañeros en esos momentos debían ir como locos, pues yo me encargaba solo del segundo plato y seguro que me sustituiría Pinto, que para eso también estaba. No me importaba, me estaba dando el gustazo de tomarme la cerveza tranquilamente viendo como el resto, o, estaba en el cuerpo de guardia esperando la hora del relevo, o dándose barridazos contra el suelo a la voz de uno de eso pobre oficiales que comprendían a los soldados o de cuarteleros de puerta. No me gustaba lo que veía, pero tampoco me importaba. Sabía que ellos lo tenían que hacer tanto sí como no, y yo no, por eso disfrutaba sin remordimientos cada sorbo de esa maravillosa cerveza, primera en libertad. Lo malo es que hasta una cerveza se acaba y aquella lo hizo más rápido de lo esperado. Miré el reloj para saber cuanto faltaba para el descanso de la comida y como aún quedaba decidí pasear, total que otra cosa podía hacer si no tomar cervezas o pasear. Podía haber pedido un pase para bajar como civil a melilla, pero entre que tenía el dinero justo y que la caminada tampoco era de mi agrado, sobre todo el regreso, todo hacia arriba, no lo pedí. La calle principal estaba vacía así que me dirigí a la siguiente que era donde estaba mi batería, me acerqué otra vez a la camareta por pasar el rato. Abrí la taquilla varias veces comprobando siempre que no dejase nada que yo quisiese, lo mismo hacía con la bolsa de viaje que me dejó pinto. Como no había más que dos calles en ese destacamento volví a la principal. Allá estaba el comedor y mis compañeros, aunque quería entrar una sensación extraña me impedía abrir la puerta con normalidad. Me sentía culpable, y no por la cerveza que me había tomado. No, me sentía culpable por irme y dejarlos trabajando, obedeciendo órdenes y aguantando cabronadas, me sentía al tiempo impotente ante esa injusticia que era para mí el servicio militar obligatorio. Como tomando aire aceleré el paso, crucé el comedor, que por cierto estaba vacío y me adentré jovial en la cocina. Las bromas típicas, tanto sobre la ropa y otras tantas tonterías que aunque no las recuerdo, aún noto esa sensación de alegría, tristeza y también de protagonismo. Me quedé con ellos hasta que la comida como siempre a su hora estuvo lista, pero no les esperé a comer pues la noticia me había llegado a la hora del bocadillo y mi estómago no estaba para solidaridades. Después de una buena comida servida por mi mismo y algo diferente a la del resto de la tropa, me acerqué al hogar para disfrutar de un café y después y para no perder la costumbre una gratificante siesta. Serían sobre las siete de la tarde cuando el cabo enlace llegó con los papeles a por mí.
21 Pinto , el ranchero mayor y nuevo amigo de penurias, y yo, por las tardes nos sentábamos al borde de un antiguo refugio de ametralladoras antiaéreas y oteábamos el horizonte, haber si teníamos la suerte de ver tierra, y después gritar( la peny he visto la peny)... . Pero nunca se dio el caso y mientras hablábamos de todo un poco y de nada en concreto. Nuestra compañera , una botella de vermouth, ayudaba a que nuestras fantasías y anhelos se recreasen en absurdas formas como la esperanza de unos papeles de traslado o qué caray! los definitivos, soñábamos y no evadíamos de aquella también absurda realidad. Pinto también estaba casado pero sin hijos, de todas forma existía una complicidad al compartir emociones y situaciones comunes. El sol poco a poco retiraba su luz y con ella nuestro rato de relax. Era entonces cuando nos levantábamos sin prisa alguna y con la misma tranquilidad nos acercábamos a la cocina y como dos atracadores dábamos cuenta de lo bueno de las cámaras. Al tiempo hacíamos compañía al ranchero de guardia en ocasiones echábamos una mano y así entre tres, la comida y la charla se podía trasladar hasta las tantas de la noche y ya con el cuerpo cansado y anestesiado nos retirábamos a nuestras respectivas camaretas y conciliábamos el sueño en un cerrar de ojos. Por las mañanas las expectativas se veían de diferente forma que la noche anterior y nos arrepentíamos de corazón de nuestras aventuras o desventuras. Pasaron días , semanas y algunos meses... ,hasta que una mañana serían las diez o las once cuando un compañero dando saltos más que corriendo entró en la cocina me dijo que el teniente quería verme. ¿Pero que te pasa? , asombrado le pregunté, pues en esos precisos momentos