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Se muestran los artículos pertenecientes al tema El día que perdí el Futuro. Notas del autor...Que soy yoCuando comencé a escribir mi relato, mis pretensiones eran muy diferentes de las que en la actualidad me motivan. Un año y medio que más o menos hace que tuve la necesidad de coger un papel y un lápiz y escribir lo que en aquellos momentos me pasaba y necesitaba plasmarlo para más adelante recordar los hechos con detalle. De esa libreta pasé a escribir un relato más extendido y para ello quise contar un poco mi vida, siempre rellanada con fantasía, pues la verdad sólo es de cada uno e igual los demás no lo entenderían. Las primeras letras me costaron un poco, pero conforme fue cogiendo forma mi idea, me fui enganchando, drogándome sanamente en cada frase. Para este último capítulo he tardado unos seis meses en verlo claro. Creo que ha llegado la hora de terminar esta historia, pues el resto podría componerse mejor en una trilogía, corta pero necesaria por el cambio que cada época supuso para mí. Quiero tratar temas que no son nada frívolos, vistos desde la recuperación y un optimismo algo negativo. Nunca he escrito este relato para los demás y me atrevería a decir que ni si quiera para mí. No niego que lo he necesitado, me he aprovechado de él, me he desquitado. Pero siempre con el máximo respeto de las personas mencionadas, que eran “ficticias”, y ocultando cosas que no venían a cuento. Para eso es mi relato, como siempre me he dicho. Agradezco a todos esos lectores que me han seguido, unos en el anonimato y otros con sus comentarios. Con unos días de paciencia volveréis a encontrar la segunda parte de esta historia que hoy decido finalizar. Gracias. Ser felices Txiki Despedida y cierre54 Cuando las cosas van bien como realmente iban, viene alguien y “lo jode”… Las jornadas no solo se alargaban, si no que también comenzaba a tener problemas con la mafia hostelera de Palamos que me denunciaron continuamente incluso teniendo el bar cerrado. Debía de ser triste comenzar a trabajar cuando yo cerraba… Trampeando problemas y cansancio llegó el verano, con él todo lo que conllevaba y fue cuando conocí a una amiga. Una amiga que convivió conmigo durante casi cuatro años y no me dejó por cierto un buen recuerdo, y es que quizás tengo mal ojo y no sé elegir bien. He de certificar que con esta relación fui yo totalmente culpable e irresponsable. El nombre de esta “amiga” es bastante común, por desgracia, en estos días. Su nombre y apellidos eran Coc-Aina. Creo que ese fue el día que perdí mi futuro… Billar53. Me hice con las reglas federativas de billar americano, como por acá se le denomina. Comenzó una etapa de campeonatos que resultó un éxito increíble y las partidas no paraban, así como los ingresos que producían. Tuve que aprender a tapizar el billar pues a causa del desgaste cada mes y medio había que cambiarlo. Cada vez que hacía el cambio también lo era el color de la tela, más que nada para que la gente se diese cuenta del cambio. Mantener el billar bien nivelado y cuidado era primordial para la propaganda, boca a boca. Aprovechando la fiebre me preocupé de vender también los palos y a demás también alquilaba casillas para guardarlos. Los casilleros me los construí yo mismo, pues los que estaban en el mercado me resultaban caros y como para hacer “paridas” soy el mejor… Entre campeonatos y entrenamientos el bar cada día se llenaba más y cada vez cerraba más tarde. Si por un lado era bueno, por el otro, el cansancio físico y mental comenzaba a hacerse notar. Los lunes, mi día de descanso, los aprovechaba al cien por cien. Intentaba dormir el mayor tiempo posible, pues cuando comenzase la semana era consciente que no tendría ese privilegio. Desconectaba el teléfono e intentaba moverme lo menos posible, en eso los videos ayudaban mucho. La situación no solo se mantuvo si no que fue en auge. Pensamos contratar más gente, pero los beneficios se iban a ir entre seguro sueldos y demás. La solución fue el cambio de nuestros horarios. Mis padres habrían el bar y yo lo cerraba, era como lo estábamos haciendo, la diferencia es que yo no madrugaba y comenzaba a trabajar sobre las once, aunque si lo dejaba barrido y fregado. El cambio fue notable, aunque no definitivo. ...Un poco más de lo mismo...52 Fue un autentico mes de vacaciones, cada noche dormíamos en un pueblo o ciudad diferente. Un mes por aquellas maravillosas tierras pasa muy pero que muy rápido y como todos los meses pasó, sin pena pero sí con gloria. Después de unas sabrosas vacaciones el trabajo de nuevo nos reclamaba, a sí como los proveedores, el banco, seguridad social, hacienda, etc. Es curioso como nos auto engañamos cuando hemos de volver al trabajo, entre otros dichos está ese de que… ya me aburría, o… ya echaba de menos el trabajo etc. Todo mentira. Pero eso si, piadosa. Con todo y con eso se vuelve al trabajo con cara de buen humor y con un humor de perros, pero como la profesión se lleva por dentro a las nueve en punto los bares estaban abiertos, con genero y a punto de revista. Y como de costumbre los primeros cafés del día, los almuerzos, comidas, meriendas y cenas fueron la tónica de los meses siguientes. Igual que la relación con Carolina, total indiferencia y sin poder estar con mi hija. Es cierto que no solo el dinero te da la felicidad, pues, si los bares funcionaban mejor incluso de lo que podíamos haber previsto yo siempre sentía un vacío que no me permitía llevar una vida normal, ya que si los problema causados por el trabajo se resolvían con más o menos dificultad, pero… cuando los problemas los tienes metidos entre el corazón y la cabeza las cosa cambian y las soluciones ni si quiera las razonas lucidamente. Existían momentos, muy tristes, en los cuales me sentía inútil como padre e incluso hasta me arrepentía de serlo,… o no. Claro que pasado el proceso anímico, donde dije digo, digo Diego y todo volvía la esa normalidad entre comillas. Llegaron otras navidades, pero esta vez sin Anna. Me encargué de que los Reyes magos y Papa Noel entregasen sus regalos en el lugar y fecha convenidos, o sea en mi casa, más que nada por si un milagro hacía algunos cambios y nos podíamos reunir. Aunque siempre te queda algo de esperanza, en esa ocasión no fue así y aunque las pasé rodeado de la familia y amigos, siempre quedaba un vacío que me recordaba la crueldad de la vida. No fue mucho antes de Semana Santa cuando por favor de otra sentencia nueva, volví a estar con mi hija, poder cogerle la mano, darle muchos besos, jugar con ella, prepararle las comidas, acostarla y explicarle un cuento. De la misma manera que después de la tormenta sale el sol, era providencial como cambiaba mi estado de ánimo cuando mi pequeña estaba al lado. Recibió todos sus juguetes con tanta ilusión como si fuera el día de Reyes. Pasó todo el fin de semana jugando y peinando sus muñecas. No dejaba de mirarla y observarla, la veía feliz y tranquila, como si no nos hubiésemos separado ni un solo día y la vida no fuese capaz de tapar y de dejar al descubierto esas largas temporadas de ausencia y oscuridad. El único consuelo que me quedaba era que Anna crecía sana y fuerte, el colegio lo llevaba bien, y aparentemente estas idas y venidas, no parecían afectarle en demasía, aunque mi corazón crujía cada vez que llegaba el momento de la separación. Ha sido una situación a la que nunca me he podido acostumbrar. Aún y ahora siembre me despido con un “hasta luego” decir adiós me resultan palabras mayores. Con aparente armonía, (siempre con el miedo metido en el cuerpo), hicimos frente a otra Semana Santa. La Semana Santa para nosotros era una semana muy especial, comenzaba la temporada y nos servía para hace r una pequeña valoración previa de cara al ansiado y detestado verano. Era como un partido de entrenamiento, en el cual volvías a recordar tus carencias de todo un largo y monótono otoño. Tomábamos notas y al tiempo recogíamos nuevas ideas para aprovechar la temporada de vacaciones con los mayores beneficios posibles. Las cosas marchaban a las mil maravillas y la fiebre “del billar” iba en aumento, por suerte para nosotros. De recaudar una vez por semana a tener que hacerlo cada día nos hizo reflexionar sobre como sacarle partido a esa situación extraordinaria. Vacaciones51 En broma pero casi en serio decíamos que era un viaje de negocios pues visitábamos los más pintorescos restaurantes, recorríamos los mercados para ver sus productos, las panaderías para probar los diferentes productos que ofrecían a los gallegos de a pie, nos colábamos en los bares de las periferias y de el centro, para poder comparar comprender y conocer las diferentes tapas en las diferentes ubicaciones de Galicia entera. Por aquel entonces disponía de un buen estómago capaz de digerir aquellos manjares y sus acompañantes líquidos. Creo que Galicia debe de estar orgullosa de ser la capital mundial de ácido úrico y el colesterol y espero que así lo siga siendo pues no renuncio a hacer en otra ocasión una visita al centro de la corrupción gastromedicinal. He de decir que todas aquellas “mariconadas” que me servían estaban deliciosas, desde las quisquillas, las ostras de Vigo, el caldo de Ourense, los percebes de A Coruña y los potajes de legumbres que te ofrecían junto con las carnes por doquiera que fueses y degustases. Confieso que de Galicia me gusta hasta los andares, como dicen del cerdo, y es que no tiene desperdicio ni un milímetro de sus tierras ni sus gentes. Sigo sin mirar ni un mapa, pues no me apetece. Comenzamos entrando por Orense. “antigua y moderna Ourense”. Allí al poco de entrar por la carretera que venia de Ponferrada, nos paramos en un restaurante-mirador sobre un lago-rió que ni sé como se llama ni lo voy a buscar ahora, pero que si miramos un mapa de carreteras de aquella época seguro que os documentáis bien. Después de un suculento caldo gallego nos fuimos a la ciudad de las ostras, como yo la llamo, Vigo (en gallego Vigo). Que puedo decir de esa ciudad que no sea la exclamación de “¡ostras!” y… que buenas que estaban. Soy muy malo para los nombres, pero me acuerdo perfectamente de las paradas de piedra repletas de ostras de todos los tamaños y precios, de los bares que alternaban su cerveza y sus tapas con los platos exquisitos que las señoras de las paradas tan amablemente te servían en las mesas de los mismos. En un deambular de berberechos, quisquillas, cigalas, gambas y demás corrimos las rías, visitamos bodegas de ribeiro, albariños, trabajo que aunque no lo parezca puede ser agotador. Fuimos a parar en A Coruña (en gallego A Coruña), para probar levemente sus percebes. Por el interior llegamos a Asturias no sin antes probar los potajes que tan amablemente nos ofrecieron por aquellas aldeas gallegas. Nuestros objetivos vacacionales para Asturias eran diferentes que los que habíamos disfrutado en Galicia. El campamento base lo establecimos en Gijón, desde allí nos movimos en las diferentes excursiones por la zona. Primero por los picos de Europa, menudos paisajes y menudos quesos. Otro día nos fuimos de visita a la bodega que nos proveía de sidra. Nos sacaron jamos, quesos, pan y con la espicha tomamos sidra como siempre debería tomarse. Que puedo decir más, quedamos alegremente satisfechos. También fuimos a la caza de las fabes y como no a probarlas y disfrutarlas. Nuestro gastronómico viaje nos llevó hasta unas sardinas asadas en el puerto de Santander. Sabían a gloria, a demás ya estaba cansado de tanto marisco, carnes, potajes… Ahora le tocaba el turno al pescado. Se acababan las vacaciones y el coche olía que alimentaba, pues entre quesos, chorizos, judías, sidra… hasta pan llevábamos. Lo bueno termino. Más cambios50 Aquellas navidades incluso Carolina respeto las vacaciones y puede disfrutarla los días que me correspondían. La lastima fue que la noche de reyes no pude nunca más pasarla con ella, y eso si es una espina clavada de por vida. Todo iba a pedir de boca, los dos restaurantes ya se autofinanciaban solos, yo veía regularmente a mi hija y volvía a ser una persona casi feliz. Como en el bar de arriba para el invierno prácticamente no utilizábamos el comedor decidimos comprar un billar americano, Teníamos un instituto cerca y el billar estaba de moda. Fue una gran compra, en dos meses ya habíamos recaudado su importe y cada vez venía más gente para jugar. Para que fuese más rotativo y todo el mundo pudiese jugar, conforme llegaban ponían el dinero en el marco del billar, concretamente 100pesetas y eso marcaba el turno de juego. Algunas noches tenía que cerrar y sobre la mesa quedaban bastantes monedas esperando. No era fácil convencer al personal pero... Corría ya el año noventa cuando se nos ofreció otro bar también en zona céntrica y a un precio muy apetecible. Discutimos los tres la posibilidad de quedarnos lo, planeamos como podíamos llevarlo, que personal necesitaríamos, y como queríamos enfocarlo. Aunque el bar pequeño disfrutaba de una variedad de tapas considerables, la cocina que tenía era pequeña, una plancha con hornillo, eso limitaba bastante. ¿Quien dijo miedo?... La cuestión es que después de unos números casi innecesarios nos quedamos con otro local, ya eran tres. Más trabajo, más problemas, más empleados y menos tiempo para disfrutar de nuestra vida. Lo cierto es que el dinero entraba cada día más. Aunque también había que sudarlo también más. Entre tanto Carolina aburrida de aparentar ser buena persona, otra vez impidió que viese a la niña. Otra vez al abogado. Otra vez a pagar, otra vez a esperar sentencia y otra vez los meses volvían a pasar y también a desesperar. Cada noche cuando me acostaba recordaba el rostro de Anna y entre sudores de rabia, recuerdos y una buena dosis de alcohol me quedaba dormido un rato, pues la mañana me sorprendía y tenía que volver a luchar con otro nuevo día. Ese verano comenzó a ser insufrible, los tres locales requerían de mucha atención y prácticamente me pasaba toda la mañana pinchando pollos y reponiendo existencias en los bares. Era agobiante pues no tenias un solo momento de descanso los rostros de mis padres cada vez se dibujaban más y más agotados. Terminamos ese verano como pudimos y decidimos que teníamos que replantearnos la situación. Discutimos sobre desprendernos del pequeño, aunque a mí personalmente no era el que hubiese preferido. Tomada la decisión y con el dinero que nos dieron con la venta de los aparatos que eran de nuestra propiedad, nos pasamos todo el mes de septiembre de vacaciones por Galicia y Asturias. El hecho de desprendernos de ese pequeño bar produjo me un gran alivio, pensaba que al desprendernos de él todas las tensiones, nervios y malos humores pasarían a formar parte del pasado. No sé si realmente necesitábamos tanto vender el bar como coger unas merecidas vacaciones. El hecho es que ya no había marcha a tras y sin pensarlo más esa misma tarde salimos de vacaciones. Las primeras que tomaba desde que me había separado de Carolina, de hecho era también los primeros fines de semana y fiestas de “guardar” que me permitía el lujo de coger y digo coger como si fuera a un clavo ardiendo. Alegrías y tristezas49 En el nuevo restaurante nos habían dejado una máquina de asar pollos (bueno pollos o lo que quisieras siempre que cupiese, claro), Como siempre en España estamos llenos de ingenieros dispuestos a asesorarte en la manera correcta de asar un pollo, la cuestión es que como yo siempre he sido muy autodidacta no tardé mucho en hacerlos a mi manera, en poco tiempo comencé a tener una cierta “fama” no solo con los pollos, también con los conejos, butifarras (salchichas típicas de Cataluña), churrascos, redondos de ternera etc. El nuevo restaurante comenzaba a dar sus frutos. Estábamos contentos, pero siempre con perspectivas de ampliar el negocio. Uno de nuestros clientes era propietario de unos campings de la zona, concretamente uno en el mismo centro y dos en el término municipal de Mont.-ras. El hecho es que aunque tenían servicio de restaurante, no hacían comida para llevar, cosa que aprovechamos para venderles nuestros productos. Ellos tenían una comisión y lo más importante, ofrecían un nuevo servicio a sus clientes. El sistema era muy sencillo y bastante práctico: En el camping del pueblo los encargos se tenían que hacer dos horas antes, mientras que los que estaban en Mont.-ras el pedido era único. Todo esto hacía que nuestro trabajo se simplificase aunque al mismo tiempo nos duplicaba el trabajo, pues éramos nosotros los que llevábamos los pedidos a cada establecimiento. No tardamos mucho en cuestionarnos la posibilidad de contratar a alguien para que nos ayudase como camarero sobre todo durante las horas punta. Contratamos a un chico marroquí en un tiempo en el que los inmigrantes aún no representaban una masificación notable. Nos venía de perlas pues aparte de hablar un perfecto castellano, entender e incluso hablar algo de catalán, también dominaba el inglés, alemán y francés. Era una persona muy educada y con un nivel cultural alto. Con el nuevo fichaje teníamos la plantilla completa para toda la temporada o al menos eso creíamos. Me había comprado un vespa que utilizaba para el transporte de los pedidos. A los pocos días los clientes ya habían puesto un mote al reparto “el pollo Express”, tan bien había suscitado algunas envidias, ya que uno de los campings era naturista. He de decir que a todo te acostumbras o casi. Pocos días pasaron cuando tuvimos que ampliar la plantilla, pues mi madre no podía hacer frente sola el bar pequeño. Definitivamente esta vez sí, quedó la plantilla completa y todos como pudimos pasamos la temporada estival. Entre tanto mi abogado aún no había dado señales de vida y yo me comenzaba a inquietar. Llegó septiembre y disponía de más tiempo para poder dedicarme a mis asuntos personales. Una tarde me acerqué para hablar con él personalmente. Todo lo que me dijo me sonaba más a excusas que a un trabajo correctamente hecho. Salí decepcionado y con un humor de perros. Decidí tomarme la justicia por mi cuenta y dejé de pasar la manutención que la ley me obligaba. Curiosamente en pocos días recibí una notificación judicial comunicándome que si no pagaba en el plazo de diez días se procedería al embargo de mis bienes. No lo entendía tres meses hacía que lo había puesto la deducía y aún no me habían comunicado nada, mientras que aún no había pasado ni un mes de retraso y ya me amenazaban con el embargo. La justicia en España no me parecía justa precisamente. Muchas cosas no entraban en mi cabeza respecto la legalidad incluso constitucional de nuestro sistema judicial. No entendía porqué la constitución dice que todos los españoles éramos iguales sin distinción de sexo, raza ideología políticas, de religión etc. Entonces ¿Por qué?... Por el hecho de ser mujer su madre, poesía la custodia automática de Anna. La ley me estaba diciendo que yo no estaba cualificado para educar a mi hija correctamente o sea tonto. No lo entendía entonces y no lo entiendo ahora. Si alguien me lo explica lo agradeceré. En esta ocasión no pasó mucho tiempo en llegar una sentencia por la cual estaba obligada a cumplir con el régimen de visitas. Esa vez lo respetó. Quedamos para el viernes por la tarde, tal y como dictaba la sentencia. El piso donde vivía Anna era un primero, es una mudanza que no he contado y que fue precisamente el detonante del principio serio de nuestra separación. Anna estaba esperando en el balcón mirando de un lado a otro, la conjunción de tres calles posibles para intentar verme. Precisamente bajaba yo por la calle central, la vi desde lejos aunque la reconocí sólo de cerca, apoyada en el balcón y estirando el cuello, como si de un telescopio se tratara, quedó parada un instante y como alma que lleva el diablo giró sobre si misma y desapareció en el interior del salón. No había dejado aparcado el coche justo frente el portal de la niña, cuando de él salió como un cohete mi preciosa hija. Corría como podía pero sus seis años aguantaban como podían las bolsas de sus mudas y demás pertenencias necesarias para pasar unas vacaciones, más que un fin de semana. La socorrí con el peso y nos dimos un abrazo que hizo difícil aguantar las lágrimas. Pasó en seguida, Carolina venía detrás, como si no hubiera pasado nada, yo por mi parte puse cara de póquer e igual que ella conversé con ella intentando siempre reprimir mi ira. Por fin después de recibir las instrucciones pertinentes como si ella fuera la propietaria de Anna y solo ella poseyese la razón indiscutible, nos quedamos solos en el coche. Salí de Palafrugell y paré en el primer bar que encontré dirección Palamos. Nada más salir del coche le di otro abrazo y un beso que me hizo recordar los muchos que le había dado, pero también los que no. Había crecido a lo alto pues a lo ancho salió a su padre que es mejor que no me ponga de perfil. Se había dejado el pelo largo y llevaba una cola de caballo, le daba un aspecto todavía más esterilizado, si cabe. No lo he dicho aún, pero lo voy a decir, ¡que guapa que estaba! Merendamos a lo grande, no en vano más que un bar como he dicho antes era una pastelería y cafetería. Lo cierto es que tienen cosas deliciosas y era uno de los sitios habituales para ir en familia a merendar o para quedar bien con cualquier compromiso. Sabía de ante mano que allí Anna no tendría problemas en elegir algo y además tenían un pequeño parque infantil que aprovechaba mientras yo me fumaba un cigarro. Pasado un largo rato y antes de que un camarero me sugiriese que llevase a mi hija a un parque de atracciones, cogí a Anna y aunque no muy convencida nos fuimos. Me he saltado dos mudanzas más estando separado, aunque no tenían importancia pues aparte de una televisión solo poseía una maleta de ropa, por si hay que salir corriendo comentaba. La tercera mudanza de Palamos fue a un primer piso situado frente al restaurante. Llegamos por fin a Palamos, primero pasamos por el bar pequeño a ver a mi madre, como en ese momento se había quedado sola decidí cerrar el bar, aunque aún era bastante pronto. Desde allí mismo llamé a mi padre para que el también comenzara a recoger el bar y por causa excepcional lo cerrase. No le debió parecer mala idea pues cuando llegamos al restaurante solo quedaba el Típico cliente que le gusta fastidiar un momento de alegría ajena. Soy bastante tranquilo en apariencias y Dios me ha dado una voz que en momentos puede ser bastante potente, además debo poner cara de muy mala leche, pues cuando le dije que por favor se marchase el antes de que yo le ayudase no dudó en hacer mutis por el foro disculpándose de yo que sé que cosas. Antes de ir a buscar a Anna fui al video y no sé cuantas películas infantiles dejé en el comercio, el resto me las llevé yo. No merecía la pena salir a comer a ningún sitio pues si la fiesta era para Anna, ella ya casi había cenado Nos preparamos una buena cena con todo lujo de detalles y como si de un catering se tratara, cogimos todo, cruzamos la calle y nos acomodamos en mi nueva vivienda, y también de Anna como no. Mientras nosotros comíamos la niña disfrutaba de los juguetes y de las benditas películas de la factoría Disney. El recuerdo de esa tarde y noche lo guardo con especial cariño en el puesto donde guardo lo que amo. Siempre se dice y es verdad que lo bueno pasa pronto y... Llegó el domingo por la tarde y también la hora en que nos teníamos que despedir. Primero de los abuelos, que la abrazaban como si ya no la volviesen a ver y en cierta forma posiblemente no iban muy desencaminados. Anna no se quería ir, pero así son las cosas y también las primeras injusticias que cometemos los padres cuando adultamente nos separamos. Después de muchos lloros por parte de ella y muchas promesas por mi parte, quedó más o menos convencida y pudimos dirigirnos de nuevo a Palafrugell. Intenté ser lo más breve posible y me despedí con dos besos y la promesa de ir a buscarla de nuevo al cabo de unos quince días. Llame al timbre y al poco bajó su madre a recogerla, Hola y a dios fueron mis únicas palabras y me fui. El coche me parecía enorme y silencioso, mis ánimos por los suelos y mis ojos llenos de rabia e impotencia. No me dirigí directamente al trabajo, pare en el bar de un conocido y cómplice de salidas nocturnas. Tenía ganas de emborracharme, de decir estupideces sin sentido, de hacer quijotadas arreglando el mundo y con suerte no pensar. Primero uno y después otro cayeron los dos combinados de ginebra y limón. Después de cerrar el bar y ya en mi casa fui tomando hasta que la luz de la mañana frenó mi alcohólica huida. Todo marchó más o menos bien durante bastante tiempo, aunque los regimenes de vistas era bastante sui géneris, mejor eso que nada, y algo más barato que los pleitos con abogados o al menos con el que desgraciadamente yo contraté. Parecía que todo se normalizaba y yo comenzaba a ver la luz de la felicidad, comencé a salir más a menudo con mis amigos y compañeros de profesión, nos lo pasábamos bien, teníamos temas comunes y a todos nos gustaba jugar a los chinos, o sea que llegar algo tocado a casa era de lo más normal. Hay que decir que eran las dos únicas horas del día que desconectabas del trabajo e incluso de los problemas. El hecho que todos fuésemos propietarios también nos venía bien pues durante el día no comentábamos ofertas del mercado o bien de los distribuidores etc.