tamarix |
![]() |
Temas
Archivos
Enlaces |
Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2005. De un lado para otro41 Cuando llegó septiembre, comenzó la época de vacaciones, para todos los que trabajábamos en la costa, o sea de cara al turismo. Desde la dirección de la empresa me dijeron que sustituyese al jefe de la tienda de San Feliu de G., una tienda algo más grade que la nuestra de Palafrugell y con una extensión de ventas superior. Durante ese mes que estuve logré superar las ventas y me sentía importante, pues superar a uno de los vendedores carismáticos de la empresa era todo un lujo. Visto que en San Feliu me fue bien probaron al mes siguiente con Gerona, donde el Sr. Marín también cogió sus vacaciones. No estuvo nada mal y si no se notó tanto la diferencia de ventas, pues al ser una tienda con más vendedores, el volumen de ventas dependía también de ellos, no como en Palafrugell o San Feliu. Claro está que mi Padre también aprovechó sus vacaciones y como no fui yo el sustituto otra vez. En esta ocasión mantuve el nivel, pero es que mi padre lo ponía muy alto. Mi reto era no bajar las ventas y también lo conseguí. Que más podía pedir, solo esperar un pequeño milagro y que algún encargado dejase su puesto y me ascendiesen. De hecho el de San Feliu estaba a punto de jubilarse y siempre comentaba que lo haría con prejubilación, pues decía que estaba hasta las narices de trabajar, cosa que a mí esa idea me encantaba y la de encargarme de una tienda como aquella todavía más. No me importaba ni las horas ni los kilómetros aunque si el resultado. Así, sin comerlo ni beberlo llegamos a la campaña de invierno, y claro con ella la navidad y todas sus festividades. En lo que se refiere al trabajo, seguimos con la misma tónica, mucho, mucho, casi hasta demasiado. Después de saldar el turno de sustituto, me fueron alternando de tienda en tienda, según las necesidades de cada una. A mediados de diciembre, fui reclamado por mi padre para toda la campaña de Navidad, y allí pasé las fiestas pues era en realidad donde más falta hacía otra persona. Otoño42 En noviembre Carolina y sobre todo su madre habían hecho acopio de todo tipo de catálogos, de las más disparatadas tiendas donde hubiese o bien juguetes para pequeños monstruos de un año, o… todo tipo de ropa o accesorios para el deleite más de niñas mayores que de Anna. La cuestión es que el “chofer” era yo, al tiempo que mozo de maletas, canguro de Anna, que por cierto estaba en esa edad en la que todo lo que ve está automáticamente el la boca o en el suelo, además de no querer el carrito más que para que yo guardase al tiempo las chaquetas el bolso y el maletín de emergencias de Anna. Como loco esperaba que fuese el domingo por la tarde para ir a mirar tiendas en Playa de Aro los tres solitos, y el lunes también por la tarde, aunque en Barcelona y con su madre. Yo, de mirar, mirar, miraba poco, el trabajo que tenía asignado reclamaba mi atención continuamente y Anna encima tenía “culo de mal asiento” (con mis respetos a México pues sé que, culo, es obsceno, pero como diría Eugenio (q.e.p.d.), “genio” de humor: Un culo es un culo se mire como se mire, y en la ayuda que tengo de sinónimos en la computadora leo que no tiene, aunque sé que no es cierto. A lo que iba Anna estaba en esa encantadora edad en que te la hubieses comido y que luego de mayor te arrepientes de no haberlo hecho. Había estado ahorrando el dinero de las propinas de cuando hacía reparto y comenzó la búsqueda de un regalo que fuese digno de Carolina. Estoy intentando recordar que la regalé, pero después de tanto tiempo, lo que no se olvida por una cosa se olvida por otra, y más cuando uno mismo a querido borrar esa época de la mente, sobre todo y casi diría únicamente lo relacionado con Carolina. ¡Y…! digo yo, mis razones tendría para decidir un día borrar todo lo relacionado con Carolina, exceptuando a Anna. Las navidades también empezaron a ser monótonas y exceptuando la noche y mañana de Reyes esas fiestas estaban perdiendo encanto para mí. Por primera vez tenía que comprar regalos a personas a las que personalmente no me hacía ninguna gracia darles algún obsequio. Le la esperanza a la resignación43 Fue pasando el tiempo y las discusiones entre Carolina y yo era cada vez más frecuentes y con ellas también la falta de respeto y los insultos personales y familiares. Con todo quedaban ratos en los que predominaba la paz y aún mantenía la esperanza que la situación cambiase, también era consciente que los valores que unen a una familia se estaban desmoronando y yo no podía reparar ese derribo. Un día fui llamado por mi jefe superior. Iba para la reunión en Barcelona contento, alegre y emocionado. Pensaba que todos aquellos años de trabajo habían merecido la pena y mi ascenso por fin había llegado. Si me lo concedían posiblemente la situación se podía arreglar. Ahora estoy seguro que el dinero arregla muchas cosas y por entonces lo sospechaba. Como