Blogia

tamarix

Dichoso barco

23

La despedida fue dolorosa, dejaba amigos que hombro a hombro habíamos dejado parte de nosotros en es minúsculo destacamento. Pero al tiempo la alegría era desmesurada, descomedida, descomunal y exagerada. Si, si, si, me iba a la peny, me iba a casa, me iba con mi familia.

Entre sonrisas y lágrimas nos acercamos hasta el puerto y como quedaba aún hasta la hora de embarque aprovechamos la circunstancia para también despedirnos. Curiosamente el cabo enlace era el mismo que me recogió para llevarme en sentido contrario. Y si en aquella ocasión fue el quien dijo de parar y nos invitó a tomar algo, esta vez fui yo quien dio el alto y como no la invitación. Esperaron conmigo hasta que autorizaron subir a bordo.

Desde la cubierta vi. Como se alejaban en aquel viejo mil trescientos que milagrosamente aguantaba. Busqué la butaca más adecuada para el viaje dejé mis pertenencias, prácticamente ropa sucia (sin el práctica) y algunos regalos que guardaba en la taquilla por si como así sucedió tenía que salir rápido. Subí en busca del bar para hacerme con algo de comer por si acaso por la noche me entraba hambre, de paso oteé posibles militares de permiso, para conversar durante el viaje. Me encontré con dos que casualmente se dirigían también a Barcelona, al menos no haría todo el viaje solo y sería algo más entretenido.

Habían comentado que igual el barco no zarparía a causa del mal tiempo, y es que cuando el estrecho está revuelto contaban que era bastante violento, y por seguridad los barcos no salían. Este no fue el caso y al cabo de una hora más o menos, los prácticos comenzaron con las maniobras se salida. Con movimientos lentos pero bien estudiado le barco se fue encarando hacia la bocana del puerto. Una vez atravesada la bocana se notó enseguida pues de un suave balanceo casi inapreciable, se convirtió en una especie de bañera zarandeada al antojo del oleaje.

Esperando para zarpar

24

No habrían pasado ni treinta minutos cuando a causa del aire frío que dominaba la noche hizo que dejase la cubierta para pasar al interior a recobrar un poco de calor y acomodarme en la butaca para pasar una noche que se preveía bastante movida.

Cuando llegué agarrándome donde podía a causa de la agitación que estábamos sufriendo. La sala estaba casi completa y nadie era capaz de moverse del su asiento. El olor comenzaba a ser bastante desagradable a causa de los mareos generalizados del pasaje. Intenté coger una postura lo más cómoda posible y sobre todo con los pies en alto, pues el suelo comenzaba a ser una pasta mal oliente y asquerosamente desagradable. No podía pensar nada solo que ese maldito barco que días antes tantas ganas tenían de coger, esa noche quería que llegase lo antes posible a puerto y poner los pies en tierra firme que para mí es el estado natural de las personas. El tiempo no transcurría y tampoco podía conciliar el sueño pues los golpes que daba el barco contra las olas eran escalofriantes.

En cada golpe la sensación que el casco se pudiera partir estaba presente, creo que en todas las cabezas de los que allí mal estábamos. Por suerte entre el mareo, el cansancio y las emociones del día pudieron con el zarandeo continuo a que estábamos sometidos. Cuando abrí los ojos la calma era casi absoluta, Apercibí otra vez el hedor de aquella sala y decidí levantarme con todo el cuidado del mundo para no pisar líquidos desagradables. Por fin salí a cubierta, la brisa fresca abrió los pulmones y logró que la sensación de mareo que me quedaba lentamente fuera desapareciendo.

Hice un barrido con la vista aún legañosa y comprobé con agrado que se estaban realizando ya las maniobras de entrada al puerto de Almería. Aunque la noche había sido desagradable mi estómago no me dio mucha tregua y como pude volví a adentrarme en aquella sala infesta, recogí mis cosas y me dirigí hasta la cafetería.
Un camarero solo y una pareja sentada era el único personal que estaba adentro. Pedí un café con leche y me senté a dar cuenta del bocadillo que me había agenciado en Melilla.

Cuando acabé ya habían lanzado amarras y solo quedaba por sacar las pasarelas y bajar. ¡Que ganas tenía de pisar tierra! Localicé a los dos compañeros que se habían quedado en sus butacas cuando yo salí a respirar. Bajamos la rampa y nos dirigimos a pasar aduana, llevaba una chaqueta de piel que por la parte interior el forro se había descosido y astuto de mí metí un walkman pues pensaba que me harían pagar por ese aparato que en aquella época era una novedad. Dejé la bolsa en la mesa que me indicó un agente abrí la bolsa y la registraron por completo empecé a ponerme nervioso por si me cacheaban y encontraban el walkman. No fue así y los tres salimos a la calle en busca de la estación de ferrocarriles.

reflexión

¡Bueno! otra vez las aguas vuelven a su curso que se supone natural.
¿Se han acabado los problemas? No lo sé. Pero la vida inexoráblemente sigue y aunque aparentemente el mar pueda estar en calma no hay que perderlo de vista.
Estos días he buscado tiempo para meditar. He buscado tanto las culpas como las disculpas, he buscado soluciones, he observado y escuchado como jamás lo había hecho en la vida. He...descubierto: Una niña con un corazón grande, una mujer responsable tanto del presente como de su futuro, he visto una niña con el corazón destrozado, destrozado por conocer la cruel realidad de la vida, he visto una mujer que pese a las circustáncias no ha abandonado alguna de sus obligaciones,he visto una niña llorar y rendirse a un amor más poderoso que ella misma, he visto una mujer reflexionar sobre lo sucedido. Ahora la veo diferente, a hace tan solo, quince días. Ahora la veo y valoro como lo que es y debe de ser, una adolescente. Con todo lo que ello con lleva, bueno y malo, responsable pero descabezada.
Personalmente, para comprenderlos mejor ahora, es intentar recordarme en la edad de cada uno de ellos. Intentar que entiendan las postura de un viejo, que es como yo veía a los que tenían la edad que tengo yo, eso es más dificil, pero no imposible, y voy a seguir intentandolo, pues de lo que si estoy seguro, es que no poseemos la verdad absoluta y ésta puede ser muy ambígua.

¿tenemos las repuestas?

Nunca hubiese pensado que esos problemas que afectan a los demás, también podían afectarme a mi.
Estoy separado y quiero con locura a mis hijos "putativos", tanto como si fueran mios biológicos o más.
Anoche su madre me llamó a eso de las nueve de la noche, Se habian peleado madre e hija. Me preguntó si podía pasar la niña unos días conmigo, pues habían discutído. Yo no tuve ni tengo ningún inconveniente que estén en casa, todo lo contrario aunque en condiciones distintas, claro.
A las once otra llamada, con escandalo de fondo y una voz llorosa , su madre, me pide que vaya inmediatamente a buscar a la cría, no lo dudé y me presenté rápidamente.
El hecho es que se habían pegado mutuamente y la que empezó, no con la discusión, si no la pelea fue mi hija,
(Pelea con golpes).
Sé que ni puedo ni debo permitir que la niña levante la mano a su madre, tampoco puedo ni debo creer todo lo que la madre me comenta.
¿Tenemos autoridad para decidir que es lo correcto?.
Paradójicamente estoy contento pues aunque sea en estas circustáncias tengo a mi hija, y aunque solo sea por una temporada va a esatr aquí conmigo, eso a mi ego le hace felíz.

lo que pienso

MUCHAS, MUHAS FELICIDADES.Y hoy ya a soportarlos que no es poco.
petonet.