… Aunque lo mejor venía cuando ya en temporada baja nos reuníamos para comer algún que otro cabrito y pasar un día de campo y casi de libertad. En aquellas ocasiones la gente se iba por eliminación, i algunos casi antes incluso de comer. Eran ratos muy divertidos y sobre todo de muy buen ambiente. Coas que te desaniman y desesperan48 Mi madre solía abrir el bar pequeño y en pocos días se había ganado una clientela que ni mi padre ni yo hubiésemos tenido jamás. Todas las mañanas el bar se llenaba de mujeres y por lo que veía las veces que iba se lo pasaban muy bien. Este horario se extendió a las cuatro de la tarde, cuando muchas tenían que entrar a trabajar y aprovechaban para tomarse un café y cotillear un poco. Mi vida profesional estaba más o menos encarrilada, con muchas horas de trabajo, pero bien encarrilada. Al menos ahora las horas que hacía trabajando eran para mi propio beneficio y como dice el refrán; “sarna con gusto no pica”. En lo que se refería a mi vida personal empecé a tener los primeros problemas con Carolina. Sin venir a cuento un fin de semana que me correspondía tener a Anna, me presenté como de costumbre a recogerla. Como siempre iba contento, tener a Anna era lo que anhelaba durante toda la semana, o mejor dicho durante toda la quincena. Llamé al timbre, como de costumbre, la diferencia fue que en esa ocasión salió sólo carolina, pregunté por Anna y Carolina me dijo que no vendría conmigo aquel fin de semana ni otros. Quedé paralizado y sorprendido, no entendía la postura de Carolina, le pedí explicaciones como era lógico y natural. Su respuesta era que como vivía con mis padres no me la quería dejar y por eso la había mandado con sus padres a Rubí. No me cabía en la cabeza dicha posición de Carolina. ¿Qué tenían que ver mis padres ahora con que yo disfrutase con mi hija el fin de semana que por ley me correspondía?... No sé lo que me pasó por mi mente (bueno si), pero nada bonito como para escribirlo en este momento. Me fui reprimiendo mi rabia, estaba confuso y perdido. Era viernes y pasaban de las ocho de la tarde, hasta el lunes no podía hablar con mi abogado, me dirigí a la policía municipal para denunciar el hecho… Después de denunciar lo sucedido el policía que me atendió me dijo que ya me llamarían del juzgado y que en esos momentos no podía hacer nada más. En lo que más hincapié puso el agente era si yo pasaba la pensión de manutención a su madre, ¡pues claro que la paso!, y no solo eso, encima le pasaba más dinero del que “por ley” me correspondía. Salí de comisaría desolado y sobretodo enojado ante esa situación de impotencia que me habían creado. El lunes como era lógico me puse en contacto con mi abogado para comentarle lo sucedido. En primer lugar me comentó que la denuncia que había puesto no servía para nada pues la policía municipal no tenía competencia para estos asuntos. Después me comentó que fuese a buscar a Anna el próximo fin de semana que me correspondiese y que llevase dos testigos, si me volvía a decir que no me la dejaba no tenía que decir ni hacer nada, pues el después pondría una denuncia para que así estuviese protegido por una sentencia judicial. Así lo hice, al cabo de quince días me personé con dos amigos tal y como me había aconsejado mi abogado. Como respuesta de Carolina fue otro “no te la dejo”. Me fui sin decir nada, aunque es lo que se supone que tenía que hacer no era precisamente lo que yo hubiese hecho en aquel instante, así que me comí el orgullo y volví al bar con la cabeza baja y el alma rota. Por más que quería entender dicha situación no le encontraba ni pies ni cabeza. Soy una persona pacífica, pero aquella tarde pasaron mil y una ideas para hacer daño a Carolina, quería que sufriera más que yo, en realidad quería que desapareciese de este mundo, esa era la única manera de solucionar el problema que tan maléficamente Carolina había tramado. Aún años después me arrepentí de no haberlo hecho, sé que no suena bien, pero los pensamientos son de cada uno y los míos eran esos. Por más que lo pensaba menos entendía que era lo que pretendía Carolina y sobre todo ¿por qué? Siguiendo de nuevo las recomendaciones el lunes otra vez volví a visitar al abogado con mis dos amigos, tal y como me había dicho. Tomo nota de todo lo que había sucedido, hizo un escrito y mis amigos lo firmaron siguiendo sus instrucciones, después de muchas palabras diciéndome que no me preocupase, que todo iría bien, que el juez resolvería rápido a mi favor etc.… En mi interior algo me decía que no todo iría también como el abogado me había dicho y sin embargo tenía esperanzas que sus palabras fuesen ciertas. Ahora solo faltaba esperar la famosa resolución, obligando a Carolina a respetar el régimen de visitas. Los días fueron pasando y con ellos llegaba el verano y como siempre el aumento de trabajo. Otro negocio47 Mi padre por el contrario no estaba del todo bien en la empresa. Le convocaban continuamente a reuniones los lunes que era su día de fiesta y comenzó a decir que no podía asistir, a todo esto se le añadía la ausencia de una persona que le ayudase, pues desde que yo me fui no pusieron a nadie y sin embargo la tienda seguía con el mismo volumen de ventas. Eso le desanimaba cada día más hasta que poco a poco se fue creando una guerra personal contra la empresa. De hecho la empresa había estado cambiando directores con bastante asiduidad desde que yo la dejé. No tardaron mucho en proponerle el despido igual que habían hecho conmigo casi dos años antes. Aceptó el despido y se le veía aliviado, había tenido durante muchos meses una gran presión. Aquel día estaba contento he incluso le vi con ganas de vivir y de trabajar. Cerré el bar y nos fuimos a celebrarlo en un restaurante con una buena comilona. Pasamos horas hablando, sobre su futuro, que tenía pensado, en fin un poco de todo. Ese día hice fiesta después de dos años trabajando todos los días. Después de unos días de merecido descanso mi padre vino a hablar conmigo, era temporada de angulas y quería que cenásemos los tres juntos. Acepté. No se trataba sólo de una comida de familia, aunque ciertamente de familia se trataba. Me propuso que nos asociásemos con el bar y como el mío se estaba haciendo ciertamente pequeño, entre los tres podíamos hacernos con otro que sirviese de restaurante. La idea no me pareció nada mal, al fin y al cabo ya habíamos trabajado juntos y no había ido nada mal, ¿por qué no? Al día siguiente comenzamos con la búsqueda de un nuevo local, para ampliar el negocio. Eran buenos tiempos para encontrar locales adecuados y a buen precio, así que no tuvimos inconvenientes en encontrar una que se ajustase a nuestras exigencias. Utilizamos de nuevo la táctica de las máquinas tragaperras, mi padre que había recibido una buena cantidad también puso una parte y yo que ya tenía unos ahorros considerables puse la tercera parte. Todo salió perfecto y la nueva sociedad ya estaba en marcha. El nuevo bar-restaurante estaba situado en la parte alta de el pueblo, tenía dos salas que podían utilizarse como comedor, una cocina no muy grande pero si bien equipada y una barra de unos nueve metros de largo, cosa que para el servicio de tapas nos venía de perlas. También nos habían dejado una máquina de asar pollos y según nos contaron en verano tenían muy buena salida. Con todo eso y muchas ilusiones comenzamos ha trabajarlo. Mucha de la clientela que tenía yo en el bar pequeño, venían al nuevo, sobre todo cuando lo hacían con familia o amigos y en estos casos se notaba más los fines de semana. Primera caída, primera puesta en pie46 Comenzaba una nueva vida sin algún tipo de expectativas. Me sentía vacío por primera vez. Me hacía preguntas y yo mismos me daba las respuestas,”como siempre”... Pensaba ¿por qué , por que no he podido conseguir mi sueño de tener una familia y ser feliz pese a todas las dificultades, aún hoy me hago la pregunta “dichosa”. Aunque los primeros días fueron algo traumáticos, pronto comencé a buscar un trabajo nuevo. Existía un bar muy pequeño en el centro de Palamos. Solía ir frecuentemente con mis padres y con Carolina pues tenia un buen repertorio de tapas de una muy buena calidad y una también muy buena atención al cliente. Una tarde nos habíamos acercado con mi padre a tomar unas tapitas, después de una larga charla nos comentaron que traspasaban el bar y se iban a Gerona para montar un restaurante. Seguimos hablando y a cada palabra yo me interesaba cada vez más por ese negocio. Tenía un precio más que interesante, además de una clientela selecta y una ubicación casi perfecta. Sólo había un ligero problema: No tenía ni un duro. De camino a casa mi padre me comentó que la idea de que me quedase con ese local no le desagradaba nada y sería cuestión de estudiarlo. Después de unos días de visitas al bar para concretar detalles, estudiar un poco la clientela y sobre todo hacer cábalas y números, decidí arriesgarme y mover los hilos par obtener el dinero que necesitaba para quedarme con ese local. Antes las casas de máquinas tragaperras estaban muy interesadas en hacer clientes y sobre todo no perderlos. Esa era la baza que debía de seguir y así lo hice. Con el dinero que me dieron abrí una cuenta justamente enfrente del bar. Pedí un préstamo y con él completé el dinero del traspaso. Sólo quedaba comprar las bebidas, tampoco hubo problema pues conocía las casas de reparto y no pusieron trabas a la hora de llenar el bar de bebidas con una primera compra a plazos. Todo salió a pedir de boca y en cuestión de unos quince días abría mi bar, sólo quedaba esperar ver si funcionaba o por el contrario me había hipotecado hasta las pestañas El hecho de que ya fuera cliente me daba una cierta ventaja a la hora de atender a esos clientes que se podían llamar fijos y además eran interesantes por el dinero que se dejaban, también me ayudó conocer bien la mecánica de aquel minúsculo, casi microscópico bar. Habría a las ocho y treinta de la mañana y cerraba alrededor de las veintidós treinta. Al medio día venían mis padres con la comida, de esa forma podía descansar al menos media hora. Después ya me quedaba solo hasta la noche. Así casi cada día. Estaba contento disfrutaba en aquel bar de solo unos doce metros cuadrados, contando los lavabos. Como es lógico no habían mesas, no cabrían, pero en la pared opuesta al mostrador, un metro de distancia, había una pequeña repisa de unos veinte centímetros de ancho, al menos cumplía con su función de barra. Un día conté quince personas dentro y no cabía ni un dedal, pero no paraban de beber y comer. De hecho más que un bar estaba enfocado como una sidrería Asturiana. Traía los productos directamente de allí, lo más difícil era la sidra pues tenía que comprarse por camiones pues si no el precio era muy elevado. Me junté con dos sidrerías más, una de Barcelona y otra de Gerona así fue como pudimos comprar un camión por un precio más que interesante y sin menester de una cantidad de cajas exagerada y un almacén donde guardarlas. En poco tiempo estaba recuperado económicamente y todo marchaba de maravilla. Estaba dedicado exclusivamente al trabajo que era mi principal motivación y el resto quedaba en un segundo plano carente casi de importancia. Una despedida y mi gran tristeza45 Esa tarde después de deambular todo el día me acerqué hasta el piso de los que habían sido nuestros vecinos con anterioridad. Allí estaba Anna con sus cuatro añitos y esperando a cumplir los cinco. No podía hablar y tampoco ver, tenía los ojos cubiertos de tristeza la voz ahogada por la amargura y la mente … diciéndome que las cosas cambiarían para toda mi vida y lo que estaba hecho ya estaba hecho... Si era justo o no… Yo no era en esos momentos quien podía juzgar, y ahora tampoco. Con esos pensamientos abracé a mi hija y como pude le dije que la quería y me despedí, ciertamente sabía que era una despedida. Cogí el coche con una maleta de mano que había llenado con algo de ropa y esta vez sin proyectos ni ilusiones y aunque no recuerdo si fui o no directo a mi nueva casa, sé que allá llegué. Tampoco sé si me emborraché antes o después de coger el coche. La primera noche como separado no pude pegar ojo. Pensaba sobre todo en Anna, y sentía que con mi ausencia nos distanciaríamos y perdería el cariño. No veía nada claro, en un solo día me había quedado sin mujer, sin subsidio, pues lo habíamos agotado para el bar y además sin trabajo, pues el bar era legalmente de Carolina. También había perdido mis antiguas amistades de Bergur, pues durante los casi cinco años de casados no permitió nunca que visitásemos a mis amigos. Lo peor de todo es que yo se lo permití. Aquella noche sentí que mi pasado dejaba de existir y por la mañana comenzaría otra fase de mi vida totalmente diferente y desconocida. El piso, el trabajo y el paro44 En pocos días se cerró toda la operación y pase a formar parte de las listas del paro, cosa que en este país se estaba haciendo muy habitual. Por suerte no estuve mucho tiempo, en cuestión de pocas semanas me contrataron para llevar una tienda nueva de muebles de cocina. Tenía un buen sueldo y una línea de muebles de alta calidad, quizás demasiada calidad y también de unos precios también altos y nada competitivos. Pasaron unos meses y la tienda no era lo rentable que se esperaba y poco a poco comencé a buscar una salida por si las cosas se ponían más serias y debía de abandonar el puesto. A veces la vida hace que tu destino ruede de forma incontrolada y caprichosa. Mi padre se enteró que traspasaban un bar muy bien situado delante de una estación de autobuses que hacía la línea Barcelona - Costa Brava. El precio de traspaso estaba dentro de nuestras posibilidades, la situación era fantástica y la idea de tener un negocio rentable fue muy tentadora. Nos quedamos con el bar. ¡Matizo! Carolina se quedó con un bar. Pues una de las condiciones que puso Carolina era que estuviese a su nombre, aunque el dinero hubiese salido de mi despido. Yo creía que no tenía razones para no aceptar esa imposición, al fin y al cabo éramos matrimonio y con intereses comunes y compartidos. El bar resultó ser rentable, incluso más de lo que nosotros habíamos calculado. Carolina quería que nos comprásemos un piso y para ello contaba no solo con nuestro dinero, si no también con el de sus padres y los míos. La idea ¡como no! Fue de sus padres. Habían vendido la casa de Calella y disponían de un dinero en esos momentos que podían prestárnoslo o regalarlo para el piso. Pero sólo si mis padres aportaban la misma cantidad. Aunque mis padres vivían bien, pero… No disponían de esa suma para poder regalárnosla, por lo que la relación con mis padres se fue distanciando e incluso enfriando, prácticamente dejamos de hablarnos. Tampoco mejoraba mi situación con Carolina. Cada día que pasaba nos perdíamos más y más el respeto, hasta que un día me salí de mis casillas y sin pensarlo le di una torta en la cara. No dormí en toda la noche y al día siguiente comuniqué a Carolina que yo no podía vivir más a su lado y nos separamos. Aun hoy me avergüenzo de aquella noche, pero a veces tenemos un límite y sin meditar lo suficiente sale de dentro una violencia que no distingue de sexos y tampoco permite controlar la fuerza física de cada uno. Aquella noche no pegué solo a Carolina, podía haber sido ella como a un hombre. Fue solo que ella supo tocarme la fibra y herirme. Con gran pena, pues en el fondo yo aún creía que estaba enamorado de ella, me fui a vivir a casa de mis padres. Otro traslado, aunque este cambiaría totalmente el resto mi vida, como pasa con todas aquellas decisiones que sabes que son importantes y a demás no tienen marcha a tras. Le la esperanza a la resignación43 Fue pasando el tiempo y las discusiones entre Carolina y yo era cada vez más frecuentes y con ellas también la falta de respeto y los insultos personales y familiares. Con todo quedaban ratos en los que predominaba la paz y aún mantenía la esperanza que la situación cambiase, también era consciente que los valores que unen a una familia se estaban desmoronando y yo no podía reparar ese derribo. Un día fui llamado por mi jefe superior. Iba para la reunión en Barcelona contento, alegre y emocionado. Pensaba que todos aquellos años de trabajo habían merecido la pena y mi ascenso por fin había llegado. Si me lo concedían posiblemente la situación se podía arreglar. Ahora estoy seguro que el dinero arregla muchas cosas y por entonces lo sospechaba. Como siempre no me compliqué la vida para estacionar el coche, fui directo a un parking que estaba dos portales más allá de mi punto de destino, al fin y al cabo tanto la gasolina como la autopista y el resto de gastos los pagaba la empresa. Llegué a la hora a mi cita, estaba nervioso e intrigado, pues no podía adivinar que tienda me sería otorgada o bien para qué leches me habían llamado. Después de unos minutos de espera me recibió el manda más de la empresa. Pasé a su despacho, nos sentamos y sin perder tiempo mi jefe comenzó su charla. Su primera oferta era si suponía para mí algún inconveniente de trabajar todo el año en Gerona. Por mi parte estaba encantado, hasta que me propuso su segunda y definitiva condición. Me trasladaba a Gerona de administrativo con algo más de sueldo, pero tenía que renunciar a mi antigüedad y hacer un contrato nuevo renovable cada año… De repente se me cayó el mundo encima y la sangre se heló. La sensación que me había acompañado todo el viaje es esfumó en cuestión de segundos. No solo no me ascendían de categoría si no que prácticamente me despedían de la empresa sin derecho a nada. Mi respuesta quedó en el aire, pues necesitaba reflexionar y sopesar los proos y los contras. A demás no sólo me afectaba a mí, también a Carolina pues de una u otra forma nos iba a cambiar la vida fuera cual fuera la respuesta. El jefe de personal me había preparado un borrador de mi despido en el caso que yo no aceptase el cambio, de esa manera sabría mejor cual era mi situación y atenerme a las consecuencias. Tras horas de meditación y discusiones llegamos a la conclusión de no aceptar. El dinero que la empresa me ofrecía estaba perfectamente de acuerdo con la ley, y la cantidad nos era ciertamente tentadora en aquella época, además de tener las espaldas cubiertas durante dieciocho meses para encontrar un trabajo digno para mis expectativas. Carolina fue la primera en decir que aceptase el dinero. Todo fue muy rápido, aunque personalmente me sentía traicionado por una empresa en la que había trabajado como si hubiese sido propia. Otoño42 En noviembre Carolina y sobre todo su madre habían hecho acopio de todo tipo de catálogos, de las más disparatadas tiendas donde hubiese o bien juguetes para pequeños monstruos de un año, o… todo tipo de ropa o accesorios para el deleite más de niñas mayores que de Anna. La cuestión es que el “chofer” era yo, al tiempo que mozo de maletas, canguro de Anna, que por cierto estaba en esa edad en la que todo lo que ve está automáticamente el la boca o en el suelo, además de no querer el carrito más que para que yo guardase al tiempo las chaquetas el bolso y el maletín de emergencias de Anna. Como loco esperaba que fuese el domingo por la tarde para ir a mirar tiendas en Playa de Aro los tres solitos, y el lunes también por la tarde, aunque en Barcelona y con su madre. Yo, de mirar, mirar, miraba poco, el trabajo que tenía asignado reclamaba mi atención continuamente y Anna encima tenía “culo de mal asiento” (con mis respetos a México pues sé que, culo, es obsceno, pero como diría Eugenio (q.e.p.d.), “genio” de humor: Un culo es un culo se mire como se mire, y en la ayuda que tengo de sinónimos en la computadora leo que no tiene, aunque sé que no es cierto. A lo que iba Anna estaba en esa encantadora edad en que te la hubieses comido y que luego de mayor te arrepientes de no haberlo hecho. Había estado ahorrando el dinero de las propinas de cuando hacía reparto y comenzó la búsqueda de un regalo que fuese digno de Carolina. Estoy intentando recordar que la regalé, pero después de tanto tiempo, lo que no se olvida por una cosa se olvida por otra, y más cuando uno mismo a querido borrar esa época de la mente, sobre todo y casi diría únicamente lo relacionado con Carolina. ¡Y…! digo yo, mis razones tendría para decidir un día borrar todo lo relacionado con Carolina, exceptuando a Anna. Las navidades también empezaron a ser monótonas y exceptuando la noche y mañana de Reyes esas fiestas estaban perdiendo encanto para mí. Por primera vez tenía que comprar regalos a personas a las que personalmente no me hacía ninguna gracia darles algún obsequio. De un lado para otro41 Cuando llegó septiembre, comenzó la época de vacaciones, para todos los que trabajábamos en la costa, o sea de cara al turismo. Desde la dirección de la empresa me dijeron que sustituyese al jefe de la tienda de San Feliu de G., una tienda algo más grade que la nuestra de Palafrugell y con una extensión de ventas superior. Durante ese mes que estuve logré superar las ventas y me sentía importante, pues superar a uno de los vendedores carismáticos de la empresa era todo un lujo. Visto que en San Feliu me fue bien probaron al mes siguiente con Gerona, donde el Sr. Marín también cogió sus vacaciones. No estuvo nada mal y si no se notó tanto la diferencia de ventas, pues al ser una tienda con más vendedores, el volumen de ventas dependía también de ellos, no como en Palafrugell o San Feliu. Claro está que mi Padre también aprovechó sus vacaciones y como no fui yo el sustituto otra vez. En esta ocasión mantuve el nivel, pero es que mi padre lo ponía muy alto. Mi reto era no bajar las ventas y también lo conseguí. Que más podía pedir, solo esperar un pequeño milagro y que algún encargado dejase su puesto y me ascendiesen. De hecho el de San Feliu estaba a punto de jubilarse y siempre comentaba que lo haría con prejubilación, pues decía que estaba hasta las narices de trabajar, cosa que a mí esa idea me encantaba y la de encargarme de una tienda como aquella todavía más. No me importaba ni las horas ni los kilómetros aunque si el resultado. Así, sin comerlo ni beberlo llegamos a la campaña de invierno, y claro con ella la navidad y todas sus festividades. En lo que se refiere al trabajo, seguimos con la misma tónica, mucho, mucho, casi hasta demasiado. Después de saldar el turno de sustituto, me fueron alternando de tienda en tienda, según las necesidades de cada una. A mediados de diciembre, fui reclamado por mi padre para toda la campaña de Navidad, y allí pasé las fiestas pues era en realidad donde más falta hacía otra persona. Los primeros pasos de Anna40 Recuerdo como si fuera hoy cuando Anna dejó el “taca taca” y ella sola y sin ayuda daba sus primeros pasos. Estaba emocionado pues tenía la sensación que cuando eso sucediese, yo estaría fuera de casa. Pero por suerte no fue así y más a más fui el primero en verla andar y también su primer culatazo de su nueva aventura. Si alguna ilusión me quedaba por experimentar que me llenase de una infinita alegría fue esa, verla andar. También cuando la oí decir papá. A partir de aquel día todos los objetos de la casa se tuvieron que acomodar a una altura superior. Anna era pequeña pero sus manos eran rápidas y muy largas. Pero lo que a Carolina, de mano bastante fácil, le molestaba, a mí me daba risa, contenida eso sí. Llegaron de nuevo las navidades y para esas fechas sí nos repartimos los días de familia. Con las navidades volvieron las compras las comilonas y las alegrías, eso sí, con cierta tirantez y siempre con el temor de que alguien dijera algo inapropiado y comenzasen de nuevo las peleas. También llegaron los reyes magos. Ese día ha sido tan importante para mí que lo trasladaba a mi hija Anna. Disfrutaba viendo le la cara, entre miedo y asombro. Ella sabía que pasaba algo pero tampoco podía adivinar qué. Con todo no perdía detalle de todo lo que acontecía. Por la mañana con la entrega de los juguetes Anna estaba sorprendida de ver como de la noche a la mañana su cuarto aparecía lleno de paquetes y todos para ella. Su cuarto se lo había enmoquetado y a la cama le había recortado las patas de forma que solo levantaba diez centímetros de altura de forma que si se caía no teníamos miedo alguno. A de más Carolina le ponía siempre cojines por si acaso. Lo cierto es que por las mañanas tenias que buscarla entre cojines y juguetes. La idea funcionó pues sobre todo los domingos si nos quedábamos dormidos y ella no tenía hambre se ponía a jugar y nos daba cierta vidilla. Dejamos las navidades, nos metimos en Semana Santa y de corrida en verano. Como siempre el verano significaba más trabajo. Como siempre los que trabajábamos en la tienda nos poníamos los guantes, acortábamos los desayunos y como se dice, “a sacar el tajo”, así lo hacíamos. Era cansado, pero por otra parte subía la adrenalina y sin darte cuenta el ritmo y el rendimiento se acrecentaba hasta llegar a disfrutar de esa situación. Hay que tener en cuenta que el invierno era sumamente aburrido y ese cambio tanto de clima como de número de personas que se producía en verano estimulaba por si solo. Aquellos meses frenéticos no fueron muy diferentes al de años atrás en lo que se refería a lo cotidiano, en cambio si lo fue tratándose de mi estado familiar. Durante el mes que estuvieron mis suegros de vacaciones, yo no sabía ni donde tenía que ir a comer o a cenar, todo dependía si lo hacíamos en nuestro piso o bien en la casa de mis suegros. Realmente prefería más trabajar, que estar en compañía de los padres de Carolina. Al menos con Carlos nos reíamos casi todo el día y si habían cabreos eran sólo por la faena y cuando esta terminaba todo se olvidaba y a otra cosa. Otra mudanza y van cinco39 Cuando se acababan las vacaciones de mis suegros, me enteré que nosotros teníamos también que abandonar la casa. Hablamos de alquilar un piso, pero en aquella época los alquileres o estaban por las nubes o simplemente no estaban. Dada la imposibilidad de encontrar algo accesible volvimos otra vez a casa de mis padres. No comprendía porqué nos teníamos que trasladar, pues para estar cerrada la casa nosotros podíamos darles algo como alquiler y además de vigilarle la casa durante un tiempo hasta que los alquileres volviesen a la normalidad del invierno. Pero, creo que tenían miedo que si nosotros nos quedábamos lo haríamos para siempre y los desplazaríamos a ellos. O sea que su propia hija podía dejarlos en la calle. ¿Cómo podían llegar a pensar eso?... La cuestión es que de nuevo estábamos en casa de mis padres, y por mi parte encantado de la vida, aunque era consciente que las cosas iban a cambiar y no precisamente para bien. Cuarta mudanza. No llegaría a octubre cuando encontré un piso en alquiler del agrado de Carolina y claro dentro de nuestros presupuestos. De la cuarta pasamos a la quinta y esta vez si que era una mudanza en toda regla. Como se estaba haciendo habitual recurrimos otra vez a Carlos para el trabajo más pesado. Esta vez el pequeño problema es que el piso en realidad se trataba de un piso cuarto y de aquellos que se construían sin ascensor. Como también se estaba haciendo costumbre Carolina y mi madre se dedicaron todo el domingo por la mañana a recoger en cajas todas las cosas, mientras mi padre y yo trabajábamos en la tienda hasta el medio día. El lunes