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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2005. Otra noche movidita26 Por megafonía anuncian la vía y andén donde nos esperaba nuestro tren. Buscar un departamento en el cual nos pudiésemos acomodar a nuestras anchas fue nuestra prioridad una vez subimos. No resultó difícil dado que el tren partía de esa estación y estaban casi todos vacíos. Lo encontramos cerca del vagón restaurante, y no fue por casualidad. Nos instalamos cómodamente, Un espacio para ocho personas estaba tomado por nosotros tres, con la esperanza que fuese así durante la larga noche que nos esperaba. ¿Qué podíamos hacer para pasar el rato?..., pues seguir con las cervezas y las charlas de besugo y risas que no tenían ni ton ni son. Serian sobre las diez cuando decidimos repartirnos los “bocatas” que habíamos comprado, también acabamos con las existencias líquidas y el movimiento más rítmico que el de la noche anterior comenzó a pasarnos factura. Uno de los compañeros después de venir del escusado nos enseñó una piedra de un tamaño parecido al de los huevos de chocolate con sorpresa. Era gachís, Sin pensarlo ni preguntar comenzó a liarse un porro. Era curioso me había pasado un montón de meses en el paraíso del gachís y no había probado ni uno solo, entre otras cosas porque yo no fumaba más que tabaco y negro. Aquella noche era especial y porqué no, era una ocasión especial y no pensaba desaprovecharla, o sea que entre pitos y flautas cogí lo que se llama un “colocón” de padre y muy señor mío. No sé si por el cansancio, el alcohol, el porro o todo junto me quede más planchado que un ocho. Estaba profundamente dormido y relajado, cuando un es trepidante ruido me sobresaltó. Dos personas que al grito de “¡Policía!” ¡Vamos los tres de pie y cara a la pared!, ¡buscamos comida venga dadnos la y esto se acaba en un periquete! Recién sobresaltado con la cabeza en muchos sitios menos encima de los hombros, provocó que inocente de mí le dijese que en la bolsa quedaba algo de pan y embutidos, (juro que lo hice con toda la buena fe del mundo y mucho menos con animo de burla o cosa parecida). El policía más prepotente que antes se encaró conmigo. “haber tú el listillo donde guardas la comida, y no me vengas con la bolsa y el pan. Queremos comida de verdad”. Otra vez mi cabeza me pasó una mala pasada pues pensé que igual lo que estaban buscado sería el walkman que había pasado de “contrabando” e inocente de mí confesé que estaba guardado en mi chaqueta. No se que pensaría pero de tonto no creo pasase. Mientras, el otro policía había encontrado la piedra de gachís que llevaba el compañero. En ese momento si que volví a la realidad y..., comencé a pensar en las consecuencias que podía traer el maldito hallazgo. Paradójicamente después de mirarse la piedra, la lanzó otra vez a la bolsa y se fueron de la misma forma que entraron. Nos quedamos como tres “gilis” mirándonos sin mediar palabra. Personalmente enseguida me vino a la cabeza un soldado del regimiento que cuando se iba ya para casa licenciado le cogieron en la aduana con una buena cantidad de droga. La “suerte” que tuvo es que en vez de cumplir condena en el castillo militar lo hizo en el regimiento como corneta y rebajado de armas. Pudo ver muchos reemplazos y vio pasar por la décima batería cantidad de reclutas, suboficiales y mandos. Pero eso siempre era mejor que pasar la mitad de tiempo en una cárcel militar. Gracias que se habían ido los policías. En mi interior quedaba la duda que además de gachís llevase algo más fuerte que el mero chocolate y en cualquier momento volvieran a entrar con peores modales si cabe. Como no fue así hicimos otro porro, así quedaría menos comida si volvíamos a tener visitas. Con ese cigarro quedé dormido hasta la llegada a la estación de Sants. Donde con más gusto que penas me despedí de aquellos compañeros que aunque por poco rato no podré olvidarlos a causa del susto que me llevé. Camino de Palafrugell27 A ellos les esperaban sus familiares a mí no. Normal no se lo había dicho a nadie. Me desplacé de la estación de Sants hasta el puerto de Barcelona donde tenían la parada los autobuses que hacían la ruta de Gerona. Por suerte al ser un día de diario no era necesario reservar billetes, solo esperar la hora de salida, que no era poco. Barcelona estaba igual que siempre pensé, pero no, el tiempo pasa y cuando estas fuera te das cuenta de detalles que a diario no le damos importancia. Subí al autobús a la hora prevista, o sea con retraso como siempre. Reposé la cabeza en la ventanilla, con la vista enfocando un horizonte que por el interior de la ciudad no alargaba más del coche que paraba al lado del autobús en los semáforos. Conforme entramos en la autopista el paisaje insultante de primavera me retorno a el porqué estaba yo en aquel autobús. Durante todo el ajetreado viaje no había tenido prácticamente tiempo para reflexionar la importancia de esos momentos que estaba viviendo. De hecho no había digerido para nada que el ejército era historia y que comenzar o mejor seguir con la rutina que a mí me gustaba, era ya posible. Absorto de nuevo en mis pensamientos e hipnotizado por el panorama que se me estaba regalando, la imagen de Carolina y Anna eran intensamente presentes. No veía el momento de poder estrecharlas entre mis brazos y besarlas, besarlas hasta desgastarlas. ¿Anna como estaría de grande?, de hecho la única imagen que tenía de ella era aquella que hacía guardia en la taquilla y que ya estaba prácticamente desgastada de las veces que la había mirado. En unos pocos pero eternos minutos, podría comprobar por mi mismo como sería ahora. Cada noche antes de quedar dormido fantaseaba con tenerla entre mis manos, jugar con ella, cambiarle los pañales, etc., se haría realidad pronto. No cabía en mi cuerpo temblaba desde que pasamos Sant Feliu de G. y eso que quedaba casi media hora para que el autocar llegase a Palafrugell. Un torbellino de recuerdos cuando entrábamos por Palafrugell comenzaron