¿Civil o militar?

22
El hecho es que desde ese preciso momento en el que me dijo que por la tarde vendrían los papeles “de libertad”, estaba rebajado de todo, hasta de la ropa militar. Ni lo dudé levanté la mano en forma de saludo y directo a la ducha. De allí a la taquilla a desenvolver la ropa de paisano que la tenía dentro de una bolsa de basura industrial, para que se ensuciase y arrugase lo menos posible. Que gozada “esto me recuerda a un anuncio de productos para adelgazar”, mi talla era la misma, aunque no me sorprendió en absoluto pues creo que siempre he llevado la misma talla, y no es por dar envidias a nadie.
Con la ropa de civil todo se veía diferente hasta el hogar del soldado en el cual y sin tener que esperar a las horas de descanso, me tomé la mejor cerveza que había tomado desde el año pasado antes de incorporarme a la mili. No tenía prisa, sabía que el barco no salía hasta la noche o sea que me senté tranquilamente en una mesa con vistas a la cocina, donde mis compañeros en esos momentos debían ir como locos, pues yo me encargaba solo del segundo plato y seguro que me sustituiría “Pinto”, que para eso también estaba. No me importaba, me estaba dando el gustazo de tomarme la cerveza tranquilamente viendo como el resto, o, estaba en el cuerpo de guardia esperando la hora del relevo, o dándose “barridazos” contra el suelo a la voz de uno de eso pobre oficiales que comprendían a los soldados o de cuarteleros de puerta. No me gustaba lo que veía, pero tampoco me importaba. Sabía que ellos lo tenían que hacer tanto sí como no, y yo no, por eso disfrutaba sin remordimientos cada sorbo de esa maravillosa cerveza, primera en “libertad”.
Lo malo es que hasta una cerveza se acaba y aquella lo hizo más rápido de lo esperado. Miré el reloj para saber cuanto faltaba para el descanso de la comida y como aún quedaba decidí pasear, total que otra cosa podía hacer si no tomar cervezas o pasear. Podía haber pedido un pase para bajar como civil a melilla, pero entre que tenía el dinero justo y que la caminada tampoco era de mi agrado, sobre todo el regreso, todo hacia arriba, no lo pedí.
La calle principal estaba vacía así que me dirigí a la siguiente que era donde estaba mi batería, me acerqué otra vez a la camareta por pasar el rato. Abrí la taquilla varias veces comprobando siempre que no dejase nada que yo quisiese, lo mismo hacía con la bolsa de viaje que me dejó pinto.
Como no había más que dos calles en ese destacamento volví a la principal. Allá estaba el comedor y mis compañeros, aunque quería entrar una sensación extraña me impedía abrir la puerta con normalidad. Me sentía culpable, y no por la cerveza que me había tomado. No, me sentía culpable por irme y dejarlos trabajando, obedeciendo órdenes y aguantando cabronadas, me sentía al tiempo impotente ante esa injusticia que era para mí el servicio militar obligatorio. Como tomando aire aceleré el paso, crucé el comedor, que por cierto estaba vacío y me adentré jovial en la cocina. Las bromas típicas, tanto sobre la ropa y otras tantas tonterías que aunque no las recuerdo, aún noto esa sensación de alegría, tristeza y también de protagonismo.
Me quedé con ellos hasta que la comida como siempre a su hora estuvo lista, pero no les esperé a comer pues la noticia me había llegado a la hora del bocadillo y mi estómago no estaba para solidaridades.
Después de una buena comida servida por mi mismo y algo diferente a la del resto de la tropa, me acerqué al hogar para disfrutar de un café y después y para no perder la costumbre una gratificante siesta.
Serían sobre las siete de la tarde cuando el cabo enlace llegó con los papeles a por mí.

una buena noticia

21
Pinto , el ranchero mayor y nuevo amigo de penurias, y yo, por las tardes nos sentábamos al borde de un antiguo refugio de ametralladoras antiaéreas y oteábamos el horizonte, haber si teníamos la suerte de ver tierra, y después gritar( “ la peny” he visto la” peny”)... . Pero nunca se dio el caso y mientras hablábamos de todo un poco y de nada en concreto. Nuestra compañera , una botella de vermouth, ayudaba a que nuestras fantasías y anhelos se recreasen en absurdas formas como la esperanza de unos papeles de traslado o qué caray! los definitivos, soñábamos y no evadíamos de aquella también absurda realidad. Pinto también estaba casado pero sin hijos, de todas forma existía una complicidad al compartir emociones y situaciones comunes.
El sol poco a poco retiraba su luz y con ella nuestro rato de “relax”. Era entonces cuando nos levantábamos sin prisa alguna y con la misma tranquilidad nos acercábamos a la cocina y como dos atracadores dábamos cuenta de lo bueno de las cámaras. Al tiempo hacíamos compañía al ranchero de guardia en ocasiones echábamos una mano y así entre tres, la comida y la charla se podía trasladar hasta las tantas de la noche y ya con el cuerpo cansado y anestesiado nos retirábamos a nuestras respectivas camaretas y conciliábamos el sueño en un cerrar de ojos. Por las mañanas las expectativas se veían de diferente forma que la noche anterior y nos arrepentíamos de corazón de nuestras aventuras o desventuras.
Pasaron días , semanas y algunos meses... ,hasta que una mañana serían las diez o las once cuando un compañero dando saltos más que corriendo entró en la cocina me dijo que el teniente quería verme.
¿Pero que te pasa? , asombrado le pregunté, pues en esos precisos momentos en lo único que podía pensar era en el segundo plato que era mi responsabilidad. ¡Que te vas! que tus papeles dicen que están abajo en el regimiento. De momento el teniente quiere verte y eso es buena señal.
Nunca desobedecía las ordenes y tal lo oído menos aún. Me faltó tiempo para ir en busca del famoso teniente. Después de dejar el mandil me giré y estaba allí, quiero decir que no fui yo si no que el propio oficial vino a mí. Era el mismo teniente que me colocó en cocina y por eso seguro que se adelantó para demostrar su “humanidad” delante del resto de mis compañeros. Le saludé muy militarmente , como siempre, respondió al saludo de una forma desenfadad e incluso amistosa.
De pie delante del teniente solo esperaba que dijese que me podía ir, lo demás no me importaba para nada. Aguanté un pequeño discurso sobre como el ejercito resalta los valores más importantes del hombre, y que el trabajo de los mandos era duro y difícil pues aunque entendían las inquietudes de los soldados, ellos debían obedecer ordenes y eso no era tan fácil como nosotros podíamos pensar... . aguanté esa charla de moral y otras paridas que no vienen a cuento, con valiente estoicidad digna de un soldado del gran ejercito español. (Omito varias frases mal sonantes que pueden herir la sensibilidad de los lectores, referente a que yo pensaba del ejercito español).