temprano como siempre nos dedicamos a colocar todas las cajas en el camión y después el consabido y colosal almuerzo. Tras estas dos tareas imprescindibles en toda mudanza que se precie nos dirigimos al que sería otra vez nuestro nuevo hogar y seguir con el trabajo. El peso de las cajas no era excesivo pero las escaleras si, por lo que tuvimos que hacer una parada técnica a la hora del aperitivo. Nos habíamos propuesto acabar antes de comer y así lo hicimos. Una vez acabado todo el traslado nos fuimos todos a comer a casa de mis padres donde mi madre nos esperaba para echar el agua a una paella como sólo las valencianas saben hacer. Aprovechando el patio y ramas de pino se hizo un fuego en tierra que terminó de cocer ese arroz que estaba diciendo ¡cómeme! Los días siguientes pasaron con bastante normalidad aunque con respecto a mis padres la cosa era diferente. Viviendo a dos kilómetros de distancia Anna se pasaba semanas sin ver a sus abuelos paternos, a diferencia de los maternos que prácticamente era semana sí semana también. La situación no era nada agradable y demasiado comprometedora para mí en aquella época. Realmente no era lo suficientemente adulto y tener que renunciar a alguien que quieres no estaba dentro de mis planes. Aun hoy pienso si estaba haciendo lo correcto o no. La cuestión es que no voy a entrar en juicios sin valor y paso de hacer criticas. Mi intención es relatar parte de una vida que puede ser más o menos real, más o menos mentira. Un verano en Calella de Palafrugell38 La casa de mis suegros en Callela de P. estaba situada en la parte alta, cerca del jardín botánico (de gran interés, no solo por la belleza del jardín en si, también por las especies de árboles y plantas que allí se cuidan) y también de la playa, aunque para acceder a esta teníamos una separación de unos treinta metros de acantilado, con una escalera de no muy buen acceso tanto para bajar como a la hora de subir, cosa que hacía que la piscina de la comunidad se hiciese más apetecible si cabe. Tres pisos, jardín y garaje. No, no estaba nada mal la segunda residencia de mis suegros, por cierto el piso en el que vivían en Rubí tenia tres habitaciones, una cocina muy pequeña un cuarto de baño con plato ducha, un comedor no muy grande y un balcón bastante reducido, nada que ver una con la otra. Yo pensaba que porqué no lo hacían a revés… una casa amplia para la primera residencia y otra pequeña y cómoda de mantener para la segunda. No era yo precisamente quien dijese nada al respecto pues a nosotros nos venía de perlas, o al menos eso creía. Con una maleta de ropa y otra de ilusión y esperanza nos instalamos en la que sería la tercera vivienda en tres meses (buen promedio). El verano se echó en cima y mi padre y yo fuimos inducidos por el trabajo. Por las mañanas entrábamos una hora antes de lo acostumbrado, y por las tardes dos o tres horas de más eran normales. Pero no en vano era verano, y nos decíamos: Ya llegará el invierno y nos tomaremos la revancha. Y así con ese auto engaño sacábamos fuerzas y mirábamos a delante. La verdad es que en años anteriores así fue, el invierno era largo y los desayunos de Carlos y los míos también. Debían de ser vacas gordas, pero el mes de junio con respecto al ejercicio anterior las ventas habían aumentado considerablemente, incluso a las previstas por la empresa. Esa fue la tónica de todo el verano, que se extendió a todo el año. Cada día llegábamos a la torre, quebrados y satisfechos, nos salía todo a pedir de boca tanto en las ventas, como en el reparto. Si no recuerdo mal se llamaba José el chico que contrataron y además le ampliaron el contrato igual que a la chica… Carmen, pues era la única manera de sacar aquella cantidad de trabajo que nos estaba desbordándonos. Mientras yo me dedicaba a la venta y también al reparto, según donde hiciese más falta en aquel momento. Nuestra vida en Calella parecía que comenzase a estabilizarse y los días fueron pasando con bastante normalidad. Anna era la que más disfrutaba de todo, la piscina le encantaba, aunque no le gustase mucho que le salpicase el agua en la cara, lo que hacía que se enfadase y a forma de protesta movía los brazos, volviéndose a salpicar, ¡que caritas que ponía! Después de la piscina le tocaba un ratito de jardín y después como una bendita se quedaba dormida en cualquier sitio, ¡eso, si había comido ya! Por las noches salíamos al jardín y pasábamos las horas hablando y fantaseando sin pensar ni comentar sobre los incidentes del día. Los fines de semana venia al completo la familia de Carolina, casi siempre con invitados, a los que siempre por una u otra razón siempre criticaban a su partida. Por suerte yo trabajaba hasta el domingo por la tarde y prácticamente no los veía. Todo fue estupendamente durante ese verano, aunque mi madre prácticamente no vio a Anna si no era por pura casualidad, y a diferencia de mi suegra que cogía a al niña con toda la normalidad de mundo y la zarandeaba y hacía carantoñas, mi madre no podía ni sacarla del cochecito pues Carolina siempre sacaba una excusa para que Anna no estuviese en los brazos de mi madre. Comienzan los problemas37 Si fuese el capítulo de un libro lo titularía “Ahora empiezan los problemas”. El primero vino “sin querer queriendo”, Carolina trabajaba por las tardes los lunes miércoles y viernes. Propuse que esos tres días llevásemos a Anna a casa de mis padres y después del trabajo pasábamos a buscarla y nos íbamos los tres a casa. Mi sorpresa fue cuando me dijo que para esos días había inscrito a Anna en una guardería que estaba cerca de su trabajo. No sé si será lógico o no, pero esa tarde de casi verano fue testigo de mi primera disputa conyugal. No estaba enfadado porque la niña fuera o no a una guardería, entraba dentro de nuestros planes, pero… para cuando comenzase el curso más o menos, estaba “cabreado” porque ni siquiera me había comentado nada tratándose de quien se traba, que era nuestra hija, además estaba irritado por ese alejamiento que día a día tenía Carolina procurando que mi madre no estuviese mucho en contacto con la niña. No concebía por qué esa actitud hacia ella y tampoco encontraba motivos para que existiese. El hecho es que quisiera o no quisiera yo estaba en medio de todo este asunto que no me gustaba nada. Pensé que mi madre “entendería” que Anna fuese a la guardería y a mi padre enfocándole de alguna manera el tema, al menos se resignaría. También creía que al estar solos durante unos días, pues los suegros venían los viernes por la noche, todo se calmaría y si había algún mal entendido poco a poco se solucionaría. Pasó todo como yo había calculado, resignación primero y luego recibir algunas críticas o malas caras por parte de mis padres. ¿Cómo podía contentar a uno sin molestar al otro? Ese dilema aún no lo tengo resuelto. Me encontraba frente a la espada de Damocles y además sabía que no sería la última vez. De vuelta al trabajo36 Llegó el día de vuelta al trabajo, estaba pletórico, contento e impaciente. Había pasado un año, y lo único que pretendía era dar carpetazo a ese tiempo mal vivido, y que mejor para comenzar que la vuelta al trabajo. Ese día era para mí especial y de estreno. Sí de estreno pues aunque el trabajo no era nuevo para mí, si lo era el nombre de la empresa, estrenaba casa y pueblo, también traje, había que estar un poco a la moda ¿no? Y como no, se podía decir que estrenaba familia aunque ya llevásemos un año de casados. En cuestión de una hora estaba al corriente de las nuevas normas de la empresa y de como estaba la tarea del día y casi de la semana. Esa mañana fue muy distraída y pegado al teléfono, desde el jefe, el director de personal, y directores de otras tiendas que sabiendo que estaba de vuelta llamaban para desearme un buen regreso. Volvía a sentirme persona y no un títere movido por los hilos de las órdenes y las apresuraciones de la vida militar. La mañana fue tranquila, realicé el sueño de estrenarme con una venta y es que estaba al acecho de atender al primer cliente que entrase por la puerta, así lo hice y quedé contento, le vendí todo el mobiliario para una casa grade en la playa de Pals en una urbanización repleta de alemanes, casi todos clientes nuestros, y es que el boca a boca es la mejor publicidad que existe. ¡Que narices, trabajábamos muy bien y teníamos pocas reclamaciones, y las que surgían se solucionaban con la máxima rapidez. La luz; la luz y el color es lo que en estos momentos viene a mi mente de aquellos primeros días de trabajo. No es un recuerdo tanto como una sensación, aunque como recuerdo, diría de una tarde cuando terminé el trabajo aprovechamos la bonanza del tiempo y en vez de ir en coche, nos dirigimos Carolina a casa andando, más que andando, paseando. Entonces éramos unos auténticos enamorados, o por lo menos yo si que estaba enamorado de ella. Pasamos todo el camino tomados de la mano, cuando no persiguiéndonos y jugando, como dos niños que éramos y no me cansaré de repetirlo. También retengo la sensación de paz que me producían cuando paseaba a esas horas por los alrededores de la urbanización. Mis suegros habían comprado una casa en Calella de P. y como durante la semana estaban en Barcelona, nosotros aprovechamos para trasladarnos temporalmente y así disfrutar no solo de la casa, también de la piscina, que era lo que más apetecía. La idea era buena y como al medio día disfrutaba de tres horas de descanso… allí disfrutaríamos más del verano… Una mañana en el bosque36 Tal y como habíamos planeado el día anterior salimos temprano en busca de los famosos espárragos. Como se trataba también de hacer ejercicio aprovechamos para ir paseando. Anna en su cochecito miraba a todos lados, para ella estar tan cerca del bosque le resultaba una aventura, todo era nuevo y por cualquier cosa quedaba ensimismada y yo con ella. Esa mañana babeé con cada gesto, con cada mueca, con cada grito de admiración de sorpresa inclusive de miedo. Babeé con el viento elevando sus rizos dorados, con su permanente sonrisa, con la chispa de felicidad que denotaban sus redonditos ojos. No me cansaba de mirarla, tampoco de cocerla un poquito más a cada instante. Carolina, después de enseñarla elementalmente como se tenían que buscar los espárragos, comenzó a hacerle gracia, hasta el punto que una vez dentro del bosque resulto difícil sacarla. Mi madre que también le gusta recogerlo, prefirió estar con su nieta. Desde un alto las observaba, abuela y nieta las dos sonrientes y distraídas, sobre todo a mi madre se la veía feliz con su pequeña protegida entre sus brazos. No pude contenerme y tantas emociones recluidas, salieron a flote, y aprovechando el camuflaje campestre di rienda suelta a tanta felicidad, eso sí con los oídos receptivos al 100%, pues me avergonzaba que alguien, Carolina o mi padre, pudiera verme con los ojos llorosos. Un día de espárragos35 Charla en familia durante la comida, Anna dormida profundamente y ajena a todo el alboroto que a su alrededor sucedía, sobre todo en nuestra bendita mesa. Tanto mi madre como mi mujer se echaban flores mutuamente,... alguna me caía a mí, No paraban de hablar de lo bonita que era la casa, lo cómoda, la cantidad de cosas que se podían hacer etc.…, por mi parte callaba pues en boca cerrada no entran moscas, de todas las formas de una u otra manera a mí, algún trabajo extra me tocaría, ¡seguro! ¿Qué hacemos ahora? Le pregunté a mi padre, esperando que dijese lo que era obvio tenia que decir, “vamos a hacer una siesta” ¿no? No fueron sus palabras pero casi, casi. Que nos trasladábamos oficialmente era evidente, o sea que después de una suculenta y “llenadota” comida, ¿que quedaba hacer?... si no, una siesta. Pues dicho y hecho ocupamos la casa como si hubiésemos estado toda la vida en ella viviendo, y con un ¡hasta luego! Cada uno se fue para su habitación, menos mi madre que subió a ver la televisión. Tuvimos bastante con una hora de reposo, así que nos levantamos, atendimos a la niña, que estaba en nuestra habitación, aunque mi madre se había ofrecido a cuidarla mientras descansábamos, pero estas pequeñas cositas comenzaron a ser habituales en Carolina, cosa que a mí me molestaba profundamente. La tarde rebosaba primavera por todos sus poros y ese sol de media tarde invitaba a pasear i descubrir aquella urbanización, nueva para nosotros. Tuve una suerte enorme cuando descubrí que la zona era propicia para los espárragos, y claro no pude resistirme a la tentación de recoger aquellos que crecían a la vera del camino y alguno que otro que estaba más al interior. No pude explayarme a gusto ya que se suponía que íbamos paseando con la niña y no a buscar tan delicioso manjar, pero si recogí los suficientes para que por la noche pudiéramos hacer un revoltijo, para probar nada más. Después de un buen rato de paseo y también de jugueteo, como correspondía a dos adolescentes que éramos, emprendimos el regreso a la torre, entre otras cosas, Anna tenía que merendar y no podíamos perder el tiempo. Era preferible estar en casa o cerca antes que mi minúscula hija diese rienda suelta a sus protestas. Hubo suerte llegamos por los pelos y con el añadido de que mi madre había preparado la comida de Anna. A Carolina solo le restaba cambiarla, pues… mi padre me suplico que le dijese donde habíamos encontrado los espárragos y que por favor le acompañara, ¡claro!, soy tan fácil que todos me toman el pelo, y tampoco podía hacerle un feo al jefe donde yo trabajaba, bueno trabajaría, así que , ni cortos ni perezosos cogimos esta vez el coche, después de una cortita despedida a las mujeres, con un montón de explicaciones y nos fuimos a por esos espárragos que tan amablemente nos estaban esperando. ¡Disfrutamos!, ¡ya lo creo!, y para celebrarlo nos acercamos a Palafrugell a tomar una cañita. Cuando llegamos estaba a punto de oscurecer y el estomago pedía algo más que cañas, necesitaba estar al corriente de cómo sabía eso que nosotros apreciábamos tanto y que el no cataba. Tras la cena compuesta de espárragos, cava y otras cosas, acordamos los cuatro, que los cinco, aprovechando el día festivo de mi padre iríamos a coger más. Así acabo la primera noche en la torre. Y… mañana será otro día. una historia de mudanza34 A la mañana siguiente comenzó la operación “caos”, o sea cambio de casa. A primera hora Carolina y mi madre se pusieron a recoger y embalar cosas, así quedaría todo preparado para el momento de la mudanza. Esta, en si misma no tenía una complicación desmesurada, pues hacer una mudanza e instalar y repartir mubles vienen a ser cosas parecidas. Y repartir muebles formaba parte de mi trabajo y más a más tenía la ayuda de mi compañero Carlos. Entre tanto, yo como siempre estaba encargado de dar unos retoques a las principales habitaciones por orden expresa de madre y esposa, que resultaron ser todas. … Lo bueno de todo es que aún me extrañe, ¡con lo facilón que soy con las mujeres!, no sé decirlas que no. Nunca aprenderé, por eso me paso los principios de verano pintando pisos , eso de la pintura es una obsesión para mí, es más…, cuando me aburro pinto una habitación o dos y cosas parecidas: Como leer, escribir etc., aunque estas últimas menos. Tendré que pensar seriamente en contárselo a mi psicóloga en la próxima consulta, lo de la pintura y lo de las mujeres. Después de una obra de dimensiones tan grandes como la que realizó Miguel Ángel, pero más barata y en menos tiempos, comencé a escabullirme por el pueblo hasta que las señoras acabaron con sus embalajes, pues si no rápido me encontraban trabajo y seguro que no era el más agradable, y lo sé por que tiempo más tarde me sucedió, y para una vez que lo hice bien lo cuento, creo que es muy importante. Terminado su trabajo continué yo con el mío que esta vez consistía en desmontar los muebles y prepararlos para el traslado, de forma que nos fuesen cómodos para manejarlos y al tiempo sufriesen lo menos posible. Lo hice lo más rápido que pude, pues en cierta forma tenía prisa. Quería comenzar el día uno a trabajar pues lo necesitaba como si fuera una droga y yo estaba con el “mono” del trabajo. En él, desconectaba… otra paradoja de la mías. El día uno también nos trasladábamos a la torre, y mi intención era llegar del trabajo y disfrutar de mi familia en casa descansando de un duro día, así lo había soñado en la mili y así quería que sucediese. Mi padre había despejado los repartos para que entre Carlos, un ayudante, que no conocía pues lo contrataron para sustituir la ayuda que yo le hacía antes de irme a la mili, y yo cargáramos y descargáramos los muebles de una casa a otra , y luego ellos continuar con su trabajo y yo montándolos, que era el mío. Sin comerlo ni beberlo el domingo a medio día, cuado mi padre cerraba la tienda para disfrutar su fin de semana, hasta el martes por la mañana, se encontró que estaba todo hecho, hasta el punto que en el piso de Palafrugell no había nada, ni para comer ni para poder dormir, pues todo estaba debidamente dispuesto en la torre nueva. Otra comida de restaurante gratis…. Casa nueva, si; Casa nueva,no...33 Mi madre enseguida puso el grito en el cielo, pues como ella, bueno y Carolina, no tenía carné de conducir decía que para la compra y todo le quedaba lejos y allí se quedaría sola y sería muy aburrido. Lo cierto que visto desde su punto de vista tenía toda la razón del mundo. A Carolina no le importaba mucho pues yo le había sugerido que se sacase el carné lo antes posible, pues en aquella zona es bastante necesario. Esta situación solo hacía que reafirmar y acelerar la postura que teníamos ya determinada. La conversación quedó retrasada hasta las ocho de la noche cuando mi padre acabase el trabajo y fuésemos todos a verla. Por la tarde enseguida que acabamos de comer, mi padre se fue a echar la siesta, y yo fui literalmente bombardeado a preguntas primero por mi mujer que comenzó con mucha discreción un turno consecutivo de cuestiones, fue en ese momento, cuando yo también decidí seguir el protocolo que segundos antes había realizado mi padre, y aunque Carolina no solía hacer siesta, esa tarde sí. Asolas en la habitación, comenzó el ataque, del cual me defendí a respuestas como pude, aunque me parece que ella hizo más preguntas que yo respuestas, ¿entonces porque me haría esas preguntas? El turno le tocó luego a mi madre que fue más benevolente, Carolina le habría contado todo con pelos y señales, tal y como hizo que yo le fuese describiendo, con pelos y señales. Paseamos los tres, otra vez, después que Anna, otra vez, comiese. La tarde acompañaba, estaba teniendo unos días de ensueño y para los pocos que me quedaban, pues tenía pensado primeros de mayo para abandonar las vacaciones, quería aprovecharlos al máximo con Carolina y Anna. Era consciente que cuando volviese al trabajo el encanto del reencuentro desaparecería y al mismo tiempo se iría transformando en rutina. La rutina atrae los problemas y yo no estaba para eso. Esa tarde Anna no tenía sueño y por primera vez también llevé a mi hija al parque. Disfruté como un camello, Anna se reía de todo, no le daba miedo nada: el columpio, el tobogán y un caballito de color rojo desgastado con un muelle que lo sujetaba al suelo y que le encantaba pero que se tenía que estar muy atento pues se soltaba por cualquier cosa que le llamase la atención. Llevábamos un rato más que considerable y la niña comenzaba a cansarse y el parque de repente no hacía gracia, Carolina y yo mirándonos a los ojos sacamos nuestra mejor sonrisa metimos a Anna en el coche y continuamos paseando un rato corto pues aprovechando que el torbellino estaba en país de las maravillas y chupetes, nosotros nos sentamos a tomar una caña y descansar pues el parque cansa, si estas atento de tu hijo ¡claro!, … Otra pregunta que siempre me he hecho y me hago aún es: ¿De donde puede un niño sacar tanta energía y además recuperarla tan rápido? …………. Sí “listillo” sabemos que es proceso natural de la vida, solo era una reflexión para llenar un poco. ¿O no? En la taberna, decorada con mucho gusto, hablamos sobre la casa, de sus ventajas ya que al ser más grande podíamos hacer una vida un poco más independiente, del carné y de nosotros. Llegó la hora, los cinco esta vez fuimos a la torre, como la llamábamos nosotros. Cuando llegamos, aún con buena luz, comenzó la visita. Mi padre y yo parecíamos dos agentes inmobiliarios que queríamos venderla en vez de ser nosotros los que la alquilaban. He de decir que a mí me encantaba y que Carolina parecía que conforme veíamos las habitaciones la idea le gustaba más. A mi madre la casa le gustaba aunque la distancia a Palafrugell seguía siendo un obstáculo para ella. Mi padre que no quería que se le escapase “la venta”, incluso nos invitó a cenar en un restaurante que se encuentra o encontraba en la desembocadura de río Ter en la población de Torroella de Montgri y donde servían unas carnes realmente exquisitas, además cuando era la temporada tenían unas angulas, que ellos mismos pescaban, riquísimas y a buen precio para aquella época. Allí antes de ir a la mili y de estar casado íbamos todos los lunes por la noche a cenar mis padres y yo. Por eso nos llevó allí pues sabía que a mi madre le gustaba, y… de esa “ruin” manera convencerla del cambio de vivienda. Sea como fuere le salio bien y la decisión quedó tomada durante la velada, pese al “éxito” obtenido mi padre no salía bien parado con la conquista, ya que le costó comprar un ciclomotor, para que mi madre pudiera ir al pueblo cuando se le antojase y sin tener que depender de nadie. Una sorpresa32 El piso de Palafrugell no era pequeño: Tenía cuatro habitaciones, dos de ellas dobles, un amplio comedor, dos aseos, una cocina respetable, balcón y terraza para colgar la ropa y sobre todo mucha luz. Pero en cierta medida se hacía pequeño para dos familias. Había quedado con mi padre cuando despertase pues quería mostrarme algo que no definió. No madrugué en absoluto, el viaje del día anterior me había dejado para el arrastre, no pude reaccionar cuando a las siete, Carolina atendía a Anna como de costumbre. Desperté como una persona nueva en el paraíso, no podía creer que sin haber puesto aun los pies en el suelo, Carolina entrase en la habitación con un tazón de café con leche en una mano y un croissant en la otra, y Anna que dormía placidamente. En una silla en frente de la cama había dejado ya mi ropa con muda totalmente nueva, o sea limpia y planchada y olorosa, seguro que hasta le ponía suavizante perfumado, que era algo que en la mili se había comentado como algo que debía de ser en algún país extranjero. Desayuné como un rey, aunque era consciente que eso tenía el tiempo contado, lo disfruté, así como una ducha con inagotable agua caliente. Después de una leve charla con Carolina y mi madre, acudí a la cita que tenía con “el jefe”. Caminaba pensativo, no..., más que pensativo, intrigado. ¿Que se traería entre manos?, creía que sería algo referente al trabajo o alguna cosa parecida. Después de los saludos de rigor y de husmear un poco por el despacho, crucé con mi padre toda la tienda hasta la puerta trasera, que era la que se utilizaba para carga y descarga. Al pasar por el almacén sentí una cierta nostalgia y una sacudida de buenos recuerdos. El coche estaba aparcado junto la puerta, como de costumbre conducía yo, nos dirigíamos a un pequeño pueblo justo al lado de Palafrugell. Por el camino me explicó que un cliente le había hablado de amueblar una casa en una urbanización para alquilar. Habían quedado para tomar medidas del interior y elegir el tipo de muebles vendría bien en cada estancia. Al principio mi padre pensó que el alquiler sería bastante elevado y para no quedarse con la duda le preguntó cuanto pensaba pedir después de amueblarlo. El precio le gustó, pues era parecido al que ya pagaba, siguió indagando hasta que al final le rebajó considerablemente el alquiler pues no tenía que gastar en muebles y cómo no, siempre era mejor alquilarlo a gente conocida, etc. Paramos delante de la casa, era muy bella, plantada en medio de la parcela, pintada de blanco resaltaba sobre el césped que la rodeaba. Una cochera con capacidad para dos coches de tamaño grande con un buen espacio entre ellos, que comunicaba directamente al interior de la casa junto a la entrada principal. La planta baja era la de dormitorios, cuatro también pero todos dobles y un completo cuarto de baño. Justo en el recibidor estaban las escaleras de acceso a la otra planta, donde se ubicaban otro aseo, una enorme cocina, un comedor salón separados por una arco en forma de separación, y dos terrazas, una orientada al norte y la otra al sur “creo”. Después de visitar la casa detenidamente, mi padre me miraba como buscando el beneplácito para alquilarla. A mí la idea me encantó, pero… ¿que opinarían las mujeres?, pronto lo sabríamos pues la hora de cerrar la tienda era próxima y debíamos estar allí. Seguimos nuestra conversación en el bar de Beni y después en casa. Primera noche31 Para cenar, tortilla de patatas ¡que delicia! No es que mi madre sea adivina, no, es que pregunta siempre y a ser posible después de comer, cuando no tienes hambre y además no te apetece nada. Aquel día no tuve problema en decirle que era lo que deseaba, lo tenía más que pensado y si no lo hubiese preguntado ella, se lo habría dicho yo. Hay cosas que solo las hechas en falta cuando no las tienes y para mí una de ellas era después de comer hacer un poco de sobremesa sentado en el sofá, viendo la televisión y charlando un poco de nada, pero en familia. Era la hora de acostarse, preparamos los utensilios nocturnos de Anna y fuimos a la cama. Una noche entera en mi cama y además con mi mujer, casi no lo podía creer, de hecho todo lo sucedido en aquella jornada era prácticamente inverosímil para mí. … Tanta gloria no podía ser cierta, y a las tres, sin ningún tipo de compasión Anna desplegó su potente bocina y como si de una tercera imaginaria se tratara me levanté, por puro instinto, una vez situado… recordé que Anna no perdonaba y comida es comida, lo de más son historias. Como la experiencia supone un grado, Carolina estaba preparada y en un periquete Anna daba fin a su segunda cena, y nosotros reanudábamos nuestro segundo sueño. Por suerte Anna pronto descubrió que si cenaba más, luego no despertaba y así descansaba mejor. O por lo menos es lo que yo quería pensar. El hecho es que