a bombardear mi mente, no podía pararlos se acumulaban y se hacía imposible escoger uno y regocijarme con él. Se detuvo en la estación, el conductor abrió el maletero y descargó las maletas de aquella parada, recogí la mía y mirando al frente quedé parado esperando que mi cuerpo diese la orden oportuna para que mis piernas comenzasen a dirigirse en busca de aquello que durante tantos meses había anhelado. Para llegar al piso pasaba delante de la tienda donde se suponía que estaría mi padre trabajando. No me lo pensé, crucé la acera y entré en la tienda. El corazón palpitaba a revoluciones aceleradas tenía ganas de reír y de llorar al ver a mi padre sentado detrás de su mesa , como siempre llena de papeles aparentemente desordenados y prácticamente también desordenados. Quien primero me vio fue la chica que ocupaba mi puesto y que yo no cocía pues habían cambiado mientras yo no estaba. Aunque no la conociese si que había hablado con ella prácticamente todos los sábados a las cinco de la tarde cuando llamaba a Carolina por teléfono. Un rato con mis padres28 La chica, desde su asiento, me miraba con cara de ingenuidad pues yo caminaba directo a la oficina con decisión, miró hacia mi padre preguntándole si me conocía o bien era un posible cliente. Mi padre alzó la vista y como quien duda de lo que está viendo. Quedó inmóvil como una estatua, solo le falto frotarse la vista y pellizcarse para comprobar si estaba o no despierto. Nos fundimos en un abrazo, no me soltaba y tampoco hablaba, un nudo me impedía poder dar forma a cualquier sonido que intentase modular. Nos separamos, nos miramos y otra vez nos abrazamos. Necesitábamos sentirnos, había pasado mucho tiempo y nos echábamos en falta. Después de mirarnos, mi padre y yo pudimos comenzar a hablar. Aún no me había dado tiempo de preguntar por nadie, cuando por la puerta de atrás de la oficina apareció mi madre. Conociéndola me preparé para un fuerte abrazo, un abrazo de oso, y no porque mi madre sea grande pero si espachurra. Cuando pude desprenderme de ella comencé con las preguntas de rigor: ¿como van las cosas?, ¿como os encontráis?, etc... Como no, cuando dejé de interesarme por ellos, rápido pregunté por Carolina y Anna. “Tenemos que ir a recogerla a Calella de Palafrugell sobre las dos”, me contestó mi padre. Aprovechando la circunstancia de mi llegada y que el trabajo no había sido muy fuerte esa mañana, salimos los dos a tomar unas cañas al bar que siempre habíamos ido cuando, después de trabajar y antes de ir a casa parábamos para hablar de las cosas que habían pasado por la mañana o bien por la tarde. Esa costumbre, la cogimos desde el primer día que comencé a trabajar con mi padre. Era un hábito en el cual aparte de unirnos como padre e hijo, por mi parte era como tomar una o dos lecciones diarias tanto de la venta como en la dirección de la tienda. Ya en el bar y saludar a todos los conocidos que en esos momentos estaban allí, comenzamos a hablar de nuestras cosas que eran muchas y variadas. Me contó que Carolina las mañanas que hacía bueno, montaba a Anna en el cochecito y se iba paseando hasta Calella que está a unos tres kilómetros, luego cuando mi padre acababa el trabajo pasaba a recogerlas y las llevaba a casa. Estuvimos hablando de mis hermanos del”mono” de mi sobrina Merixell que estaba de camino de cumplir un añito y era preciosa y simpatiquísima. (Aún lo es. “un beso Meri”). Era la hora de cerrar y mi padre se ausento, mientras yo esperaba a que llegase con mi madre. Mientras y para pasar el rato hice una pregunta que en aquella época significaba discusión segura. ¿Como lo ha estado haciendo el gobierno en mi ausencia? Así fue, y estuve entretenido hasta que llegaron mis padres, y así, discutiendo los dejamos cuado nos fuimos a buscar a Carolina. Después de cuatro meses volvía a coger el coche, que sensación más extraña, no solo por coger el coche que de por sí era una agradable emoción, si no también por las calles, habían cambiado todo, las direcciones que antes estaba acostumbrado a seguir las habían cambiado o bien de dirección o la habían hecho peatonal, etc., la cuestión es que tenía la sensación que tendría que volver a conocerme de nuevo el pueblo. Por fin puede salir del pueblo no sin las indicaciones que me fue “delatando” mi padre. Palafrugell como antes he escrito está a unos tres kilómetros de Calella, unidos por una autovía bastante recta, estaba envuelta de campos de cultivo, estaba precioso pues los colores y sobre todo los olores se podían percibir en todo su esplendor. Dentro del coche era otra cosa pues mis padres no paraban de hablar y sobre todo de hacer preguntas de todo. Entramos en Calella, dada la época del año, baja temporada, no tuve problemas de aparcamiento, y ese pequeño pueblo pesquero parecía casi desierto, quitando a los camareros asomados a las terrazas por falta de clientela y algún que otro turista despistado, que sin saberlo habían cogido la mejor época del año para visitar, no solo Calella o Palafrugell, también toda la costa brava. “Si me acuerdo ya hablaré largo y tendido de este idílico lugar, que al menos era entonces pues hace varios años que no voy”. Nos acercamos al mirador en el que estaban esperando Carolina y Anna. Primero se acercó mi padre para ver si efectivamente ya estaba, con un movimiento afirmativo de cabeza me adelanté hasta que las tuve en mi campo de visión. Carolina y Anna ¡Por fin!29 Quedé petrificado había pensado infinidad de cosas para cuando se produjera el reencuentro pero nada salió como yo lo había pensado, quedé allá de pie y sin saber que hacer. Estaban a unos treinta metros de distancia, Carolina también se paró, no sé si por que no me distinguía pues para lejos debía de llevar gafas, nunca se las ponía, o porque le ocurrió lo mismo que a mí. Retorné de mi ensimismamiento y andando deprisa me dirigía hacia ellas. Entre tanto un pequeño dilema me creé en décimas de segundos y tenía que solucionarlo al mismo tiempo. ¿A quien de las dos me acerco antes? Si me acerco