siempre no me compliqué la vida para estacionar el coche, fui directo a un parking que estaba dos portales más allá de mi punto de destino, al fin y al cabo tanto la gasolina como la autopista y el resto de gastos los pagaba la empresa. Llegué a la hora a mi cita, estaba nervioso e intrigado, pues no podía adivinar que tienda me sería otorgada o bien para qué leches me habían llamado. Después de unos minutos de espera me recibió el manda más de la empresa. Pasé a su despacho, nos sentamos y sin perder tiempo mi jefe comenzó su charla. Su primera oferta era si suponía para mí algún inconveniente de trabajar todo el año en Gerona. Por mi parte estaba encantado, hasta que me propuso su segunda y definitiva condición. Me trasladaba a Gerona de administrativo con algo más de sueldo, pero tenía que renunciar a mi antigüedad y hacer un contrato nuevo renovable cada año… De repente se me cayó el mundo encima y la sangre se heló. La sensación que me había acompañado todo el viaje es esfumó en cuestión de segundos. No solo no me ascendían de categoría si no que prácticamente me despedían de la empresa sin derecho a nada. Mi respuesta quedó en el aire, pues necesitaba reflexionar y sopesar los proos y los contras. A demás no sólo me afectaba a mí, también a Carolina pues de una u otra forma nos iba a cambiar la vida fuera cual fuera la respuesta. El jefe de personal me había preparado un borrador de mi despido en el caso que yo no aceptase el cambio, de esa manera sabría mejor cual era mi situación y atenerme a las consecuencias. Tras horas de meditación y discusiones llegamos a la conclusión de no aceptar. El dinero que la empresa me ofrecía estaba perfectamente de acuerdo con la ley, y la cantidad nos era ciertamente tentadora en aquella época, además de tener las espaldas cubiertas durante dieciocho meses para encontrar un trabajo digno para mis expectativas. Carolina fue la primera en decir que aceptase el dinero. Todo fue muy rápido, aunque personalmente me sentía traicionado por una empresa en la que había trabajado como si hubiese sido propia. El piso, el trabajo y el paro44 En pocos días se cerró toda la operación y pase a formar parte de las listas del paro, cosa que en este país se estaba haciendo muy habitual. Por suerte no estuve mucho tiempo, en cuestión de pocas semanas me contrataron para llevar una tienda nueva de muebles de cocina. Tenía un buen sueldo y una línea de muebles de alta calidad, quizás demasiada calidad y también de unos precios también altos y nada competitivos. Pasaron unos meses y la tienda no era lo rentable que se esperaba y poco a poco comencé a buscar una salida por si las cosas se ponían más serias y debía de abandonar el puesto. A veces la vida hace que tu destino ruede de forma incontrolada y caprichosa. Mi padre se enteró que traspasaban un bar muy bien situado delante de una estación de autobuses que hacía la línea Barcelona - Costa Brava. El precio de traspaso estaba dentro de nuestras posibilidades, la situación era fantástica y la idea de tener un negocio rentable fue muy tentadora. Nos quedamos con el bar. ¡Matizo! Carolina se quedó con un bar. Pues una de las condiciones que puso Carolina era que estuviese a su nombre, aunque el dinero hubiese salido de mi despido. Yo creía que no tenía razones para no aceptar esa imposición, al fin y al cabo éramos matrimonio y con intereses comunes y compartidos. El bar resultó ser rentable, incluso más de lo que nosotros habíamos calculado. Carolina quería que nos comprásemos un piso y para ello contaba no solo con nuestro dinero, si no también con el de sus padres y los míos. La idea ¡como no! Fue de sus padres. Habían vendido la casa de Calella y disponían de un dinero en esos momentos que podían prestárnoslo o regalarlo para el piso. Pero sólo si mis padres aportaban la misma cantidad. Aunque mis padres vivían bien, pero… No disponían de esa suma para poder regalárnosla, por lo que la relación con mis padres se fue distanciando e incluso enfriando, prácticamente dejamos de hablarnos. Tampoco mejoraba mi situación con Carolina. Cada día que pasaba nos perdíamos más y más el respeto, hasta que un día me salí de mis casillas y sin pensarlo le di una torta en la cara. No dormí en toda la noche y al día siguiente comuniqué a Carolina que yo no podía vivir más a su lado y nos separamos. Aun hoy me avergüenzo de aquella noche, pero a veces tenemos un límite y sin meditar lo suficiente sale de dentro una violencia que no distingue de sexos y tampoco permite controlar la fuerza física de cada uno. Aquella noche no pegué solo a Carolina, podía haber sido ella como a un hombre. Fue solo que ella supo tocarme la fibra y herirme. Con gran pena, pues en el fondo yo aún creía que estaba enamorado de ella, me fui a vivir a casa de mis padres. Otro traslado, aunque este cambiaría totalmente el resto mi vida, como pasa con todas aquellas decisiones que sabes que son importantes y a demás no tienen marcha a tras. |