dormía toda la noche como un ángel, un auténtico cielo. No me cansaba de mirarla como tampoco me canso de escribirlo. Comida en familia, tarde de paseo.30 El restaurante en el centro de Calella estaba decorado con motivos y útiles marinos y de pesca. Pudimos escoger mesa, si hubiese sido en verano habría que haber reservado con unos días de antelación. La mesa tenía vistas a la cala donde las pequeñas barcas estaban varadas esperando a otro día de trabajo. El paisaje, el restaurante y sobre todo la compañía eran deliciosos e inolvidables. Después de una suprema comida, un buen postre para rebajar, un café, una copa y un habano para rematar “la faena”, como pudimos nos levantamos en busca del coche y con dirección a casa con la intención, al menos yo de reposar mis huesos en una cama decente y promocionar la “siesta”, y si encima si no dormía solo pues... mucho mejor. Así fue, dormí un par de horas, (me reservo si solo o acompañado), que me sentaron a gloria pues el viaje me había pasado factura. Después de una buena merienda, mi madre y Carolina comentaban que traía hambre atrasada y bien lo podían decir pues así estuve una semana comiendo y no saciando mi apetito. Anna que no se quedaba atrás también tomó su merienda, que como no, se la di yo. Otra vez me sentía orgulloso de ser el padre de una criatura tan hermosa y perfecta. Se hacía un poco de rogar pero luego cuando abría la boca no dejaba rastro alguno en la cuchara, entre volar la cuchara hacerle gestos que más que cómicos era ridículos, después de hacerle creer que la cuchara era un avión, aunque ella no tenía ni remota idea que era un avión o que ruido podía hacer, daba igual yo le ponía el máximo empeño y así debió de ser pues acabó con todo el plato en poco tiempo, lo que pensase Anna de mi es otra historia. Carolina cuando acabé, la cambió y los tres dimos el que creo que fue el primer paseo familiar. En las vacaciones de Navidad pasear, pasear, no pudimos, pues Carolina no se encontraba bien para caminar y además hacía bastante frío. Aquella tarde la aprovechamos bien, invitaba a recorrer las calles del casco antiguo de Palafrugell, parar en los escaparates, admirar sus casas, respirar primavera y transpirar felicidad. Dimos vueltas y vueltas, después nos paramos en la plaza a descansar un poco y reponer fuerzas con unos aperitivos y unas cañitas. Luego, serían sobre las siete más o menos cuando nos dirigimos a la tienda de muebles, no solo para ver a mi padre y a mi antiguo compañero, Carlos. También quería meter la cabeza en los papeles, en los nuevos catálogos, ver las nuevas tendencias y sus precios, quería saber que cosas a nivel trabajo habían cambiado, necesitaba sentirme persona, ansiaba volver a tener responsabilidades, en definitiva quería volver a mi trabajo. Poco rato estuve pues a las ocho si no había nadie como un reloj cerrábamos la tienda, de hecho esos días eran escasos. Aquella tarde mi padre tuvo suerte y cerró a su hora. Los cuatros después de hacer la parada de rigor en el bar de “Beni”, seguimos paseando hacia casa y sin parar de hablar, mi padre iba poniéndome al corriente de las novedades y cotilleos que radio macuto, que… Como en toda España funcionaba y funciona a las mil maravillas, sobre todo, cuando la noticia era autentica. Carolina y Anna ¡Por fin!29 Quedé petrificado había pensado infinidad de cosas para cuando se produjera el reencuentro pero nada salió como yo lo había pensado, quedé allá de pie y sin saber que hacer. Estaban a unos treinta metros de distancia, Carolina también se paró, no sé si por que no me distinguía pues para lejos debía de llevar gafas, nunca se las ponía, o porque le ocurrió lo mismo que a mí. Retorné de mi ensimismamiento y andando deprisa me dirigía hacia ellas. Entre tanto un pequeño dilema me creé en décimas de segundos y tenía que solucionarlo al mismo tiempo. ¿A quien de las dos me acerco antes? Si me acerco antes a Carolina que a Anna igual me dice mi mujer que porqué no he cogido antes a la niña, y viceversa. Parece una tontería y de hecho lo es, pero aquel día tenía enorme importancia. Lo resolví por pura suerte, dado que en el momento que ya estaba llegando, Carolina cogió en sus brazos a Anna y pude abrazarlas a las dos juntas que era lo que en realidad yo quería. Ni podía hablar ni tampoco moverme, quedé aferrado a ellas como si pudieran escaparse de nuevo. Cuando pude reponerme un poco y mis palabras aunque entrecortadas se podían oír y entender me fui separando poco a poco. En esos momentos mi madre recogió a Anna y pude abrazar y besar a Carolina como la ocasión se merecía. Después con un cuidado posiblemente exagerado, era novato, levanté a Anna y la observé detenidamente. No tenía nada que ver con la Anna que durante casi cuatro meses me hizo compañía cada vez que abría la puerta de la taquilla. Tenía un pelo dorado precioso, rizado. Había crecido, era más “larga” de lo que esperaba, y también pesaba más. ¡Que guapa estaba!, ¡que guapa que era! Un día precioso, un parador incomparable, una suave brisa marina que habría mis pulmones y secaba mis lágrimas, una figura a tras luz me refugiaba de un sol de justicia, un único pensamiento. ¡Eres mi hija!, yo soy tu padre, y sé que te querré siempre, sus manitas tiernas, jugueteaban con las mías y… una voz que venía del más acá decía: ¡Txiki que tal si vamos a comer! Y todo el encanto se evaporó con la rapidez de un suspiro. Para celebrarlo mi padre propuso de comer en algún restaurante de por allí, como no, aceptamos de inmediato, sobre todo mi madre y Carolina. Por mi parte comer en un restaurante ya me gustaba, pero lo que en realidad quería era comer una tortilla de patatas, Pues mi madre hace las mejores del mundo y no es porque yo lo diga, mi hermano, mi cuñada y mi padre también lo dicen. Claro que no dije nada, ¿Quién quería problemas el primer día de regreso? Un rato con mis padres28 La chica, desde su asiento, me miraba con cara de ingenuidad pues yo caminaba directo a la oficina con decisión, miró hacia mi padre preguntándole si me conocía o bien era un posible cliente. Mi padre alzó la vista y como quien duda de lo que está viendo. Quedó inmóvil como una estatua, solo le falto frotarse la vista y pellizcarse para comprobar si estaba o no despierto. Nos fundimos en un abrazo, no me soltaba y tampoco hablaba, un nudo me impedía poder dar forma a cualquier sonido que intentase modular. Nos separamos, nos miramos y otra vez nos abrazamos. Necesitábamos sentirnos, había pasado mucho tiempo y nos echábamos en falta. Después de mirarnos, mi padre y yo pudimos comenzar a hablar. Aún no me había dado tiempo de preguntar por nadie, cuando por la puerta de atrás de la oficina apareció mi madre. Conociéndola me preparé para un fuerte abrazo, un abrazo de oso, y no porque mi madre sea grande pero si espachurra. Cuando pude desprenderme de ella comencé con las preguntas de rigor: ¿como van las cosas?, ¿como os encontráis?, etc... Como no, cuando dejé de interesarme por ellos, rápido pregunté por Carolina y Anna. “Tenemos que ir a recogerla a Calella de Palafrugell sobre las dos”, me contestó mi padre. Aprovechando la circunstancia de mi llegada y que el trabajo no había sido muy fuerte esa mañana, salimos los dos a tomar unas cañas al bar que siempre habíamos ido cuando, después de trabajar y antes de ir a casa parábamos para hablar de las cosas que habían pasado por la mañana o bien por la tarde. Esa costumbre, la cogimos desde el primer día que comencé a trabajar con mi padre. Era un hábito en el cual aparte de unirnos como padre e hijo, por mi parte era como tomar una o dos lecciones diarias tanto de la venta como en la dirección de la tienda. Ya en el bar y saludar a todos los conocidos que en esos momentos estaban allí, comenzamos a hablar de nuestras cosas que eran muchas y variadas. Me contó que Carolina las mañanas que hacía bueno, montaba a Anna en el cochecito y se iba paseando hasta Calella que está a unos tres kilómetros, luego cuando mi padre acababa el trabajo pasaba a recogerlas y las llevaba a casa. Estuvimos hablando de mis hermanos del”mono” de mi sobrina Merixell que estaba de camino de cumplir un añito y era preciosa y simpatiquísima. (Aún lo es. “un beso Meri”). Era la hora de cerrar y mi padre se ausento, mientras yo esperaba a que llegase con mi madre. Mientras y para pasar el rato hice una pregunta que en aquella época significaba discusión segura. ¿Como lo ha estado haciendo el gobierno en mi ausencia? Así fue, y estuve entretenido hasta que llegaron mis padres, y así, discutiendo los dejamos cuado nos fuimos a buscar a Carolina. Después de cuatro meses volvía a coger el coche, que sensación más extraña, no solo por coger el coche que de por sí era una agradable emoción, si no también por las calles, habían cambiado todo, las direcciones que antes estaba acostumbrado a seguir las habían cambiado o bien de dirección o la habían hecho peatonal, etc., la cuestión es que tenía la sensación que tendría que volver a conocerme de nuevo el pueblo. Por fin puede salir del pueblo no sin las indicaciones que me fue “delatando” mi padre. Palafrugell como antes he escrito está a unos tres kilómetros de Calella, unidos por una autovía bastante recta, estaba envuelta de campos de cultivo, estaba precioso pues los colores y sobre todo los olores se podían percibir en todo su esplendor. Dentro del coche era otra cosa pues mis padres no paraban de hablar y sobre todo de hacer preguntas de todo. Entramos en Calella, dada la época del año, baja temporada, no tuve problemas de aparcamiento, y ese pequeño pueblo pesquero parecía casi desierto, quitando a los camareros asomados a las terrazas por falta de clientela y algún que otro turista despistado, que sin saberlo habían cogido la mejor época del año para visitar, no solo Calella o Palafrugell, también toda la costa brava. “Si me acuerdo ya hablaré largo y tendido de este idílico lugar, que al menos era entonces pues hace varios años que no voy”. Nos acercamos al mirador en el que estaban esperando Carolina y Anna. Primero se acercó mi padre para ver si efectivamente ya estaba, con un movimiento afirmativo de cabeza me adelanté hasta que las tuve en mi campo de visión. Camino de Palafrugell27 A ellos les esperaban sus familiares a mí no. Normal no se lo había dicho a nadie. Me desplacé de la estación de Sants hasta el puerto de Barcelona donde tenían la parada los autobuses que hacían la ruta de Gerona. Por suerte al ser un día de diario no era necesario reservar billetes, solo esperar la hora de salida, que no era poco. Barcelona estaba igual que siempre pensé, pero no, el tiempo pasa y cuando estas fuera te das cuenta de detalles que a diario no le damos importancia. Subí al autobús a la hora prevista, o sea con retraso como siempre. Reposé la cabeza en la ventanilla, con la vista enfocando un horizonte que por el interior de la ciudad no alargaba más del coche que paraba al lado del autobús en los semáforos. Conforme entramos en la autopista el paisaje insultante de primavera me retorno a el porqué estaba yo en aquel autobús. Durante todo el ajetreado viaje no había tenido prácticamente tiempo para reflexionar la importancia de esos momentos que estaba viviendo. De hecho no había digerido para nada que el ejército era historia y que comenzar o mejor seguir con la rutina que a mí me gustaba, era ya posible. Absorto de nuevo en mis pensamientos e hipnotizado por el panorama que se me estaba regalando, la imagen de Carolina y Anna eran intensamente presentes. No veía el momento de poder estrecharlas entre mis brazos y besarlas, besarlas hasta desgastarlas. ¿Anna como estaría de grande?, de hecho la única imagen que tenía de ella era aquella que hacía guardia en la taquilla y que ya estaba prácticamente desgastada de las veces que la había mirado. En unos pocos pero eternos minutos, podría comprobar por mi mismo como sería ahora. Cada noche antes de quedar dormido fantaseaba con tenerla entre mis manos, jugar con ella, cambiarle los pañales, etc., se haría realidad pronto. No cabía en mi cuerpo temblaba desde que pasamos Sant Feliu de G. y eso que quedaba casi media hora para que el autocar llegase a Palafrugell. Un torbellino de recuerdos cuando entrábamos por Palafrugell comenzaron a bombardear mi mente, no podía pararlos se acumulaban y se hacía imposible escoger uno y regocijarme con él. Se detuvo en la estación, el conductor abrió el maletero y descargó las maletas de aquella parada, recogí la mía y mirando al frente quedé parado esperando que mi cuerpo diese la orden oportuna para que mis piernas comenzasen a dirigirse en busca de aquello que durante tantos meses había anhelado. Para llegar al piso pasaba delante de la tienda donde se suponía que estaría mi padre trabajando. No me lo pensé, crucé la acera y entré en la tienda. El corazón palpitaba a revoluciones aceleradas tenía ganas de reír y de llorar al ver a mi padre sentado detrás de su mesa , como siempre llena de papeles aparentemente desordenados y prácticamente también desordenados. Quien primero me vio fue la chica que ocupaba mi puesto y que yo no cocía pues habían cambiado mientras yo no estaba. Aunque no la conociese si que había hablado con ella prácticamente todos los sábados a las cinco de la tarde cuando llamaba a Carolina por teléfono. Otra noche movidita26 Por megafonía anuncian la vía y andén donde nos esperaba nuestro tren. Buscar un departamento en el cual nos pudiésemos acomodar a nuestras anchas fue nuestra prioridad una vez subimos. No resultó difícil dado que el tren partía de esa estación y estaban casi todos vacíos. Lo encontramos cerca del vagón restaurante, y no fue por casualidad. Nos instalamos cómodamente, Un espacio para ocho personas estaba tomado por nosotros tres, con la esperanza que fuese así durante la larga noche que nos esperaba. ¿Qué podíamos hacer para pasar el rato?..., pues seguir con las cervezas y las charlas de besugo y risas que no tenían ni ton ni son. Serian sobre las diez cuando decidimos repartirnos los “bocatas” que habíamos comprado, también acabamos con las existencias líquidas y el movimiento más rítmico que el de la noche anterior comenzó a pasarnos factura. Uno de los compañeros después de venir del escusado nos enseñó una piedra de un tamaño parecido al de los huevos de chocolate con sorpresa. Era gachís, Sin pensarlo ni preguntar comenzó a liarse un porro. Era curioso me había pasado un montón de meses en el paraíso del gachís y no había probado ni uno solo, entre otras cosas porque yo no fumaba más que tabaco y negro. Aquella noche era especial y porqué no, era una ocasión especial y no pensaba desaprovecharla, o sea que entre pitos y flautas cogí lo que se llama un “colocón” de padre y muy señor mío. No sé si por el cansancio, el alcohol, el porro o todo junto me quede más planchado que un ocho. Estaba profundamente dormido y relajado, cuando un es trepidante ruido me sobresaltó. Dos personas que al grito de “¡Policía!” ¡Vamos los tres de pie y cara a la pared!, ¡buscamos comida venga dadnos la y esto se acaba en un periquete! Recién sobresaltado con la cabeza en muchos sitios menos encima de los hombros, provocó que inocente de mí le dijese que en la bolsa quedaba algo de pan y embutidos, (juro que lo hice con toda la buena fe del mundo y mucho menos con animo de burla o cosa parecida). El policía más prepotente que antes se encaró conmigo. “haber tú el listillo donde guardas la comida, y no me vengas con la bolsa y el pan. Queremos comida de verdad”. Otra vez mi cabeza me pasó una mala pasada pues pensé que igual lo que estaban buscado sería el walkman que había pasado de “contrabando” e inocente de mí confesé que estaba guardado en mi chaqueta. No se que pensaría pero de tonto no creo pasase. Mientras, el otro policía había encontrado la piedra de gachís que llevaba el compañero. En ese momento si que volví a la realidad y..., comencé a pensar en las consecuencias que podía traer el maldito hallazgo. Paradójicamente después de mirarse la piedra, la lanzó otra vez a la bolsa y se fueron de la misma forma que entraron. Nos quedamos como tres “gilis” mirándonos sin mediar palabra. Personalmente enseguida me vino a la cabeza un soldado del regimiento que cuando se iba ya para casa licenciado le cogieron en la aduana con una buena cantidad de droga. La “suerte” que tuvo es que en vez de cumplir condena en el castillo militar lo hizo en el regimiento como corneta y rebajado de armas. Pudo ver muchos reemplazos y vio pasar por la décima batería cantidad de reclutas, suboficiales y mandos. Pero eso siempre era mejor que pasar la mitad de tiempo en una cárcel militar. Gracias que se habían ido los policías. En mi interior quedaba la duda que además de gachís llevase algo más fuerte que el mero chocolate y en cualquier momento volvieran a entrar con peores modales si cabe. Como no fue así hicimos otro porro, así quedaría menos comida si volvíamos a tener visitas. Con ese cigarro quedé dormido hasta la llegada a la estación de Sants. Donde con más gusto que penas me despedí de aquellos compañeros que aunque por poco rato no podré olvidarlos a causa del susto que me llevé. Una comida decente25 Aunque el tren no saldría hasta por la tarde preferíamos estar cerca de la estación. Sabíamos que de ahí no se movería pero era igual tampoco estábamos como para hacer una visita turística. Como tiempo nos sobraba fuimos buscando un bar que diesen comidas lo más barato posibles. Pasamos por delante de un cuchitril y nos paramos ipso facto a causa de un olor que alimentaba por sí solo y que no nos dejó indiferentes. Este era nuestro bar, no sabíamos el precio pero si como olía la comida. Entramos a tomar unas cervezas mientras esperábamos que abriesen el comedor. Si lo que estaban cocinando olía bien las tapas que ponían con la consumición sabían mejor. Las cervezas iban cayendo, no sé si por sed o bien por hambre, llegó la hora esperada y cuando fuimos acabando las bebidas pasamos en busca de una mesa, pues como por arte de magia el comedor se había llenado de trabajadores. ¡Como comimos! Eso si era un manjar, unas patatas guisadas con carné, en estos momentos las estoy viendo, “¡si no es por que acabo de desayunar, haría unas!”. Después de un segundo plato, postre y un buen café nos acercamos otra vez a la estación en busca de un banco en condiciones donde reposar el estómago. Una tarde preciosa de primavera nos relajó al extremo de perder la realidad por unos minutos y buscar entre las nubes y los jardines verdes, aquellas fantasías que cada uno llevaba dentro. El rato que nos quedaba para montarnos en el tren pasó con bastante agilidad. Pasamos el rato agenciándonos con provisiones para la noche y vaciar de cervezas el bar de la estación. Esperando para zarpar24 No habrían pasado ni treinta minutos cuando a causa del aire frío que dominaba la noche hizo que dejase la cubierta para pasar al interior a recobrar un poco de calor y acomodarme en la butaca para pasar una noche que se preveía bastante movida. Cuando llegué agarrándome donde podía a causa de la agitación que estábamos sufriendo. La sala estaba casi completa y nadie era capaz de moverse del su asiento. El olor comenzaba a ser bastante desagradable a causa de los mareos generalizados del pasaje. Intenté coger una postura lo más cómoda posible y sobre todo con los pies en alto, pues el suelo comenzaba a ser una pasta mal oliente y asquerosamente desagradable. No podía pensar nada solo que ese maldito barco que días antes tantas ganas tenían de coger, esa noche quería que llegase lo antes posible a puerto y poner los pies en tierra firme que para mí es el estado natural de las personas. El tiempo no transcurría y tampoco podía conciliar el sueño pues los golpes que daba el barco contra las olas eran escalofriantes. En cada golpe la sensación que el casco se pudiera partir estaba presente, creo que en todas las cabezas de los que allí mal estábamos. Por suerte entre el mareo, el cansancio y las emociones del día pudieron con el zarandeo continuo a que estábamos sometidos. Cuando abrí los ojos la calma era casi absoluta, Apercibí otra vez el hedor de aquella sala y decidí levantarme con todo el cuidado del mundo para no pisar líquidos desagradables. Por fin salí a cubierta, la brisa fresca abrió los pulmones y logró que la sensación de mareo que me quedaba lentamente fuera desapareciendo. Hice un barrido con la vista aún legañosa y comprobé con agrado que se estaban realizando ya las maniobras de entrada al puerto de Almería. Aunque la noche había sido desagradable mi estómago no me dio mucha tregua y como pude volví a adentrarme en aquella sala infesta, recogí mis cosas y me dirigí hasta la cafetería. Un camarero solo y una pareja sentada era el único personal que estaba adentro. Pedí un café con leche y me senté a dar cuenta del bocadillo que me había agenciado en Melilla. Cuando acabé ya habían lanzado amarras y solo quedaba por sacar las pasarelas y bajar. ¡Que ganas tenía de pisar tierra! Localicé a los dos compañeros que se habían quedado en sus butacas cuando yo salí a respirar. Bajamos la rampa y nos dirigimos a pasar aduana, llevaba una chaqueta de piel que por la parte interior el forro se había descosido y astuto de mí metí un walkman pues pensaba que me harían pagar por ese aparato que en aquella época era una novedad. Dejé la bolsa en la mesa que me indicó un agente abrí la bolsa y la registraron por completo empecé a ponerme nervioso por si me cacheaban y encontraban el walkman. No fue así y los tres salimos a la calle en busca de la estación de ferrocarriles. Dichoso barco23 La despedida fue dolorosa, dejaba amigos que hombro a hombro habíamos dejado parte de nosotros en es minúsculo destacamento. Pero al tiempo la alegría era desmesurada, descomedida, descomunal y exagerada. Si, si, si, me iba a la peny, me iba a casa, me iba con mi familia. Entre sonrisas y lágrimas nos acercamos hasta el puerto y como quedaba aún hasta la hora de embarque aprovechamos la circunstancia para también despedirnos. Curiosamente el cabo enlace era el mismo que me recogió para llevarme en sentido contrario. Y si en aquella ocasión fue el quien dijo de parar y nos invitó a tomar algo, esta vez fui yo quien dio el alto y como no la invitación. Esperaron conmigo hasta que autorizaron subir a bordo. Desde la cubierta vi. Como se alejaban en aquel viejo mil trescientos que milagrosamente aguantaba. Busqué la butaca más adecuada para el viaje dejé mis pertenencias, prácticamente ropa sucia (sin el práctica) y algunos regalos que guardaba en la taquilla por si como así sucedió tenía que salir rápido. Subí en busca del bar para hacerme con algo de comer por si acaso por la noche me entraba hambre, de paso oteé posibles militares de permiso, para conversar durante el viaje. Me encontré con dos que casualmente se dirigían también a Barcelona, al menos no haría todo el viaje solo y sería algo más entretenido. Habían comentado que igual el barco no zarparía a causa del mal tiempo, y es que cuando el estrecho está revuelto contaban que era bastante violento, y por seguridad los barcos no salían. Este no fue el caso y al cabo de una hora más o menos, los prácticos comenzaron con las maniobras se salida. Con movimientos lentos pero bien estudiado le barco se fue encarando hacia la bocana del puerto. Una vez atravesada la bocana se notó enseguida pues de un suave balanceo casi inapreciable, se convirtió en una especie de bañera zarandeada al antojo del oleaje. ¿Civil o militar?22 El hecho es que desde ese preciso momento en el que me dijo que por la tarde vendrían los papeles “de libertad”, estaba rebajado de todo, hasta de la ropa militar. Ni lo dudé levanté la mano en forma de saludo y directo a la ducha. De allí a la taquilla a desenvolver la ropa de paisano que la tenía dentro de una bolsa de basura industrial, para que se ensuciase y arrugase lo menos posible. Que gozada “esto me recuerda a un anuncio de productos para adelgazar”, mi talla era la misma, aunque no me sorprendió en absoluto pues creo que siempre he llevado la misma talla, y no es por dar envidias a nadie. Con la ropa de civil todo se veía diferente hasta el hogar del soldado en el cual y sin tener que esperar a las horas de descanso, me tomé la mejor cerveza que había tomado desde el año pasado antes de incorporarme a la mili. No tenía prisa, sabía que el barco no salía hasta la noche o sea que me senté tranquilamente en una mesa con vistas a la cocina, donde mis compañeros en esos momentos debían ir como locos, pues yo me encargaba solo del segundo plato y seguro que me sustituiría “Pinto”, que para eso también estaba. No me importaba, me estaba dando el gustazo de tomarme la cerveza tranquilamente viendo como el resto, o, estaba en el cuerpo de guardia esperando la hora del relevo, o dándose “barridazos” contra el suelo a la voz de uno de eso pobre oficiales que comprendían a los soldados o de cuarteleros de puerta. No me gustaba lo que veía, pero tampoco me importaba. Sabía que ellos lo tenían que hacer tanto sí como no, y yo no, por eso disfrutaba sin remordimientos cada sorbo de esa maravillosa cerveza, primera en “libertad”. Lo malo es que hasta una cerveza se acaba y aquella lo hizo más rápido de lo esperado. Miré el reloj para saber cuanto faltaba para el descanso de la comida y como aún quedaba decidí pasear, total que otra cosa podía hacer si no tomar cervezas o pasear. Podía haber pedido un pase para bajar como civil a melilla, pero entre que tenía el dinero justo y que la caminada tampoco era de mi agrado, sobre todo el regreso, todo hacia arriba, no lo pedí. La calle principal estaba vacía así que me dirigí a la siguiente que era donde estaba mi batería, me acerqué otra vez a la camareta por pasar el rato. Abrí la taquilla varias veces comprobando siempre que no dejase nada que yo quisiese, lo mismo hacía con la bolsa de viaje que me dejó pinto. Como no había más que dos calles en ese destacamento volví a la principal. Allá estaba el comedor y mis compañeros, aunque quería entrar una sensación extraña me impedía abrir la puerta con normalidad. Me sentía culpable, y no por la cerveza que me había tomado. No, me sentía culpable por irme y dejarlos trabajando, obedeciendo órdenes y aguantando cabronadas, me sentía al tiempo impotente ante esa injusticia que era para mí el servicio