antes a Carolina que a Anna igual me dice mi mujer que porqué no he cogido antes a la niña, y viceversa. Parece una tontería y de hecho lo es, pero aquel día tenía enorme importancia. Lo resolví por pura suerte, dado que en el momento que ya estaba llegando, Carolina cogió en sus brazos a Anna y pude abrazarlas a las dos juntas que era lo que en realidad yo quería. Ni podía hablar ni tampoco moverme, quedé aferrado a ellas como si pudieran escaparse de nuevo. Cuando pude reponerme un poco y mis palabras aunque entrecortadas se podían oír y entender me fui separando poco a poco. En esos momentos mi madre recogió a Anna y pude abrazar y besar a Carolina como la ocasión se merecía. Después con un cuidado posiblemente exagerado, era novato, levanté a Anna y la observé detenidamente. No tenía nada que ver con la Anna que durante casi cuatro meses me hizo compañía cada vez que abría la puerta de la taquilla. Tenía un pelo dorado precioso, rizado. Había crecido, era más “larga” de lo que esperaba, y también pesaba más. ¡Que guapa estaba!, ¡que guapa que era! Un día precioso, un parador incomparable, una suave brisa marina que habría mis pulmones y secaba mis lágrimas, una figura a tras luz me refugiaba de un sol de justicia, un único pensamiento. ¡Eres mi hija!, yo soy tu padre, y sé que te querré siempre, sus manitas tiernas, jugueteaban con las mías y… una voz que venía del más acá decía: ¡Txiki que tal si vamos a comer! Y todo el encanto se evaporó con la rapidez de un suspiro. Para celebrarlo mi padre propuso de comer en algún restaurante de por allí, como no, aceptamos de inmediato, sobre todo mi madre y Carolina. Por mi parte comer en un restaurante ya me gustaba, pero lo que en realidad quería era comer una tortilla de patatas, Pues mi madre hace las mejores del mundo y no es porque yo lo diga, mi hermano, mi cuñada y mi padre también lo dicen. Claro que no dije nada, ¿Quién quería problemas el primer día de regreso? Comida en familia, tarde de paseo.30 El restaurante en el centro de Calella estaba decorado con motivos y útiles marinos y de pesca. Pudimos escoger mesa, si hubiese sido en verano habría que haber reservado con unos días de antelación. La mesa tenía vistas a la cala donde las pequeñas barcas estaban varadas esperando a otro día de trabajo. El paisaje, el restaurante y sobre todo la compañía eran deliciosos e inolvidables. Después de una suprema comida, un buen postre para rebajar, un café, una copa y un habano para rematar “la faena”, como pudimos nos levantamos en busca del coche y con dirección a casa con la intención, al menos yo de reposar mis huesos en una cama decente y promocionar la “siesta”, y si encima si no dormía solo pues... mucho mejor. Así fue, dormí un par de horas, (me reservo si solo o acompañado), que me sentaron a gloria pues el viaje me había pasado factura. Después de una buena merienda, mi madre y Carolina comentaban que traía hambre atrasada y bien lo podían decir pues así estuve una semana comiendo y no saciando mi apetito. Anna que no se quedaba atrás también tomó su merienda, que como no, se la di yo. Otra vez me sentía orgulloso de ser el padre de una criatura tan hermosa y perfecta. Se hacía un poco de rogar pero luego cuando abría la boca no dejaba rastro alguno en la cuchara, entre volar la cuchara hacerle gestos que más que cómicos era ridículos, después de hacerle creer que la cuchara era un avión, aunque ella no tenía ni remota idea que era un avión o que ruido podía hacer, daba igual yo le ponía el máximo empeño y así debió de ser pues acabó con todo el plato en poco tiempo, lo que pensase Anna de mi es otra historia. Carolina cuando acabé, la cambió y los tres dimos el que creo que fue el primer paseo familiar. En las vacaciones de Navidad pasear, pasear, no pudimos, pues Carolina no se encontraba bien para caminar y además hacía bastante frío. Aquella tarde la aprovechamos bien, invitaba a recorrer las calles del casco antiguo de Palafrugell, parar en los escaparates, admirar sus casas, respirar primavera y transpirar felicidad. Dimos vueltas y vueltas, después nos paramos en la plaza a descansar un poco y reponer fuerzas con unos aperitivos y unas cañitas. Luego, serían sobre las siete más o menos cuando nos dirigimos a la tienda de muebles, no solo para ver a mi padre y a mi antiguo compañero, Carlos. También quería meter la cabeza en los papeles, en los nuevos catálogos, ver las nuevas tendencias y sus precios, quería saber que cosas a nivel trabajo habían cambiado, necesitaba sentirme persona, ansiaba volver a tener responsabilidades, en definitiva quería volver a mi trabajo. Poco rato estuve pues a las ocho si no había nadie como un reloj cerrábamos la tienda, de hecho esos días eran escasos. Aquella tarde mi padre tuvo suerte y cerró a su hora. Los cuatros después de hacer la parada de rigor en el bar de “Beni”, seguimos paseando hacia casa y sin parar de hablar, mi padre iba poniéndome al corriente de las novedades y cotilleos que radio macuto, que… Como en toda España funcionaba y funciona a las mil maravillas, sobre todo, cuando la noticia era autentica. Primera noche31 Para cenar, tortilla de patatas ¡que delicia! No es que mi madre sea adivina, no, es que pregunta siempre y a ser posible después de comer, cuando no tienes hambre y además no te apetece nada. Aquel día no tuve problema en decirle que era lo que deseaba, lo tenía más que pensado y si no lo hubiese preguntado ella, se lo habría dicho yo. Hay cosas que solo las hechas en falta cuando no las tienes y para mí una de ellas era después de comer hacer un poco de sobremesa sentado en el sofá, viendo la televisión y charlando un poco de nada, pero en familia. Era la hora de acostarse, preparamos los utensilios nocturnos de Anna y fuimos a la cama. Una noche entera en mi cama y además con mi mujer, casi no lo podía creer, de hecho todo lo sucedido en aquella jornada era prácticamente inverosímil para mí. … Tanta gloria no podía ser cierta, y a las tres, sin ningún tipo de compasión Anna