FELICIDADES

FELICIDADES

Quiero felicitar humildemente a todas las madres, que de una u otra forma escriben cada día la historia de la vida a través de blogia.
Ante todo, cómo no, quiero felicitar a la mía

FELICIDADES MAMÁ

El correo

20
Uno de los acontecimientos que esperaba con ansia toda la tropa era el correo. En esos momentos parecíamos conejos cuando se reparte el pienso, todos expectantes a cuanta comida tocaríamos o bien si nos quedábamos sin comer. Mi teoría era que la alegría se acrecentaba proporcionalmente con la cantidad de cartas que se recibían y claro también la frecuencia .
El correo venía normalmente a medio día, eso significaba que cuando la tropa paraba de sus que haberes cotidianos y repetitivos para reponer fuerzas con la comida, la primera visita obligada era pararse en la mesa del cuartelero de puerta donde las cartas quedaban custodiadas al la espera de un destinatario siempre ansiosos tanto de noticias como de sentimientos .
Como yo no era una excepción. A esa hora era cuando más trabajo tenía. Carecía de importancia pues rápidamente y a través de radio macuto sabía si tenía o no correspondencia.
Uno de esos días alguien, podía ser cualquiera me anunciaron que tenía carta.
Mi primera reacción era la de salir corriendo para recogerlo, pero no lo hice así y aunque por dentro tenía unas ganas mortales de ir en su búsqueda, preferí esperar a que fuese yo quien tuviese el merecido descanso para saborear, o no, de su interior.
Tardé casi un mes en recibir un correo de Carolina junto con una foto de “la niña”, aunque la carta no era larga por llamarla de algún modo la foto llenaba cualquier carencia.
Al recibir las cartas por lo general todos nos sentábamos en la camareta, como si de cabinas separadas se tratase y como si en ellas buscásemos el refugio para poder digerir con dignidad, de la poca que nos quedaba , cualquier tipo de noticias fueran buenas o malas.
Tras unos minutos de un silencio asombroso solo roto por el “asfixiado” de turno que al no recibir carta intentaba romper esos mágicos y dolorosos momentos.
Mágicos momentos, antes de abrir el correo, pues quedaba el juego de observarlas , rotarlas, incluso olerlas , después de ese inocente juego llegaba el momento del dolor. Abrirlas era estremecedor pensando si el contenido podía ser bueno o malo. La respuesta estaba, cercana después quedaba el gusto o por el contrario el mal gusto.
Aquella tarde mientras miraba el retrato la alegría era desbordante igual que la pena, paradojas de esas a las que estoy acostumbrado.
Después de remover el archivo de imágenes nítidas que quedaban en mi cerebro decidí colocar la foto en sitio bien visible y autorizado de la taquilla . A partir de ese día cada vez que me cambiaba veía esa foto de 13x 9cm.. Aún la recuerdo dentro de la bañera... . fue mi refugio a los momentos malos, solo mirarla una sonrisa florecía en mi rostro y las penas eran menos.
Cuando la asfixia se apoderaba de ti , el tiempo se paralizaba y por más que deseases que pasase tenias la sensación totalmente contraria, como si el licenciamiento fuese inalcanzable y el transcurrido no contase para nada. La famosa asfixia no era buena amiga y quien más quien menos allá todos quedamos atrapados alguna vez entre sus brazos.

Año nuevo, destacamento nuevo

19
Nos trasladaron en un camión a los dos o tres días de haberme reincorporado. El destacamento al que tenia un cierto rechazo, sin conocerlo siquiera , estaba ocupado por unos trescientos soldados , que durante el día intentaban hacer aunque solo fuera una vez, un blanco a una canasta que era arrastrada por un avión de transporte del tipo hércules. Jamás durante el tiempo que permanecí hicieron un solo blanco y eso que el hércules es un avión lento... Pues cuando “nos atacaban” aviones a reacción los radares y el soldado que estaba sentado y encargado de utilizar la ametralladora antiaérea no paraba de dar vuelta en busca de un blanco que ni el radar era capaz de seguir con esos aparatos. Se comentaba que hacia uno o dos años un artillero hizo blanco y a todo el destacamento , además de la comida de “lujo” les dieron fiesta todo el día, con paseo incluido nada más comer, al artillero que acertó (yo creo que fue casualidad y se equivocó, por eso dio en el blanco) le dieron un mes de permiso, que era la mejor recompensa que se podía dar a un soldado al menos por aquellos tiempos.
Al segundo día de estar en mi nuevo “hogar”, me colocaron en la unidad de radar, pero la suerte había cambiado para mí , la misma mañana de mi estreno con un radar, un soldado con ordenes de un teniente del cual ni me acuerdo como se llamaba y la verdad ahora tampoco voy a intentar recordar. Dicho teniente era amigo del señor de Melilla que yo conocía y él me había recomendado como persona seria y responsable.( Constancia quede de que el buen señor no mentía).
Después de mi riguroso saludo militar, el teniente con la mano apoyada en mi hombro, como si hiciera tiempo que nos conociésemos, me comentó lo que he dicho antes y se ofreció a ayudarme si estaba de su mano. Yo ni corto ni perezoso le comenté mi estado de casado con hija y que la verdadera ayuda era si podía agilizar los trámites para mi licenciamiento y si también era posible cuando quedase una plaza libre en cocina,” por el dinero”, podía trasladarme a ese puesto de trabajo.
Aquella misma tarde mi suboficial me comunicó que a la mañana siguiente me incorporase a cocina, ordenes del teniente.
Cocina tenía sus ventajas e inconvenientes, aunque yo personalmente siempre le encontré más incentivo que estar como simple soldado o en oficinas aguantando los caprichos de oficiales y suboficiales. Además de poderte llevar un paquete en oficinas por una metedura de pata incluso de algún mando , y( como el ejercito es el ejercito) alguien tenia que cargárselas. Como soldado otro tanto de lo mismo, guardias, retenes, patrullas, marchas de cuarenta kilómetros, maniobras cada día con las “piezas” y otras cosa como pintar etc..., no me apetecía nada. En cambio en cocina; que tampoco se podía calificar de un puesto excepcional pero...; Aparte de tener que levantarte a las cinco de la mañana para preparar los desayunos o no poder salir de paseo los días que tenías “guardia de cocina” o trabajar de lunes a viernes de siete a cinco. Al contrario como antes dije, al estar rebajado de rancho cobraba algo más que el resto de la tropa y eso me permitía tener más de autonomía a la hora de mis gastos. Por otro lado la comida la tenía asegurada y además de la buena, que eso era primordial, pues aparte de recibir ordenes todo el día solo quedaba, comer y beber y cuanto más mejor. Eso estaba asegurado .Otra de las ventajas que le encontré al nuevo destino era la “libertad” que se tenia dentro del trabajo, siempre y cuando todo saliese bien y a la hora. Haciendo tu trabajo parecía más la vida civil, que la militar, claro siempre con las reservas que separaban una de otra, pero sí, era lo que más se parecía.
También estábamos rebajados de diana y retreta. Al suboficial de cocina solo se le veía media hora por la mañana y alguna vez se acercaban a la hora del rancho para dar su visto bueno, El oficial responsable, no se acercaba ni al rancho ; a menos que hubiese una revista del destacamento. Entonces la cosa cambiaba radicalmente, no solo en cocina también en el resto del destacamento.
En esos días previos el movimiento era trepidante, me recordaba el día de mi boda, todos para arriba, todos para abajo, pero... no. Estábamos en el ejercito y en esas ocasiones todavía era mayor el desorden que en mi familia.
Como; para pintar ,arreglar las calles, lavar la cara al interior de la batería, engrasar y desengrasar las armas para pasar la revista correspondiente etc... . Se necesitaba más personal del que... en aquel pequeño destacamento podíamos ofrecer. En aquellas circunstancias las soluciones que tiene y por ello dispone el ejercito es doblar el número de horas para acabar las obras. ¿cómo se hace?..., es muy sencillo, una pequeña arruga en las sábanas supone uno o dos días de arresto en batería y claro como estás arrestado has de obedecer las ordenes y ; pintar, arreglar, engrasar y desengrasar. Eres un “preso”.
El primer día de aquel loco movimiento, cuando regresé de mi turno de cocina, con la intención de descansar un rato en mi camareta para desconectar, como solía hacer cada día, tuve la sorpresa que yo también estaba arrestado. ¡pero si no había estado en todo el día!.
Aproveché mis “influencias! como cocinero, me dirigí primero a mi amigo “el ranchero mayor” y luego a mi suboficial de batería.
No puede arrestarme señor; Estoy arrestado ya en cocina y dentro de dos horas vuelvo al trabajo hasta que acabemos con los preparativos del banquete y la limpieza correspondiente, le dije. Su expresión era más o menos la que me esperaba “ de mucha mala leche”, pero... las prioridades eran las prioridades, y el comandante del destacamento si de algo presumía con “los suyos” era de la cocina y precisamente el banquete era en honor del capitán general de Melilla junto con todos los secuaces de la máxima graduación. Contra semejante peso un simple sargento e incluso un oficial, eran palabras mayores , todas escritas en mayúsculas.
Estos tipos de mentiras eran frecuentes en cocina, sobretodo cuando de acuerdo con la cantina nos reuníamos para cenar, claro está con nuestros respectivos suboficiales. Curiosamente en esos eventos la casualidad hacía que ninguno de nosotros tuviera servicio alguno. Esos eran prácticamente los únicos momentos buenos, en los que al menos durante un par de horas nos trasladábamos a otro plano de una realidad ficticia pero que muy reconfortable. La amnesia era prácticamente total y se respiraba cierta libertad y sobretodo era totalmente eficaz en el momento de querer dormir, aunque el despertar fuera algo doloroso.
Pasados esos días de locura colectiva y de una revista que ni siquiera se podía catalogar de vistazo, todo volvía a la normalidad, junto con las felicitaciones de rigor para aumentar el buen espíritu de la tropa, La cual mirábamos con cierto escepticismo.
Del orgullo que hablaba antes respecto a la cocina , era bastante lógico pues con toda sinceridad las comidas eran de una calidad y preparación más que aceptables, y no porque yo esté incluido, era superior. Como ejemplo diré en mi (nuestro) favor que los famosos boquerones los rebozábamos sin espinas. Casi nada para el ejercito.