militar obligatorio. Como tomando aire aceleré el paso, crucé el comedor, que por cierto estaba vacío y me adentré jovial en la cocina. Las bromas típicas, tanto sobre la ropa y otras tantas tonterías que aunque no las recuerdo, aún noto esa sensación de alegría, tristeza y también de protagonismo. Me quedé con ellos hasta que la comida como siempre a su hora estuvo lista, pero no les esperé a comer pues la noticia me había llegado a la hora del bocadillo y mi estómago no estaba para solidaridades. Después de una buena comida servida por mi mismo y algo diferente a la del resto de la tropa, me acerqué al hogar para disfrutar de un café y después y para no perder la costumbre una gratificante siesta. Serían sobre las siete de la tarde cuando el cabo enlace llegó con los papeles a por mí. una buena noticia21 Pinto , el ranchero mayor y nuevo amigo de penurias, y yo, por las tardes nos sentábamos al borde de un antiguo refugio de ametralladoras antiaéreas y oteábamos el horizonte, haber si teníamos la suerte de ver tierra, y después gritar( “ la peny” he visto la” peny”)... . Pero nunca se dio el caso y mientras hablábamos de todo un poco y de nada en concreto. Nuestra compañera , una botella de vermouth, ayudaba a que nuestras fantasías y anhelos se recreasen en absurdas formas como la esperanza de unos papeles de traslado o qué caray! los definitivos, soñábamos y no evadíamos de aquella también absurda realidad. Pinto también estaba casado pero sin hijos, de todas forma existía una complicidad al compartir emociones y situaciones comunes. El sol poco a poco retiraba su luz y con ella nuestro rato de “relax”. Era entonces cuando nos levantábamos sin prisa alguna y con la misma tranquilidad nos acercábamos a la cocina y como dos atracadores dábamos cuenta de lo bueno de las cámaras. Al tiempo hacíamos compañía al ranchero de guardia en ocasiones echábamos una mano y así entre tres, la comida y la charla se podía trasladar hasta las tantas de la noche y ya con el cuerpo cansado y anestesiado nos retirábamos a nuestras respectivas camaretas y conciliábamos el sueño en un cerrar de ojos. Por las mañanas las expectativas se veían de diferente forma que la noche anterior y nos arrepentíamos de corazón de nuestras aventuras o desventuras. Pasaron días , semanas y algunos meses... ,hasta que una mañana serían las diez o las once cuando un compañero dando saltos más que corriendo entró en la cocina me dijo que el teniente quería verme. ¿Pero que te pasa? , asombrado le pregunté, pues en esos precisos momentos en lo único que podía pensar era en el segundo plato que era mi responsabilidad. ¡Que te vas! que tus papeles dicen que están abajo en el regimiento. De momento el teniente quiere verte y eso es buena señal. Nunca desobedecía las ordenes y tal lo oído menos aún. Me faltó tiempo para ir en busca del famoso teniente. Después de dejar el mandil me giré y estaba allí, quiero decir que no fui yo si no que el propio oficial vino a mí. Era el mismo teniente que me colocó en cocina y por eso seguro que se adelantó para demostrar su “humanidad” delante del resto de mis compañeros. Le saludé muy militarmente , como siempre, respondió al saludo de una forma desenfadad e incluso amistosa. De pie delante del teniente solo esperaba que dijese que me podía ir, lo demás no me importaba para nada. Aguanté un pequeño discurso sobre como el ejercito resalta los valores más importantes del hombre, y que el trabajo de los mandos era duro y difícil pues aunque entendían las inquietudes de los soldados, ellos debían obedecer ordenes y eso no era tan fácil como nosotros podíamos pensar... . aguanté esa charla de moral y otras paridas que no vienen a cuento, con valiente estoicidad digna de un soldado del gran ejercito español. (Omito varias frases mal sonantes que pueden herir la sensibilidad de los lectores, referente a que yo pensaba del ejercito español). El correo20 Uno de los acontecimientos que esperaba con ansia toda la tropa era el correo. En esos momentos parecíamos conejos cuando se reparte el pienso, todos expectantes a cuanta comida tocaríamos o bien si nos quedábamos sin comer. Mi teoría era que la alegría se acrecentaba proporcionalmente con la cantidad de cartas que se recibían y claro también la frecuencia . El correo venía normalmente a medio día, eso significaba que cuando la tropa paraba de sus que haberes cotidianos y repetitivos para reponer fuerzas con la comida, la primera visita obligada era pararse en la mesa del cuartelero de puerta donde las cartas quedaban custodiadas al la espera de un destinatario siempre ansiosos tanto de noticias como de sentimientos . Como yo no era una excepción. A esa hora era cuando más trabajo tenía. Carecía de importancia pues rápidamente y a través de radio macuto sabía si tenía o no correspondencia. Uno de esos días alguien, podía ser cualquiera me anunciaron que tenía carta. Mi primera reacción era la de salir corriendo para recogerlo, pero no lo hice así y aunque por dentro tenía unas ganas mortales de ir en su búsqueda, preferí esperar a que fuese yo quien tuviese el merecido descanso para saborear, o no, de su interior. Tardé casi un mes en recibir un correo de Carolina junto con una foto de “la niña”, aunque la carta no era larga por llamarla de algún modo la foto llenaba cualquier carencia. Al recibir las cartas por lo general todos nos sentábamos en la camareta, como si de cabinas separadas se tratase y como si en ellas buscásemos el refugio para poder digerir con dignidad, de la poca que nos quedaba , cualquier tipo de noticias fueran buenas o malas. Tras unos minutos de un silencio asombroso solo roto por el “asfixiado” de turno que al no recibir carta intentaba romper esos mágicos y dolorosos momentos. Mágicos momentos, antes de abrir el correo, pues quedaba el juego de observarlas , rotarlas, incluso olerlas , después de ese inocente juego llegaba el momento del dolor. Abrirlas era estremecedor pensando si el contenido podía ser bueno o malo. La respuesta estaba, cercana después quedaba el gusto o por el contrario el mal gusto. Aquella tarde mientras miraba el retrato la alegría era desbordante igual que la pena, paradojas de esas a las que estoy acostumbrado. Después de remover el archivo de imágenes nítidas que quedaban en mi cerebro decidí colocar la foto en sitio bien visible y autorizado de la taquilla . A partir de ese día cada vez que me cambiaba veía esa foto de 13x 9cm.. Aún la recuerdo dentro de la bañera... . fue mi refugio a los momentos malos, solo mirarla una sonrisa florecía en mi rostro y las penas eran menos. Cuando la asfixia se apoderaba de ti , el tiempo se paralizaba y por más que deseases que pasase tenias la sensación totalmente contraria, como si el licenciamiento fuese inalcanzable y el transcurrido no contase para nada. La famosa asfixia no era buena amiga y quien más quien menos allá todos quedamos atrapados alguna vez entre sus brazos. Año nuevo, destacamento nuevo19 Nos trasladaron en un camión a los dos o tres días de haberme reincorporado. El destacamento al que tenia un cierto rechazo, sin conocerlo siquiera , estaba ocupado por unos trescientos soldados , que durante el día intentaban hacer aunque solo fuera una vez, un blanco a una canasta que era arrastrada por un avión de transporte del tipo hércules. Jamás durante el tiempo que permanecí hicieron un solo blanco y eso que el hércules es un avión lento... Pues cuando “nos atacaban” aviones a reacción los radares y el soldado que estaba sentado y encargado de utilizar la ametralladora antiaérea no paraba de dar vuelta en busca de un blanco que ni el radar era capaz de seguir con esos aparatos. Se comentaba que hacia uno o dos años un artillero hizo blanco y a todo el destacamento , además de la comida de “lujo” les dieron fiesta todo el día, con paseo incluido nada más comer, al artillero que acertó (yo creo que fue casualidad y se equivocó, por eso dio en el blanco) le dieron un mes de permiso, que era la mejor recompensa que se podía dar a un soldado al menos por aquellos tiempos. Al segundo día de estar en mi nuevo “hogar”, me colocaron en la unidad de radar, pero la suerte había cambiado para mí , la misma mañana de mi estreno con un radar, un soldado con ordenes de un teniente del cual ni me acuerdo como se llamaba y la verdad ahora tampoco voy a intentar recordar. Dicho teniente era amigo del señor de Melilla que yo conocía y él me había recomendado como persona seria y responsable.( Constancia quede de que el buen señor no mentía). Después de mi riguroso saludo militar, el teniente con la mano apoyada en mi hombro, como si hiciera tiempo que nos conociésemos, me comentó lo que he dicho antes y se ofreció a ayudarme si estaba de su mano. Yo ni corto ni perezoso le comenté mi estado de casado con hija y que la verdadera ayuda era si podía agilizar los trámites para mi licenciamiento y si también era posible cuando quedase una plaza libre en cocina,” por el dinero”, podía trasladarme a ese puesto de trabajo. Aquella misma tarde mi suboficial me comunicó que a la mañana siguiente me incorporase a cocina, ordenes del teniente. Cocina tenía sus ventajas e inconvenientes, aunque yo personalmente siempre le encontré más incentivo que estar como simple soldado o en oficinas aguantando los caprichos de oficiales y suboficiales. Además de poderte llevar un paquete en oficinas por una metedura de pata incluso de algún mando , y( como el ejercito es el ejercito) alguien tenia que cargárselas. Como soldado otro tanto de lo mismo, guardias, retenes, patrullas, marchas de cuarenta kilómetros, maniobras cada día con las “piezas” y otras cosa como pintar etc..., no me apetecía nada. En cambio en cocina; que tampoco se podía calificar de un puesto excepcional pero...; Aparte de tener que levantarte a las cinco de la mañana para preparar los desayunos o no poder salir de paseo los días que tenías “guardia de cocina” o trabajar de lunes a viernes de siete a cinco. Al contrario como antes dije, al estar rebajado de rancho cobraba algo más que el resto de la tropa y eso me permitía tener más de autonomía a la hora de mis gastos. Por otro lado la comida la tenía asegurada y además de la buena, que eso era primordial, pues aparte de recibir ordenes todo el día solo quedaba, comer y beber y cuanto más mejor. Eso estaba asegurado .Otra de las ventajas que le encontré al nuevo destino era la “libertad” que se tenia dentro del trabajo, siempre y cuando todo saliese bien y a la hora. Haciendo tu trabajo parecía más la vida civil, que la militar, claro siempre con las reservas que separaban una de otra, pero sí, era lo que más se parecía. También estábamos rebajados de diana y retreta. Al suboficial de cocina solo se le veía media hora por la mañana y alguna vez se acercaban a la hora del rancho para dar su visto bueno, El oficial responsable, no se acercaba ni al rancho ; a menos que hubiese una revista del destacamento. Entonces la cosa cambiaba radicalmente, no solo en cocina también en el resto del destacamento. En esos días previos el movimiento era trepidante, me recordaba el día de mi boda, todos para arriba, todos para abajo, pero... no. Estábamos en el ejercito y en esas ocasiones todavía era mayor el desorden que en mi familia. Como; para pintar ,arreglar las calles, lavar la cara al interior de la batería, engrasar y desengrasar las armas para pasar la revista correspondiente etc... . Se necesitaba más personal del que... en aquel pequeño destacamento podíamos ofrecer. En aquellas circunstancias las soluciones que tiene y por ello dispone el ejercito es doblar el número de horas para acabar las obras. ¿cómo se hace?..., es muy sencillo, una pequeña arruga en las sábanas supone uno o dos días de arresto en batería y claro como estás arrestado has de obedecer las ordenes y ; pintar, arreglar, engrasar y desengrasar. Eres un “preso”. El primer día de aquel loco movimiento, cuando regresé de mi turno de cocina, con la intención de descansar un rato en mi camareta para desconectar, como solía hacer cada día, tuve la sorpresa que yo también estaba arrestado. ¡pero si no había estado en todo el día!. Aproveché mis “influencias! como cocinero, me dirigí primero a mi amigo “el ranchero mayor” y luego a mi suboficial de batería. No puede arrestarme señor; Estoy arrestado ya en cocina y dentro de dos horas vuelvo al trabajo hasta que acabemos con los preparativos del banquete y la limpieza correspondiente, le dije. Su expresión era más o menos la que me esperaba “ de mucha mala leche”, pero... las prioridades eran las prioridades, y el comandante del destacamento si de algo presumía con “los suyos” era de la cocina y precisamente el banquete era en honor del capitán general de Melilla junto con todos los secuaces de la máxima graduación. Contra semejante peso un simple sargento e incluso un oficial, eran palabras mayores , todas escritas en mayúsculas. Estos tipos de mentiras eran frecuentes en cocina, sobretodo cuando de acuerdo con la cantina nos reuníamos para cenar, claro está con nuestros respectivos suboficiales. Curiosamente en esos eventos la casualidad hacía que ninguno de nosotros tuviera servicio alguno. Esos eran prácticamente los únicos momentos buenos, en los que al menos durante un par de horas nos trasladábamos a otro plano de una realidad ficticia pero que muy reconfortable. La amnesia era prácticamente total y se respiraba cierta libertad y sobretodo era totalmente eficaz en el momento de querer dormir, aunque el despertar fuera algo doloroso. Pasados esos días de locura colectiva y de una revista que ni siquiera se podía catalogar de vistazo, todo volvía a la normalidad, junto con las felicitaciones de rigor para aumentar el buen espíritu de la tropa, La cual mirábamos con cierto escepticismo. Del orgullo que hablaba antes respecto a la cocina , era bastante lógico pues con toda sinceridad las comidas eran de una calidad y preparación más que aceptables, y no porque yo esté incluido, era superior. Como ejemplo diré en mi (nuestro) favor que los famosos boquerones los rebozábamos sin espinas. Casi nada para el ejercito. Año nuevo en Melilla18 Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta. En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos. La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible. Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles. Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería. Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida. Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava . Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos. -¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije. Primeras navidades en familia y con Anna17 Sería mediodía cuando dando un paseo me dirigí a casa de los suegros para comer, así lo hicimos. Por fin Carolina dijo que esa noche ya la pasaríamos en mi casa. La alegría me invadió pues era la primera noche que pasaría en familia y esta vez mi familia al completo, Carolina, Anna que cada vez la veía más y más guapa y yo. En esos momentos no le podía pedir nada más a la vida, estaba feliz, completamente feliz, dichoso y orgulloso de mí. Pasé toda la tarde mirando a mi hija, qué guapa era ya, ¡Cómo! podía haber cambiado tanto en tan pocas horas. Poco a poco me atreví a reposarla en mis brazos con la delicadeza con la que manipularías una cristalería de Murano única en su estilo. Poco a poco con las dos manos, pero siempre con infinito cuidado y suavidad. A veces me parecía que hasta reía y mi ego se regocijaba de alegría y vanidad justificada. Cada mueca cada expresión cada movimiento era supervisado por mí, con gran admiración y cierta preocupación por si... Me imagino a los indígenas americanos cuando descubrieron el espejo, algo así me pasó a mí, no dejaba de sorprenderme de lo enorme que es la naturaleza. Primero tienes un ser en la cabeza y de repente te encuentras una niña guapísima en tus brazos. Qué hermoso era! Si tuviese que definir felicidad, eso era auténtica felicidad elevada a la máxima potencia. Aquella noche ayudé por primera vez a lavarla, y digo ayudé porque Carolina no se fiaba de mí y con razón pues a esa niña la tenía miedo pero miedo de romperla o de se escapase con el jabón. Como digo ayudé y disfruté, después cambié mi primer pañal a mi hija, pues a Merixell, mi sobrina y ahijada, cinco meses mayor que Anna, y en el permiso de verano aprendí con mi resignada sobrina. También aquella misma noche aprendí como un padre y una madre se despiertan a las tres porque un ”mico de tres kilos” se desgarganta llorando y reclamando su sustento nocturno. Mientras Carolina preparaba el pecho yo preparaba la esponja los polvos y cremas que tendría que ponerle después de haberla aseado y antes de ponerle los pañales. Una vez satisfecho su voraz apetito con los ojos cerrados, bueno no creo ni que los abriese en algún momento, sólo se limitó a berrear que no era poco para llamar la atención y además de su perverso propósito, quedó dulcemente dormida, como un ángel (con mucha mala leche y buena voz) pero un ángel al fin y al cabo. Una vez Anna en la cuna, Carolina y yo nos quedamos sentados en la cama con la luz apagada y cogidos de la mano, inmersos en un silencio perpetuo, la respiración de Anna era lo único que mis oídos podían escuchar y creo que Carolina estaba como yo. Contaba sus espiraciones y aspiraciones como si de una máquina se tratase y escuchas si algún ruido no corresponde a lo normal. Un simple intento de estornudo hacia que mis párpados levantasen automáticamente y mi mirada ya acostumbrada a la oscuridad se dirigía a la cuna e incluso yo dejaba de respirar para concentrarme en exclusiva en mi hija. Poco a poco el sueño nos ganó la batalla y pudimos echar una apacible siesta. Las siete de la mañana. Diana, rápidamente me levanto busco la ropa militar... No, no estoy en Melilla y tampoco es la corneta tocando diana. Es Anna, jo!, qué pulmones tienes pequeñaja, pensé. Otra vez la misma operación de la madrugada, limpieza, preparativos para cambiarla, un buen desayuno por parte de Anna, que una vez acabado y como quien no quiere la cosa quedó otra vez dormida mientras yo la cambiaba. De nuevo a la cuna y otra vez como dos pasmadotes en la cama pensando seguimos durmiendo o nos levantamos ya, la sensatez nos aconsejó y dormimos hasta poco antes que Anna emitiese su potente sirena. Esta vez no nos cogió de sorpresa y todo estaba preparado, o sea fue como comer y dormir, nunca mejor dicho. Esta rutina de comer y dormir hizo que fuésemos adquiriendo experiencia y tenerlo todo organizado de una toma a otra, eso facilitaba, sobre todo por la noche que alargásemos unos minutos nuestro descanso. Si el primer permiso de catorce días me pareció corto, este mes estaba pasando con vertiginosa velocidad.. Cuando quise darme cuenta era ya el día del sorteo de navidad y para mí eso significaba que ya estábamos en navidad y que el tiempo se echaba encima inexorablemente. Eran días de compras y fiestas, Carolina que ya podía andar mas o menos, pues en el parto tuvieron que coser los desgarros con muchos puntos tanto por dentro como por fuera. Aprovechábamos las mañanas soleadas para pasear a Anna en un cochecito curiosamente regalado por Ángel y Lucía, por las tardes a mirar tiendas y luego a mirar más tiendas, hasta la hora de cenar o que Carolina se encontrara cansada. Repartimos las comidas y las cenas de esos festivos días entre las dos familias y según lo establecido pasamos Navidad y San Esteban, sin pena ni gloria. Me incorporaba el día uno de enero de 1982 a las doce del medio día. A sí que los pocos días que restaban sin preocupación alguna los aproveché de nuevo para ir memorizando cada imagen que pasaba por mi retina. El treinta de diciembre sobre las cinco de la tarde “como los toreros”, se repetía la historia, otra despedida angustiosa , otras lágrimas que ya eran conocidas y otros sueños que poco a poco se desvanecían y una profunda realidad recorría todo el cuerpo. Otra vez. Entre las vacaciones y el hospital16 No me hubiese importado que se quedasen con la suegra pero esta vez la suerte no me acompañó. Y es que, quién era el valiente que la aguantase aparte del de mi suegro que bastante pena tenía. Regresé al pueblo, como le solemos llamar, busqué por los bares de costumbre a mis amigos y tuve suerte pues encontré a bastantes. Las vacaciones hizo que nos reuniésemos unos cuantos, o sea que se lió la cosa un poco... Hasta que totalmente ebrio y cansado de todo el día llegué a casa de memoria, o por instinto, la cuestión es que cuando cogí la cama, una de verdad, no tuve tiempo ni de quitarme la ropa.. aquella noche dormí “rápido” más de lo normal aprovechando cada segundo de una cama cómoda, aprovechando cada minuto para mantenerlo en la memoria y rescatarlo cuando de nuevo estuviese allá. Aprovechando cada hora para descansar y descubrir que realmente estaba en casa y que ciertamente tenía no solo una mujer si no también una hija, que milésima a milésima, iba apoderándose de mi cariño y me alzaba al estatus de niño, “niño privilegiado”. Desperté tal y como me acosté vestido y de bruces, pero realmente descansado. Cuando pude abrir los ojos legañosos a causa del alcohol de la noche anterior, mi mente trataba de reconocer el cuarto, aunque más que el cuarto quería reconocer que no fuese un sueño traicionero y que lo que estaba pasando fuese una broma del subconsciente. Aliviado al comprobar que era real, que estaba en Rubí y que no era un sueño estaba pasando de verdad y eso llenaba de alegría mi corazón, triste por la separación forzosa, lleno de añoranza y de ilusiones rotas por el ejército. Pero todo eso quedaba atrás y tenía que aprovechar la buena ventura que en esos momentos llenaba mi vida. Me sentía superior, orgulloso, en definitiva pletórico. Después de un café con leche en forma de desayuno llamé al hospital para hablar con Carolina para saber cómo estaba. Me dijo que fuese sobre las cinco ya que las darían el alta y así llevaba a las tres a Rubí. Como vi que mi presencia pasaba a un cuarto lugar en esos momentos, o sea Anna, la suegra y Carolina. Yo tenía la función de chofer y poco más, me recordé a mi suegro, que siempre que podía se escapaba al huerto que tenía para no aguantar al sargento “chusquero” que era mi suegra. Al contrario de sentarme mal, lo tomé con filosofía vacacional y en vez de pensar si yo tenía que estar en el hospital o aquí en Rubí, cogí el abrigo y fui a hacer la ronda por los bares que en esa hora se reunían los amigos y conocidos para tomar su vermouth, como se llamaba antes. Como eran épocas de permisos, por la navidad, me encontré con muchos amigos que exceptuando el estado civil estaban en la misma situación que yo, de vacaciones y en previsión de que fuese el último vermouth en libertad “condicional”, pero en libertad, sin oficiales ni suboficiales ni mujer ni suegra. Aproveché bien el ratito de unas tres horas, hablando, riendo, contando historias de la “puta mili” aunque más que historias eran películas, la cuestión es que nos reímos con ganas y todos estábamos insultantemente contentos y felices, estábamos de vacaciones aunque fuese diciembre. Después de una corta siesta para borrar las huellas de tanta felicidad, otra vez para Terrassa, otra vez al hospital, pero esta vez con el coche que me había dejado mi hermano pues el mío estaba en Gerona. Y esta vez esperaba que volviese con mi familia. Después de las formalidades de costumbre pudimos abandonar el hospital, sitio que me causa fobia, "sólo con respirar los olores que en aquella época desprendían todos”. Era superior a mí, me entraban sudores y mareos, por eso la tarde anterior no discutí mucho, pues no es que no me apeteciese era pura y simplemente fobia. Después de las mil y una peripecias para colocar en el coche todas las cosa que estaban en la habitación, cosa que no comprendía, ”coño” que solo iba a dar a luz no de vacaciones. Pues como decía, al fin cupo todo en el coche, lástima podía haber dejado a la suegra en tierra, que quede constancia que no tenía nada en contra de mi suegra, era sólo que como no paraba de hablar, contar chismorreos, criticar a todo el mundo y sobre todo ordenar y disponer de todo y de todos, no me caía bien. Imagínense todo un trayecto de ocho o diez kilómetros por carretera, unos veinte minutos dado el tráfico, sin parar de escuchar a la ya comentada en alianza con mi mujer, y yo sin terciar palabra, es que era muy inteligente en aquella época, así salvé el cuello y me hacía mejor marido, no sé por qué, o eso creí. Llegamos a Rubí sanos y salvos, directamente me dirigí a descargar a mi suegra para luego los tres ir a casa de mi hermano donde teníamos una habitación con cama grande y espacio suficiente para la cuna, bueno y aparcar un “seiscientos” si hacía falta. Pero... ¡cual fue mi nueva sorpresa, que resultó que madre e hija estaban de acuerdo en que esa noche dormiría, me estaba acostumbrando a las sorpresas, en casa de mis suegros y en ese piso no había sitio para mí! o sea que otra vez “libre” y como no, después de cenar y de un rato de charla, entre madre e hija, después de unas miradas de resignación entre mi suegro y yo, excusando cansancio atrasado me retiré sobre las once de la noche... A ver a mis amigos, que allí si podía hablar y ser escuchado. De hecho físicamente no llevaba ni un mes de casado es más no sabía ni que era eso, como lo de ser padre. No lo tenía totalmente asumido y no por amor, que si que lo estaba, era el cambio de vida que supondría cuando realmente acabase la mili. Así que como tampoco podía hacer mucho hasta el término, me dejé llevar según las circunstancias y creo que las aproveché bien. Unas cañas, unos cubatas, unas partidas de chinos o dardos o cartas, ajedrez lo que fuese, se trataba de pasar el rato y sobre todo reír y divertirte lo máximo posible. No como la noche anterior pero bastante parecido me recogí en casa y otra vez, más si cabe, me deleité con aquella cama cómoda hasta el placer, y esta vez cambiado, apagué la luz y me dejé llevar por los duendes del sueño y la tranquilidad, amigos donde los hay cuando los necesitas, esos...duendes diablillos, me acompañaron y velaron mis sueños, confusos entre militares y civiles pero con buen término. Al menos esa fue la sensación que tuve al despertarme ya de día y no muy tarde, serían sobre las nueve. Como las expectativas para ese día era encerrarme en casa de los padres de Carolina, cosa que no me hacía gracia alguna, pues yo lo que quería era moverme no en vano había estado cuatro meses sin moverme y mucho menos en libertad, la cuestión es que lo tomé con suma calma regocijándome con todo lo que veía y oía, apurando los segundos, intentándolos disfrutar pues no es lo mismo leer una novela en la mili que hacerlo cómodamente sentado en un buen sillón con sepulcral silencio y sin esperar que el soldado de cuartel avise que un mando ha entrado en la batería y todo el mundo en pie en posición de firmes, etc... Por fin conoceré a Anna!15 En esos momentos el paisaje me invitaba a pensar que dentro de unas horas podía ver a mi mujer y claro al sueño que durante muchos meses quería conocer: Mi hija Anna. Estaba tranquilo y al mismo tiempo impaciente, no sabía casi nada de Anna sólo lo poco que cuatro días antes mi padre me había contado. En mi mente tenía una concepción de cómo podía ser, aunque sabía que la verdadera imagen solo la conseguiría cuando la viese, mientras jugaba a las adivinazas, con las diferentes caras. El parto no había sido nada fácil, debido al ginecólogo que le hizo tomar unas pastillas para adelantar el parto, según parece estuvo una veinte horas con dolores y contracciones, hasta que mi hija decidió salir a esta su nueva vida. Cuando llegué a Rubí fui directo a casa de mi hermano para que me diese la dirección en el hospital donde estaba ingresada Carolina. Aproveché para comer, contar mi batallitas de mili, bueno y mi hermano las suyas. Después de un rato de tranquilidad familiar, que pasó en un suspiro me dirigí a la estación de cercanías para trasladarme a Terrassa una pequeña ciudad donde se concentraban las parturientas de aquella zona. Es curioso cómo pasa el tiempo, hace dos horas estaba sentado, comiendo con “mis hermanos” y cuando me fijé en la hora era tarde y sin embargo ahora en un trayectoria de unos veintes minutos, que separan Rubí de Terrassa, el reloj no cambiaba los minutos. Aproveché para recordar la cantidad de viajes que había hecho hasta la escuela donde estudiaba antes de ponerme a trabajar. El paisaje era el mismo, igual que las estaciones de Les Fonts o Terrassa. Todo era igual alguna tienda nueva pero en el fondo no había cambiado. ¿Cómo podía ser posible?, yo sólo en cuatro meses había cambiado la forma de ver la vida e incluso las personas, sin embargo esa ciudad era la misma, de hecho hacía unos tres años que no había estado por allá y parecía que no me hubiese ido a otra época. Recordando las calles y pensando en mi familia, alternándose los unos a los otro llegué hasta la puerta del hospital y más concretamente en la puerta de partos. Tenía el corazón a punto de exiliarse a otro sitio, las piernas bailaban sin música. Con un profundo suspiro, para tomar fuerzas y enfrentarme a la realidad, conocer a mi hija; siempre había pensado con la palabra hija pero no reflexionado sobre su verdadero significado y no me refiero a la real academia de la lengua. En un improvisado mostrador, pues estaban de obras, un conserje me indicó el camino, el ascensor y la planta donde se encontraban las dos. En el ascensor volví a sentir esa responsabilidad nueva que se llamaba Anna y que era mi hija y pensaba que si no la conocía aún ¿cómo podía ya quererla?, quizás a mi manera pero ya la quería. Se abrió la puerta me fijé en qué dirección del pasillo debía dirigirme. Seguí las flechas y los números de cuartos hasta que di con él, empujé con suavidad la puerta y adentrando sólo la cabeza como si pudiera estar equivocado y allí estaban las dos, Carmen y mi suegra. Después de los besos característicos cuando me dejaron dije, “¿alguien me puede decir donde esta la niña?”