en lo único que podía pensar era en el segundo plato que era mi responsabilidad. ¡Que te vas! que tus papeles dicen que están abajo en el regimiento. De momento el teniente quiere verte y eso es buena señal. Nunca desobedecía las ordenes y tal lo oído menos aún. Me faltó tiempo para ir en busca del famoso teniente. Después de dejar el mandil me giré y estaba allí, quiero decir que no fui yo si no que el propio oficial vino a mí. Era el mismo teniente que me colocó en cocina y por eso seguro que se adelantó para demostrar su humanidad delante del resto de mis compañeros. Le saludé muy militarmente , como siempre, respondió al saludo de una forma desenfadad e incluso amistosa. De pie delante del teniente solo esperaba que dijese que me podía ir, lo demás no me importaba para nada. Aguanté un pequeño discurso sobre como el ejercito resalta los valores más importantes del hombre, y que el trabajo de los mandos era duro y difícil pues aunque entendían las inquietudes de los soldados, ellos debían obedecer ordenes y eso no era tan fácil como nosotros podíamos pensar... . aguanté esa charla de moral y otras paridas que no vienen a cuento, con valiente estoicidad digna de un soldado del gran ejercito español. (Omito varias frases mal sonantes que pueden herir la sensibilidad de los lectores, referente a que yo pensaba del ejercito español).
20 Uno de los acontecimientos que esperaba con ansia toda la tropa era el correo. En esos momentos parecíamos conejos cuando se reparte el pienso, todos expectantes a cuanta comida tocaríamos o bien si nos quedábamos sin comer. Mi teoría era que la alegría se acrecentaba proporcionalmente con la cantidad de cartas que se recibían y claro también la frecuencia . El correo venía normalmente a medio día, eso significaba que cuando la tropa paraba de sus que haberes cotidianos y repetitivos para reponer fuerzas con la comida, la primera visita obligada era pararse en la mesa del cuartelero de puerta donde las cartas quedaban custodiadas al la espera de un destinatario siempre ansiosos tanto de noticias como de sentimientos . Como yo no era una excepción. A esa hora era cuando más trabajo tenía. Carecía de importancia pues rápidamente y a través de radio macuto sabía si tenía o no correspondencia. Uno de esos días alguien, podía ser cualquiera me anunciaron que tenía carta. Mi primera reacción era la de salir corriendo para recogerlo, pero no lo hice así y aunque por dentro tenía unas ganas mortales de ir en su búsqueda, preferí esperar a que fuese yo quien tuviese el merecido descanso para saborear, o no, de su interior. Tardé casi un mes en recibir un correo de Carolina junto con una foto de la niña, aunque la carta no era larga por llamarla de algún modo la foto llenaba cualquier carencia. Al recibir las cartas por lo general todos nos sentábamos en la camareta, como si de cabinas separadas se tratase y como si en ellas buscásemos el refugio para poder digerir con dignidad, de la poca que nos quedaba , cualquier tipo de noticias fueran buenas o malas. Tras unos minutos de un silencio asombroso solo roto por el asfixiado de turno que al no recibir carta intentaba romper esos mágicos y dolorosos momentos. Mágicos momentos, antes de abrir el correo, pues quedaba el juego de observarlas , rotarlas, incluso olerlas , después de ese inocente juego llegaba el momento del dolor. Abrirlas era estremecedor pensando si el contenido podía ser bueno o malo. La respuesta estaba, cercana después quedaba el gusto o por el contrario el mal gusto. Aquella tarde mientras miraba el retrato la alegría era desbordante igual que la pena, paradojas de esas a las que estoy acostumbrado. Después de remover el archivo de imágenes nítidas que quedaban en mi cerebro decidí colocar la foto en sitio bien visible y autorizado de la taquilla . A partir de ese día cada vez que me cambiaba veía esa foto de 13x 9cm.. Aún la recuerdo dentro de la bañera... . fue mi refugio a los momentos malos, solo mirarla una sonrisa florecía en mi rostro y las penas eran menos. Cuando la asfixia se apoderaba de ti , el tiempo se paralizaba y por más que deseases que pasase tenias la sensación totalmente contraria, como si el licenciamiento fuese inalcanzable y el transcurrido no contase para nada. La famosa asfixia no era buena amiga y quien más quien menos allá todos quedamos atrapados alguna vez entre sus brazos.