Algo falla

Hoy he abierto el correo y..., sorpresa para mí, no he recibido ni uno solo.
¿Será que he terminado con la colección de cursos?...

¿Ansiedad?

¿Ansiedad?

¿Que tendrá "Josep" en esos momentos en su mente?
Posiblemente cantando la próxima canción que escribirá en su bolg...

Año nuevo en Melilla

18

Las maniobras de salida como siempre lentas, alargaban la espera de esa despedida que no quería realizase cierta.
En carretera ya, vuelves a la misma historia de cada adiós, las cábalas, los suspiros y poco apoco y más sabiendo que esta vez el autobús iba directo a destino fui dejando descansar mi mente y mi cuerpo. Desperté en un alto que hizo el conductor, para visitar los servicios y reponer fuerzas, pues hasta ya de madrugada no nos detendríamos más. Estiré las piernas un ratito y después de comprar unas latas de cerveza, comencé a dar buen partido de uno de los bocadillos que mi madre había preparado “con tanto amor”. Pasadas cuatro horas nos detuvimos de nuevo y después del mismo ritual del paro anterior de una tirada fuimos directos a Almería donde embarcaríamos.

La terminal del autobús en Almería estaba cerca del puerto. Tras un ligero desayuno pues aunque me sobraba tiempo preferí dada la experiencia anterior estar cerca del barco y no perderlo de vista. Embarqué con tiempo más que suficiente para no tener que pagar otro pasaje que nunca cobraría. La travesía tranquila nos acercó a Melilla el día treinta y uno de diciembre, víspera de año nuevo. Junto con dos compañeros más buscamos una pensión para pasar tan especial evento; la primera como casado y la primera que me encontraba sólo con mis pensamientos y nostalgias que harían una noche especialmente recordada y no precisamente como una gran velada. Después de una cena a base de tortilla francesa con queso (era la primera vez que la probaba) y unas almendras para sustituir las uvas esperamos pacientemente el toque de las doce campanadas. Después del brindis y un rato de ver la televisión pues ganas de salir no tenía y lo único que esperaba era que esa noche vieja pasase lo más rápida posible.

Tenía que incorporarme en el regimiento a las doce del mediodía, o sea que tampoco tenía prisa pues me desperté sobre las nueve y el único “trabajo” que tenía era esperar esa hora de ingreso que marcaría mi última fase de la mili. Seis meses si no salían antes los papeles, o bien de traslado ó con la excedencia por ser padre, acogiéndome a una ley que en teoría había salido pero nadie sabía cuando la aplicarían o bien era una de esas leyes sacadas para recoger votos electorales y que después aplicaban como les daba la gana y a quienes ellos querían, las cosas no habían cambiado tanto. Yo tenía presentados todos los papeles como casado desde el primer día que entré en aquel viejo cuartel de intendencia en Barcelona. Al ser ya padre se suponía que ahora los papeles se agilizarían, pero el ejército, igual que todo lo que suponga presentar papeles al estado tienen una diferente forma de contar el tiempo muy distinta al resto de los españoles.

Como era temprano y ni tenía ganas de entrar en el cuartel y tampoco forma mejor de pasar el rato, decidí acercarme paseando tranquilamente con mis pensamientos. No tuve que meditar mucho la decisión y petate a cuestas comencé la caminata. A ratos con la mente en blanco, como si me dejase llevar por el destino sin oponer resistencia alguna, pero a ratos me venían imágenes de aquella criatura minúscula que ya formaba parte de mi vida y que llenaba mi corazón de alegría y mis ojos de lágrimas. También recordaba a su madre, como no, aunque creo que instintivamente la forma de querer o amar, pueden ser igual de intensas pero al tiempo diferentes. La recordaba y la añoraba y solo habían pasado unas horas desde que estaba ausente y no puedo ni voy a negar que la quería.

Estaba triste y al mismo tiempo contento, orgulloso e incluso muy feliz por esa vida que me había tocado vivir, pese a estar en un sitio que ni quería estar, ni hacer cosas que en principio estaban incluso en contra de mi manera de ser y pensar. Crucé Melilla aunque ni me enteré y ya delante otra vez de la puerta del regimiento fue cuando en un intento de auto-animarme decidí que a las malas seis meses pasarían, mejor o peor pero pasarían, y contar los días no servía de nada. ¡Venga Txiki! me dije y sin pensarlo más me presenté en el cuerpo de guardia y luego a la batería, al menos allí encontraría a mis compañeros y como dicen, las penas con amigos son menos, y si no es así también le vale. El ambiente cuando entré era tremendo o mejor, como aquí se dice estaban todos desmadrados y alguno que otro hasta estaba sereno, eso que no era ni la hora de la comida.