. En ese momento entró una enfermera con un bebé en los brazos, lo dejó justo en la cuna que estaba al lado de la cama de Carolina. Me quedé mudo no sabía qué hacer, si llorar, desmayarme, hablar o gritar, pues nada de eso sólo la observaba y la admiraba, en plena satisfacción una voz hizo que regresase a la tierra, era mi suegra. Que ¿qué te parece tu hija?. Pues -no con seguridad la contesté- es un poco fea ¿no?. Grave error cometí yo creía que saldría divorciado y esposado, me refiero a grilletes. Hasta la enfermera comentó que era un bebé de los más bonitos que había visto y eso que ella había visto muchos. Rápidamente rectifiqué antes de correr peligro y con mucha sutilidad expliqué que si el pelo la piel aún arrugadita, no esperaba o sabía que naciesen así, y en cierta forma no engañaba a nadie. Se calmaron las cosas y comenzaron a contarme muchas cosas sobre el parto y lo que Carolina había sufrido y entre lástimas y penas pasaron las horas, que la niña había nacido con cincuenta y un centímetros, que según parece era una buena altura para una niña y que pesó cerca de tres kilos. Inscribí legalmente a Anna y le comenté a mi suegra que se podía ir pues faltaba poco para el último tren para Rubí, que yo me quedaría con ellas por la noche. Pues fue que no. Entre la madre que decía que ella la estaba cuidando a las dos muy bien, y la hija que no decía lo contrario. Me despedí de nuevo con la esperanza que al día siguiente diesen el alta hospitalaria a madre e hija. De Málaga a casa. Vacaciones14 Compré billetes de avión hasta Málaga, creyendo que si iba en avión llegaría antes que en barco, pero me equivoqué, cuando mis compañeros salieron el día tres de diciembre en barco, yo dormí en mi camareta, no pasé diana, desayuné y después un conocido de Melilla (su hijo era guardia civil en Begur y además cliente nuestro pues compró los muebles de toda su casa) me esperaba en el cuerpo de guardia hablando con el coronel que según parece eran buenos amigos. Cuando me acerqué pensé ¡¿habrá algún problema?!. Me presenté como buen militar rápidamente el coronel hizo que bajase la mano y descansase, después de un breve diálogo de cómo me iba por el cuartel, si había algún problema, etc. , a lo que yo contestaba lo que él quería oír, al fin y al cabo no era amigo mío y los militares eran los militares. Me dejó en el aeropuerto, otro soldado que como yo había optado por el avión estaba mirando los vuelos con destino Málaga, nos pusimos a hablar al menos para pasar el rato de espera hasta la partida. El avión salió a la hora, dirección a la península, "entre amigos" "la Peni", el vuelo muy movido y más con esas avionetas que parecen de papel e incluso dudas que eso vuele, al menos con relativa seguridad. Pero llegamos que era lo único que me importaba. Otra vez en Málaga después de tres meses. Tres meses llenos de innovaciones en todos los aspectos. Mi compañero de viaje se lo montó mejor que yo, pues él hacía trasbordo dirección Barcelona. Como no podía permitirme ese lujo, salí del aeropuerto hasta la estación de tren, por si encontraba a algún compañero para hacer más entretenido el viaje a casa. Una vez en la estación de trenes no fue difícil encontrar colegas, sólo tuve que acercarme a la cantina y donde más jaleo se oía allá estaban, etílicamente felices, desahogándose de lo que supone la vida militar. Después de unos cinco meses sin tener prácticamente noticias de la familia y amigos, pues las cartas tardaban días y además desaparecían con facilidad, pues muchas se abrían “accidentalmente” por si casualidad contenían dinero. El teléfono salía caro, la economía de un soldado estaba normalmente bajo mínimos, pero muy bajos, todas esas cosa además de recibir órdenes, muchas estúpidas y sin ningún sentido e incluso contradictorias . Pero eso era el ejército catorce meses ilógicos y contradictorios que solo servían para alimentar el corazón patriótico en una gran farsa y una cruel pérdida de tiempo. Esa era la causa de aquel simpático y desordenado albedrío. Mis objetivos hasta las cinco de la tarde en que tenía que tomar el tren, no eran otros que primero comer algo, para lo cual salí de la estación pues los precios son más baratos y se come algo mejor, y yo estaba harto de comer rancho cada puñetero día así que me di un capricho junto con dos soldados que tenían más hambre que “sed” y buscamos una casa de comidas baratas. ¡pero cómo comimos!. Comer un plato casero fue el mayor placer que sentía en muchos meses y que esperaba que durase al menos todo el mes de permiso. Después de una tranquila sobremesa con un café de los de verdad, fuimos paseando por esa ciudad tan bonita hasta llegar nuevamente a la estación. Seguimos la misma táctica nos acercamos a la cantina y claro aún estaban, algo más cansados y ebrios, pero aguantando hasta que el cuerpo dijese no, o bien que llegase la hora de marchar, entre cervezas y más cervezas pasó el tiempo muy rápido, nos acomodamos como pudimos y no era por falta de sitio, si no por el estado lamentable que teníamos. Una vez instalados salió el tren, poco a poco y uno a uno fuimos quedándonos dormidos, acompañados por el continuo movimiento del tren y su penetrante sonido. Con la borrachera y el cansancio, la tensión retenida durante esos meses... ni una bomba nos hubiese despertado. Después de unas tres o cuatro horas alguien que encontró la lucidez comentó que el vagón bar se cerraba en media hora y como si tocasen diana, nos levantamos a toda prisa dirección al vagón bar so pena de quedarnos sin algo para comer ni beber durante toda la noche y eso podía ser catastrófico pues si no logras dormir por la noche el trayecto se hace eterno, al menos si tienes algo para ir picando y poder echar un trago el tiempo no queda parado o eso es lo que perece. Sería media noche cuando acabé con el bocadillo que había reservado y después intenté coger una postura que no me proporcionase dolores típicos de malas posiciones. Más menos que más encontré la forma de no amanecer como un ocho y dormí hasta las siete aproximadamente. Aún quedaban unas horas para llegar a la estación de Sants. Esperando una buena noticia12 Todos los días comenzaron a ser iguales durante el primer mes, osea muy aburrido pues estábamos rebajados de servicios y personalmente mi trabajo para todo el día era barrer la batería y limpiar las letrinas, (si estaban muy sucios los arrestaba, y después venían los de mantenimiento y los limpiaban), trabajo muy agotador y de mucha dificultad y responsabilidad. También acompañaba al cabo enlace para ayudarle en las compras para los oficiales, coger el correo, llevar documentos de uno a otro cuartel etc. . Esos días me lo pasaba bien pues veía una Melilla diferente a la que veíamos durante el paseo, eso cambiaba la rutina y acortaba el día que era lo que más importaba, pasar el tiempo lo más rápido fuera como fuera. Pasado un mes, más o menos, en la plana mayor necesitaban alguien con conocimientos de delineante y qué mala suerte! me trasladaron a la décima batería. Allí las cosas eran diferentes, me hicieron trabajar de jardinero y tampoco hacía nada, miento ya tenia guardias, retenes y poca cosa más. Conforme pasaron los días me destituyeron pues ni habían plantas que cuidar ni que plantar, por lo cual era ilógico tener un jardinero sin jardín, así que como el resto... hacer instrucción, gimnasia y a mover "los rusos", que eran unos cañones muy grandes y pesaban mucho, aunque el teniente decía que durante la segunda guerra mundial (je, me parezco a Forest, Forest Gump), los cuales habían participado y sobrevivido, los manejaban entre diez soldados. Pues nosotros éramos quince y si encontrábamos una pequeña piedra no habían narices a moverlo. Un día un compañero fue atrapado por una de las dos ruedas y le partió el empeine del pie y casi ni lo tocó. Sería en octubre o noviembre cuando se jubiló un reemplazo y quedó libre un puesto de ranchero, me apunté con la ventaja que estaba casado y el puesto de ranchero estaba rebajado de rancho y se cobraban unas seis mil pesetas, unos treinta y seis euros. En cocina se trabajaba más pero quedabas rebajado de todos los servicios y por otro lado el dinero venía muy bien. Fui elegido, por mi situación, y comenzó mi época de cocinero en la mili. Así, me levantaba cuándo me correspondía para preparar el desayuno una media hora antes que los demás, si no me levantaba sobre las diez, que no estaba mal, comíamos antes que los demás por si acaso no había la suficiente comida para todos, y como estábamos rebajados nos podíamos quedar sin probar bocado. Así llegué hasta finales de noviembre cuando Carolina salía de cuentas, no paraba de acercarme a “teléfonos” para preguntar si me habían llamado o no, ya me llamaban pesado, era igual yo pasaba cada hora y desde dentro me señalaban negativamente y así casi dos semanas. Hasta un domingo que además libraba de cocina, después del desayuno y antes del paseo de las doce, o iba a misa o bien tocaba limpiar la batería o bien la calle del regimiento, es curioso pero en esa época casi todos éramos católicos y practicantes, pues para limpiar no quedaba nadie. Aquella mañana cuando salí de misa uno de la cantina corriendo me gritaba como loco. !!!que eres padre, que eres padre!!!... Apenas lo oía, pero sentí un aire caliente, un tembleque y un nerviosismo parecido al que tiene un niño cuando espera los Reyes Magos. Cuando estuvo a mi alcance pudo comunicarme con respiración entre cortada, pues venía corriendo, la buena noticia. En ese momento no sabía qué hacer ni qué decir, hasta que por megafonía escuché “ el artillero Moreno que venga que llevan una hora llamando”; sólo faltaba que dijesen “! Imbécil que te están llamando!". El patio de armas comenzó a gritar y silbar pues creo que a todos les había dicho que me avisasen, no faltaron ni las palmas. Hablé con mi padre, “todo ha salido estupendamente, tienes una niña preciosa”. ¡Niña! Exclamé, ¿no había dicho el ginecólogo que sería un niño, que le había visto los testículos y no tenía duda alguna?. Pues no, era una niña que tendría por nombre Anna. Ya lo teníamos pensado, e hicimos bien, pues como para fiarse. Junto a muchos amigos nos fuímos todos a la cantina, hasta que me desperté al día siguiente en la cama y no me pregunté nadie cómo llegué hasta allá. Nació el veintinueve de noviembre de mil novecientos ochenta y uno. Yo cogía el permiso de un mes al cabo de cinco días. Del puerto al cuartel11 Los camiones militares nos esperaban a todos, fueron llamando por orden de cuarteles y formándolos delante de cada camión encargados de trasladarlos. Un cabo de artillería vociferó dos nombres; el de un gallego y el mío. A nosotros no nos esperaba un camión si no un "mil trescientos" como más tarde me enteré que se llamaba. Total para cuatro personas tampoco hacía falta más. El cabo enlace y el soldado conductor, sentados delante hablaban como confabulándose de algo, por dentro ya pensaba, seguro que nos hacen la primera novatada. Pararon el coche delante de un bar que venía de camino. Vamos a parar y así nos libramos de retreta y a vosotros no os molestarán tanto pues enseguida tocarán silencio e igual os salváis de algún revolcón o putada. Entramos al bar tomamos unas cañas y charlamos sobre la vida en Melilla y sobre todo la vida en el cuartel, pasado un buen rato volvimos al coche directos al cuartel que sería nuestra residencia durante los próximos nueve meses. El soldado enlace nos presentó en el cuerpo de guardia, salió el suboficial de guardia un sargento a recibirnos. Dió órdenes al cabo enlace que nos llevase a cocina para reponer fuerzas y después nos acompañasen a la batería nombre que se le da al barracón, en otros regimientos son compañías. Cenamos bien, además estábamos solos, bueno y un ranchero, “cocinero”, que nos acompañó durante la cena, después nos acompañó a la batería imaginaria y nos dijo dónde estaban nuestras camaretas. Una vez en la cama intentando conciliar el sueño cuando unos soldados vinieron a darnos la bienvenida, o sólo a matar el aburrimiento o simplemente hacer algo que saliese de lo normal. El hecho es que se acercaron a mí con las bromas que luego serían típicas con todos los reemplazos que vendrían por detrás, ej: “te vendo un camello" o bien "¿saben tus padres que estas en África?" etc., estas tonterías a las tres de la madrugada después de un día movido y sin dormir aseguro que es una faena de las gordas aunque suave. Luego me ofrecieron tomar brandy quisiera o no. Vosotros mismos les contesté. Desde los quince años en que cogí una borrachera con brandy y anís no puedo ni olerlo, pero si queréis no hay problema. Me hicieron beber y acto seguido un soldado quedó impregnado de mis vómitos que con aguda puntería no fallé, todo lo contrario acerté de pleno, después de unas palabras mal sonantes, nunca más me volvieron a molestar. Por lo menos en la plana mayor de mando donde me habían trasladado. De Málaga a Melilla10 Bien, nos habíamos librado de formar tanto en el muelle, para pasar lista y luego en cubierta, para un poco más de lo mismo, hasta que rompieron filas y llegamos nosotros apunto de quitar la pasarela. El trayecto cruzando el estrecho duró unas ocho horas aproximadamente. La mar estaba razonablemente tranquila y el sol apretaba con ganas, para no perder la fama de esas tierras, en este caso, mar. Los delfines nos acompañaron las últimas millas de la travesía relajándonos y disfrutando con sus saltos y cabriolas. Dicen que salvan a los náufragos, me lo creo pues durante el tiempo que estuve observándolos, mi mente se alejó de los recuerdos que durante toda la noche y todo el ajetreado día. Viéndolos saltaba y jugaba con ellos y sobre todo los admiraba y envidiaba. Eran realmente libres, si no disimulaban muy bien. Alcé la vista y pude avistar tierra, África, Donde estaría Melilla me preguntaba, como era pregunta sin respuesta aparté de mi mente la posible ubicación para admirar o mejor dicho para comparar el paisaje y sobretodo el color de la tierra, Rojiza y anaranjada. Era bonita mi primera impresión, igual el viaje vale la pena aunque fura solo por el paisaje. El crepúsculo también se pavoneaba con su extensa cantidad de colores y formas aumentado la belleza de aquellos acantilados que nos recibían e indicaba nuestra próxima parada. Anochecía cuando surgió ante nosotros la bocana del puerto de Melilla, las caras de los soldados fue cambiando con expresiones de desconcierto e incertidumbre. Después de realizar todas las maniobra por los técnicos portuarios desembarcamos no muy ligeros , de echo no teníamos prisa alguna por saber que pasaría ahora o después. Tortuoso camino de Melilla9 Con veinte años, recién casado, con muchas ganas de vivir pero claro, en casa, y otra vez la incertidumbre del destino. Esta vez era un autobús y no un tren, el que lentamente abandonaba su parada, en él también mi lenta salida y con él, yo con mis dudas, con mi añoranza, con mis lágrimas del adiós y con mis primeras heridas en mi corazón, quizás mis primeras heridas de amor. Algo me pasó durante ese permiso que realmente hiciese que me preocupase de algo, en este caso alguien, que no era yo mismo. Ahora me preocupaba de mi familia, pero en el exilio, con una paga de unas mil trescientas pesetas, unos ocho euros de los de ahora. Y eso porque iba a Melilla que se cobraba un poco más por peligrosidad o una cosa parecida... Tiene gracia... ahora que lo pienso debo de estar en deuda con el estado por pagarme más que en la península. Pues no! no tiene gracia y... qué narices... no les debo nada! Como en el primer viaje, entre tribulaciones caí en manos de Morfeo, pero en esta ocasión demasiado profundamente lo que ocasionó que en un cambio de autobús que tenían que efectuar los viajeros que se dirigían a Málaga, pasó totalmente desapercibido para mí, bueno y a otro soldado que como yo se quedó dormido en los laureles. En nuestra ignorancia el viaje fue extraordinariamente tranquillo hasta Almería. Bajó todo el mundo menos los dos despistados soldados, que con cara de extraño ridículo y con la cabeza por encima de los asientos, como si de repente nos tuviésemos que esconder de algo. Serían las siete de la mañana el chofer estaba descargando los equipajes de los pasajeros, cuado quedó solo subió al autobús con aspecto preocupado, al vernos allá inmóviles y en un absoluto silencio. “¿que hacéis aún en el auto?", nos preguntó, más con tono de prever posibles problemas, que de extrañarse de nuestra presencia. Nos comentó que al poco de salir de Cornellá habían notificado el cambio de coche para los que dirigían para Málaga. Pues nosotros no lo hemos oído y si había traslado de autobús debían haberlo notificado en la agencia donde habíamos pagado los billetes de viaje. El chofer tenía que ir a Motril y de ahí a un pueblo cerca de Málaga. Después nos acercaría a Málaga pues dejaba el auto en un hangar cerca del puerto, que era nuestro primer destino. Legamos a Motril y viendo la hora que era y la hora que zarpaba el barco decidimos que no llegábamos a tiempo y podíamos tener problemas, pedimos permiso al conductor para acercarnos a la guardia civil y que desde allá se pusiesen en contacto con nuestros respectivos cuarteles. El conductor asentó con la cabeza advirtiendo que en unos treinta y cinco minutos el se iría. Con unas simples señas corrimos en busca del cuartel de la benemérita. Sólo hicimos una manzana que, en una plaza de la cual tengo un vago recuerdo, posiblemente modificado. Entramos en el cuartel con aspecto cansado pero serios, formales e impecablemente limpios y arreglados. Nos atendió el Número que estaba de guardia. Le explicamos todo lo sucedido con infinita preocupación de que el estado se enfadase con nosotros y pudiera ejercer cualquier forma de represalias. "Eran otros tiempos" como ya he mencionado. El guardia adentró en una oficina después de haber pedido el obligatorio permiso. Salió después de unos dos o tres minutos, tiempo justo para comentar nuestro problema, nos dijo que esperásemos un momento. El tiempo se nos echaba en encima y nosotros seguíamos esperando a alguien que nos justificase. Por fin salió un sargento con aspecto semblante a todos los sargentos que pasean por España; bajo gordo y con bigote, además de cara de pocos amigos. Bueno chicos no os preocupéis, nos dijo, os haré un comprobante y si perdéis el barco cogéis el próximo barco, ya lo sabrán pues les telefonearé para que sepan lo sucedido. Por fin redactó con grandes dificultades, como todos los sargentos por entonces, dos reseñas para exculparnos de nuestro retraso. Cogimos el autocar por escasos segundos, ya que se disponía a poner el motor en marcha, aunque con las puertas aún abiertas. Dadas las prisas hasta es posible que llegásemos dentro de la hora establecida, o también que el pobre señor se apiadase de nosotros y nos esperase más de lo debido. Algo más relajados emprendimos camino a ese pueblo donde terminaría la tercera parte del trayecto. De aquel pueblo si que no me acuerdo de nada, como tampoco de la cochera donde nos apeamos definitivamente en Málaga. Ciertamente estaba cerca del puerto. Con una breve indicación nuestro “nuevo amigo” se despidió de nosotros deseando que no tuviésemos problema alguno... Y corrimos otra vez pero en este caso en la búsqueda desesperada de un bar, no precisamente por sed aunque apeteciese, no, en este caso era una urgencia que no podíamos retener casi ya. Con la cantidad de bares que hay en España resulta que en plena zona portuaria no había ninguno visible, o es que tanta urgencia producía una ceguera que no nos permitía ver la palabra bar? En 1981 Dios apretaba pero no ahogaba, “ con el tiempo Él también cambiaría”. Milagro! pensé, un bar en la esquina, no pedimos más que donde estaba la puerta del lavabo, eso sí “por favor”, después de un intenso dolor y sin echar gota, sí, una primera presión hace que mi cara y mis sudores faciales se tornasen en un placer indescriptible pues creo que huelga hacerlo. Con enorme sonrisa y gran amabilidad pedimos una consumición, no en vano nos había salvado la vida, o casi. Después de pagar, que por cierto no era caro, pues aprovechamos a comer algo ya que creíamos que habíamos perdido el barco y a lo peor era nuestra última comida hasta quien sabe dónde o cuándo volveríamos a probar bocado. Sin grandes prisas nos dirigimos a preguntar a unos policías militares qué debíamos hacer. El barco no había salido aún pero no teníamos billete y sería el sobrecargo el encargado de aconsejarnos sobre los procedimientos de la compañía con el ejército. Subí el último cargado de un pesado petate cargado de cantidad de cosas inútiles, como la ropa de civil y otros objetos que no servirían para nada. Nos abordó es sobrecargo y muy amablemente nos cobró el trayecto y nos dio un billete que se suponía que nuestro cuartel nos abonaría. Bueno al fin y al cabo estábamos a bordo rumbo a Melilla, y además a la hora y como empezaba a ser costumbre por los pelos..." De Cádiz a Gerona y luego...8 Acabó, acabó el desfile, yo no había visto a mi familia, pero ellos sí por lo cual en vez de buscarlos yo, me encontraron ellos a mí. La alegría fue la misma muchos besos muchos llantos esta vez mi madre se llevó la palma. Yo sólo pensaba en salir de aquel campamento y como todo pasa, también salimos a una corta libertad de catorce días todo un lujo después de esas seis semanas fatídicas. Una vez en el coche les llevé hasta El Puerto, como no para despedirme de la señora que nos daba cama por un precio realmente barato y además cocinaba muy bien. Me aproveché de su hospitalidad para cambiarme de ropa y ducharme pues la jura nos había calado de polvo. Después de la ducha con ajax pues no encontré otro jabón, como apenas tenía pelo después del corte que nos dieron no tenía mucho que perder, nos dirigimos hasta los cocederos, también para despedirme de esos percebes gambas y en general de aquel surtido extenso de ácido úrico que esta de muerte. Como a todos nos gustaban esas "porquerías" disfrutamos de lo lindo; no paraba de hablar de los grandes sacrificios que estaba haciendo por la patria y si lo hacia era para seguir comiendo y no perder bocado mientras ellos me hablaban cada uno de su tema, mi mujer que si me había echado de menos, que si estaba muy bien con mis padres, que si el trabajo estupendo, mi madre un tanto de lo mismo y mi padre pues hablándome del trabajo, como siempre acabábamos hablando los dos de lo mismo: del trabajo, de hecho nos atraía y así tampoco discutíamos. Después de tan suculentos manjares contrastó