desplegó su potente bocina y como si de una tercera imaginaria se tratara me levanté, por puro instinto, una vez situado… recordé que Anna no perdonaba y comida es comida, lo de más son historias. Como la experiencia supone un grado, Carolina estaba preparada y en un periquete Anna daba fin a su segunda cena, y nosotros reanudábamos nuestro segundo sueño. Por suerte Anna pronto descubrió que si cenaba más, luego no despertaba y así descansaba mejor. O por lo menos es lo que yo quería pensar. El hecho es que dormía toda la noche como un ángel, un auténtico cielo. No me cansaba de mirarla como tampoco me canso de escribirlo. Una sorpresa32 El piso de Palafrugell no era pequeño: Tenía cuatro habitaciones, dos de ellas dobles, un amplio comedor, dos aseos, una cocina respetable, balcón y terraza para colgar la ropa y sobre todo mucha luz. Pero en cierta medida se hacía pequeño para dos familias. Había quedado con mi padre cuando despertase pues quería mostrarme algo que no definió. No madrugué en absoluto, el viaje del día anterior me había dejado para el arrastre, no pude reaccionar cuando a las siete, Carolina atendía a Anna como de costumbre. Desperté como una persona nueva en el paraíso, no podía creer que sin haber puesto aun los pies en el suelo, Carolina entrase en la habitación con un tazón de café con leche en una mano y un croissant en la otra, y Anna que dormía placidamente. En una silla en frente de la cama había dejado ya mi ropa con muda totalmente nueva, o sea limpia y planchada y olorosa, seguro que hasta le ponía suavizante perfumado, que era algo que en la mili se había comentado como algo que debía de ser en algún país extranjero. Desayuné como un rey, aunque era consciente que eso tenía el tiempo contado, lo disfruté, así como una ducha con inagotable agua caliente. Después de una leve charla con Carolina y mi madre, acudí a la cita que tenía con “el jefe”. Caminaba pensativo, no..., más que pensativo, intrigado. ¿Que se traería entre manos?, creía que sería algo referente al trabajo o alguna cosa parecida. Después de los saludos de rigor y de husmear un poco por el despacho, crucé con mi padre toda la tienda hasta la puerta trasera, que era la que se utilizaba para carga y descarga. Al pasar por el almacén sentí una cierta nostalgia y una sacudida de buenos recuerdos. El coche estaba aparcado junto la puerta, como de costumbre conducía yo, nos dirigíamos a un pequeño pueblo justo al lado de Palafrugell. Por el camino me explicó que un cliente le había hablado de amueblar una casa en una urbanización para alquilar. Habían quedado para tomar medidas del interior y elegir el tipo de muebles vendría bien en cada estancia. Al principio mi padre pensó que el alquiler sería bastante elevado y para no quedarse con la duda le preguntó cuanto pensaba pedir después de amueblarlo. El precio le gustó, pues era parecido al que ya pagaba, siguió indagando hasta que al final le rebajó considerablemente el alquiler pues no tenía que gastar en muebles y cómo no, siempre era mejor alquilarlo a gente conocida, etc. Paramos delante de la casa, era muy bella, plantada en medio de la parcela, pintada de blanco resaltaba sobre el césped que la rodeaba. Una cochera con capacidad para dos coches de tamaño grande con un buen espacio entre ellos, que comunicaba directamente al interior de la casa junto a la entrada principal. La planta baja era la de dormitorios, cuatro también pero todos dobles y un completo cuarto de baño. Justo en el recibidor estaban las escaleras de acceso a la otra planta, donde se ubicaban otro aseo, una enorme cocina, un comedor salón separados por una arco en forma de separación, y dos terrazas, una orientada al norte y la otra al sur “creo”. Después de visitar la casa detenidamente, mi padre me miraba como buscando el beneplácito para alquilarla. A mí la idea me encantó, pero… ¿que opinarían las mujeres?, pronto lo sabríamos pues la hora de cerrar la tienda era próxima y debíamos estar allí. Seguimos nuestra conversación en el bar de Beni y después en casa. Casa nueva, si; Casa nueva,no...33 Mi madre enseguida puso el grito en el cielo, pues como ella, bueno y Carolina, no tenía carné de conducir decía que para la compra y todo le quedaba lejos y allí se quedaría sola y sería muy aburrido. Lo cierto que visto desde su punto de vista tenía toda la razón del mundo. A Carolina no le importaba mucho pues yo le había sugerido que se sacase el carné lo antes posible, pues en aquella zona es bastante necesario. Esta situación solo hacía que reafirmar y acelerar la postura que teníamos ya determinada. La conversación quedó retrasada hasta las ocho de la noche cuando mi padre acabase el trabajo y fuésemos todos a verla. Por la tarde enseguida que acabamos de comer, mi padre se fue a echar la siesta, y yo fui literalmente bombardeado a preguntas primero por mi mujer que comenzó con mucha discreción un turno consecutivo de cuestiones, fue en ese momento, cuando yo también decidí seguir el protocolo que segundos antes había realizado mi padre, y aunque Carolina no solía hacer siesta, esa tarde sí. Asolas en la habitación, comenzó el ataque, del cual me defendí a respuestas como pude, aunque me parece que ella hizo más preguntas que yo respuestas, ¿entonces porque me haría esas preguntas? El turno le tocó luego a mi madre que fue más benevolente, Carolina le habría contado todo con pelos y señales, tal y como hizo que yo le fuese describiendo, con pelos y señales. Paseamos los tres, otra vez, después que Anna, otra vez, comiese. La tarde acompañaba, estaba teniendo unos días de ensueño y para los pocos que me quedaban, pues tenía pensado primeros de mayo para abandonar las vacaciones, quería aprovecharlos al máximo con Carolina y Anna. Era consciente que cuando volviese al trabajo el encanto del reencuentro desaparecería y al mismo tiempo se iría transformando en rutina. La rutina atrae los problemas y yo no estaba para eso. Esa tarde Anna no tenía sueño y por primera vez también llevé a mi hija al