Saludos, abrazos, y deseos de que todos tuviésemos un feliz y prospero año nuevo, fue la tónica de aquel día. Paradójicamente para mí felicitar aquel año a mis compañeros me resultaba bastante contraproducente... ¿qué tenía de bueno?; estaba separado de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de un trabajo que me llenaba y divertía, de mis pueblos y su mar. Estaba separado de mi mujer, estaba sobre todo separado de mi hija, separado de aquella criatura esa personita que endulzaba los minutos y saciaba los segundos, estaba separado de mi corazón que yacía a miles de kilómetros de mi cuerpo y hacía que la soledad ganase su particular guerra y yo... sin gran resistencia en esos momentos abdicaba y entristecía. Ya dentro de la batería rodeado de gente, me encontraba mentalmente solo. La auténtica realidad es que yo estaba en África y mi familia en Gerona. “Repuesto” de los primeros momentos de saludos y fiesta, comencé a bajar a la dura realidad del presente y a mirar el momento con toda su crueldad. Los compañeros saltaban bailaban, o mejor... lo intentaban, parecía que se divertían; que eran felices, que no tenían preocupaciones, que les daba lo mismo estar que no estar... Sin embargo sus caras reflejaban unas facciones forzadas y sus ojos vacíos hasta de lágrimas. -Animo y al toro “Txiki”- me dije, y a trancas y barrancas comencé a unirme acompañado de varias cervezas a aquella algarabía y aparcar las penas por algún rincón. Era hora del rancho y eso en la mili no se perdonaba, pues no podíamos permitirnos el lujo de desaprovechar la ocasión de probar una comida decente, rara vez pasaba pero siempre había que intentarlo, pues, y... si ese día comías en la cantina y después te enteras que el comedor había sido un festín te podías tirar de los escasos pelos. Lo peor de todo es que me hubiese gastado el dinero en un bocadillo. Esa razón junto con que todos íbamos escasos de dinero era suficiente pretexto para mí e ir a comer un rancho inodoro e insípido y con colores que rara vez se aproximaban a la comida que nos anunciaban el día anterior en la retreta. Cabe decir que para fechas señaladas el ejército se estiraba un poquito y nos daban café, copa de licor o cava .

Después de aquel rancho, que no tenía punto de comparación con la que esos días atrás había ingerido, me dirigí de nuevo a la batería y concretamente a mi camareta, para hacer patria con el deporte favorito de los españoles, la siesta, bendita siesta, el momento que desconectaba aunque fuera por un rato e incluso te podías permitir el lujo de soñar, vestido de paisano. La tarde continuó tranquilamente ebrio hasta la hora del recuento de retreta, después a descansar pues la rutina ya había comenzado y descansar era primordial además de muy necesario. Aquella noche me enteré que me quitaban de ranchero, cosa que me venía fatal por el dinero, y nos trasladaban a unos cuantos a una batería destacada de artillería antiaérea junto a unos acantilados, o cortados como les llamábamos, haciendo frontera con Marruecos.
-¡Vaya! mi suerte está cambiando para mal por momentos... - me dije.

Primeras navidades en familia y con Anna

17

Sería mediodía cuando dando un paseo me dirigí a casa de los suegros para comer, así lo hicimos. Por fin Carolina dijo que esa noche ya la pasaríamos en mi casa. La alegría me invadió pues era la primera noche que pasaría en familia y esta vez mi familia al completo, Carolina, Anna que cada vez la veía más y más guapa y yo.
En esos momentos no le podía pedir nada más a la vida, estaba feliz, completamente feliz, dichoso y orgulloso de mí.

Pasé toda la tarde mirando a mi hija, qué guapa era ya, ¡Cómo! podía haber cambiado tanto en tan pocas horas. Poco a poco me atreví a reposarla en mis brazos con la delicadeza con la que manipularías una cristalería de Murano única en su estilo. Poco a poco con las dos manos, pero siempre con infinito cuidado y suavidad. A veces me parecía que hasta reía y mi ego se regocijaba de alegría y vanidad justificada. Cada mueca cada expresión cada movimiento era supervisado por mí, con gran admiración y cierta preocupación por si... Me imagino a los indígenas americanos cuando descubrieron el espejo, algo así me pasó a mí, no dejaba de sorprenderme de lo enorme que es la naturaleza. Primero tienes un ser en la cabeza y de repente te encuentras una niña guapísima en tus brazos. Qué hermoso era! Si tuviese que definir felicidad, eso era auténtica felicidad elevada a la máxima potencia.

Aquella noche ayudé por primera vez a lavarla, y digo ayudé porque Carolina no se fiaba de mí y con razón pues a esa niña la tenía miedo pero miedo de romperla o de se escapase con el jabón. Como digo ayudé y disfruté, después cambié mi primer pañal a mi hija, pues a Merixell, mi sobrina y ahijada, cinco meses mayor que Anna, y en el permiso de verano aprendí con mi resignada sobrina. También aquella misma noche aprendí como un padre y una madre se despiertan a las tres porque un ”mico de tres kilos” se desgarganta llorando y reclamando su sustento nocturno. Mientras Carolina preparaba el pecho yo preparaba la esponja los polvos y cremas que tendría que ponerle después de haberla aseado y antes de ponerle los pañales. Una vez satisfecho su voraz apetito con los ojos cerrados, bueno no creo ni que los abriese en algún momento, sólo se limitó a berrear que no era poco para llamar la atención y además de su perverso propósito, quedó dulcemente dormida, como un ángel (con mucha mala leche y buena voz) pero un ángel al fin y al cabo.

Una vez Anna en la cuna, Carolina y yo nos quedamos sentados en la cama con la luz apagada y cogidos de la mano, inmersos en un silencio perpetuo, la respiración de Anna era lo único que mis oídos podían escuchar y creo que Carolina estaba como yo. Contaba sus espiraciones y aspiraciones como si de una máquina se tratase y escuchas si algún ruido no corresponde a lo normal. Un simple intento de estornudo hacia que mis párpados levantasen automáticamente y mi mirada ya acostumbrada a la oscuridad se dirigía a la cuna e incluso yo dejaba de respirar para concentrarme en exclusiva en mi hija. Poco a poco el sueño nos ganó la batalla y pudimos echar una apacible siesta.

Las siete de la mañana. Diana, rápidamente me levanto busco la ropa militar... No, no estoy en Melilla y tampoco es la corneta tocando diana. Es Anna, jo!, qué pulmones tienes pequeñaja, pensé. Otra vez la misma operación de la madrugada, limpieza, preparativos para cambiarla, un buen desayuno por parte de Anna, que una vez acabado y como quien no quiere la cosa quedó otra vez dormida mientras yo la cambiaba. De nuevo a la cuna y otra vez como dos pasmadotes en la cama pensando seguimos durmiendo o nos levantamos ya, la sensatez nos aconsejó y dormimos hasta poco antes que Anna emitiese su potente sirena. Esta vez no nos cogió de sorpresa y todo estaba preparado, o sea fue como comer y dormir, nunca mejor dicho.
Esta rutina de comer y dormir hizo que fuésemos adquiriendo experiencia y tenerlo todo organizado de una toma a otra, eso facilitaba, sobre todo por la noche que alargásemos unos minutos nuestro descanso.

Si el primer permiso de catorce días me pareció corto, este mes estaba pasando con vertiginosa velocidad.. Cuando quise darme cuenta era ya el día del sorteo de navidad y para mí eso significaba que ya estábamos en navidad y que el tiempo se echaba encima inexorablemente. Eran días de compras y fiestas, Carolina que ya podía andar mas o menos, pues en el parto tuvieron que coser los desgarros con muchos puntos tanto por dentro como por fuera. Aprovechábamos las mañanas soleadas para pasear a Anna en un cochecito curiosamente regalado por Ángel y Lucía, por las tardes a mirar tiendas y luego a mirar más tiendas, hasta la hora de cenar o que Carolina se encontrara cansada. Repartimos las comidas y las cenas de esos festivos días entre las dos familias y según lo establecido pasamos Navidad y San Esteban, sin pena ni gloria.