con el hostal de carretera de Córdoba en el cual pernoctamos, no sólo por la diferencia de comida si no también por las habitaciones que daban pena, pero, fue lo único que pudimos encontrar dadas horas que eran y el cansancio que arrastrábamos todos, ellos por el viaje, ya unos 1700km. y yo por ese duro mes de entrenamiento y por supuesto una mañana crematoria y agotadora. No recuerdo si llegamos directamente a Rubí o a Palamós, pero era igual estaba en casa fuere donde fuere, al fin y al cabo estaba con mi mujer que en aquellos momentos era lo que más me importaba. Recuerdo que la sensación que recorría mi cuerpo solo con mirarla o simplemente notar su presencia, hacía que todo aquel mes y pico hubiese valido la pena. La miraba constantemente como si de una película se tratase, intentaba memorizar fotograma a fotograma cada segundo que estábamos juntos, para luego cuando no estuviese ella durante los ocho o nueve meses que estaríamos separados pudiera proyectarla mentalmente. Diez o catorce días no dan para mucho y pasaron con exagerada rapidez. Cuando quise darme cuenta estaba otra vez dispuesto para el viaje. Que no para la separación. Primera despedida e instrucción7 Claro está que el día de la despedida ... mejor dicho la jornada anterior la pasé con los amigos y algunos nuevos familiares, esas cosas que tanto me gustan... cuando realmente estaba en la estación de “Sans” para la auténtica separación sólo estaban mis Padres y Carolina, tampoco necesitaba nada ni a nadie más. Fue dura pero que muy dura, hasta ese momento, en el andén de la estación, no había reflexionado sobre mi partida y mucho menos hacia dónde me dirigía y no me refiero ni al nombre del pueblo ni del “C.I.R.” como se conocía al centro de instrucción de reclutas, si no precisamente en el tiempo que pasaría hasta que los volviese ver y que realmente estaba en filas estaba incorporado al ejército. Cuando partió el tren , las lágrimas nos invadieron y las palabras se ahogaron en un tenso silencio entre miradas tristes... Fue duro muy duro. Desaparecidos de vista cuando una vez ya sentados y casi acomodados comenzaron a venirme imágenes del anden y sobre todo de la cara de Carolina quien tampoco pudo mantener el llanto. Sólo la veía a ella llorando, hasta que mis párpados venidos a bajo me proporcionaron el descanso que en esos momentos necesitaba. Un par de horas de siesta fueron suficientes para relajarme y conseguir pensar en el trayecto tanto del tren, como de mi futura vida como militar. Como todas las madres la mía para no ser menos, preparó una bolsa con comida, con abundante comida y hasta una botellita con vino y otra de agua para poder pasar las viandas. De todas formas había coche bar, eso significaba que para estirar los pies tenías la excusa perfecta para caminar hasta allá. Entre paseo y paseo pasábamos el tiempo, los compañeros de viaje que también iban a Camposoto –Cádiz, y claro yo. Después de unas veinte horas de ferrocarril incluído un transbordo en Sevilla, llegamos a Cádiz y después al campamento de instrucción. Nos había venido a recibir dos soldados, éstos al menos eran simpáticos, subimos al camión y nos dejaron en la entrada del cuerpo de guardia. Un suboficial nos acompañó a nuestras respectivas compañías. Los de Ceuta a unos barracones de ladrillo nuevos y bien acondicionados, para los de Melilla grupo en el que me encontraba, nos reservaban unos muy encalados y con techo de “uralita”. Empecé a pensar que todo lo del ejército era viejo, además de alto. Unas grandes vigas de madera servían de corredores para que las ratas pudieran desplazarse con inmune libertad. Como no llegué con mi reemplazo que ya había marchado a su destino final y antes del reemplazo siguiente, no hacía nada durante todo el día pues en mi compañía estaba sólo, bueno con unos seis soldados que ejercían de instructores, cuando habían reclutas claro. Una semana pasé vestido de paisano, matando el tiempo como podía. Hablaba con los soldados y en realidad me vino muy bien esa semana, pues cuando llegó el reemplazo con el que tenía que hacer la instrucción tuve algunas prioridades a la hora de hacer trabajos tales como limpieza de cocina o barrer cualquier cosa, tenían mucha manía con eso de que se barriese, aunque no de un corte de pelo al uno. Normalmente el cabo furrier me reclamaba como ayudante y pasaba el rato con él, jugando a las cartas o simplemente hablando y tomando algún que otro refresco. Los viernes a la hora del paseo salíamos de fin de semana, unas veces íbamos a Cádiz, otras al Puerto de Santa Maria donde por cierto tenían unos cocederos de marisco que quitaban el sueño bueno y el dinero, pero no se podía resistir. Pasó el mes y medio de instrucción con muchos sudores y menos agua, pues estaba racionada. La noche anterior a la jura de bandera, me costó mucho coger el sueño pensando que por la mañana me reuniría con mi mujer y también con mis padres. Según mis cálculos estarían en algún hotel de Cádiz o rodalías. Y yo sobre un colchón lleno de chinches esperando la actuación del día siguiente. Al toque de diana la estampida fue general: lavarte, pasar lista y corriendo a preparar los petates y a desayunar que haría falta pues nos quedaba una mañana agotadora, además de un suculento desayuno que nos habían prometido por la noche durante la retreta . No nos mintieron croïsans de verdad y café con leche también autentico .Después de dos horas de estar formados en pleno mes de agosto con una temperatura ciertamente elevada. Los reclutas caían como moscas a causa de lipotimias, eran recogidos por los mismos soldados que nos dieron la instrucción y llevados a una tienda convertida en hospital de campaña, allí jurarían bandera y dejaban de sufrir. Después de una larguísima misa militar con el arma para arriba luego de rodillas después otra vez de pie y el sol que no dejaba de calentar y deshidratar. Pensaba sólo en tres cosas, la primera localizar a mi familia fue imposible y desistí, la segunda en que yo también me desmayase y así solidarizarme con mis compañeros, pero tampoco hubo suerte, y la tercera en una fuente, que tuviera agua pues no todas tenían. Acabó la misa , los discursos de los altos mandos a los que no habíamos visto en la vida. Desfilamos jurando bandera nos volvimos a reagrupar y a la voz del capitán, ya conocía los galones, salimos a paso ligero hasta el fondo de la pista donde debíamos desfilar delante de la bandera, después de un corto sermón dio la orden del desfile, la pista era más larga de lo que creía y además las ganas de salir eran infinitas y no sólo por la familia era porque teníamos catorce días de permiso y eso si que importaba. Hospital Militar6 No eran las ocho cuando aparcaba el coche en sitio seguro por si acaso tenía que venir alguien a buscarlo, en el caso de que por ejemplo quedase interno en un hospital militar hasta la finalización de las pruebas. Todo eran dudas y preguntas sin respuesta. Me dirigí lentamente hacia el gran portón de entrada, que en aquel momento no sabía si también sería de salida. No tenía prisa pues aunque las dudas me dominaban, tampoco me urgía saber que me depararía el interior de ese ruinoso cuartel. Dirigía la mirada a diestra y siniestra, como fotografiando las imágenes que veía y las que quería guardar a modo de despedida. Frente a la entrada un grupo de jóvenes de mi edad aguardaba con cierto nerviosismo a que esa gran puerta se abriese. Pasaron unos treinta minutos de la hora establecida cuándo una pequeña puerta que pertenecía a ese gran portón se abrió, un suboficial y un soldado con un papel en mano salieron al umbral. Con voz de pocos amigos y alto grado de chulería el suboficial gritó, pónganse en fila de a uno conforme les valya nombrado y pasen la puerta sin perder esa formación. También dijo cosas como "presten atención pues no pienso repetir nombres" y cosas como esas que te hacían poner la piel de gallina. Como todos yo también fui reclamado. Crucé la puerta, que por cierto solo se podía pasar de uno en uno dada la estrechez de la misma. Un patio de armas fue lo primero que vi, sin perder la fila nos fueron colocando en medio del patio. El “simpático” suboficial después de un carraspeo y con voz de cazalla empezó a exponernos el plan “de trabajo” que diariamente debíamos seguir escrupulosamente, so pena de ser desertores y cosas por el estilo. Teníamos que presentarnos cada día antes de las nueve y firmar en la lista que tenían preparada en un pequeño y cutre despacho, creo que ni la pintura quería estar allá pues en forma de grandes placas se desprendían de las paredes en forma de protesta. Pero antes de estampar la firma había que cumplir con la patria barriendo el famoso patio de adoquines, tierra y hiervas las cuales se suponía que debíamos quitar cada día. Y así comencé con mi servicio a la patria, con una escoba que era por supuesto mejor que agacharse a recoger las malditas hiervas. Después de una hora aproximadamente, el tipo de "mala leche" como siempre gritando nos comunica que podemos ir firmando, para lo cual y como empezaba a ser habitual nos volvieron a formar y por una escalera que quedaba justo enfrente de la puerta de entrada comenzamos a desfilar o mejor a escalar aquellos altos e irregulares escalones que como todo el cuartel pedía a gritos una jubilación honrosa o sea la demolición de ese edificio con techos interminables barandas de hierro corroído por los años y el paso de tantas y tantas manos. Llegamos al primer piso casi con la lengua fuera, pues en vez de un piso parecían tres. Allí conocimos el despacho y a los dos soldados que un poco más amables nos esperaban con la lista y ese pequeño apartado para poder rubricar. Después de que nos dieran una hoja para presentarnos a los reconocimientos(hora y lugar de las pruebas), cada uno con cara de gran satisfacción fuimos saliendo y esta vez sin formar. En mi hoja decía que tenía que presentarme al día siguiente en el hospital militar para visita médica. Tuve que retornar pues tenía hora a las nueve treinta de la mañana y claro no podía estar en dos sitios a la vez. Me contestaron que no había problema, en el hospital me darían un justificante que entregaría en esa oficina cuando acabase la visita, aunque sólo por las mañanas, si no al próximo día. Más tranquilo salí de ese ya maldito cuartel, recogí mi coche y me dirigí a Rubí. No tenía prisa y además una de mis facultades es perderme con extraordinaria facilidad, o sea que me tomé la cosa con calma para intentar memorizar bien el camino. Como siempre, en aquella época, a las nueve y treinta minutos estaba no sólo el hospital, si no que también había podido descubrir la planta y puerta donde sería visitado. Quedé sorprendido de la cantidad de gente que dice tiene problemas de espalda. Un pasillo largo y como no alto, empezaba a pensar que todos los edificios militares eran cochambrosos y de techo exageradamente altos, acogía a una multitud de personas que como yo teníamos cita a la misma hora. A las diez y media la puerta a la que todo el mundo miraba de reojo, no se había abierto para nada. Sin haber prácticamente desayunado mi estómago comenzaba a tocar esa música característica con sonido hueco muy hueco. Por fin sobre las once llegó un militar que debía de ser importante, pues todos los soldados que con él se cruzaban saludaban de forma automatizada y solemne, acompañado de una enfermera abrieron la esperada puerta, media hora después salió la enfermera, comenzó a llamar por orden alfabético, por lo cual teniendo en cuenta que tenía de tiempo hasta la letra M, salí raudo en busca de un bocadillo de lo que fuera. Tuve suerte y encontré rápidamente un bar, fue mi salvación pues mis tripas no perdonaban mi abandono. Una vez satisfecha mis ansias volví al hospital para ver si me nombraban. Eran aproximadamente la una y media de la tarde cuándo después de nombrar a alguien con la letra J, dijo que nos esperaba a todos mañana a la misma hora y que nos podíamos marchar. Algunos de nosotros pedimos el justificante y nos contestó que no hacía falta y si nos decían algo entonces ella lo justificaría. Se dio la vuelta, abrió la puerta y desapareció. Como no daba tiempo para acercarme hasta el cuartel, llamé por teléfono, tardaron en descolgar el auricular, expuse mi problema y me comentaron que no había de temer represalias. Bueno si no hay problema y ese es el control que llevan, esto puede tardar muchos días, antes que pudiera ir al tribunal médico y fallara mis resultados. Eso lo pensaba después de enterarme que el oficial médico era de medicina general y comentaron que él sólo decía a que especialista mandarte . Otra vez, sin prisas cogí la carretera de la” arrabasada” dirección, otra vez para el pueblo. La carretera aunque llena de curvas y alguna corta recta, me infundía sensación de tranquilidad espiritual que intentaba conservar a toda costa. La primavera siempre ha sido mi estación favorita y esos olores que despierta, colores que alimentan el alma, pero no el estómago y tuve que empezar a acelerar antes que tuviese serios problemas conmigo. Al día siguiente me presenté en el hospital pero, esta vez serían como las diez más que menos, la acumulación de gente continuaba igual que el día anterior. En esta ocasión el oficial estaba ya visitando, pregunté por qué letra iba, la mima de ayer me contestaron. Bueno por suerte llevé un bocadillo para amenizar la espera que prometía ser igual que el día anterior. No me equivoqué y sobre la una de la tarde escuché mi nombre. El oficial médico, capitán según oí, estaba sentado detrás de un despacho de hierro y formica, a tónica con el consultorio, de muebles antiguos y mal pintados y con el resto del hospital. Todo estaba a juego hasta con el capitán que si sería oficial, pero no caballero. Me hizo sentar, después de un espacio indeterminado de tiempo en absoluto silencio, comenzó con el interrogatorio: Nombre y apellidos, dirección y que me pasaba. Tengo desviación de espalda y me duele. Me miró por primera vez y acto seguido me entregó un papel. Puede retirarse, fueron las únicas palabras que pude escucharle. Y como no me fuí con el papel en mano y con terribles ganas de salir de ese hospital. Aunque me daba mas o menos tiempo de llegar a intendencia, decidí no correr por si acaso o sea me fui al bar del otro día y me tomé, una cerveza que me supo a gloria pues el bocadillo de la mañana me reclamaba líquidos. Como el día anterior llamé por teléfono y comente la misma historia del día anterior, con idéntica contestación. Termine la cerveza y me fuí. Como le iba cogiendo el tranquillo al asunto militar, me presente sobre las doce del día siguiente y efectivamente no pasó nada. Nunca más barrí, pues antes de las doce no me presente ningún día. Y así entre visitas al hospital y visitas a intendencia pasé aproximadamente un mes y algo. Hasta que un día que fui a firmar, me comunicaron que la semana siguiente tendría tribunal médico. Se acabó lo bueno pensé. Y... No me equivoqué. Después de esperar, como siempre en el ejército, me hicieron pasar. Un grupo de militares sentados y en fila de tras de una mesa larga. Uno de ellos que estaba sentado en el centro y que debía ser de mayor graduación que el resto, me preguntó el nombre y seguidamente comenzaron a mirar expedientes, radiografías y a hablar entre ellos. Pasaron diez minutos angustiosos, sentado en una silla delante de todos aquellos galones, mirando las expresiones de cada uno haber si podía adivinar lo que pensaba cada uno, sobretodo el del medio. El presidente como en un juicio, por eso se llamaría tribunal médico, me ordenó levantar y después de decir mi nombre en voz alta me comunicó el resultado del “juicio”. “Culpable”, o sea apto para el servicio militar. En intendencia después de unos días me dieron los papeles para recoger el billete de tren hasta San Fernando, provincia de Cádiz. Entre el matrimonio y el ejército5 La luna de miel no fue muy destacada no sé si por la juventud o bien por estar escasos de dinero, o por qué no, a causa de mi actitud ante ocasiones. El hecho es que aunque no lo pasé mal no tengo un especial recuerdo de aquellos días. Y aclaro no es mal recuerdo. Pero la realidad se acercaba y el tiempo apremiaba. ¿Por qué?. Pues... ... es sencillo y a la vez complicado, recién casados y además con una criatura que venía de camino. Pero no se acababa ahí la cosa pues en mayo mi menda cumpliendo con el deber patriótico debía partir nada más y nada menos dirección Cádiz y más concretamente en un pueblo agradable y acogedor como es San Fernando. De allí sería trasladado a Melilla “África” para terminar mi instrucción militar, para defender a la patria, que por imperiosas necesidades no podía permitir que un ciudadano honrado, y entonces lo era , pudiera cumplir con la patria cerca de su nueva familia y compaginar el servicio a la patria con una recién inaugurada vida familiar ... Pues la cuestión es que con las esperanzas de que un gobierno socialista podía entrar a gobernar una España democrática que después del intento golpe de estado había recogido numerosos simpatizantes. Y el ejército. Del ejército español no tenía ni puñetera idea. Eso sí con esperanzas, de una reforma de los reemplazos, de la situación de los casados que era lo que realmente me importaba y de muchísimos rumores que circulaban por aquella época de estrenada democracia. Después de rellenar una cantidad de papeles: Certificado de residencia, de pobreza , penales, matrimonio, de convivencia, etc. etc. . Era ridículo ... señor funcionario puede usted hacerme un certificado de que soy pobre... Será un certificado de pobreza ¿no?, pues será!!... contestaba yo... Aunque después pensaba, ¿será lo mismo?... Con el ejército comenzó toda la movida y la realidad. ... y ... hasta creo que mi futuro. A causa de mi esqueleto, que me recuerda a veces la radiografía de Don Quijote, tengo una desviación ligera de columna y... como era la única manera de intentar retrasar la entrada en nuestro glorioso ejército, me agarré a un clavo ardiendo y alegué mi desviación, para suerte mía aceptaron a realizarme unas pruebas para comprobar si era o no apto para el servicio. La noticia fue muy bien acogida por parte de las dos familias, bueno de las tres, pues claro yo tenía la misma aunque no sé si con aquel espacio de tiempo era consciente de mi situación. Los mozos estábamos convocados frente a cuartel de intendencia de Barcelona. Con un megáfono en mano un suboficial, lo supe después, iba llamando uno por uno para recoger los papeles de embarque cada cual a su punto de destino. Estaba nervioso, a la hora de recoger el embarque, yo debía alegar incapacidad para el servicio militar . Si ¿Pero luego? ¿qué?... Sería aceptada mi súplica o por el contrario me darían los billetes como al resto de los mozos aptos y tuviese que incorporarme esa tarde o al día siguiente según los trayectos y horarios a filas. Haciendo cábalas estaba cuándo oí mi nombre, me acerqué a una mesa de madera vieja, como toda la fachada del cuartel. Después de contestar a las preguntas de rutina: Nombre, dirección, etc., escuché las palabras que estaba deseando oír toda la puñetera mañana. Tiene algo que alegar? Me preguntó un soldado con cara de “a ver cuándo se acaba esto”. Pues sí contesté de manera ingenua como esperando una respuesta de broma como.... “y a mí qué me importa” o algo parecido. Pero no, el pobre soldado no creo que estuviese para muchas bromas después de repetir la pregunta unas quinientas o seiscientas veces. Me dijo que esperase en una fila apartada donde otros mozos en la misma situación que yo aguardaban sin saber qué pasaría más tarde y con la incertidumbre de saber si que pasaría cuando acabasen con los últimos mozos y esas preguntas sistemáticas. Después de unas dos largas horas de espera, y sin más “quintos” que preguntar, nos hicieron formar en fila de a uno y por orden de lista. Fuimos pasando todos, exponiendo cada cual su problema de la forma más exagerada posible, como si aquellos soldados fuesen médicos experimentados. Lo cierto es que se limitaban a escribir las dolencias de forma simplificada, como dolor de espalda, brazo roto, pies planos y así con todos. Por lo cual cuando me tocó a mí disertar mi problema la explicación fue sencilla, dolor de espalda. El soldado me miró con gesto de... ¿me está tomando el pelo? Y es que en este país las cosas funcionan así, si explicas, qué pesado y si eres escueto es que les tomas el pelo. Después de esa mirada de admiración o confusión según se mire, anotó “ dolor de espalda”, me dio un papel diciendo que el lunes por la mañana a las 8 am., como un reloj me presentase en ese mismo cuartel para comenzar el proceso de visitas médicas etc... Me dirigía al coche con sensación de inseguridad e incertidumbre, pensando qué “leches” harían el lunes con nosotros. Una vez dentro del coche la cosa cambió, aquel habitáculo para mí era como estar en casa protegido de cualquier peligro y mi mente se puso a pensar en ese fin de semana que tenía por delante y no sabría si sería el último de esa primavera que pasase con mi recién inaugurada familia. Me dirigí directo a Girona con alto grado de satisfacción y con extremas ganas de contar mi pequeña “aventura”. La hora y media que duró el viaje pasó asombrosamente larga, como si a cada kilómetro que recorría le añadiesen otros más, (de hecho en la carretera había una señalización que marcaba más kilómetro que otra posterior, lo cual no sabías si ibas o venías). Ya en Palafrugell mi estrenada mujer y mis padres saltaban de alegría por el acontecimiento. No era para menos pues mientras otros ya estaban camino de sus respectivos destinos, yo disfrutaba del fin de semana en casita. Pero como la vida no se detiene y menos por mí, llegó el domingo noche con las despedidas, por si acaso. Regresé a Rubí para pasar esa noche previa a la intrigante presentación. Insulsa luna de miel4 Primero paramos en Rubí para desayunar y recoger no sé qué cosas que se descuidaba Carolina. Aquel día comencé a conocer la paciencia y soportar las esperas. Dos horas después cogimos el coche y carretera y manta. Tres hora más tarde parábamos en Peñíscola para comer, dar un ligero paseo y volver a coger el coche ahora dirección Quintanar de la Orden. Pueblo en el que nació toda la familia de mi padre. Según mi padre buscando nuestras raíces llegó hasta el siglo xv, en el cual a causa de las pestes se quemaron todos los archivos de la iglesia. El trayecto lo hicimos casi de un tirón, solo paramos para nuestra necesidades y estirar un poco las piernas y respirar ese aire manchego que a mí siempre me había parecido diferente al resto del mundo. Viajando por ese mar de viñas con un horizonte infinito, salpicado por extensos campos de cereales y maizales, sentía una sensación de extraña libertad e incluso añoranza . Añoranza de los muchos viajes que como ese habíamos realizado mis padres mi hermano y yo, de un pasado ya pasado para siempre. Pero al mismo tiempo con la ilusión de que un día pudiera hacerlo con mi mujer y mis hijos, eso me animaba y alegraba. De momento era solo con mi mujer y ya tenía bastante. No parábamos de hablar y reír mientras no dormía Carolina claro está. Al divisar los molino de Mota del Cuervo se erizaron todos los pelos de mi cuerpo, fue como una inyección de alegría contenida... . Las puestas de sol son siempre bonitas, pero las de “La mancha” tienen algo especial. La conjunción del fuego con el verde de los viñedos y esa tierra cada vez más roja. Es un espectáculo digno de contemplar. El cuarto de hora que nos separaba Mota del Cuervo y Quintanar transcurrió en un suspiro. Al entrar al pueblo ya había oscurecido, encontramos la casa de mis tíos con facilidad. En esos momentos pensé que allí comenzaba realmente para mí la luna de miel, aunque de prestado en todas las casas que íbamos a estar.... Después de los saludos de rigor y una cena, nos fuimos a descansar ..... Pasamos unos días en el pueblo, sin pena ni gloria , de Quintanar a Toledo y de allí para Madrid, hasta agotar las dos semanas que nos habíamos cogido para el viaje..... . Recuerdo que regresamos en domingo pero no recuerdo si vinimos por Zaragoza o por Valencia. El hecho es que tuvimos que aguantar todas las caravanas habidas y por haber. Nos dirigimos primero a casa de sus padres , que no estaban, de allí a casa de los míos, que tampoco estaban. No sé ni como ni cuándo pero aparecimos en el huerto de mi suegro y como era de suponer , después de las pistas que he dado, estaban los cuatro haciendo buenas amistades. Lo cual nos pareció muy bien.