parque. Disfruté como un camello, Anna se reía de todo, no le daba miedo nada: el columpio, el tobogán y un caballito de color rojo desgastado con un muelle que lo sujetaba al suelo y que le encantaba pero que se tenía que estar muy atento pues se soltaba por cualquier cosa que le llamase la atención. Llevábamos un rato más que considerable y la niña comenzaba a cansarse y el parque de repente no hacía gracia, Carolina y yo mirándonos a los ojos sacamos nuestra mejor sonrisa metimos a Anna en el coche y continuamos paseando un rato corto pues aprovechando que el torbellino estaba en país de las maravillas y chupetes, nosotros nos sentamos a tomar una caña y descansar pues el parque cansa, si estas atento de tu hijo ¡claro!, … Otra pregunta que siempre me he hecho y me hago aún es: ¿De donde puede un niño sacar tanta energía y además recuperarla tan rápido? …………. Sí “listillo” sabemos que es proceso natural de la vida, solo era una reflexión para llenar un poco. ¿O no? En la taberna, decorada con mucho gusto, hablamos sobre la casa, de sus ventajas ya que al ser más grande podíamos hacer una vida un poco más independiente, del carné y de nosotros. Llegó la hora, los cinco esta vez fuimos a la torre, como la llamábamos nosotros. Cuando llegamos, aún con buena luz, comenzó la visita. Mi padre y yo parecíamos dos agentes inmobiliarios que queríamos venderla en vez de ser nosotros los que la alquilaban. He de decir que a mí me encantaba y que Carolina parecía que conforme veíamos las habitaciones la idea le gustaba más. A mi madre la casa le gustaba aunque la distancia a Palafrugell seguía siendo un obstáculo para ella. Mi padre que no quería que se le escapase “la venta”, incluso nos invitó a cenar en un restaurante que se encuentra o encontraba en la desembocadura de río Ter en la población de Torroella de Montgri y donde servían unas carnes realmente exquisitas, además cuando era la temporada tenían unas angulas, que ellos mismos pescaban, riquísimas y a buen precio para aquella época. Allí antes de ir a la mili y de estar casado íbamos todos los lunes por la noche a cenar mis padres y yo. Por eso nos llevó allí pues sabía que a mi madre le gustaba, y… de esa “ruin” manera convencerla del cambio de vivienda. Sea como fuere le salio bien y la decisión quedó tomada durante la velada, pese al “éxito” obtenido mi padre no salía bien parado con la conquista, ya que le costó comprar un ciclomotor, para que mi madre pudiera ir al pueblo cuando se le antojase y sin tener que depender de nadie. una historia de mudanza34 A la mañana siguiente comenzó la operación “caos”, o sea cambio de casa. A primera hora Carolina y mi madre se pusieron a recoger y embalar cosas, así quedaría todo preparado para el momento de la mudanza. Esta, en si misma no tenía una complicación desmesurada, pues hacer una mudanza e instalar y repartir mubles vienen a ser cosas parecidas. Y repartir muebles formaba parte de mi trabajo y más a más tenía la ayuda de mi compañero Carlos. Entre tanto, yo como siempre estaba encargado de dar unos retoques a las principales habitaciones por orden expresa de madre y esposa, que resultaron ser todas. … Lo bueno de todo es que aún me extrañe, ¡con lo facilón que soy con las mujeres!, no sé decirlas que no. Nunca aprenderé, por eso me paso los principios de verano pintando pisos , eso de la pintura es una obsesión para mí, es más…, cuando me aburro pinto una habitación o dos y cosas parecidas: Como leer, escribir etc., aunque estas últimas menos. Tendré que pensar seriamente en contárselo a mi psicóloga en la próxima consulta, lo de la pintura y lo de las mujeres. Después de una obra de dimensiones tan grandes como la que realizó Miguel Ángel, pero más barata y en menos tiempos, comencé a escabullirme por el pueblo hasta que las señoras acabaron con sus embalajes, pues si no rápido me encontraban trabajo y seguro que no era el más agradable, y lo sé por que tiempo más tarde me sucedió, y para una vez que lo hice bien lo cuento, creo que es muy importante. Terminado su trabajo continué yo con el mío que esta vez consistía en desmontar los muebles y prepararlos para el traslado, de forma que nos fuesen cómodos para manejarlos y al tiempo sufriesen lo menos posible. Lo hice lo más rápido que pude, pues en cierta forma tenía prisa. Quería comenzar el día uno a trabajar pues lo necesitaba como si fuera una droga y yo estaba con el “mono” del trabajo. En él, desconectaba… otra paradoja de la mías. El día uno también nos trasladábamos a la torre, y mi intención era llegar del trabajo y disfrutar de mi familia en casa descansando de un duro día, así lo había soñado en la mili y así quería que sucediese. Mi padre había despejado los repartos para que entre Carlos, un ayudante, que no conocía pues lo contrataron para sustituir la ayuda que yo le hacía antes de irme a la mili, y yo cargáramos y descargáramos los muebles de una casa a otra , y luego ellos continuar con su trabajo y yo montándolos, que era el mío. Sin comerlo ni beberlo el domingo a medio día, cuado mi padre cerraba la tienda para disfrutar su fin de semana, hasta el martes por la mañana, se encontró que estaba todo hecho, hasta el punto que en el piso de Palafrugell no había nada, ni para comer ni para poder dormir, pues todo estaba debidamente dispuesto en la torre nueva. Otra comida de restaurante gratis…. Un día de espárragos35 Charla en familia durante la comida, Anna dormida profundamente y ajena a todo el alboroto que a su alrededor sucedía, sobre todo en nuestra bendita mesa. Tanto mi madre como mi mujer se echaban flores mutuamente,... alguna me caía a mí, No paraban de hablar de lo bonita que era la casa, lo cómoda, la cantidad de cosas que se podían hacer etc.