Me incorporaba el día uno de enero de 1982 a las doce del medio día. A sí que los pocos días que restaban sin preocupación alguna los aproveché de nuevo para ir memorizando cada imagen que pasaba por mi retina. El treinta de diciembre sobre las cinco de la tarde “como los toreros”, se repetía la historia, otra despedida angustiosa , otras lágrimas que ya eran conocidas y otros sueños que poco a poco se desvanecían y una profunda realidad recorría todo el cuerpo. Otra vez.

Entre las vacaciones y el hospital

16

No me hubiese importado que se quedasen con la suegra pero esta vez la suerte no me acompañó. Y es que, quién era el valiente que la aguantase aparte del de mi suegro que bastante pena tenía. Regresé al pueblo, como le solemos llamar, busqué por los bares de costumbre a mis amigos y tuve suerte pues encontré a bastantes. Las vacaciones hizo que nos reuniésemos unos cuantos, o sea que se lió la cosa un poco... Hasta que totalmente ebrio y cansado de todo el día llegué a casa de memoria, o por instinto, la cuestión es que cuando cogí la cama, una de verdad, no tuve tiempo ni de quitarme la ropa.. aquella noche dormí “rápido” más de lo normal aprovechando cada segundo de una cama cómoda, aprovechando cada minuto para mantenerlo en la memoria y rescatarlo cuando de nuevo estuviese allá. Aprovechando cada hora para descansar y descubrir que realmente estaba en casa y que ciertamente tenía no solo una mujer si no también una hija, que milésima a milésima, iba apoderándose de mi cariño y me alzaba al estatus de niño, “niño privilegiado”.

Desperté tal y como me acosté vestido y de bruces, pero realmente descansado. Cuando pude abrir los ojos legañosos a causa del alcohol de la noche anterior, mi mente trataba de reconocer el cuarto, aunque más que el cuarto quería reconocer que no fuese un sueño traicionero y que lo que estaba pasando fuese una broma del subconsciente. Aliviado al comprobar que era real, que estaba en Rubí y que no era un sueño estaba pasando de verdad y eso llenaba de alegría mi corazón, triste por la separación forzosa, lleno de añoranza y de ilusiones rotas por el ejército. Pero todo eso quedaba atrás y tenía que aprovechar la buena ventura que en esos momentos llenaba mi vida. Me sentía superior, orgulloso, en definitiva pletórico.

Después de un café con leche en forma de desayuno llamé al hospital para hablar con Carolina para saber cómo estaba. Me dijo que fuese sobre las cinco ya que las darían el alta y así llevaba a las tres a Rubí. Como vi que mi presencia pasaba a un cuarto lugar en esos momentos, o sea Anna, la suegra y Carolina. Yo tenía la función de chofer y poco más, me recordé a mi suegro, que siempre que podía se escapaba al huerto que tenía para no aguantar al sargento “chusquero” que era mi suegra. Al contrario de sentarme mal, lo tomé con filosofía vacacional y en vez de pensar si yo tenía que estar en el hospital o aquí en Rubí, cogí el abrigo y fui a hacer la ronda por los bares que en esa hora se reunían los amigos y conocidos para tomar su vermouth, como se llamaba antes.

Como eran épocas de permisos, por la navidad, me encontré con muchos amigos que exceptuando el estado civil estaban en la misma situación que yo, de vacaciones y en previsión de que fuese el último vermouth en libertad “condicional”, pero en libertad, sin oficiales ni suboficiales ni mujer ni suegra. Aproveché bien el ratito de unas tres horas, hablando, riendo, contando historias de la “puta mili” aunque más que historias eran películas, la cuestión es que nos reímos con ganas y todos estábamos insultantemente contentos y felices, estábamos de vacaciones aunque fuese diciembre.

Después de una corta siesta para borrar las huellas de tanta felicidad, otra vez para Terrassa, otra vez al hospital, pero esta vez con el coche que me había dejado mi hermano pues el mío estaba en Gerona. Y esta vez esperaba que volviese con mi familia. Después de las formalidades de costumbre pudimos abandonar el hospital, sitio que me causa fobia, "sólo con respirar los olores que en aquella época desprendían todos”. Era superior a mí, me entraban sudores y mareos, por eso la tarde anterior no discutí mucho, pues no es que no me apeteciese era pura y simplemente fobia.

Después de las mil y una peripecias para colocar en el coche todas las cosa que estaban en la habitación, cosa que no comprendía, ”coño” que solo iba a dar a luz no de vacaciones. Pues como decía, al fin cupo todo en el coche, lástima podía haber dejado a la suegra en tierra, que quede constancia que no tenía nada en contra de mi suegra, era sólo que como no paraba de hablar, contar chismorreos, criticar a todo el mundo y sobre todo ordenar y disponer de todo y de todos, no me caía bien. Imagínense todo un trayecto de ocho o diez kilómetros por carretera, unos veinte minutos dado el tráfico, sin parar de escuchar a la ya comentada en alianza con mi mujer, y yo sin terciar palabra, es que era muy inteligente en aquella época, así salvé el cuello y me hacía mejor marido, no sé por qué, o eso creí. Llegamos a Rubí sanos y salvos, directamente me dirigí a descargar a mi suegra para luego los tres ir a casa de mi hermano donde teníamos una habitación con cama grande y espacio suficiente para la cuna, bueno y aparcar un “seiscientos” si hacía falta. Pero... ¡cual fue mi nueva sorpresa, que resultó que madre e hija estaban de acuerdo en que esa noche dormiría, me estaba acostumbrando a las sorpresas, en casa de mis suegros y en ese piso no había sitio para mí! o sea que otra vez “libre” y como no, después de cenar y de un rato de charla, entre madre e hija, después de unas miradas de resignación entre mi suegro y yo, excusando cansancio atrasado me retiré sobre las once de la noche... A ver a mis amigos, que allí si podía hablar y ser escuchado. De hecho físicamente no llevaba ni un mes de casado es más no sabía ni que era eso, como lo de ser padre. No lo tenía totalmente asumido y no por amor, que si que lo estaba, era el cambio de vida que supondría cuando realmente acabase la mili. Así que como tampoco podía hacer mucho hasta el término, me dejé llevar según las circunstancias y creo que las aproveché bien. Unas cañas, unos cubatas, unas partidas de chinos o dardos o cartas, ajedrez lo que fuese, se trataba de pasar el rato y sobre todo reír y divertirte lo máximo posible. No como la noche anterior pero bastante parecido me recogí en casa y otra vez, más si cabe, me deleité con aquella cama cómoda hasta el placer, y esta vez cambiado, apagué la luz y me dejé llevar por los duendes del sueño y la tranquilidad, amigos donde los hay cuando los necesitas, esos...duendes diablillos, me acompañaron y velaron mis sueños, confusos entre militares y civiles pero con buen término. Al menos esa fue la sensación que tuve al despertarme ya de día y no muy tarde, serían sobre las nueve.

