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No me hubiese importado que se quedasen con la suegra pero esta vez la suerte no me acompañó. Y es que, quién era el valiente que la aguantase aparte del de mi suegro que bastante pena tenía. Regresé al pueblo, como le solemos llamar, busqué por los bares de costumbre a mis amigos y tuve suerte pues encontré a bastantes. Las vacaciones hizo que nos reuniésemos unos cuantos, o sea que se lió la cosa un poco... Hasta que totalmente ebrio y cansado de todo el día llegué a casa de memoria, o por instinto, la cuestión es que cuando cogí la cama, una de verdad, no tuve tiempo ni de quitarme la ropa.. aquella noche dormí rápido más de lo normal aprovechando cada segundo de una cama cómoda, aprovechando cada minuto para mantenerlo en la memoria y rescatarlo cuando de nuevo estuviese allá. Aprovechando cada hora para descansar y descubrir que realmente estaba en casa y que ciertamente tenía no solo una mujer si no también una hija, que milésima a milésima, iba apoderándose de mi cariño y me alzaba al estatus de niño, niño privilegiado.
Desperté tal y como me acosté vestido y de bruces, pero realmente descansado. Cuando pude abrir los ojos legañosos a causa del alcohol de la noche anterior, mi mente trataba de reconocer el cuarto, aunque más que el cuarto quería reconocer que no fuese un sueño traicionero y que lo que estaba pasando fuese una broma del subconsciente. Aliviado al comprobar que era real, que estaba en Rubí y que no era un sueño estaba pasando de verdad y eso llenaba de alegría mi corazón, triste por la separación forzosa, lleno de añoranza y de ilusiones rotas por el ejército. Pero todo eso quedaba atrás y tenía que aprovechar la buena ventura que en esos momentos llenaba mi vida. Me sentía superior, orgulloso, en definitiva pletórico.
Después de un café con leche en forma de desayuno llamé al hospital para hablar con Carolina para saber cómo estaba. Me dijo que fuese sobre las cinco ya que las darían el alta y así llevaba a las tres a Rubí. Como vi que mi presencia pasaba a un cuarto lugar en esos momentos, o sea Anna, la suegra y Carolina. Yo tenía la función de chofer y poco más, me recordé a mi suegro, que siempre que podía se escapaba al huerto que tenía para no aguantar al sargento chusquero que era mi suegra. Al contrario de sentarme mal, lo tomé con filosofía vacacional y en vez de pensar si yo tenía que estar en el hospital o aquí en Rubí, cogí el abrigo y fui a hacer la ronda por los bares que en esa hora se reunían los amigos y conocidos para tomar su vermouth, como se llamaba antes.
Como eran épocas de permisos, por la navidad, me encontré con muchos amigos que exceptuando el estado civil estaban en la misma situación que yo, de vacaciones y en previsión de que fuese el último vermouth en libertad condicional, pero en libertad, sin oficiales ni suboficiales ni mujer ni suegra. Aproveché bien el ratito de unas tres horas, hablando, riendo, contando historias de la puta mili aunque más que historias eran películas, la cuestión es que nos reímos con ganas y todos estábamos insultantemente contentos y felices, estábamos de vacaciones aunque fuese diciembre.
Después de una corta siesta para borrar las huellas de tanta felicidad, otra vez para Terrassa, otra vez al hospital, pero esta vez con el coche que me había dejado mi hermano pues el mío estaba en Gerona. Y esta vez esperaba que volviese con mi familia. Después de las formalidades de costumbre pudimos abandonar el hospital, sitio que me causa fobia, "sólo con respirar los olores que en aquella época desprendían todos. Era superior a mí, me entraban sudores y mareos, por eso la tarde anterior no discutí mucho, pues no es que no me apeteciese era pura y simplemente fobia.
Después de las mil y una peripecias para colocar en el coche todas las cosa que estaban en la habitación, cosa que no comprendía, coño que solo iba a dar a luz no de vacaciones. Pues como decía, al fin cupo todo en el coche, lástima podía haber dejado a la suegra en tierra, que quede constancia que no tenía nada en contra de mi suegra, era sólo que como no paraba de hablar, contar chismorreos, criticar a todo el mundo y sobre todo ordenar y disponer de todo y de todos, no me caía bien. Imagínense todo un trayecto de ocho o diez kilómetros por carretera, unos veinte minutos dado el tráfico, sin parar de escuchar a la ya comentada en alianza con mi mujer, y yo sin terciar palabra, es que era muy inteligente en aquella época, así salvé el cuello y me hacía mejor marido, no sé por qué, o eso creí. Llegamos a Rubí sanos y salvos, directamente me dirigí a descargar a mi suegra para luego los tres ir a casa de mi hermano donde teníamos una habitación con cama grande y espacio suficiente para la cuna, bueno y aparcar un seiscientos si hacía falta. Pero... ¡cual fue mi nueva sorpresa, que resultó que madre e hija estaban de acuerdo en que esa noche dormiría, me estaba acostumbrando a las sorpresas, en casa de mis suegros y en ese piso no había sitio para mí! o sea que otra vez libre y como no, después de cenar y de un rato de charla, entre madre e hija, después de unas miradas de resignación entre mi suegro y yo, excusando cansancio atrasado me retiré sobre las once de la noche... A ver a mis amigos, que allí si podía hablar y ser escuchado. De hecho físicamente no llevaba ni un mes de casado es más no sabía ni que era eso, como lo de ser padre. No lo tenía totalmente asumido y no por amor, que si que lo estaba, era el cambio de vida que supondría cuando realmente acabase la mili. Así que como tampoco podía hacer mucho hasta el término, me dejé llevar según las circunstancias y creo que las aproveché bien. Unas cañas, unos cubatas, unas partidas de chinos o dardos o cartas, ajedrez lo que fuese, se trataba de pasar el rato y sobre todo reír y divertirte lo máximo posible. No como la noche anterior pero bastante parecido me recogí en casa y otra vez, más si cabe, me deleité con aquella cama cómoda hasta el placer, y esta vez cambiado, apagué la luz y me dejé llevar por los duendes del sueño y la tranquilidad, amigos donde los hay cuando los necesitas, esos...duendes diablillos, me acompañaron y velaron mis sueños, confusos entre militares y civiles pero con buen término. Al menos esa fue la sensación que tuve al despertarme ya de día y no muy tarde, serían sobre las nueve.
Como las expectativas para ese día era encerrarme en casa de los padres de Carolina, cosa que no me hacía gracia alguna, pues yo lo que quería era moverme no en vano había estado cuatro meses sin moverme y mucho menos en libertad, la cuestión es que lo tomé con suma calma regocijándome con todo lo que veía y oía, apurando los segundos, intentándolos disfrutar pues no es lo mismo leer una novela en la mili que hacerlo cómodamente sentado en un buen sillón con sepulcral silencio y sin esperar que el soldado de cuartel avise que un mando ha entrado en la batería y todo el mundo en pie en posición de firmes, etc...