…, por mi parte callaba pues en boca cerrada no entran moscas, de todas las formas de una u otra manera a mí, algún trabajo extra me tocaría, ¡seguro! ¿Qué hacemos ahora? Le pregunté a mi padre, esperando que dijese lo que era obvio tenia que decir, “vamos a hacer una siesta” ¿no? No fueron sus palabras pero casi, casi. Que nos trasladábamos oficialmente era evidente, o sea que después de una suculenta y “llenadota” comida, ¿que quedaba hacer?... si no, una siesta. Pues dicho y hecho ocupamos la casa como si hubiésemos estado toda la vida en ella viviendo, y con un ¡hasta luego! Cada uno se fue para su habitación, menos mi madre que subió a ver la televisión. Tuvimos bastante con una hora de reposo, así que nos levantamos, atendimos a la niña, que estaba en nuestra habitación, aunque mi madre se había ofrecido a cuidarla mientras descansábamos, pero estas pequeñas cositas comenzaron a ser habituales en Carolina, cosa que a mí me molestaba profundamente. La tarde rebosaba primavera por todos sus poros y ese sol de media tarde invitaba a pasear i descubrir aquella urbanización, nueva para nosotros. Tuve una suerte enorme cuando descubrí que la zona era propicia para los espárragos, y claro no pude resistirme a la tentación de recoger aquellos que crecían a la vera del camino y alguno que otro que estaba más al interior. No pude explayarme a gusto ya que se suponía que íbamos paseando con la niña y no a buscar tan delicioso manjar, pero si recogí los suficientes para que por la noche pudiéramos hacer un revoltijo, para probar nada más. Después de un buen rato de paseo y también de jugueteo, como correspondía a dos adolescentes que éramos, emprendimos el regreso a la torre, entre otras cosas, Anna tenía que merendar y no podíamos perder el tiempo. Era preferible estar en casa o cerca antes que mi minúscula hija diese rienda suelta a sus protestas. Hubo suerte llegamos por los pelos y con el añadido de que mi madre había preparado la comida de Anna. A Carolina solo le restaba cambiarla, pues… mi padre me suplico que le dijese donde habíamos encontrado los espárragos y que por favor le acompañara, ¡claro!, soy tan fácil que todos me toman el pelo, y tampoco podía hacerle un feo al jefe donde yo trabajaba, bueno trabajaría, así que , ni cortos ni perezosos cogimos esta vez el coche, después de una cortita despedida a las mujeres, con un montón de explicaciones y nos fuimos a por esos espárragos que tan amablemente nos estaban esperando. ¡Disfrutamos!, ¡ya lo creo!, y para celebrarlo nos acercamos a Palafrugell a tomar una cañita. Cuando llegamos estaba a punto de oscurecer y el estomago pedía algo más que cañas, necesitaba estar al corriente de cómo sabía eso que nosotros apreciábamos tanto y que el no cataba. Tras la cena compuesta de espárragos, cava y otras cosas, acordamos los cuatro, que los cinco, aprovechando el día festivo de mi padre iríamos a coger más. Así acabo la primera noche en la torre. Y… mañana será otro día. Una mañana en el bosque36 Tal y como habíamos planeado el día anterior salimos temprano en busca de los famosos espárragos. Como se trataba también de hacer ejercicio aprovechamos para ir paseando. Anna en su cochecito miraba a todos lados, para ella estar tan cerca del bosque le resultaba una aventura, todo era nuevo y por cualquier cosa quedaba ensimismada y yo con ella. Esa mañana babeé con cada gesto, con cada mueca, con cada grito de admiración de sorpresa inclusive de miedo. Babeé con el viento elevando sus rizos dorados, con su permanente sonrisa, con la chispa de felicidad que denotaban sus redonditos ojos. No me cansaba de mirarla, tampoco de cocerla un poquito más a cada instante. Carolina, después de enseñarla elementalmente como se tenían que buscar los espárragos, comenzó a hacerle gracia, hasta el punto que una vez dentro del bosque resulto difícil sacarla. Mi madre que también le gusta recogerlo, prefirió estar con su nieta. Desde un alto las observaba, abuela y nieta las dos sonrientes y distraídas, sobre todo a mi madre se la veía feliz con su pequeña protegida entre sus brazos. No pude contenerme y tantas emociones recluidas, salieron a flote, y aprovechando el camuflaje campestre di rienda suelta a tanta felicidad, eso sí con los oídos receptivos al 100%, pues me avergonzaba que alguien, Carolina o mi padre, pudiera verme con los ojos llorosos. De vuelta al trabajo36 Llegó el día de vuelta al trabajo, estaba pletórico, contento e impaciente. Había pasado un año, y lo único que pretendía era dar carpetazo a ese tiempo mal vivido, y que mejor para comenzar que la vuelta al trabajo. Ese día era para mí especial y de estreno. Sí de estreno pues aunque el trabajo no era nuevo para mí, si lo era el nombre de la empresa, estrenaba casa y pueblo, también traje, había que estar un poco a la moda ¿no? Y como no, se podía decir que estrenaba familia aunque ya llevásemos un año de casados. En cuestión de una hora estaba al corriente de las nuevas normas de la empresa y de como estaba la tarea del día y casi de la semana. Esa mañana fue muy distraída y pegado al teléfono, desde el jefe, el director de personal, y directores de otras tiendas que sabiendo que estaba de vuelta llamaban para desearme un buen regreso. Volvía a sentirme persona y no un títere movido por los hilos de las órdenes y las apresuraciones de la vida militar. La mañana fue tranquila, realicé el sueño de estrenarme con una venta y es que estaba al acecho de atender al primer cliente que entrase por la puerta, así lo hice y quedé contento, le vendí todo el mobiliario para una casa grade en la playa de Pals en una urbanización repleta de alemanes, casi todos clientes nuestros, y es que el boca a boca es la mejor publicidad que existe. ¡Que narices, trabajábamos muy bien y teníamos pocas reclamaciones, y las que surgían se solucionaban con la máxima rapidez. La luz; la luz y el color es lo que en estos momentos viene a mi mente de aquellos primeros días de trabajo. No es un recuerdo tanto como una sensación, aunque como recuerdo, diría de una tarde cuando terminé el trabajo aprovechamos la bonanza del tiempo y en vez de ir en coche, nos dirigimos Carolina a casa andando, más que andando, paseando. Entonces éramos unos auténticos enamorados, o por lo menos yo si que estaba enamorado de ella. Pasamos