19 Nos trasladaron en un camión a los dos o tres días de haberme reincorporado. El destacamento al que tenia un cierto rechazo, sin conocerlo siquiera , estaba ocupado por unos trescientos soldados , que durante el día intentaban hacer aunque solo fuera una vez, un blanco a una canasta que era arrastrada por un avión de transporte del tipo hércules. Jamás durante el tiempo que permanecí hicieron un solo blanco y eso que el hércules es un avión lento... Pues cuando nos atacaban aviones a reacción los radares y el soldado que estaba sentado y encargado de utilizar la ametralladora antiaérea no paraba de dar vuelta en busca de un blanco que ni el radar era capaz de seguir con esos aparatos. Se comentaba que hacia uno o dos años un artillero hizo blanco y a todo el destacamento , además de la comida de lujo les dieron fiesta todo el día, con paseo incluido nada más comer, al artillero que acertó (yo creo que fue casualidad y se equivocó, por eso dio en el blanco) le dieron un mes de permiso, que era la mejor recompensa que se podía dar a un soldado al menos por aquellos tiempos. Al segundo día de estar en mi nuevo hogar, me colocaron en la unidad de radar, pero la suerte había cambiado para mí , la misma mañana de mi estreno con un radar, un soldado con ordenes de un teniente del cual ni me acuerdo como se llamaba y la verdad ahora tampoco voy a intentar recordar. Dicho teniente era amigo del señor de Melilla que yo conocía y él me había recomendado como persona seria y responsable.( Constancia quede de que el buen señor no mentía). Después de mi riguroso saludo militar, el teniente con la mano apoyada en mi hombro, como si hiciera tiempo que nos conociésemos, me comentó lo que he dicho antes y se ofreció a ayudarme si estaba de su mano. Yo ni corto ni perezoso le comenté mi estado de casado con hija y que la verdadera ayuda era si podía agilizar los trámites para mi licenciamiento y si también era posible cuando quedase una plaza libre en cocina, por el dinero, podía trasladarme a ese puesto de trabajo. Aquella misma tarde mi suboficial me comunicó que a la mañana siguiente me incorporase a cocina, ordenes del teniente. Cocina tenía sus ventajas e inconvenientes, aunque yo personalmente siempre le encontré más incentivo que estar como simple soldado o en oficinas aguantando los caprichos de oficiales y suboficiales. Además de poderte llevar un paquete en oficinas por una metedura de pata incluso de algún mando , y( como el ejercito es el ejercito) alguien tenia que cargárselas. Como soldado otro tanto de lo mismo, guardias, retenes, patrullas, marchas de cuarenta kilómetros, maniobras cada día con las piezas y otras cosa como pintar etc..., no me apetecía nada. En cambio en cocina; que tampoco se podía calificar de un puesto excepcional pero...; Aparte de tener que levantarte a las cinco de la mañana para preparar los desayunos o no poder salir de paseo los días que tenías guardia de cocina o trabajar de lunes a viernes de siete a cinco. Al contrario como antes dije, al estar rebajado de rancho cobraba algo más que el resto de la tropa y eso me permitía tener más de autonomía a la hora de mis gastos. Por otro lado la comida la tenía asegurada y además de la buena, que eso era primordial, pues aparte de recibir ordenes todo el día solo quedaba, comer y beber y cuanto más mejor. Eso estaba asegurado .Otra de las ventajas que le encontré al nuevo destino era la libertad que se tenia dentro del trabajo, siempre y cuando todo saliese bien y a la hora. Haciendo tu trabajo parecía más la vida civil, que la militar, claro siempre con las reservas que separaban una de otra, pero sí, era lo que más se parecía. También estábamos rebajados de diana y retreta. Al suboficial de cocina solo se le veía media hora por la mañana y alguna vez se acercaban a la hora del rancho para dar su visto bueno, El oficial responsable, no se acercaba ni al rancho ; a menos que hubiese una revista del destacamento. Entonces la cosa cambiaba radicalmente, no solo en cocina también en el resto del destacamento. En esos días previos el movimiento era trepidante, me recordaba el día de mi boda, todos para arriba, todos para abajo, pero... no. Estábamos en el ejercito y en esas ocasiones todavía era mayor el desorden que en mi familia. Como; para pintar ,arreglar las calles, lavar la cara al