¿¿Sería el principio de una larga y duradera amistad??.... Pues como siempre el tiempo nos daría la solución. Casado y bien casado3 El murmullo de la sala era considerable, y eso que ellos habían tomado un aperitivo para hacer más corta la espera. Llegan los camareros presentándonos el primer plato y una vez dado el visto bueno, siempre como mandan las tradiciones, se sirvió a todos los invitados la comida y mágicamente el silencio invadió la sala, eso era porque todos comían con desesperación, yo los observaba mirando mi plato de reojo y llevando lentamente la comida a la boca para disimular más que nada . Y como siempre pasa en este país cuando comenzaron a llenar los vacíos los gritos típicos de “ viva los novios o que se besen etc. etc.” y venga levanta dale un beso a la novia siéntate , levántate y así hasta que llegaron los segundos, otra vez silencio, y así hasta la tarta, en la que los estómagos llenos de sólidos y mucho líquido calmaron los ánimos de gritar pasando a la comunicación social con los compañeros de mesa. Mientras nosotros con el pastel aún en la boca a pasearnos por toda la sala preguntando las tonterías de siempre ,”que si gustaba la boda, que la comida era buena, que si pasaros por casa cuándo queráis y cosas por el estilo. Así uno con una caja de habanos y ella con una bandeja de cigarros pareja por pareja y mesa por mesa , un puro un cigarro y una foto. Realmente agotador, por eso la deben llamar la primera noche de luna de miel, pues cuando se acaba queda un gusto dulce que sabe a tranquilidad y silencio y sobretodo a cansancio. Se acabó el convite ,los invitados bailando festivamente al sonido de un tocadiscos la música más vulgar de la época que se suponía la más divertida y adecuada para estos acontecimientos, parecía que se divertían, sobre todo bebían y no precisamente agua. Mientras nosotros ,el recién matrimonio, hacíamos “mutis por el foro”. En complicidad con nuestros amigos. Nos escapábamos discretamente ,entre más aplausos y vivas, tampoco aunque aplaudieran o gritaran no creo que se diesen cuenta de nuestra ausencia, pues eran actos reflejos uno aplaudía y el resto también sin saber por que, pero eso sí colaborando. Ángel y Lucía, Carolina y Yo, montados ya en el Ford Fiesta de mi padre, aunque siempre lo llevaba yo, nos dirigimos a casa de los padres de Carolina, tenía que cambiarse y cerrar definitivamente las maletas. Allá se quedaron Carolina y Lucía, mientras Ángel y Yo hacíamos lo propio, pues después del cambio íbamos a la discoteca y luego ya a solas Carolina y yo nos íbamos , eso sí ahora ella y yo solos hacia el hotel nupcial. Recogimos las maletas, también a Carolina y Lucía y como he dicho antes nos fuimos hasta la discoteca, donde los amigos “ de nuestra edad” nos esperaban para seguir la fiesta más a nuestra manera. No he comentado que entre los amigos aparte de los de Rubí , que eran mutuos de los dos, también venían de Gerona, que esos eran particulares míos. Los cuales nos servirían de escolta hasta el hotel, más que nada para que no se perdieran. En la discoteca nos lo pasamos bien y después de las despedidas de rigor, cogimos rumbo hacia Gerona, seguidos de nuestro séquito, como no. Llegados a Palafrugell la comitiva se separó cada una a su casa, ”supongo” y Dios a la de todos. Quince minutos de curvas nos separaban del hotel. La carretera la conocía bien pues era mi camino cotidiano al trabajo y la que más se utilizaba para salir de Begur. La conversación durante el trayecto fue banal dirigida sobre todo a como habían transcurrido los acontecimientos y cosa s de chismorreo, quizás para evitar sacar el tema de lo que pasaría aquella noche y así no tener que hablar claramente de todo. Este tipo de conversaciones de besugos fueron muy habituales durante todo el matrimonio, y no le echo la culpa a Carolina, tampoco toda yo, pero... de esta reflexiones ya relataré más adelante. En una pendiente bastante pronunciada aparqué el coche, recuerdo que cuando bajé del coche una sensación fría, húmeda y solitaria, penetró en mí. Durante unos segundos reflexioné de lo que estaba pasando y en esta ocasión quedé temporalmente igualado en esas cábalas que mi cabeza debatía entre lo que está bien, lo que es correcto, lo que está mal si eso no es correcto etc... . La humedad, característica junto con su insigne viento “ L a Tramontana” de aquella zona, no quería separarse de este mi cuerpo. Debido a ello y a las “sin prisas pero sin pausas” y que a Carolina tampoco le debía hacer mucha gracia esa meteorología, pues “arreo” rauda con los “trastos” y nos dirigimos a la puerta del hotel, que era lo más lógico ¿no?. Entramos no me acuerdo si llamando o no, pero entrar entramos, de eso estoy seguro. La habitación era amplia con cuarto de baño y dos camas de 90cm. Cada una, muy cómodas pero dos camas. Eso a mi no me hizo ninguna gracia, pues tenia idea que a la hora de dormir fuera cual fuera la hora , me sentiría con falta de espacio. Pero ya estábamos solos y en silencio. El resto de la noche omito contarlo. Como con todas las relaciones que he tenido sobre este tema mi discreción ha sido y es absoluta. La noche bien y no tuve falta de espacio y el cansancio ganó a todos los cm. que podían faltar. No podíamos dormir hasta la saciedad pues como es sabido a las doce hay que dejar la habitación. Aunque no hubiéramos tenido horario en el hotel , tampoco hubiéramos podido pues más o menos a las dos de la tarde se celebraba un segundo banquete, “no quieres caldo? Toma dos tazas”, en honor de todos los amigos de mis padres que vivían en Bergur , hubiese salido la broma más cara llevándolos a Rubí. Abandonamos el hotel a medio día. Fuimos a Palafrugell a desayunar. Buscando una cafetería digna para la ocasión recorrimos todo el centro de la población, digna de visitar esa localidad. Nos metimos en una cafetería que al menos desde la puerta se podían ver aún algunos” croasanes”, y eso nos decidió para entrar y asegurarnos el alimento. Pues ya más tranquilo y relajado, teniendo en cuenta que el día anterior no había probado bocado, pude saciar mi apetito. Después de calmar la gana quedé absorto viendo terminar su desayuno a Carolina. Mi mente pensaba rápidamente tantas cosas a la vez que mis ideas se revolvían y de la pasta resultante no salía nada. Solo sensaciones, como... cuando reconoces que estas en primavera porque al pasar por un jardín reconoces el olor de las rosas y también reconoces una luz especial que te dice “es primavera”. Una de esas sensaciones viendo a Carolina era de vergüenza. Quizás la edad me condicionaba mucho dado que ella con diecisiete y yo con veinte, resultábamos una pareja joven, muy joven y además como el tiempo rubricó, inmaduros. Me encontraba cohibido y asustado. Tenía la impresión que todos nos miraban, como si supiesen que éramos recién casados y no me gustaba, pensé que todo era cuestión de acostumbrase y así fue. De hecho se había abierto una puerta y no conocía que habría detrás , que sorpresas me deparaban. Todo junto era una incertidumbre que hasta ese momento nunca había experimentado y era la primera vez que tenía miedo por mi porvenir. Se acercaba la hora del segundo banquete, con tranquilidad nos dirigimos al piso en el que vivía con mis padres en Palafrugell y que a partir de ese momento también era nuestra casa . Cumplí también con el ritual de entrar a la novia en brazos y la llevé hasta nuestra habitación , donde todo lo lento que pude, la tendí en la cama y noté alivio, pues... ¿qué hubiese pasado si tropiezo, rompo algo etc...? . Pues sí, llegué triunfante hasta la habitación, (por suerte estas cosas se hacen una vez por matrimonio). No pasarían ni diez minutos cuando aparecieron nuestros padres para todos juntos ir al restaurante. Venían muy contentos , como si se conociesen de toda la vida. Entre risas y risas , escándalo y más escándalo nos dirigimos al encuentro con los “amigos”. El restaurante se encontraba a unos cuarenta kilómetros de distancia, llegamos a la cita a la hora precisa, como debe de ser. Faltaban algunas familias pero no tardaron en llegar. El restaurante era, bueno y aún debe de serlo, una masía adaptada para el trabajo, con una chimenea central, que en invierno los comensales podían asar ellos mismo la carne que habían escogido. Este no era el caso, menudas colas se abrían producido y más con un hambre que cortaba el ambiente. Un salón espacioso, con una decoración rustica y ventanales en dos de sus paredes nos aguardaba para el evento, recuerdo que tenía buena luz, incrementada quizás por un día soleado y sin viento. Nos plantaron las mesas en forma de “u”. Y como ya venía siendo costumbre nuestros respectivos padres y nosotros, en la presidencia otra vez. La comida transcurrió sin tanto algaravío como el día anterior, aunque los licores contribuyeron a algún que otro viva y demás. Al no haber ni pastel ni fotos ni otras historias a las típicas de una comida normal, pudimos escabullirnos con más facilidad que la pasada tarde y viva Dios que no desaprovechamos la mínima oportunidad para desaparecer de la compañía. Estaba deseando llegar a casa para continuar con algunos detalles que quedaron pendientes la madrugada pasada de los cuales entre risas íbamos comentando. Posiblemente la primera vez que hablábamos en serio aunque fuese entre risas. Una vez en casa y después de una merecida ducha comenzábamos a no dejar cosas pendientes, cuando sonó el timbre del piso. ¡Que grata sorpresa! Todos mis amigos de Gerona empeñados en que saliésemos con ellos a tomar unas copas y pasar el rato, ¡como si esa tarde en concreto no tuviéramos idea alguna para pasar el rato!. Resignados aguantamos hasta la hora de la cena y con la excusa del cansancio y todo el trajín de comidas y viajes , pudimos regresar a casa y curiosamente hasta estábamos solos. Parecía imposible los dos solos y con pocas fuerzas. Así acostándonos pronto termino nuestro primer y feliz día de casados. La mañana amaneció también soleada y con un clima primaveral que animaba a realizar el viaje que oras más tardes emprenderíamos hacia Castilla la mancha. Viaje de novios lo llaman, aunque nuestro caso era un viaje económico ,pues se trataba de visitar a la familia y aprovechar la hospitalidad para no tener que gastar en hoteles y comidas . Creo que fue mi primera gran equivocación. Preparativos2 Todo estaba muy planeado. Carolina entonces estudiaba el último curso de secundaria pero decidió dejarlo pues no lo llevaba nada bien y como yo tenía un buen empleo, y además habíamos conseguido un empleo a media jornada para mi futura esposa, acordamos vivir de momento en casa de mis padres, pues me correspondía cumplir con la patria, la leche que le dieron a la patria. Si, un mes después de la boda me incorporaban a filas. Pero! Como en este relato aún no estoy casado, no quiero adelantar mi futuro. Vuelvo a centrarme en esa semana anterior a la boda. Como por las prisas y la falta de previsión ante una boda, pues tener que visitar uno a uno todos los talones bancarios o sea toda su ninguno de nosotros había pensado ni remotamente la idea de una unión conyugal, se decidió que en vez de regalos nos diesen dinero para comprar lo que realmente necesitábamos, pero eso conllevaba familia pues mi familia reside en Castilla y nos lo entregaron personalmente en casa y por suerte fue una sola comida todos juntos. Con el resto de “su familia” engordamos un montón, jamás en la vida hubiera pensado que se podía comer tanto. Pues sí, desayuno, almuerzo, comida, merienda, y cena. Y cada una en diferente casa con diferente familia “divertido”. Sobre todo para un adolescente de 20 años que solo pensaba ir a su aire y que pensaba que casarse solo era aceptar “toda una vida” con tu pareja.... y no con toda la familia , la cual después de la boda no vuelves a ver hasta la próxima fiesta mayor, si coincidías por la calle. Y entre ingesta e ingesta deprisa y corriendo pues que si el traje, las flores, los recordatorios etc. Etc. A terminar todas las compras ultimas charlas con el cura ,pues como buenos cristianos debíamos cumplir todos rituales y costumbres establecidos por la iglesia y sobre todo los creados por la sociedad, posiblemente los más importantes para todos los que me rodeaban. De esa última semana seguro que salió esa frase típica y tópica "si lo sé no me caso”.De hecho creo que es la semana más decisiva de todo el matrimonio, pues ves minuto a minuto como esa libertad que te habías formado durante toda la infancia y juventud, ganada sin dudas con mas de un cachete muchas broncas y enfrentamientos con los padres, se iba desvaneciendo y no precisamente poco a poco. Se supone que éramos mayores y responsables. Pues...!responsable!!!, si lo era sobre todo en el trabajo pero en el trabajo de cada día, que no en labores caseras. Eso para mí era un verdadero sacrificio, aunque después de realizarlos me sintiera orgulloso he importante. Cabe decir “en mi favor “ que siempre se me ha considerado el manitas de toda la casa y lo era aunque me pesase lo era, por eso me tocaba “tragarme todos los marrones” que normalmente en una casa con tres plantas como es la de mis padres eran muy habituales los servicios, aún lo siguen siendo. Hablaba de responsabilidad .Todas esas idas y venidas no eran de ser responsable más bien de perfectos imbéciles que en vez de estar en una cafetería hablando de nuestras cosas ( que para mi no eran precisamente las mismas que la del resto de los humanos por eso eran nuestras cosas, digo yo) y sin embargo no podíamos hablar casi ni con la mirada, pero había que hacer lo que había que hacer, total era solo un semana y aunque pudiera parecer muy pero que muy Nos casábamos en sábado sobre las 13h , si no recuerdo mal. El jueves por la noche se acabaron los compromisos, por fin , el viernes siguiendo la tradición ,yo, el novio no podía ver a mi novia. Aproveché bien el jueves por la noche con los amigos, recuerdo que como pude llegué a casa y pude dormir hasta altas horas, era mi última posibilidad y bien que la aproveche , por la tarde después de la comida, última también como soltero, quedé con los amigos como siempre para pasar el rato riendo y diciendo y haciendo tonterías como hacen casi todos los jóvenes solteros. Aquella tarde tuve una larga conversación con Lucía, como tantas otras veces muy a menudo y siempre bastante extensas , de hay nuestra relación muy próxima e intima siempre salvando las medidas de la moralidad. Aquella conversación fue especial y hasta sorprendente para mí. No hablábamos de lo feliz que iba a ser yo ni siquiera de mi futuro como casado, no aquella tarde no , aquella tarde lucía con gran serenidad y muy seria me dijo que no debía casarme, que no sería feliz y que no estábamos preparados , que Carolina no me quería y me estaba utilizando como mera cuartada social, o sea para quedar bien mientras transcurriese el embarazo, que cometería un gran error y además para toda la vida. En esos momentos todo lo que me larga, no dejaba de ser una semana como cualquier otra. estaba diciendo Lucía no entraba en mis planes y me encerraba en que nuestro amor era verdadero y que sus supuestas dudas eran falsas, que no se preocupase que todo iría a pedir de boca y sería la perna más feliz de la tierra, etc, etc.... .Todo claro está era un auto engaño para justificar una decisión tan importante, yo que en el trabajo tenía que tomar decisiones que costaban un considerable coste y en ningún momento había tenido que arrepentirme de ninguno de mis actos. Que lucía me dijera que estaba equivocado no era posible, sería ella. Posó la tarde, última como soltero. Cené en casa como de costumbre, no era tarde, me había recogido pronto pues los nervios conforme habían ido pasando las horas crecían y crecían, como mis dudas después que a solas conmigo entablase una conversación interna en la cual solo intentaba justificar mi decisión tomada y asegurar que no quedase duda alguna sobre el amor que Carolina y yo nos procesábamos . Como siempre en “mi discusiones internas “ gané yo, o sea que. Txiki el señor de los códigos tenia tomada su decisión irrefutable . Después de la cena me acordé que me había olvidado de la que para mí era la más importante de todo el dichoso protocolo. La despedida de soltero.¿cómo no había pensado eso? , no tenía perdón y raudo y veloz organice mi despedida, claro fuimos muy pocos. Mis padres, Marcelino, Ángel con su novia, Lucía. Pasamos la noche en una discoteca de moda por aquel entonces. Fue la última vez que como soltero bailaría con aquella chica de sonrisa perpetua y con unos ojos como el mar. Pedí una canción lenta para bailar con ella y fue algo especial, según parece estábamos tan juntos que no se podían distinguir los cuerpos, La corriente que pasaba por mi cuerpo dejaba una sensación de placer que no quería que acabase nunca. En esos momentos Carolina había pasado a segundo plano, bueno en realidad no pensaba en ella ni por casualidad. Mi mente aquellos minutos solo eran para Luisa y las palabras que me había dicho unas horas antes y sobre todo quería que no acabase aquella canción. Después de aquel baile no recuerdo nada de aquella noche, seguro que el alcohol tuvo su importancia para con aquella amnesia, como lo tuve en el siguiente despertar, último como soltero. A mi madre la quiero mucho, pero aquella precisa mañana no podía perdonarla que no respetase mi profundo y agudo dolor de cabeza. Después de un café con leche, bastante café en aquella ocasión, y una ducha “reponedora”, me disfrazaron de novio, aunque antes tuve que recorrer medio pueblo buscando un pañuelo para el cuello “presagio de ahorcamiento”. Nunca se encuentra un pañuelo cuando lo necesitas, pero hubo suerte y además bien largo para que la tradición de vender un trozo de la corbata del novio llegase a todos los invitado al convite. Quizás por eso “el dinero” nadie puso objeción a que en vez de corbata , enemiga mía a muerte, optara por ese grandioso pañuelo. Claro que ahora que recuerdo antes de vestirme.... estuve tomando alguna cerveza con los amigos, para quitar el dolor de cabeza, claro que la reunión fue corta. Un rato sin importancia pero que existió claro que existió. Llega la hora de la verdad, todos guapos todos para arriba todos para abajo y yo en medio esperando que alguien diga ¡!!que nos vamos?!!!. Por fin mi padre hizo gala de su autoridad y dijo con voz clara fuerte y sobretodo alta muy alta, de aquella algarabía de ruidos y voces se pasó a un sepulcral silencio. Alguien contesto con voz suave yo ya estoy y milagrosamente era la hora y todos estábamos arreglados, que cosas,. Comenzó el desfile ¡hala! todos a la calle hasta los vecinos habidos de curiosidad y chismorreos, !oh! lleva un traje blanco, decía una, claro como se casa de aquella manera, contestaba la otra.... Acabado el paseíllo por todo el ruedo y ya en el interior del coche empecé a sentirme más que torero toro, pues sentía que donde iba no era precisamente para dar la vuelta triunfal. Pasado unos diez minutos llegamos a la iglesia. Una ermita del siglo X o XV, bonita eso sí. Tuvimos buen gusto ya lo creo, además al no estar en el interior del pueblo el cotilleo sería mucho menor. Después de una media hora interminable, otra cosa que no entiendo.... se queda a la una y se debe de estar a la una,. Por fin llegó la novia, todo el mundo en pie y yo esperando pero esperando a ver si podía controlar las piernas que lejos de obedecerme me traicionaban cuándo las dos se ponían de acuerdo y les daba por no tocar. Tampoco me acuerdo de cómo fue la entrega de la novia y esas cosas que se supone todo ser humano debe de saber. Pues no, yo solo sabía lo que siempre se dice, solo sé que no sé nada. Me sentía como un títere movido de un lado a otro sin ni siquiera poder orientarme. ¡Por fin! Escuché la palabra que estaba esperando durante casi una hora, periodo que nuestro párroco comenzó a hablarnos de la vida cristiana en la familia y otras muchas cosas que en aquellos momentos no tenían alguna importancia , “SOYS MARIDO Y MUJER” de repente al escuchar esa música pude respirar y pensé, ya está todo este “follón”. Otra equivocación “el Títere” se movía de nuevo de aquí para allá y otra vez para acá , fotos con todos los invitados, al menos creo que con todos pues nos tuvieron posando durante mucho rato . Ya finalizada la sesión fotográfica ,el nuevo y feliz matrimonio tuvo diez minutos de descanso para descansar de la multitud, que era lo que me parecía, en el coche que....siguiendo órdenes de no sé quien, nos trasladó hasta su estudio para como Dios manda, hacernos los retratos vestidos de novios y con los trajes bien blancos y planchados, sobre todo enteros. El estudio era una habitación no muy grande, con muchos rollos de decorado para el fondo de esa inmortales fotos, testigos de nuestro amor, ja. Después de hacer las mil y una posiciones acabó la sesión, otra vez al coche, dirección al restaurante, propiedad del tío de Carolina.”Salía más barato me dijeron “, Tampoco me importaba pues entre mi cabeza que me recordaba continuamente la noche anterior y las palabras de Lucía a las que me seguían diciendo que estaba equivocado. Los nervios que no niego que los pasé, valla si los pasé y como siempre hacen de forma inmediata anulan mis ganas de comer. Pasamos paseando a cosa hecha, pues como el chofer era mi tío y se sentiría importante u orgulloso, por todo el pueblo a velocidad caracol. Nunca me había cruzado con tantos conocidos y todos saludaban, “curioso”. ¿qué pensarían?... .Otra vez por fin. El restaurante a la vista, “el vía crucis” terminó... Pero el títere actuaba de nuevo, con una sonrisa permanente ya dibujada en la cara a causa de agarrotamiento producido por la continua postura entramos al salón, todos en pie y con “la marcha nupcial” como fondo, me sentía ridículo pero contento, que cosas ¿no, aplausos y más aplausos hasta que nos sentamos en la mesa presidencial. Primera parte . comienzoEl día que perdí el futuro Rubí a 12 de agosto de 2004. Hoy puede que sin saber las consecuencias, empieza una nueva vida para mi...... ¿Por qué? Pues quizás ni yo en estos momentos se que alcance puede tener como también es posible que no ocurra nada, en estos momentos ni lo se, no intento averiguarlo y no lo averiguaré si no comienzo a mover las cuerdas para que esta marioneta que soy yo empiece a dejar miedos y pudores que durante estos años me han perseguido y va siendo hora que la historia cambie. Nunca hubiese pensado que separarme, tener un trauma emocional y perder muchos días de trabajo a causa de mi desequilibrio podían llevarme a una decisión que en mi vida jamás habría imaginado. Si comienzo la historia diciendo que empezó cuándo tenía unos dieciocho años puede parecer paradójico he incluso aburrido, pero considero necesario si lo que quiero es contar mi situación actual, mis sentimientos, en definitiva mi vida contada para mí, y quién sabe si algún día lo acabo posiblemente, para más gente aunque lo veo tan difícil como mi propia existencia. Retorno a mis dieciocho años cuando era un joven feliz que amaba la vida y sin ningún tipo de preocupaciones, todo era alegría .... En aquella época conocí a Carolina, la cual al cabo de dos años de un noviazgo lleno de desavenencias, (ahora salimos ahora no... según los intereses de los dos), propiciadas también a causa de la distancia, pues ese año yo me trasladé a vivir a otra provincia a unos ciento y pocos kilómetros de distancia de mi antigua residencia. Como digo fueron dos años en los que todo era igual, ser novios o no en este caso no tenía importancia y no iba a ser esa causa la que para mí tuviese una importancia esencial y tampoco creía que pudiera a llegar a ser un problema importante . Con esa edad solo pensaba en divertirme y rehuir sin pudor alguno, todo aquello que me incomodase. Era feliz, muy feliz, me gustaba vivir. Por aquel entonces fue cuando también conocí a Lucía, que estaba saliendo con el que en esa época tenía como “mi mejor amigo”, eso proporcionó que nosotros también llegáramos a tener una cierta confianza basada siempre en la amistad, aunque en nuestros adentros tuviésemos una atracción solo reprimida por la amistad que me unía con su “novio” al que como a todos mis amigos respeté, aunque a veces me pregunto aún ahora ¿por qué?, pero estaba dentro de mi código de honor y eso para mí era y.... en cierta forma lo sigue siendo, algo que yo jamás podía traicionar. Qué ingenuo ¿verdad? Pues si, pero así también soy yo, amigo de mis amigos, aunque la vida después me ha revelado que es un código obsoleto en este mundo en que lo único que se respeta es el propio ego y el resto no tiene importancia, exceptuando la cuenta bancaria ¡claro!. Fue más o menos cuándo se produjo el intento de golpe de estado, que yo por mi parte también lo di o mejor dicho lo dimos y sin tanta publicidad ni tanta gente pero con resultados tanto más transcendentes para mí que el día siguiente, que se produjo el “auténtico 23-F” , dejando embarazada a Carolina y como se suele decir eran otros tiempos, en los que el aborto he incluso las madres solteras no estaban bien vistos y como yo era un caballero asumí la paternidad y claro está, acepté el matrimonio, pese a que amigos entre los que se encontraban Lucía me desaconsejaban la idea y a los cuales ignoré pues tenía que ser consecuente conmigo y con mi dichoso código y claro esta con veinte años casi recién cumplidos me encontré casado y bien casado, pese a que en el fondo no sabía ni lo que en realidad estaba haciendo ni las repercusiones que a posteriori tendrían en mi vida, ahora es cuándo sale la dichosa frasecita de: “si yo volviera a nacer con lo que sé ahora todo cambiaría“ frase totalmente errónea pues para eso antes debería morir y acabar el ciclo de vida pues si no es totalmente obsoleta ya que cada día, mes, año, lustros etc... son totalmente diferentes y creo que nunca se sabe lo suficiente para sobre llevar esta vida. Pero “ a lo hecho pecho” y así fue como un adolescente feliz y despreocupado que podía reírse de todo y de todos lo cambie por una forma de afrontar el día a día con nuevas responsabilidades y con unas ataduras que nunca hubiese pensado. La boda como es de suponer se preparo con mucha urgencia y absoluta discreción, todo muy natural para que estuviese, bien visto. Primero tenia que conocer a mis futuros suegros y que ellos conociesen mi familia y la nuestra conociese a la que seria también mi nueva familia. !Je!. Todo muy bonito, todo con muy buenas palabras y como no con muy buenas intenciones. Lo normal en estos casos cuando se trata de gente de bien... . Aprovechando el mes y poco que paso desde la petición de manos hasta el día del casorio, me quedé residiendo en la casa de casi toda la vida que por cierto la utilizaba mi hermano y su mujer o sea mi casi recién cuñada. No representaba ningún inconveniente, la casa es, pues aún existe, lo suficiente grande como para albergar a tres familias. De hecho solo compartía la cena y no siempre. La comida era en casa de mis futuros suegros, para que así nos conociésemos, la experiencia fue terrible pues no se puede negar que tenía todo tipo de atenciones, intentando siempre complacerme con las comidas. No, no tenía de que quejarme, un mes de vacaciones, podía ver a mi novia sin problemas, ¿porqué iba a tenerlos? Si estaba casado y bien casado, y además por las tardes y noche podía ir con mis amigos. Demasiado bonito para que durase, pues claro llegó la semana de la boda y con ella los últimos preparativos, eso si que fue duro, que si el traje, los últimos detalles del restaurante, los invitados de unos y otros, las charlas con el cura, porque claro había que casarse de blanco y por la iglesia, un auténtico coñazo al que le pusimos mucho empeño. También aprendías día a día lo complicado que es decir no. Pero! Eran otros tiempos como dije antes. Lo cierto es que estaba contento pues esta nueva vida para mí suponía un reto muy importante y pensaba que todo iría a pedir de boca como hasta la fecha, solo que no tendría que ir a buscar a mi novia a ciento y pico kilómetros de distancia. |