todo el camino tomados de la mano, cuando no persiguiéndonos y jugando, como dos niños que éramos y no me cansaré de repetirlo. También retengo la sensación de paz que me producían cuando paseaba a esas horas por los alrededores de la urbanización. Mis suegros habían comprado una casa en Calella de P. y como durante la semana estaban en Barcelona, nosotros aprovechamos para trasladarnos temporalmente y así disfrutar no solo de la casa, también de la piscina, que era lo que más apetecía. La idea era buena y como al medio día disfrutaba de tres horas de descanso… allí disfrutaríamos más del verano… Comienzan los problemas37 Si fuese el capítulo de un libro lo titularía “Ahora empiezan los problemas”. El primero vino “sin querer queriendo”, Carolina trabajaba por las tardes los lunes miércoles y viernes. Propuse que esos tres días llevásemos a Anna a casa de mis padres y después del trabajo pasábamos a buscarla y nos íbamos los tres a casa. Mi sorpresa fue cuando me dijo que para esos días había inscrito a Anna en una guardería que estaba cerca de su trabajo. No sé si será lógico o no, pero esa tarde de casi verano fue testigo de mi primera disputa conyugal. No estaba enfadado porque la niña fuera o no a una guardería, entraba dentro de nuestros planes, pero… para cuando comenzase el curso más o menos, estaba “cabreado” porque ni siquiera me había comentado nada tratándose de quien se traba, que era nuestra hija, además estaba irritado por ese alejamiento que día a día tenía Carolina procurando que mi madre no estuviese mucho en contacto con la niña. No concebía por qué esa actitud hacia ella y tampoco encontraba motivos para que existiese. El hecho es que quisiera o no quisiera yo estaba en medio de todo este asunto que no me gustaba nada. Pensé que mi madre “entendería” que Anna fuese a la guardería y a mi padre enfocándole de alguna manera el tema, al menos se resignaría. También creía que al estar solos durante unos días, pues los suegros venían los viernes por la noche, todo se calmaría y si había algún mal entendido poco a poco se solucionaría. Pasó todo como yo había calculado, resignación primero y luego recibir algunas críticas o malas caras por parte de mis padres. ¿Cómo podía contentar a uno sin molestar al otro? Ese dilema aún no lo tengo resuelto. Me encontraba frente a la espada de Damocles y además sabía que no sería la última vez. Un verano en Calella de Palafrugell38 La casa de mis suegros en Callela de P. estaba situada en la parte alta, cerca del jardín botánico (de gran interés, no solo por la belleza del jardín en si, también por las especies de árboles y plantas que allí se cuidan) y también de la playa, aunque para acceder a esta teníamos una separación de unos treinta metros de acantilado, con una escalera de no muy buen acceso tanto para bajar como a la hora de subir, cosa que hacía que la piscina de la comunidad se hiciese más apetecible si cabe. Tres pisos, jardín y garaje. No, no estaba nada mal la segunda residencia de mis suegros, por cierto el piso en el que vivían en Rubí tenia tres habitaciones, una cocina muy pequeña un cuarto de baño con plato ducha, un comedor no muy grande y un balcón bastante reducido, nada que ver una con la otra. Yo pensaba que porqué no lo hacían a revés… una casa amplia para la primera residencia y otra pequeña y cómoda de mantener para la segunda. No era yo precisamente quien dijese nada al respecto pues a nosotros nos venía de perlas, o al menos eso creía. Con una maleta de ropa y otra de ilusión y esperanza nos instalamos en la que sería la tercera vivienda en tres meses (buen promedio). El verano se echó en cima y mi padre y yo fuimos inducidos por el trabajo. Por las mañanas entrábamos una hora antes de lo acostumbrado, y por las tardes dos o tres horas de más eran normales. Pero no en vano era verano, y nos decíamos: Ya llegará el invierno y nos tomaremos la revancha. Y así con ese auto engaño sacábamos fuerzas y mirábamos a delante. La verdad es que en años anteriores así fue, el invierno era largo y los desayunos de Carlos y los míos también. Debían de ser vacas gordas, pero el mes de junio con respecto al ejercicio anterior las ventas habían aumentado considerablemente, incluso a las previstas por la empresa. Esa fue la tónica de todo el verano, que se extendió a todo el año. Cada día llegábamos a la torre, quebrados y satisfechos, nos salía todo a pedir de boca tanto en las ventas, como en el reparto. Si no recuerdo mal se llamaba José el chico que contrataron y además le ampliaron el contrato igual que a la chica… Carmen, pues era la única manera de sacar aquella cantidad de trabajo que nos estaba desbordándonos. Mientras yo me dedicaba a la venta y también al reparto, según donde hiciese más falta en aquel momento. Nuestra vida en Calella parecía que comenzase a estabilizarse y los días fueron pasando con bastante normalidad. Anna era la que más disfrutaba de todo, la piscina le encantaba, aunque no le gustase mucho que le salpicase el agua en la cara, lo que hacía que se enfadase y a forma de protesta movía los brazos, volviéndose a salpicar, ¡que caritas que ponía! Después de la piscina le tocaba un ratito de jardín y después como una bendita se quedaba dormida en cualquier sitio, ¡eso, si había comido ya! Por las noches salíamos al jardín y pasábamos las horas hablando y fantaseando sin pensar ni comentar sobre los incidentes del día. Los fines de semana venia al completo la familia de Carolina, casi siempre con invitados, a los que siempre por una u otra razón siempre criticaban a su partida. Por suerte yo trabajaba hasta el domingo por la tarde y prácticamente no los veía. Todo fue estupendamente durante ese verano, aunque mi madre prácticamente no vio a Anna si no era por pura casualidad, y a diferencia de mi suegra que cogía a al niña con toda la normalidad de mundo y la zarandeaba y hacía carantoñas, mi madre no podía ni sacarla del cochecito pues Carolina siempre sacaba una excusa para que Anna no estuviese en los brazos de mi