interior de la batería, engrasar y desengrasar las armas para pasar la revista correspondiente etc... . Se necesitaba más personal del que... en aquel pequeño destacamento podíamos ofrecer. En aquellas circunstancias las soluciones que tiene y por ello dispone el ejercito es doblar el número de horas para acabar las obras. ¿cómo se hace?..., es muy sencillo, una pequeña arruga en las sábanas supone uno o dos días de arresto en batería y claro como estás arrestado has de obedecer las ordenes y ; pintar, arreglar, engrasar y desengrasar. Eres un preso. El primer día de aquel loco movimiento, cuando regresé de mi turno de cocina, con la intención de descansar un rato en mi camareta para desconectar, como solía hacer cada día, tuve la sorpresa que yo también estaba arrestado. ¡pero si no había estado en todo el día!. Aproveché mis influencias! como cocinero, me dirigí primero a mi amigo el ranchero mayor y luego a mi suboficial de batería. No puede arrestarme señor; Estoy arrestado ya en cocina y dentro de dos horas vuelvo al trabajo hasta que acabemos con los preparativos del banquete y la limpieza correspondiente, le dije. Su expresión era más o menos la que me esperaba de mucha mala leche, pero... las prioridades eran las prioridades, y el comandante del destacamento si de algo presumía con los suyos era de la cocina y precisamente el banquete era en honor del capitán general de Melilla junto con todos los secuaces de la máxima graduación. Contra semejante peso un simple sargento e incluso un oficial, eran palabras mayores , todas escritas en mayúsculas. Estos tipos de mentiras eran frecuentes en cocina, sobretodo cuando de acuerdo con la cantina nos reuníamos para cenar, claro está con nuestros respectivos suboficiales. Curiosamente en esos eventos la casualidad hacía que ninguno de nosotros tuviera servicio alguno. Esos eran prácticamente los únicos momentos buenos, en los que al menos durante un par de horas nos trasladábamos a otro plano de una realidad ficticia pero que muy reconfortable. La amnesia era prácticamente total y se respiraba cierta libertad y sobretodo era totalmente eficaz en el momento de querer dormir, aunque el despertar fuera algo doloroso. Pasados esos días de locura colectiva y de una revista que ni siquiera se podía catalogar de vistazo, todo volvía a la normalidad, junto con las felicitaciones de rigor para aumentar el buen espíritu de la tropa, La cual mirábamos con cierto escepticismo. Del orgullo que hablaba antes respecto a la cocina , era bastante lógico pues con toda sinceridad las comidas eran de una calidad y preparación más que aceptables, y no porque yo esté incluido, era superior. Como ejemplo diré en mi (nuestro) favor que los famosos boquerones los rebozábamos sin espinas. Casi nada para el ejercito.
Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta. En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado con tanto amor. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.
La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.
Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único trabajo que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.
Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.
Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.
Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. Repuesto de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro Txiki- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .
Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos. -¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.
Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta. En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado con tanto amor. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.
La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.
Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único trabajo que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.
Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.
Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.
Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. Repuesto de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro Txiki- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .
Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos. -¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.