Como las expectativas para ese día era encerrarme en casa de los padres de Carolina, cosa que no me hacía gracia alguna, pues yo lo que quería era moverme no en vano había estado cuatro meses sin moverme y mucho menos en libertad, la cuestión es que lo tomé con suma calma regocijándome con todo lo que veía y oía, apurando los segundos, intentándolos disfrutar pues no es lo mismo leer una novela en la mili que hacerlo cómodamente sentado en un buen sillón con sepulcral silencio y sin esperar que el soldado de cuartel avise que un mando ha entrado en la batería y todo el mundo en pie en posición de firmes, etc...

Por fin conoceré a Anna!

15

En esos momentos el paisaje me invitaba a pensar que dentro de unas horas podía ver a mi mujer y claro al sueño que durante muchos meses quería conocer: Mi hija Anna. Estaba tranquilo y al mismo tiempo impaciente, no sabía casi nada de Anna sólo lo poco que cuatro días antes mi padre me había contado. En mi mente tenía una concepción de cómo podía ser, aunque sabía que la verdadera imagen solo la conseguiría cuando la viese, mientras jugaba a las adivinazas, con las diferentes caras.

El parto no había sido nada fácil, debido al ginecólogo que le hizo tomar unas pastillas para adelantar el parto, según parece estuvo una veinte horas con dolores y contracciones, hasta que mi hija decidió salir a esta su nueva vida. Cuando llegué a Rubí fui directo a casa de mi hermano para que me diese la dirección en el hospital donde estaba ingresada Carolina. Aproveché para comer, contar mi batallitas de mili, bueno y mi hermano las suyas. Después de un rato de tranquilidad familiar, que pasó en un suspiro me dirigí a la estación de cercanías para trasladarme a Terrassa una pequeña ciudad donde se concentraban las parturientas de aquella zona. Es curioso cómo pasa el tiempo, hace dos horas estaba sentado, comiendo con “mis hermanos” y cuando me fijé en la hora era tarde y sin embargo ahora en un trayectoria de unos veintes minutos, que separan Rubí de Terrassa, el reloj no cambiaba los minutos. Aproveché para recordar la cantidad de viajes que había hecho hasta la escuela donde estudiaba antes de ponerme a trabajar.

El paisaje era el mismo, igual que las estaciones de Les Fonts o Terrassa. Todo era igual alguna tienda nueva pero en el fondo no había cambiado. ¿Cómo podía ser posible?, yo sólo en cuatro meses había cambiado la forma de ver la vida e incluso las personas, sin embargo esa ciudad era la misma, de hecho hacía unos tres años que no había estado por allá y parecía que no me hubiese ido a otra época. Recordando las calles y pensando en mi familia, alternándose los unos a los otro llegué hasta la puerta del hospital y más concretamente en la puerta de partos. Tenía el corazón a punto de exiliarse a otro sitio, las piernas bailaban sin música. Con un profundo suspiro, para tomar fuerzas y enfrentarme a la realidad, conocer a mi hija; siempre había pensado con la palabra hija pero no reflexionado sobre su verdadero significado y no me refiero a la real academia de la lengua. En un improvisado mostrador, pues estaban de obras, un conserje me indicó el camino, el ascensor y la planta donde se encontraban las dos. En el ascensor volví a sentir esa responsabilidad nueva que se llamaba Anna y que era mi hija y pensaba que si no la conocía aún ¿cómo podía ya quererla?, quizás a mi manera pero ya la quería.

Se abrió la puerta me fijé en qué dirección del pasillo debía dirigirme. Seguí las flechas y los números de cuartos hasta que di con él, empujé con suavidad la puerta y adentrando sólo la cabeza como si pudiera estar equivocado y allí estaban las dos, Carmen y mi suegra. Después de los besos característicos cuando me dejaron dije, “¿alguien me puede decir donde esta la niña?”. En ese momento entró una enfermera con un bebé en los brazos, lo dejó justo en la cuna que estaba al lado de la cama de Carolina. Me quedé mudo no sabía qué hacer, si llorar, desmayarme, hablar o gritar, pues nada de eso sólo la observaba y la admiraba, en plena satisfacción una voz hizo que regresase a la tierra, era mi suegra. Que ¿qué te parece tu hija?. Pues -no con seguridad la contesté- es un poco fea ¿no?. Grave error cometí yo creía que saldría divorciado y esposado, me refiero a grilletes. Hasta la enfermera comentó que era un bebé de los más bonitos que había visto y eso que ella había visto muchos. Rápidamente rectifiqué antes de correr peligro y con mucha sutilidad expliqué que si el pelo la piel aún arrugadita, no esperaba o sabía que naciesen así, y en cierta forma no engañaba a nadie.

Se calmaron las cosas y comenzaron a contarme muchas cosas sobre el parto y lo que Carolina había sufrido y entre lástimas y penas pasaron las horas, que la niña había nacido con cincuenta y un centímetros, que según parece era una buena altura para una niña y que pesó cerca de tres kilos. Inscribí legalmente a Anna y le comenté a mi suegra que se podía ir pues faltaba poco para el último tren para Rubí, que yo me quedaría con ellas por la noche. Pues fue que no. Entre la madre que decía que ella la estaba cuidando a las dos muy bien, y la hija que no decía lo contrario. Me despedí de nuevo con la esperanza que al día siguiente diesen el alta hospitalaria a madre e hija.

De Málaga a casa. Vacaciones

14

Compré billetes de avión hasta Málaga, creyendo que si iba en avión llegaría antes que en barco, pero me equivoqué, cuando mis compañeros salieron el día tres de diciembre en barco, yo dormí en mi camareta, no pasé diana, desayuné y después un conocido de Melilla (su hijo era guardia civil en Begur y además cliente nuestro pues compró los muebles de toda su casa) me esperaba en el cuerpo de guardia hablando con el coronel que según parece eran buenos amigos. Cuando me acerqué pensé ¡¿habrá algún problema?!. Me presenté como buen militar rápidamente el coronel hizo que bajase la mano y descansase, después de un breve diálogo de cómo me iba por el cuartel, si había algún problema, etc. , a lo que yo contestaba lo que él quería oír, al fin y al cabo no era amigo mío y los militares eran los militares.

Me dejó en el aeropuerto, otro soldado que como yo había optado por el avión estaba mirando los vuelos con destino Málaga, nos pusimos a hablar al menos para pasar el rato de espera hasta la partida. El avión salió a la hora, dirección a la península, "entre amigos" "la Peni", el vuelo muy movido y más con esas avionetas que parecen de papel e incluso dudas que eso vuele, al menos con relativa seguridad. Pero llegamos que era lo único que me importaba.

Otra vez en Málaga después de tres meses. Tres meses llenos de innovaciones en todos los aspectos. Mi compañero de viaje se lo montó mejor que yo, pues él hacía trasbordo dirección Barcelona. Como no podía permitirme ese lujo, salí del aeropuerto hasta la estación de tren, por si encontraba a algún compañero para hacer más entretenido el viaje a casa. Una vez en la estación de trenes no fue difícil encontrar colegas, sólo tuve que acercarme a la cantina y donde más jaleo se oía allá estaban, etílicamente felices, desahogándose de lo que supone la vida militar. Después de unos cinco meses sin tener prácticamente noticias de la familia y amigos, pues las cartas tardaban días y además desaparecían con facilidad, pues muchas se abrían “accidentalmente” por si casualidad contenían dinero. El teléfono salía caro, la economía de un soldado estaba normalmente bajo mínimos, pero muy bajos, todas esas cosa además de recibir órdenes, muchas estúpidas y sin ningún sentido e incluso contradictorias . Pero eso era el ejército catorce meses ilógicos y contradictorios que solo servían para alimentar el corazón patriótico en una gran farsa y una cruel pérdida de tiempo. Esa era la causa de aquel simpático y desordenado albedrío.