madre. Otra mudanza y van cinco39 Cuando se acababan las vacaciones de mis suegros, me enteré que nosotros teníamos también que abandonar la casa. Hablamos de alquilar un piso, pero en aquella época los alquileres o estaban por las nubes o simplemente no estaban. Dada la imposibilidad de encontrar algo accesible volvimos otra vez a casa de mis padres. No comprendía porqué nos teníamos que trasladar, pues para estar cerrada la casa nosotros podíamos darles algo como alquiler y además de vigilarle la casa durante un tiempo hasta que los alquileres volviesen a la normalidad del invierno. Pero, creo que tenían miedo que si nosotros nos quedábamos lo haríamos para siempre y los desplazaríamos a ellos. O sea que su propia hija podía dejarlos en la calle. ¿Cómo podían llegar a pensar eso?... La cuestión es que de nuevo estábamos en casa de mis padres, y por mi parte encantado de la vida, aunque era consciente que las cosas iban a cambiar y no precisamente para bien. Cuarta mudanza. No llegaría a octubre cuando encontré un piso en alquiler del agrado de Carolina y claro dentro de nuestros presupuestos. De la cuarta pasamos a la quinta y esta vez si que era una mudanza en toda regla. Como se estaba haciendo habitual recurrimos otra vez a Carlos para el trabajo más pesado. Esta vez el pequeño problema es que el piso en realidad se trataba de un piso cuarto y de aquellos que se construían sin ascensor. Como también se estaba haciendo costumbre Carolina y mi madre se dedicaron todo el domingo por la mañana a recoger en cajas todas las cosas, mientras mi padre y yo trabajábamos en la tienda hasta el medio día. El lunes temprano como siempre nos dedicamos a colocar todas las cajas en el camión y después el consabido y colosal almuerzo. Tras estas dos tareas imprescindibles en toda mudanza que se precie nos dirigimos al que sería otra vez nuestro nuevo hogar y seguir con el trabajo. El peso de las cajas no era excesivo pero las escaleras si, por lo que tuvimos que hacer una parada técnica a la hora del aperitivo. Nos habíamos propuesto acabar antes de comer y así lo hicimos. Una vez acabado todo el traslado nos fuimos todos a comer a casa de mis padres donde mi madre nos esperaba para echar el agua a una paella como sólo las valencianas saben hacer. Aprovechando el patio y ramas de pino se hizo un fuego en tierra que terminó de cocer ese arroz que estaba diciendo ¡cómeme! Los días siguientes pasaron con bastante normalidad aunque con respecto a mis padres la cosa era diferente. Viviendo a dos kilómetros de distancia Anna se pasaba semanas sin ver a sus abuelos paternos, a diferencia de los maternos que prácticamente era semana sí semana también. La situación no era nada agradable y demasiado comprometedora para mí en aquella época. Realmente no era lo suficientemente adulto y tener que renunciar a alguien que quieres no estaba dentro de mis planes. Aun hoy pienso si estaba haciendo lo correcto o no. La cuestión es que no voy a entrar en juicios sin valor y paso de hacer criticas. Mi intención es relatar parte de una vida que puede ser más o menos real, más o menos mentira. VacacionesComo muchos Españolitos, yo también voy a tomar unas merecidas o no vacaciones estivales. Aprovecharé estos días a hacer justo lo que no tenía pensado. Creo que ni ordenaré armarios, ni arreglaré esos enchufes que tenía que haber arreglado ya, ni ordenaré todos aquellos papeles que para estas vacaciones tenía previsto hacer etc. ... A todos aquellos que como yo van a disfrutar de este descanso, que las aprovechen lo mejor posible y sobre todo que a su termino nos volvamos a reunir todos en estas páginas. Un saludo y Buenas vacaciones. Mandarina aprovecha y coge fuerzas que el invierno es muy duro. TAMARIX LUCEROLucero Hoy es 31 de Julio de 2005 Es curioso que las noticias sean tan diferentes para las personas. Hoy he tenido dos noticias en una sola: la primera buena, muy buena, la segunda mala, menos mala. La buena… Lucero, mi amiga Lucero… (No existen grandes amigos, existen solo amigos y no es fácil, al menos para mí, poder contarlos con una sola mano y me sobrarían tres dedos)… Me ha comunicado que su partida está confirmada y el día diecisiete a las ocho cincuenta y cinco, va a reunirse con la persona que ama y con la cual quiere pasar el resto de sus días. Es una muy buena noticia, esa persona que durante veintidós meses ha compartido tantas y tantas cosas, cumple un sueño, posiblemente su mayor sueño y yo soy partícipe de él. Cuando un corazón se petrifica, se resiste, las emociones no se expresan superficialmente, quizás cuando si debieran. Lamento en estos momentos no haber saltado, abrazarla, darle un beso en el “cachete”, como ella diría y decirle… Me alegro… o algo parecido. Sé, que sabes, que sé, que lo sabes ( jejejj, hacia tiempo que quería escribirlo). Sabes que ya no me quedan lágrimas, me hubiese gustado llorar contigo, no he podido y sin embargo lo estaba haciendo. LUCERO y lo escribo con mayúsculas, como se deben escribir las cosas importantes; solo has de pensar en eso que realmente quieres, NO lo dudes y como en algún sitio he oído. Sigue los instintos de tu corazón, o algo así. SÉ FELIZ, ESA ES TU META, LO SÉ. El futuro solo él lo sabe, y el tuyo tú sabes como lo quieres. SÉ FELIZ, ES TU DÍA A DÍA. Haz ese viaje que tanto anhelas y como los elfos, duendes, hadas, etc. Cumple el camino que minuto a minuto te has forjado de forma artesanal, utilizando las herramientas de la sinceridad, de la bondad, de la alegría y sobre todo de la amistad. SÉ FELIZ, ES TU VIDA. Por último solo te puedo desear que seas feliz. AMIGA. Txiki Echamos de menos las cosas que queremos cuando nos quedamos sin ellas. Este no es mi caso aunque quizás sea en estos momentos cuando esté reflexionando realmente los hechos y noto que pronto tendré un gran vacío, presencial. Pero…seguro que no, digamos “espiritual”, pues ha sido “este” quien ha acompañado tantos meses de muy buena convivencia, que no es fácil Hoy estoy triste, soy una persona feliz. |