Mis objetivos hasta las cinco de la tarde en que tenía que tomar el tren, no eran otros que primero comer algo, para lo cual salí de la estación pues los precios son más baratos y se come algo mejor, y yo estaba harto de comer rancho cada puñetero día así que me di un capricho junto con dos soldados que tenían más hambre que “sed” y buscamos una casa de comidas baratas. ¡pero cómo comimos!. Comer un plato casero fue el mayor placer que sentía en muchos meses y que esperaba que durase al menos todo el mes de permiso.
Después de una tranquila sobremesa con un café de los de verdad, fuimos paseando por esa ciudad tan bonita hasta llegar nuevamente a la estación. Seguimos la misma táctica nos acercamos a la cantina y claro aún estaban, algo más cansados y ebrios, pero aguantando hasta que el cuerpo dijese no, o bien que llegase la hora de marchar, entre cervezas y más cervezas pasó el tiempo muy rápido, nos acomodamos como pudimos y no era por falta de sitio, si no por el estado lamentable que teníamos.

Una vez instalados salió el tren, poco a poco y uno a uno fuimos quedándonos dormidos, acompañados por el continuo movimiento del tren y su penetrante sonido. Con la borrachera y el cansancio, la tensión retenida durante esos meses... ni una bomba nos hubiese despertado. Después de unas tres o cuatro horas alguien que encontró la lucidez comentó que el vagón bar se cerraba en media hora y como si tocasen diana, nos levantamos a toda prisa dirección al vagón bar so pena de quedarnos sin algo para comer ni beber durante toda la noche y eso podía ser catastrófico pues si no logras dormir por la noche el trayecto se hace eterno, al menos si tienes algo para ir picando y poder echar un trago el tiempo no queda parado o eso es lo que perece.

Sería media noche cuando acabé con el bocadillo que había reservado y después intenté coger una postura que no me proporcionase dolores típicos de malas posiciones. Más menos que más encontré la forma de no amanecer como un ocho y dormí hasta las siete aproximadamente. Aún quedaban unas horas para llegar a la estación de Sants.

Esperando una buena noticia

12

Todos los días comenzaron a ser iguales durante el primer mes, osea muy aburrido pues estábamos rebajados de servicios y personalmente mi trabajo para todo el día era barrer la batería y limpiar las letrinas, (si estaban muy sucios los arrestaba, y después venían los de mantenimiento y los limpiaban), trabajo muy agotador y de mucha dificultad y responsabilidad. También acompañaba al cabo enlace para ayudarle en las compras para los oficiales, coger el correo, llevar documentos de uno a otro cuartel etc. . Esos días me lo pasaba bien pues veía una Melilla diferente a la que veíamos durante el paseo, eso cambiaba la rutina y acortaba el día que era lo que más importaba, pasar el tiempo lo más rápido fuera como fuera.

Pasado un mes, más o menos, en la plana mayor necesitaban alguien con conocimientos de delineante y qué mala suerte! me trasladaron a la décima batería. Allí las cosas eran diferentes, me hicieron trabajar de jardinero y tampoco hacía nada, miento ya tenia guardias, retenes y poca cosa más. Conforme pasaron los días me destituyeron pues ni habían plantas que cuidar ni que plantar, por lo cual era ilógico tener un jardinero sin jardín, así que como el resto... hacer instrucción, gimnasia y a mover "los rusos", que eran unos cañones muy grandes y pesaban mucho, aunque el teniente decía que durante la segunda guerra mundial (je, me parezco a Forest, Forest Gump), los cuales habían participado y sobrevivido, los manejaban entre diez soldados. Pues nosotros éramos quince y si encontrábamos una pequeña piedra no habían narices a moverlo. Un día un compañero fue atrapado por una de las dos ruedas y le partió el empeine del pie y casi ni lo tocó.

Sería en octubre o noviembre cuando se jubiló un reemplazo y quedó libre un puesto de ranchero, me apunté con la ventaja que estaba casado y el puesto de ranchero estaba rebajado de rancho y se cobraban unas seis mil pesetas, unos treinta y seis euros. En cocina se trabajaba más pero quedabas rebajado de todos los servicios y por otro lado el dinero venía muy bien. Fui elegido, por mi situación, y comenzó mi época de cocinero en la mili. Así, me levantaba cuándo me correspondía para preparar el desayuno una media hora antes que los demás, si no me levantaba sobre las diez, que no estaba mal, comíamos antes que los demás por si acaso no había la suficiente comida para todos, y como estábamos rebajados nos podíamos quedar sin probar bocado.
Así llegué hasta finales de noviembre cuando Carolina salía de cuentas, no paraba de acercarme a “teléfonos” para preguntar si me habían llamado o no, ya me llamaban pesado, era igual yo pasaba cada hora y desde dentro me señalaban negativamente y así casi dos semanas. Hasta un domingo que además libraba de cocina, después del desayuno y antes del paseo de las doce, o iba a misa o bien tocaba limpiar la batería o bien la calle del regimiento, es curioso pero en esa época casi todos éramos católicos y practicantes, pues para limpiar no quedaba nadie. Aquella mañana cuando salí de misa uno de la cantina corriendo me gritaba como loco. !!!que eres padre, que eres padre!!!... Apenas lo oía, pero sentí un aire caliente, un tembleque y un nerviosismo parecido al que tiene un niño cuando espera los Reyes Magos. Cuando estuvo a mi alcance pudo comunicarme con respiración entre cortada, pues venía corriendo, la buena noticia. En ese momento no sabía qué hacer ni qué decir, hasta que por megafonía escuché “ el artillero Moreno que venga que llevan una hora llamando”; sólo faltaba que dijesen “! Imbécil que te están llamando!". El patio de armas comenzó a gritar y silbar pues creo que a todos les había dicho que me avisasen, no faltaron ni las palmas.

Hablé con mi padre, “todo ha salido estupendamente, tienes una niña preciosa”. ¡Niña! Exclamé, ¿no había dicho el ginecólogo que sería un niño, que le había visto los testículos y no tenía duda alguna?. Pues no, era una niña que tendría por nombre Anna. Ya lo teníamos pensado, e hicimos bien, pues como para fiarse. Junto a muchos amigos nos fuímos todos a la cantina, hasta que me desperté al día siguiente en la cama y no me pregunté nadie cómo llegué hasta allá.

Nació el veintinueve de noviembre de mil novecientos ochenta y uno. Yo cogía el permiso de un mes al cabo de cinco días.

correo electrónico

La solución que encontré para recibir correos, pues nadie se acuerda de mí. fue la siguiente: Encontré una página de cursos "max mail" y me apunté.
En la actualidad soy un hombre nuevo, cuando abro el correo suelo tener un promedio de diez al día, que deben de ser a uno por curso. Desde ese día el correo electrónico no ha sido un poroblema para mí.
El problema viene cuando leo los cursos, mezclados entre aprende fotografia cuando reparas muebles utilizando fhoto shop con ofimática depresiva en ingles.
espero que este mi primer consejo sea util.

Gracias Patricia

Gracias Patricia

Llegó ayer volando de Argentina. Lo guardo en el corazón.